DIEGO MARADONA: EL HÉROE Y LA CIUDAD (II)

Diego caminaba sobre el sendero; Maradona volaba por encima de la magnanimidad. Diego vivía en la tierra; Maradona, en El Olimpo. Por ello, fue un futbolista caprichoso que bajaba del cielo cada domingo para marcar sus goles celestiales

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / Alfi

 

“Maradona fue adorado no sólo por sus prodigioso

malabarismos sino también porque era un dios sucio,

pecador, el más humano de los dioses”

Eduardo Galeano.

 

Maradona, al cumplir su fechoría, se despojaba del disfraz de deidad y se hacía carne, verbo, pecaba para volverse hombre. Con un comportamiento cruel y un gesto de prepotencia, se deja ver satisfecho y orgulloso para que los otros comprendan que de su derrota dentro de la cancha florece la felicidad del D10S que domina. Hecho presencia, la divinidad sonríe y sigue su destino; se alza con el triunfo de los mortales sin importar que le cueste la vida, pues esa es la esencia de la inmortalidad: quitar para ser.

Así como fue en su existencia llena de libertinaje, así se desempeñó en el terreno de juego: una potencia abrumadora que sometía al colero de la tabla o que burlaba a la escuadra que, en apariencia, ganaría el trofeo. Su voluntad irreverente ante los rivales y sus bacanales nocturnas tienen algo en común: recuerdan la fuerza inclemente del Vesubio, de ese dios dormido que, cada vez que ruge, grita con el lenguaje del horror.

Si la lava volcánica destruyó a Pompeya, a Herculano y otras regiones aledañas a Nápoles (que significa ciudad nueva), los seres humanos de aquella época, por respeto, se postraron ante una deidad que escupía fuego y los podría someter cuando lo deseara; asimismo, las huestes del fútbol se rindieron ante la presencia del único que, cuando jugaba, hacía de la picardía una diablura y de la pelota un objeto de pavor cuando él la dominaba a su antojo y se disponía, con su rebeldía iracunda, a profanar la red del portero rival.

Diego vivía en la tierra; Maradona, en El Olimpo. Por ello, fue un futbolista caprichoso que bajaba del cielo cada domingo para marcar sus goles celestiales e irse de juerga con las mujeres y amigos de camaradería que no hallaba en la morada divina de su desolación. La suciedad de lo humano lo desvelaba.

Amante del placer y del éxtasis de la carne, Maradona prefería lo mundano a lo celestial, lo profano a lo arraigado en la fe. Entonces, en aquellos momentos de frenesí, en el cuerpo del deportista no había uno, sino dos: el hombre que teme y anhela la virtud y el D10S desaforado que ansía vivir la inmortalidad.

En la tierra, Diego, el deportista entregado, el hijo, el novio reservado, el amigo sincero, el sujeto político y social, entrenaba como cualquiera de sus compañeros: con toda la enjundia y verraquera necesarias para que el hechicero de la pelota y de la noche, o, más bien, el D10S ansioso de placer, se posesionara del ser humano cauto cada vez que así lo exigiera la perversión, la lujuria o el pecado.

En la competencia, en los entrenos y en la calle, Diego era Diego, fue un Jekyll que hacía sus cosas con la obsesión del médico que desea hallar un nuevo fármaco o la pócima mágica para la eterna juventud; en esta faceta es imposible catalogarlo como un sujeto descuidado, imprudente; no es un nigromante que hace un brebaje cualquiera; es todo lo contrario: se vislumbra la humanidad en su figura tranquila. En Diego está el hombre con respeto por el mundo que lo rodea, de hecho, comprende el fútbol como una ciencia que debe conocerse hasta lo más profundo, hasta el tuétano de su esencia.

Tomada de la cuenta oficial del Club Napoli.

El astro argentino se enfoca y trabaja para ello. Alcanza con creces aquello que desea para echarse a la espalda no sólo al Napoli y llevarlo al Scudetto, sino, además, la inmensa carga física y psicológica de ser el mejor del planeta. A estas alturas del partido no quiere serlo, es, aunque les disguste a muchos, la única estrella que brilla en el firmamento renegrido del fútbol universal. Diego es; los demás ni siquiera saben qué son.

El otro, el Maradona de los enfrentamientos en el gramado y el de las juergas nocturnas, deja que su piel mute y la serpiente común se transfigura en el imaginario dragón que todos anhelan; es un míster Hyde poseído por un espíritu rebelde; nada detiene los embates de sus jugadas, los cambios de ritmo sobre la línea ni sus fintas zigzagueantes con las que engaña a los defensores; marca goles imposibles, desafía con valentía a las fieras salvajes del balompié italiano y hace de las pesadillas napolitanas el dulce sueño que se vuelve realidad.

Nápoles ya no es la cloaca de Italia, ahora un D10S temible la ha designado como su morada, la casa en la que se conservará el fuego que todos quieren y ninguno puede obtener. Pero es ahí, en esa ciudad indómita, donde se despiertan los deseos eróticos que se anidan en su ser y sobrepasan al hombre bondadoso para convertirlo en una divinidad monstruosa a la que le es imposible saciar su sed. Al igual que Nápoles, la urbe que lo amamanta con sus vicios de metal, Maradona se hace incontrolable.

De una u otra forma, Diego fue un pobre mortal al que la sensibilidad de lo humano acorralaba a cada instante; Tanos regía su destino en la tierra. Era consciente de su finitud. Con Maradona fue al revés: Cupido y Eros hicieron de las suyas y el héroe del fútbol, tocado por los dioses, mantenía cargado con la lujuria de los faunos, con la perversión del falo cuando se comprende que es el símbolo del poder y, por si fuera poco, su hombría dependía, en muchas ocasiones, de las alucinaciones, de las sustancias narcóticas.

Maradona era una bomba que en cualquier instante explotaría. Su obligación, finalmente, consistía en inflar la red con la magia de sus goles y descargarse de sus pulsiones eróticas mientras bebía, consumía drogas y follaba; al D10S le tenían sin cuidado los dilemas éticos y morales que estas conductas le acarreaban, pues esos comportamientos son normas tontas de los hombres y no propias de los dioses.

Podría escribir hojas y hojas en torno a la vida de Diego Maradona; sin embargo, no es mi propósito central. Pretendo, por un lado, desencriptar la existencia del hombre que estuvo en el corazón de millones y, asimismo, la del astro que se cansó de tanta luz y se recluyó, mejor, en las tinieblas, en la oscuridad. También deseo, por otro lado, hacer una reflexión sobre la relación que tuvo este héroe con la ciudad, y cómo ambos se transformaron a imagen y semejanza; él desde la psique humana y ella a partir de la psicología del cemento y el metal.

Si Nápoles fue la urbe denigrada y ultrajada por las potencias italianas del norte, ahora, con Maradona presidiendo el trono, la vieja Italia muere en las calderas del Vesubio y una nueva italianidad surge, con bombos y platillos, del aura napolitano que tuvo y aún tiene el puerto que un día fue el más importante centro comercial y monetario del Mediterráneo. Con el D10S deambulando por sus tierras, Nápoles les recuerda a las demás ciudades que la riqueza de la que se ufanan hoy es producto de las monedas de oro que ellos les obsequiaron en un pasado no muy remoto.

Lo paradójico en la vida personal de Diego y la futbolística de Maradona es que llega al Barcelona como el jugador más emblemático del momento. Incluso fue, para esa época, la transacción más costosa de la élite del balompié internacional. Pero los hombres que van a la iglesia también codician, en muchas ocasiones, las llamas inclementes de su propio infierno. Ese fue el caso de Diego/Maradona, pues las almas juerguistas apetecen más el vino, la ebriedad, las sustancias y los sollozos en las camas ajenas antes que una junta sagrada en la que todo es inmaculado, atestado de esa monotonía que caracteriza tan bien a la moralidad.

En el equipo blaugrana, Maradona no pudo ser el director de la orquesta porque él, como las deidades que lo regían, prefería la estridencia de las guitarras a la elegancia de la batuta. Diego pudo soportar los trajes de gala, usar prendas excéntricas, permitirse el diálogo mesurado y concienzudo; es más: era capaz de escuchar un concierto sinfónico en la Ópera de Viena porque comprendía fácilmente que el hombre solo puede habitar en lo humano.

Sin embargo, Maradona ansiaba el barro, la cancha inundada, el roce muscular, el choque de lomos, la patada con sevicia que sabía esquivar con un culebreo extraordinario; ese D10S malicioso amaba más el potrero que la grama, porque, con un toque de su varita mágica, obraba el gran espejismo: convertía al cerdo del lodazal en el unicornio alado que todos querían admirar.

Diego caminaba sobre el sendero; Maradona volaba por encima de la magnanimidad. Uno vestía de frac; el otro como un rockero que luce con orgullo sus yines, sus chaquetas de cuero y taches. El ser humano que habitó en Diego escuchaba atento la sonata; el otro, el poseído por la figura que proyectaba la sombra de Maradona, se enloquecía en la tarima, en la cancha, en ese retablo de césped donde podía hacerse un mortal maravilloso, inolvidable.

Aunque el astro argentino obtuvo algunos galardones importantes con el onceno culé y levantó varios trofeos, su relación con la plantilla, con las directivas y, en especial con la ciudad de Barcelona, no cuajó del todo, no se arraigó en lo profundo de sus corazones. Quizás haya sido así porque la polvareda del barrio popular no encaja con las metrópolis asfaltadas del primer mundo. O, tal vez, porque el muchacho humilde y “sudaca” no nació para beber champaña del mismo copón de oro del que eran dueños los reyes y no los esclavos.

Diego lo intentó, se amordazó por un tiempo la lengua y la actitud, quiso mostrar que su glamour sí estaba a la altura del imponente sujeto europeo; no obstante, pudo más su sangre rebelde e indígena que la descendencia mediterránea que traía a cuestas su madre. En últimas, sus parientes fueron migrantes pobres del sur de Italia. No tuvo más remedio que amarrar al ser (Diego) y desencadenar al monstruo (Maradona).

Con el fracaso a sus espaldas, lo intenta una y otra vez sin obtener el éxito trazado. Su rendimiento es bajo en el césped y a sus rivales los corroe la envidia y los devora la cizaña: no permitirán que un indio del sur y de un continente sin Historia se convierta en el D10S de su Olimpo futbolero. Lo muelen a patadas, a trompadas; hieren su ego con palabras desobligantes; lo sacan de casillas como al toro que embadurnan con ungüentos extraños en los ojos para que salte al ruedo furioso, embravecido.

Diego piensa, recapacita, reflexiona, se excusa por sus actitudes; Maradona resopla, muerde; responde con la misma moneda, con la furia de los vencidos que no se dejan tumbar tan fácilmente. Si le zampan un puño, él devuelve otro; si le dan una patada alevosa, él mete una voladora al mejor estilo ninja; si lo increpan, él responde con putazos; si lo escupen, él gargajea en la piel ajena, en el rostro del Dios en el que tanto creen ellos y al que tan poco respetan los sabios éticos del primer mundo.

En el Barça, Diego es un Sísifo que, incapaz de llevar la roca a la cima de la colina, renuncia a la tortura eterna de arrastrar un peso que lo doblega. Indiferente, deja la piedra de sus lamentos a un costado del camino. Entonces, como una entidad que crece en silencio en el interior de un cuerpo desahuciado, se deja vencer por los excesos que sí le ofrece una megaciudad saturada de placer hasta el tuétano. Barcelona no le da la gloria futbolera a Diego, pero sí le muestra el camino de la eternidad a Maradona. El D10S se ha desatado.

Ni Barcelona como urbe ni el Barça como equipo llenan el corazón inmortal de un ser humano que codicia la eternidad. España, la liga y dicha metrópoli no le dan la medida a Maradona; no le llegan a los tobillos. Esto es lo que suele suceder cuando el mito que se escribe en el camino con las hazañas del momento supera la realidad. Barcelona es una ciudad en la que los focos se encienden y se apagan, como es normal; sin embargo, desde lo hondo del espíritu de Maradona, los ojos del D10S relampaguean con una luz más potente e incandescente. En este caso, y solo en este, la inmortalidad refulge en la oscuridad del hombre que muere.

Diego ha dejado de ser un sujeto cualquiera y se ha transformado en héroe, en el D10S que, de espaldas a lo esencial, anhela convertirse en un tritón que enamora sirenas en mares lejanos. Nápoles, tan diferente a Barcelona en apariencia, pero no en esencia, lo espera con los brazos abiertos. Sus muros, sus calles, sus antros están listos para roer la piel y acoger el corazón. Nápoles comprende que las llagas de la carne también requieren del cuidado y cicatrización que exige el espíritu. Ambos, el hombre y la ciudad son uno, son todos. Ya no hay vuelta atrás.

En otros términos, Maradona no caza las ovejas encerradas en el redil porque su astucia corre el peligro de la costumbre y, como el oso, no quiere hibernar en la caverna de su propio yo; un yo despreocupado que ya ni siquiera pretende pelear con las directivas de un equipo que se rige por el glamour y la burocracia rancias, y no por lo que realmente entiende él que ordena el fútbol: hacer del barrizal un terreno extraordinario en el que juegan los elegidos. El Napoli le galantea con su aroma de mujer coqueta…