Contigo no me puedo permitir el lujo de los eufemismos y debo ser claro y directo para ser justo y respetuoso contigo y conmigo, con todos: A tú tío lo asesinaron, por la espalda, sentado en la puerta de su casa un veintiséis de abril a primeras de la noche y, probablemente, el suyo será uno más de los tantos asesinatos a los que nos hemos acostumbrado…

¡Oh fortuna!
Como la luna, cambiante,
Eclipsada y velada
Me atormentas también
Antes de entrar, a mano izquierda, se encontró con uno de esos lugares que le aterraban y le fascinaban de niño, que lo atraían poderosamente y recordó que hasta allí había llegado para cerciorarse de que si habían encontrado al papá de Jose, hace más de veinte años y que, como luego a su tío, lo habían matado cobardemente. Siempre pensó que a su tío lo sacarían de casa como al padre de Jose y que, también, alguien lo vería por última vez en medio de dos fusiles rutilantes bajo una lluvia interminable y luego lo encontrarían en un lodazal, con un tiro en la cabeza. Quizá la muerte del papá de Jose haya sido la primera de muchas que le sucedieron hasta nuestros días, dejándonos un saldo de impunidad y terror que no hemos podido saldar, aunque, en perspectiva, no falta quien dice que el pueblo se empezó a joder cuando mataron al coime de Génesis, ahí mismo en la discoteca en la que se rebuscaba unos pesos alcahueteando borracheras, amoríos y desencuentros… ¿O sería, tal vez, con el triple homicidio del billar de la calle nueve? Vio a su amigo aferrado de nuevo a la falda de su madre, al cruzar en la esquina de la calle de don Cruz, tirados a la entrada de ese cuartucho séptico que hacía las veces de morgue, limpiando el barro pegado en costras hediondas a la ropa y los zapatos de su padre, braveándole a las lágrimas, convocando el valor para entrar a peleárselo a las ratas y los murciélagos y poder llevarlo a casa sin importarles un carrizo lo que anduvieran diciendo en el pueblo: malparidos.
A esta hora, sin demora,
Toca las cuerdas vibrantes,
Puesto que el destino
Derrota al más fuerte:
¡Llorad todos conmigo!
Se volvió a mirar la única calle pavimentada del pueblo (gracias al alcalde Peralta), la calle que conduce al barrio de los difuntos, cerciorándose de no estar siendo seguido, uno nunca sabe, cosa poco probable teniendo menos de una hora de haber llegado de nuevo al pueblo, convenciéndose de que el río sollozante del cortejo fúnebre lo había acompañado solo en su visita anterior, que en esta ocasión eran sus fantasmas los que le acompañaban y los fantasmas de esos dolientes, todavía sin consuelo ni justicia.
Quiero, quiero decirte al oído,
Cuánto en la vida mi dolor será…
El común denominador de la descabellada expresión que pretenda condensar el devenir purulento de este país de cafres debe ser el de la impunidad rampante… ¡Claro, cómo no! Quizá debiera decirte, hijo, que a tu tío ha decidido llevárselo el Señor, seguramente para que le ayudara a gestionar unas mejoras a unas escuelas y unos centros de salud de los círculos más alejados del firmamento y unas vías de acceso más eficientes entre cada uno de ellos, y utilizarlo, de nuevo, como chivo expiatorio, ¡pero no! Contigo no me puedo permitir el lujo de los eufemismos y debo ser claro y directo para ser justo y respetuoso contigo y conmigo, con todos: A tú tío lo asesinaron, por la espalda, sentado en la puerta de su casa un veintiséis de abril a primeras de la noche y, probablemente, el suyo será uno más de los tantos asesinatos a los que nos hemos acostumbrado, será uno más de los mártires que quedan en el olvido de este país de magnicidios donde la norma está dada por el fracaso constante y sin paliativos de la justicia en las investigaciones, los obstáculos, montajes, desviaciones, falsedades y omisiones dolosas para imposibilitar que se sepa quiénes ordenaron el asesinato de tantos. Quedarán, como siempre, los autores intelectuales de este asesinato en el gelatinoso mundo de las conjeturas y las hipótesis.
Solo sé que le tocó perder.
En el cielo está Dios, soberano:
En la tierra, la orden del cartel.
Que atraviesa el espacio para llegar a Dios…
Violencia, ¡maldita violencia!
¿Por qué no permites que reine la paz?
El martillo impacta la aguja
La explosión de la pólvora con fuerza empuja
Movimiento de rotación y traslación
Sale la bala arrojada fuera del cañón
Con un objetivo directo
La violencia ha sido el argumento de respuesta que, históricamente, se ha usado para enfrentar a los no alineados, el instrumento torpe del poder, más allá de los códigos y las leyes, inhabilitándoles en su práctica, empequeñeciéndoles, conjurándoles, amañándoles vergonzosamente. Han sido el hierro y la pólvora impuestos a los decretos, asaltando, hiriendo, desplazando, desapareciendo, aniquilando con saña y perversión… Esos prefieren (y ponen todo su empeño en procurar que así sea) que chillemos si tenemos hambre, tosamos si sentimos frío, bramemos si estamos en celo, gorjeemos si nos sentimos dichosos, ronquemos si dormimos, cacareemos si despertamos, rezonguemos en el éxtasis, rebuznemos de entusiasmo, gañamos en la codicia, gruñamos por nuestra cólera, chiflemos, rujamos, jadeemos, ladremos, aullemos, graznemos, balemos, relinchemos, berreemos, eructemos, bufemos, croemos, pitemos, pujemos, resollemos, ululemos, japeemos, venteemos, guapirreemos, gruñamos, cloqueemos, y todo lo demás, dejando a un lado la palabra y la posibilidad de blandirla ante ellos y sus artimañas…
Abre los ojos de una vez para que te enteres
Aquí no se vive, aquí se sobrevive
Sangre, pólvora, hambre y pobreza
Si eres asesino y tienes plata te condecoran

