El que mata a un hombre, mata a un ser de razón, imagen de Dios;
pero quien destruye un libro, mata la razón misma,
mata la imagen de Dios, como era en el ojo.
John Milton.
Marcos es tranquilamente aquella boca  que no sabe morir.Imagen tomada de: http://javiersoriaj.files.wordpress.com/2011/05/163059_184260234931179_171852029505333_570802_787444_n1.jpg

Marcos es tranquilamente aquella boca que no sabe morir.
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Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Joaquín Sabina escribió  una de sus mejores canciones considerando una carta que el subcomandante insurgente Marcos, del  EZL, le envía al cantante por los tiempos de una gira en México; esta canción es,  para refrescar la memoria de los Sabinófilos, “Como un dolor de muelas”.

Documento de incalculable valor literario y estético es además el testimonio de un hombre sensible a su tiempo,  a su espacio geográfico, valor agregado de su honestidad, en la gesta revolucionaria  por la reivindicación del derecho ancestral de los nativos indígenas mexicanos de permanecer en paz en sus territorios, a salvo de la represión perpetrada por el Estado.

El SUP -como es conocido- no solo es un combatiente de armas tomar, encapuchado y atrincherado en las montañas de Chiapas,  que da declaraciones polémicas en medios de comunicación de la derecha mexicana, sino que, además,  su forma de combinación de eso que el comunismo de cartilla llama “todas las formas de lucha”, es realmente una combinación y también una alternativa;  esto segundo, dado no solo por el poder de persuasión de sus cartas y sus  ideas, sino también por el uso particular del lenguaje y la forma de estructurar sus escritos.

¿Pero qué se esconde detrás de la carta a Joaquín Sabina, en la que el SUP parece haber dejado las armas de lado y ha decidido contarnos sobre los métodos más expeditos para conquistar una lejana muchacha? A simple vista nada, solo el relato muy irónico, a propósito y un poco infantiloide de un enamorado mal aconsejado.

“Mira muchacho, “me dijo”, la vida de un hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fíjate que digo `una mujer y no `cualquier mujer. Y por `una mujer, muchacho, me estoy refiriendo a una de `única. El problema está en que el hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró si es que encuentra alguna, es esa `una mujer que estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para saber si la mujer que uno encontró es la `una mujer que estaba uno buscando…” (…) El viejo carraspeó y me confió: “Si tú le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la `una mujer que andabas buscando…”.

La idea de mandar una carta imposible, desde un lugar aún más imposible, solo para pedir que se haga una canción, y que la remota probabilidad de que “una muchacha que está demasiado lejos para que pueda yo musitarle al oído este poema y arrancarle así, vos lo sabés Sabina, una sonrisa o una lágrima (…)”. Esta muchacha,  quizás, que no conocemos, pueda oír el requiebro de amor de un hombre que por  luchador que parezca, ante una mujer, deja su palabra viva en ella. Es ya de por sí una muestra de la estentórea voz literaria de Marcos.

Demuestra  que la guerra en algunas excepciones no deshumaniza todavía.  La vida en el monte  es dura, la lucha clandestina es una apuesta de muerte constante, y la estrategia militar, el instinto de supervivencia,  enfrían las entrañas; sin embargo, Marcos le roba tiempo a la guerra para dejar volar la imaginación con tan suculento relato, construido con una magistralidad arrolladora. Una apología a la vida.

Otro texto importantísimo, este ya político y poético, la carta a Eduardo Galeano, es realmente un diálogo franco de alguien que quiere contarle al mundo la necesidad siempre presente de luchar. De luchar no solo como una confrontación entre dos bandos contrarios, sino también de luchar contra sí mismo, contra sus preocupaciones, contra sus miedos, descubrimos un Marcos  temeroso y valiente al mismo tiempo,  un Marcos niño, en retrospectiva, narrando de un modo particular  ese juego sin reglas de la guerra.

“Yo estoy a punto de opinar que eso parece batalla de sexos, pero ya se está lanzando el Heriberto sobre la Chelita, evitando la carga directa de la Eva que se ve, de pronto, frente a un Osmar que no la espera cara a cara, ni de pie sino que está de lado y en cuclillas porque ahí no más le dieron ganas de cagar y la Eva proclama que el Osmar se cagó de miedo y el Osmar no dice nada porque ahora quiere montar el chuchito, se le acercó a oler, y en el entretanto la Chelita se puso a llorar cuando vio venir al Heriberto y el Heriberto ahora no sabe qué hacer para que se calle la Chelita y le ofrece una piedrita de regalo (“Acaso es piedrita”, dice el Heriberto que asegura que se trata de oro puro) y la Chelita nada que para su chilladera y yo estoy pensando que hasta que le dieron una sopa de su propio chocolate al Heriberto cuando llega la Eva, en maniobra que llaman de “voltear la posición enemiga”, y le cae el Heriberto por la espalda (cuando Heriberto ya le está ofreciendo su arma antihormiga-arriera a la Chelita, la cual está considerando la oferta, entre chillido y chillido), y entonces, ¡pácatelas!, la muñeca-arma de la Eva llega en su cabeza del Heriberto y empieza la chilladera, (estereofónica, porque la Chelita se siente estimulada por los gritos del Heriberto y no se quiere quedar atrás), y hay sangre y ya viene la mamá de no sé quién, pero trae un cinturón en la mano y los dos ejércitos se desbandan y el campo de batalla queda desierto y en la enfermería declaran que el Heriberto tiene un chipote del tamaño de su nariz y que, como la Eva está intacta, ganaron la mujeres en esta batalla”. 

A través de este relato de una jugarreta de niños indígenas, de manera muy fabulesca  sin tonos moralizantes, sino, tal cual como van sucediendo los hechos, Marcos es un corresponsal de lo que ocasiona un enfrentamiento a muerte por la prevalencia de los géneros, metáfora rabiosa de la guerra. Es parte y juez a la vez,  narra en un simulacro, como se llora o se gana en la guerra real que ya lleva impregnada hasta los huesos.

Esta forma de reducir la guerra, a un simple juego de niños, es la conciencia terrible de quien todos los días es emboscado con el equivalente militar  de armas antihormiga- arriera, solo que para matar hombres, o que ataca a su vez, con su miedo y su fusil. “Es de madrugada y como almohada tengo un fusil (bueno, en realidad no es un fusil, es una carabina que fue de un policía hasta enero de 1994. Antes servía para matar indígenas, ahora sirve para que no los maten)”.  Pero en esas palabras también se hila un fino sentido del humor, que solo alguien con la formación intelectual de Marcos puede introducir como ingrediente a la muerte.

El componente poético de un Panteísmo sincrético entre el hombre y la geografía natural, es quizá lo que produce los pasajes más bucólicos y sencillos del relato Marquista. La comunión hombre- espíritu- hombre- montaña- hombre- origen, soledad en la hamaca y el humo de su pipa, en la que la preocupación trivial de la orilla del camastro mojada es nimia ante el gigante pensamiento de una boca que más calla cuando se le necesita.

“Pero yo no estoy pensando en la lluvia, no estoy tratando de adivinar cuál de los relámpagos que está por rasguñar la tela de la noche será el de la muerte, ni siquiera me preocupa que el techito de nylon que cubre mi estancia es demasiado pequeño y se moja la orilla del camastro (¡Ah! Porque resulta que me hice una camita de ramas y horcones, amarrados con bejucos. Lo hice porque la uso de escritorio, bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodo o me acomodo demasiado, me quedo muy dormido y el sueño profundo es un lujo que, acá, se puede pagar muy caro. En la cama de varillas de palo se está lo suficientemente incómodo como para que el sueño sea apenas un pestañazo)”

“No, no me preocupan ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupa eso de “¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?”.

Marcos se la juega por un estilo claro, sin retóricas maltrechas ni lugares comunes trasnochados. Es un poeta que juega a sugerir, y que puede en cualquier momento dejar la carta a medio camino, para ir a pelear al frente de batalla. De formación en filosofía y profesor universitario, con educación jesuita, Marcos más allá de su nombre, más allá de la frontera con su  identidad, es un estilo de decir que subvierte toda dicharachería academicista y reivindica el lenguaje atronador, no de los fusiles, no de las bombas, sino el  de los corazones solidarios.  Marcos es  tranquilamente aquella boca  que no sabe morir.

La causa guerrillera de Marcos,  aún mantiene ese destello de esperanza de soñar un mundo mejor, el EZL no se escuda en tomas a poblaciones pobres, o negocia con los narcos más poderosos del mundo, la guerrilla zapatista  no justifica la guerra, es una consecuencia de las inequidades históricas- el zapatismo recluta lo más  humano de los hombres- el corazón, las ideas  y el silencio.

Los criminales teólogos

En Colombia, llevamos más de 60 años de guerra de guerrillas hoy transformadas en poderosos monopolios del narcotráfico y  con un armamento, que no se lo sueña el SUP ni en la más terrible de sus cartas. La idea de guerra en nuestro país ha permeado de tal forma la sociedad, que cualquier declaración de parte y parte es todo un show mediático de amenazas y retaliaciones sin un horizonte o una perspectiva de solución distinta que el exterminio.

Frases como: “Todos tenemos que morirnos, Santos, todos. De eso no va a escaparse nadie. Unos de un modo y otros de otro. Unos por una causa y otros por otra. Algunos escogen una muerte heroica, gloriosa, profundamente conmovedora. Otros prefieren morirse de viejos, de un infarto o diabetes, tras una larga enfermedad en una cama o endrogados en medio de un burdel”. Son  parrafadas altaneras, retos a la muerte, escogencia de las violencias perpetradas. A Timochenko, como al Gobierno colombiano, no les interesa ceder un ápice en sus soberbias, la desmemoria hace su mejor escena en esta pelea de patanes.

Carta que inicia hablando de las formas de la muerte, contrasta con la idea de Marcos de enaltecer la vida, en guerra, incluso, a través de la Literatura y la cohesión con su entorno.  Los libros en medio del verde inmenso de las selvas mexicanas son su danza viva. “El libro está lleno de dibujitos en tinta negra y yo creo que así deben ser los libros y las palabras: dibujitos que salen de la cabeza o la boca o las manos y que van y se ponen a bailar en el papel, cada que el libro se abre, y en el corazón cada que el libro se lee. El libro es el regalo más grande que el hombre se ha dado a sí mismo. Pero volvamos a su libro de usted que yo tengo ahora. Lo leí con un cabito de vela que cargaba en la mochila”.

El trato directo, de igual a igual, pues ambos, Galeano y Marcos, son subversivos a su modo, permite esta displicente pero alegre alusión al libro perdido del comandante, escrito por el uruguayo, sin irrespetos y reverencias, pero también sin amenazas y sin verdades de carácter absoluto.

En contravía, en otras montañas, y en otro contexto, podemos leer lo siguiente: “Y todavía más grave es matarlos. Pretender exhibirse como modelo de civilización y decencia dando la orden de despedazarlos a punta de bombas, plomo y metralla. O como sea. Por ejemplo, de dos balazos por la espalda cuando se llega en la noche a casa. O molidos a golpes en una celda. O desmembrados con una motosierra. O con la cabeza mochada a machete”. La primera vez que oímos en Colombia que a una mujer se le condenó a llevar un collar bomba colgado al cuello, yo tenía 15 años. Estaba fresco lo del Caguán, se vislumbraba una posible presidencia aún prematura de Uribe Vélez y este país soportaba el periodo de violencia más fuerte desde la masacre de las bananeras o los mil días, guardadas las proporciones de lo que la guerra ha significado en cada tiempo. 

En unos años, el ideario del combate cambió de modo radical en los bandos  en conflicto. Las FARC cambiaron el marxismo maoísta ya de por si retardatario, por un ideario de guerra sin tregua y protección de cultivos de coca que producían ganancias que se multiplican con creces en el negocio de la guerra; por otro lado, el paramilitarismo (también, de algún modo, guerrillas de derecha) cambiaron su costumbre de ser los protectores de los grandes potentados agrícolas y ganaderos del país, para cuidarlos de las balas del “comunismo diabólico”, por una sangrienta sed de control de rutas del fructífero narcotráfico que ha posicionado infamemente a Colombia como potencia en este campo.

Bojayá es una prueba de ello una población pobre, sin relevancia en el mapa político colombiano, se convirtió de un día para otro en un espacio geográfico nombrado por todos. La televisión mostraba como había sido la iglesia de Bellavista, destruida, por las pipetas bombas arrojadas por las FARC, mientras los paras ametrallaban por la espalda  inocentes, que lo único que querían era vivir en paz.  En este marco, casi diez años después, y con unas FARC golpeadas significativamente por el ejército y un número cada vez mayor de desmovilizaciones,  uno pensaría, que los corazones se cansarían de hablar de la muerte, que los dedos se oxidarían de apretar gatillos, que las palabras se volverían mudas por no vociferar consignas de guerra, y que  se empezaría a hablar de una verdadera paz.

No es así, estas palabras hablan nuevamente de muerte, de sangres, de represalias, el gobierno mata 10 guerrilleros, estos secuestran 2 o 3 civiles, o sacan videos de secuestrados para burlarse de las familias, el gobierno invita al diálogo y estos responden con teologías de antaño. Y el pueblo pasivo, inerme, ve cómo las balas dan en el centro de la paz.

Uno de momento se deslumbra con semejante simulacro de sensiblerías, pero las mentes profundas no olvidan que hay un momento en todo esto en que se recuerda el nombre de Elvia Cortés, y no puede dejar de escuchar los rezos de esta campesina, rogando a Dios, ese  bufón de los cielos, por el bienestar de sus hijos y su esposo, campesinos propietarios de tres vacas, un rancho y una huerta de pan coger, cuya única propiedad endosada era el hambre, que al final es lo único que le pertenece a cada ser humano. Mientras los expertos antiexplosivos intentaban desactivar la bomba en el cuello de Elvia, esta explotó… ya se imaginarán Uds. lo que las palabras por respeto no siguen diciendo.

Timoleón, nos tima, con referencias teológicas dignas de un miembro del Opus Dei, posando de coherente. ¿De cuando acá, los jefes de la insurgencia, son predicadores de la palabra de Dios? -es como si un sacerdote- con sus excepciones claro- dijeran Palabra de Marx- y el auditorio contestara al unísono- camarada- -… si ya sé que el intento de chiste es malo, pero estamos en guerra, ¿cómo quieren chistes buenos en medio de semejante escenario?

“No puede ser de otro modo. El grado de ruindad moral que exhiben horroriza al más sano de los juicios. Muy poca gente conoce en el reinado de cuál emperador romano fue crucificado Jesús. Pero creo que por encima de las propias creencias, en todas partes se profesa el más elevado respeto por él. Porque prefirió el suplicio y la cruz antes que renunciar a sus ideas.Y porque esas ideas abrigaban un altísimo grado de humanidad. Eran buenas, buscaban la felicidad general, ensalzaban a los pobres e incluso fustigaban a los ricos, proclamaban que todos los hombres eran iguales. Solo proponía a hombres y mujeres que lo abandonaran todo y lo siguieran en la propagación de esa fe, de esa verdad, decía”

Por su lado, sin ser santo de mi devoción, pero dándole el crédito de una cruda verdad, Plinio Apuleyo dice lo siguiente: “¿Fue realmente escrita por él esta carta? Muchos amigos creen que la redactó alguien cercano a su causa. ¿Una Piedad Córdoba, un Carlos Lozano o un Jaime Dussán? (temerarios señalamientos) No creo que logren remontarse a estas alturas metafísicas. Solo el padre Javier Giraldo, cuya Teología de la Liberación le permite justificar hasta las minas ‘quiebra patas’, podría hacer semejante milagro. Aunque a veces me dije que solo Timochenko’ podía poner en la misma olla epistolar al Adán expulsado del paraíso con Erwin Hoyos”

Creo que estas palabras hablan por sí solas. Incluso emitidas por un miembro de la derecha colombiana, son claras y precisas, en Colombia estamos cansados de barbaries, y esa barbarie no tiene extremos, pues si solo esta es de derechas, ¿entonces lo del extremo izquierdo qué es?

Ahora bien, no falta quien haya mordido el anzuelo o esté, de modo tibio, aceptando la realidad de esas cartas. Es el caso de María Jimena Duzán, quien según ella: “Su primera carta, aquella en que protestó airadamente por la forma indigna como habían expuesto el cadáver de Cano, me impresionó porque, en su airada arenga, dejó que viéramos su dolor y su rabia por la muerte de su jefe Alfonso Cano. “Esa carta demuestra que están asustados”, recuerdo que me dijo un general a quien le pregunté su opinión sobre lo escrito por Timochenko. A mí en cambio me dio otra impresión: la de que quien escribía esa carta era un hombre adolorido por la guerra, hastiado por la guerra. Y por un momento pensé que un ser así, capaz de hacernos sentir ese dolor a través de una carta, tiene que ser un hombre que no está pensando en morir, sino en vivir. Por un instante pensé que un guerrillero que era capaz de escribir así, con las entrañas expuestas, debía estar escribiendo novelas en lugar de estar empuñando un arma”

Y ese anzuelo ideológico, tan frecuente en las ideas de los radicales de izquierda, parece que se le engarzó en la cabeza y no la deja respirar; acaso leer, de plano, ¿Lo hace un buen escritor? La carta está bien redactada, no hay por qué afirmar lo contrario, pero ¿se delata dolor o soberbia? ¿Hay voluntades o exigencias? ¿Se quiere concertar a partir de premisas de lado y lado? ¿Quieren los guerrilleros de las FARC, ponerle la agenda al gobierno? -con sus acciones, podría uno traer palabras de Antonio Navarro, cuando  dice “hay que pedirle a las FARC que dejen de armarle la agenda a la derecha colombiana” . Pues bien, así pasa, entre más razones esgrimen los insurgentes de este “ejército del pueblo”- más razones de odio  se anidan en los corazones de los colombianos.

No eximo al Estado de sus excesos, ni hacemos humo la memoria de las masacres paramilitares, ni volvemos un falso positivo los crímenes del ejército, pero  comer cuento de alusiones teológicas que esconden imposturas, de alguien experto en matar y destruir, solo porque son cartas llenas de retórica, no es razonable;  la violencia guerrillera en Colombia, dejó de ser una consecuencia de la desigualdad social, la guerrilla en Colombia dejó de ser el brazo armado de quienes defienden la dignidad humana,  la guerrilla colombiana es un fin en sí mismo, bárbaros que posan con gafas y barbas de intelectuales y pontífices como En el nombre de la rosa, mientras alguien les hace las pesquisas morales en el laberinto de sus miserias.

De las capuchas de Marcos a las barbas de Timochenko, prefiero dar la cara con las primeras, que ocultar las sombras del alma con las segundas. Marcos escribe desde el paraíso en guerra, dialogando con el viento, o con quien lo quiera oír, solo, como un loco que sabe lo que dice. Timoleón habla desde la puerta trasera de un paraíso del cual ha sido echado, reclama indulgencias con padrenuestros ajenos.