Contigo no me puedo permitir el lujo de los eufemismos y debo ser claro y directo para ser justo y respetuoso contigo y conmigo, con todos: A tú tío lo asesinaron, por la espalda, sentado en la puerta de su casa un veintiséis de abril a primeras de la noche y, probablemente, el suyo será uno más de los tantos asesinatos a los que nos hemos acostumbrado…

Masacre, de Botero.

Masacre en Colombia, de Botero.

Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro
Entró con la cabeza bastante en alto, en un gesto poco natural, forzado, a pesar de no ser un gesto enteramente consciente, una especie de reflejo que se fue anidando en sus huesos al pasar a un costado del banco del pueblo y divisar el perfil de la iglesia y la escuela de niñas: Había empezado a sentirse un poco inquieto al bajar en la terminal de El Banco luego de un viaje más corto pero más azaroso que de costumbre. Eran, casi, las cuatro de la mañana y tenía suficiente tiempo para empezar a sentirse en casa mientras llegaba la hora de la segunda audiencia del caso. Se inquietó. Conversó unos cuantos minutos con una vieja amiga y volvió a inquietarse luego de la despedida. ¿Cuál sería su reacción al tenerlo tan cerca? ¿Herviría su sangre? ¿Tendría la capacidad estoica de su abuela, la fortaleza inquebrantable de su tía, a pesar de las lágrimas, del cansancio, del dolor constante, de toda esa marejada inesperada de sensaciones que se les han abalanzado y continúan zarandeándoles? La luz del sol decembrino levantándose sobre Perijá, el olor a fango del río, los vaivenes y la polvareda de la carretera disiparon sus inquietudes hasta que dobló en la esquina del antiguo Telecom, buscando la iglesia y el cementerio. Sintió de nuevo el brillo repelente del sol, el calor insoportable de ese medio día, el murmullo y el trajinar de la gente aquél veintiocho de abril en que les tocó despedirse; pero no fue hasta bajar de la motocicleta de su padre, a la entrada del cementerio, que volvió a sentirse irremediablemente solo e indefenso. Expuesto.

¡Oh fortuna!

Como la luna, cambiante,

Eclipsada y velada

Me atormentas también

Antes de entrar, a mano izquierda, se encontró con uno de esos lugares que le aterraban y le fascinaban de niño, que lo atraían poderosamente y recordó que hasta allí había llegado para cerciorarse de que si habían encontrado al papá de Jose, hace más de veinte años y que, como luego a su tío, lo habían matado cobardemente. Siempre pensó que a su tío lo sacarían de casa como al padre de Jose y que, también, alguien lo vería por última vez en medio de dos fusiles rutilantes bajo una lluvia interminable y luego lo encontrarían en un lodazal, con un tiro en la cabeza. Quizá la muerte del papá de Jose haya sido la primera de muchas que le sucedieron hasta nuestros días, dejándonos un saldo de impunidad y terror que no hemos podido saldar, aunque, en perspectiva, no falta quien dice que el pueblo se empezó a joder cuando mataron al coime de Génesis, ahí mismo en la discoteca en la que se rebuscaba unos pesos alcahueteando borracheras, amoríos y desencuentros… ¿O sería, tal vez, con el triple homicidio del billar de la calle nueve? Vio a su amigo aferrado de nuevo a la falda de su madre, al cruzar en la esquina de la calle de don Cruz, tirados a la entrada de ese cuartucho séptico que hacía las veces de morgue, limpiando el barro pegado en costras hediondas a la ropa y los zapatos de su padre, braveándole a las lágrimas, convocando el valor para entrar a peleárselo a las ratas y los murciélagos y poder llevarlo a casa sin importarles un carrizo lo que anduvieran diciendo en el pueblo: malparidos.

A esta hora, sin demora,

Toca las cuerdas vibrantes,

Puesto que el destino

Derrota al más fuerte:

¡Llorad todos conmigo!

Se volvió a mirar la única calle pavimentada del pueblo (gracias al alcalde Peralta), la calle que conduce al barrio de los difuntos, cerciorándose de no estar siendo seguido, uno nunca sabe, cosa poco probable teniendo menos de una hora de haber llegado de nuevo al pueblo, convenciéndose de que el río sollozante del cortejo fúnebre lo había acompañado solo en su visita anterior, que en esta ocasión eran sus fantasmas los que le acompañaban y los fantasmas de esos dolientes, todavía sin consuelo ni justicia.

Quiero, quiero decirte al oído,

Cuánto en la vida mi dolor será…

El común denominador de la descabellada expresión que pretenda condensar el devenir purulento de este país de cafres debe ser el de la impunidad rampante… ¡Claro, cómo no! Quizá debiera decirte, hijo, que a tu tío ha decidido llevárselo el Señor, seguramente para que le ayudara a gestionar unas mejoras a unas escuelas y unos centros de salud de los círculos más alejados del firmamento y unas vías de acceso más eficientes entre cada uno de ellos, y utilizarlo, de nuevo, como chivo expiatorio, ¡pero no! Contigo no me puedo permitir el lujo de los eufemismos y debo ser claro y directo para ser justo y respetuoso contigo y conmigo, con todos: A tú tío lo asesinaron, por la espalda, sentado en la puerta de su casa un veintiséis de abril a primeras de la noche y, probablemente, el suyo será uno más de los tantos asesinatos a los que nos hemos acostumbrado, será uno más de los mártires que quedan en el olvido de este país de magnicidios donde la norma está dada por el fracaso constante y sin paliativos de la justicia en las investigaciones, los obstáculos, montajes, desviaciones, falsedades y omisiones dolosas para imposibilitar que se sepa quiénes ordenaron el asesinato de tantos. Quedarán, como siempre, los autores intelectuales de este asesinato en el gelatinoso mundo de las conjeturas y las hipótesis.

Yo no sé si el tipo es bueno, o malo;

Solo sé que le tocó perder.

En el cielo está Dios, soberano:

En la tierra, la orden del cartel.

Entró decidido aún sin saber de qué manera iría a reaccionar al acercarse a su tumba por primera vez pues el día del sepelio no pudo acercarse hasta ella por toda la cantidad de gente que se aglomeraba en las callejuelas del campo santo: cinco años antes no había imaginado que algún otro de sus muertos pudiera convocar una mayor cantidad de gente, estaba seguro, aunque no podía saber si al sepelio de su abuelo habrían ido más personas que al de su primita, por cosas de la vida.
Oigo un llanto

Que atraviesa el espacio para llegar a Dios…

Violencia, ¡maldita violencia!

¿Por qué no permites que reine la paz?

Algunos se toman atribuciones que no les corresponden y tuercen el rumbo de un individuo e incluso de pueblos enteros respaldados en sus armas, sus motocicletas y el terror. En este país de cafres tenemos el récord mundial en magnicidios: Un infausto exabrupto. Triste. Real. En Colombia, pequeño, desde hace unos años para acá, en verdad muchos, el interlocutor que te es enfrentado si propones un debate cuerdo y honesto, bien argumentado no es, NUNCA, un orador más ardoroso y profundo o sopesado y seductor, sino un sicario… Este abyecto engendro que se ha convertido en elemento infaltable del paisaje histórico nacional desde la terrible época de los carteles del narcotráfico aunque no son para nada una plaga contemporánea: estos asesinos por encargo ya eran conocidos en la antigua Roma y de allá proviene su nonc sancto nombre: Sicarii plural de Sicarium, que quiere decir: Que usa daga: apuñalador. Sicarius significa Hombre – Daga. ¡Aquí sí que sabemos de estos monstruos!

El martillo impacta la aguja

La explosión de la pólvora con fuerza empuja

Movimiento de rotación y traslación

Sale la bala arrojada fuera del cañón

Con un objetivo directo

La violencia ha sido el argumento de respuesta que, históricamente, se ha usado para enfrentar a los no alineados, el instrumento torpe del poder, más allá de los códigos y las leyes, inhabilitándoles en su práctica, empequeñeciéndoles, conjurándoles, amañándoles vergonzosamente. Han sido el hierro y la pólvora impuestos a los decretos, asaltando, hiriendo, desplazando, desapareciendo, aniquilando con saña y perversión… Esos prefieren (y ponen todo su empeño en procurar que así sea) que chillemos si tenemos hambre, tosamos si sentimos frío, bramemos si estamos en celo, gorjeemos si nos sentimos dichosos, ronquemos si dormimos, cacareemos si despertamos, rezonguemos en el éxtasis, rebuznemos de entusiasmo, gañamos en la codicia, gruñamos por nuestra cólera, chiflemos, rujamos, jadeemos, ladremos, aullemos, graznemos, balemos, relinchemos, berreemos, eructemos, bufemos, croemos, pitemos, pujemos, resollemos, ululemos, japeemos, venteemos, guapirreemos, gruñamos, cloqueemos, y todo lo demás, dejando a un lado la palabra y la posibilidad de blandirla ante ellos y sus artimañas…

Abre los ojos de una vez para que te enteres

Aquí no se vive, aquí se sobrevive

Sangre, pólvora, hambre y pobreza

Si eres asesino y tienes plata te condecoran