DIEGO MARADONA: EL HÉROE Y LA CIUDAD (III)

Aquel soplo profano que se desprendía de lo humano fue más que necesario y suficiente para que el D10S del fútbol escribiera con sus pies la mitología inolvidable de su vida.

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / Cortesía

“Maradona es el gran relato de este país.

Un gran relato que todavía no terminó”.

Osvaldo Soriano.

La desazón insoportable que experimenta Diego con la escuadra catalana hace que Maradona rompa, de cuajo, toda relación con el equipo, con la ciudad y con la gente. Parecido a un nómada, el astro del balompié mundial asume que su amorío con el Barça encarna una pasión anémica, efímera e intrascendente. No hay deseo entre ellos y su relación se asemeja a la de una sociedad elitista que está de acuerdo con los “buenos muertos”, con esa gentuza que debería expatriarse. Si él es un canalla que huye de la arena, el equipo con el que juega y la ciudad que lo alberga son balsas a la deriva en un mar embravecido. El resentimiento y el rencor son mutuos.

Feliz porque la fiesta amarga en el monasterio terminó, el héroe empaca en la maleta sus botines y, con ellos, sus jugadas magistrales, pues Maradona, el D10S rebelde y sin causa, sabe que los cafres tocan el cielo cuando se hacen indomables y poderosos como las fieras salvajes.

El cuerpo de Diego, sonámbulo, dormita en Barcelona; se mueve lentamente, cual zombi en una urbe deshabitada; pero, en la mente del crack, no pasa lo mismo. Aunque de manera externa Maradona se halla ausente en apariencia, a nivel interno no es así, pues el D10S concentra todas sus fuerzas para plantar sus estandartes en las tierras de su nuevo designio.

A semejanza de Aquiles, Maradona sueña, en la soledad de su fracaso, con arrebatarle la gloria y la eternidad a algún príncipe sorprendido por el azar de su destino. En silencio, la bestia herida guarda entre sus trucos el cerillo con el que arderá Troya. No importa cuál sea el desafío, para el astro argentino solo existe un objetivo: domar el mundo con sus piruetas y ponerlo a sus pies.

Con más frustraciones que trofeos, el traspaso del monstruo se hace irrevocable. Vendido como un jugador más del montón por el Barcelona, los napolitanos vislumbran en su piel tersa las escamas endurecidas del héroe. A la ciudad italiana más importante de la región de Campania no arriba el niño de cabellos ensortijados ni con dientes de leche, allí aterriza y camina entre ellos un D10S paradigmático que tiene los colmillos mucho más afilados de lo que parece.

Mural de Maradona en Nápoles. Pinterest/El pibedeoro-10

En el puerto de Nápoles, donde las aguas han escrito la historia floreciente del Imperio Romano, y donde un escupitajo de lava del volcán Vesubio cambió la Historia para siempre, exorcizan al hombre amansado por la derrota y le enseñan, adrede, que el placer es más mundano que divino, y que él, Maradona, el D10S que el oráculo les había vaticinado será, allí, la única estrella que relumbre en el horizonte mediterráneo. Si a Jesús le oran y le prenden velas, a Maradona lo idolatran porque es la divinidad imaginaria hecha carne, convertida en hombre.

A estas alturas, apenas hay un destello intermitente de Diego; Maradona ha tomado el trono, suyo es el Olimpo y de nadie más. Deja de remar en la quietud de ese mar adormecido y sin viento en el que se ha transfigurado el Barça y, en un desafío titánico, asume el reto de subyugar, por medio de su juego esplendoroso, las conductas salvajes de Poseidón. Nadará contra la corriente para demostrar lo que verdaderamente es: un D10S indomable.

El héroe no tiene inconvenientes para jugar sobre las olas del mar o en las calderas del mismísimo infierno. Apela a la fuerza y la suspicacia necesarias para controlar la potencia del agua o el impulso irrefrenable del fuego. A Maradona le atraen los desafíos y, como si fuese una hiena que arriesga su vida por arrebatarle de las fauces la presa al león hambriento, se lanza de frente, temerario, por la hazaña épica de su inmortalidad. No hay tierra, pero sabe que la hallará.

Si el Vesubio sepultó a Pompeya y a Herculano a principios de la era cristiana, y en la Serie A el Nápoles está a punto de ser enterrado bajo la tierra árida del descenso, entonces Maradona ha llegado al lugar correcto. Su imperativo es, a la usanza de los titanes, salvar de la muerte al que más lo necesita. Así, el héroe es en la medida de las necesidades del otro, y dichas necesidades son, por supuesto, vitales para transformar al hombre corriente en una divinidad eterna.

La pelea es sencilla: o la lava y la ceniza de la montaña de fuego lo incineran, tal cual como sucedió con los habitantes de aquella época, o Maradona doma, con sus quiebres perfectos y con sus goles mitológicos, la fuerza de un volcán que escupe lava sin importar quien está en la ladera. Para el Napoli, equipo de la ciudad, el Vesubio representa, simbólicamente, esas escuadras del norte italiano a las que es casi imposible vencer.

Cuando Diego Maradona llega a Nápoles la tensión psicológica, social y económica se vuelve muy paradójica, porque una de las ciudades más pobres de Europa acaba de comprar al jugador más caro del mundo. La tarea es descomunal y el desafío que asume el D10S cuando el onceno napolitano lo convierte en su fichaje más preciado es, para él, un reto en el que no debe ni puede fallar. Como los gladiadores romanos, está preparado para derrotar, en las arenas del coliseo moderno (el estadio), a quien se le atraviese.

Al principio, cuando apenas había jugado unos cuantos cotejos, la magia del D10S se mostraba incierta, parecía más la punta del carbón que no alcanzó a convertirse en diamante. Era una chispa que anunciaba un fuego tímido. El felino dormido del volcán ruge anunciando la tragedia y, por si fuera poco, las aguas del Mediterráneo en la bahía se agitan febrilmente porque la escuadra del puerto no mira de frente a sus enemigos y, en cambio, actúa como un avestruz: clava la cabeza en la arena y expone el cuello ante las dentelladas del predador. Evita ver y escuchar la caída estruendosa de su cuerpo lacerado, enfermo.

El descenso a una categoría menor es inminente. Todo en Nápoles es horror: la gente, estupefacta, no puede creer que su héroe esté vencido. La afición, angustiada y desesperada, no dejará que la gloria anunciada con la presencia del astro se convierta en estatua de sal. Imposible una tregua; el equipo no puede perder la categoría y desplomarse en la B.

En los pasillos, en los zaguanes, en las calles, en las plazas, en las casas, en las iglesias y cuanto rincón se pueda imaginar, el D10S escucha, de viva voz de los napolitanos, que el único Salvador es él. Maradona, hecho jugador de clase mundial, se apropia de sus armas: la inteligencia, el balón y esa pierna zurda que, incluso, envidian los demás dioses. El héroe se ha ceñido el uniforme y ondea su capa. La ciudad de Nápoles, como una amante ardiente, le exige que vaya por ella y no la abandone. Ambos se necesitan en sus placeres clandestinos.

Maradona presentado en Nápoles. Pinterest/MrVinci

Los eructos de ceniza y el fantasma del fracaso no asustan, esta vez, al héroe. Contrario a lo que parece, estos actos insurrectos sacuden al Titán encarcelado en la piel del hombre indiferente y, como por arte de magia, la fuerza huracanada del semidiós apaga la fumarola del volcán. Maradona, el astro del universo futbolero, duerme sobre los ríos de fuego y no se incinera. Es, desde luego, el hechicero que duerme al dragón encima de su tesoro para usurparle las monedas de oro que necesita no solo su equipo, sino, también, la ciudad que lo acoge. Varios rivales de renombre caen, sin pensarlo ni esperarlo, ante el espejismo obrado por el brujo del balón.

En su primer año, luego del tercer encuentro, Maradona demuestra para qué fue fichado. La escuadra de su nueva metrópoli conserva la categoría A. El objetivo se ha cumplido pero el D10S mira, de reojo, la copa del Scudetto; la quiere para él, para ellos, para todos.

Al finalizar la temporada, el estadio de Nápoles se ha convertido en un templo magnánimo en el que se vislumbra ese raro fetiche de la idolatría, no hacia una vieja divinidad sino hacia un hombre en el que se ha encarnado D10S. El crack argentino es, más que un ser humano de carne y hueso, un ídolo ante el cual se inclina la cabeza con fe. El héroe ha rescatado al equipo y a la ciudad, y el amuleto para tanta gloria y devoción tiene nombre propio: Maradona. Corean su nombre pagano como si fuera un extraño ritual vudú: ¡Maradó! ¡Maradóó! ¡Maradóóó!

A veces, cuando no casi siempre, las grandes hazañas son anunciadas por pequeñas cosas. En la antigua Roma, antes de salir al duelo en la arena, los gladiadores no le temían tanto a la fiera que debían enfrentar o a la muerte que iban a sufrir por mano de un desconocido que ansiaba la gloria; ese horror, en apariencia, surgía de algo más banal: el temblor y la algarabía que sentían arriba, en las gradas, les producía a los luchadores un pavor más horrendo que la espada con la que les rebanarían la garganta.

El Coliseo se agitaba como si fuera un energúmeno de piedra a punto de caer sobre las cabezas de los peleadores. La multitud codiciaba la sangre y su ansiedad por ella hacía palpitar el corazón de piedra del escenario y el de los luchadores. Esa misma sensación fue la que sintió Maradona, en lo más hondo de su ser, cuando, calentando en los camerinos del San Paolo, la muchedumbre coreaba a todo pulmón su nombre y saltaba desesperada con el anhelo de verlo surgir hacia el verde césped del terreno de juego, donde doblegaba con sortilegios a las bestias que venían iracundas y con sevicia a derrotarlo a él, a su equipo y a la ciudad que lo había acogido entre su seno de metal.

El D10S no se dejaría arrebatar en Italia esa fantástica impresión de la idolatría cuando, siendo apenas un muchachito que jugaba con Boca, sentía que La Bombonera iba a caerse, rendida, a sus pies. A Europa llegó Maradona consciente de que el estadio de La Boca no temblaba, era algo aún más espeluznante: respiraba, palpitaba como si fuese una bestia ansiosa que no daría tregua a los contrincantes. De una u otra manera, ya estaba acostumbrado a la locura que producían sus gambetas, sus goles y su forma de ser dentro y fuera de la cancha, porque en el gramado, con la pecosa pegada a sus guayos, era uno; y afuera, cuando ya no era el jugador excelso, se convertía en otro.

Cada vez que se amarraba los botines en el camerino del estadio San Paolo, alistándose para la faena, Maradona era sacudido por un temblor salvaje: la turbamulta emocionada y encarnada en las piedras y en la estructura de cemento y metal, iracunda, parecía derrumbarse sobre él. Esas pequeñas cosas que parecen triviales, o que devienen de una horda enfurecida y sin control, tienen la fuerza suficiente para reanimar al héroe que se había desvanecido bajo las sombras maléficas de Morfeo. Aquel soplo profano que se desprendía de lo humano fue más que necesario y suficiente para que el D10S del fútbol escribiera con sus pies la mitología inolvidable de su vida.

Con Diego en el equipo y con Maradona en el campo de juego, el corazón fugitivo y lacerado de la urbe se desprendía, poco a poco, de su enfermedad: el fracaso y la derrota. Nápoles ya no era la cloaca del sur sino el Olimpo futbolístico del Mediterráneo; ese lugar sagrado al que arribaban temerosos los enemigos con el único objetivo de ganar y vencer al Titán. No lograron descabezar al héroe por más artimañas y triquiñuelas que inventaron. Con la presencia y la fantasía del D10S argentino en la cancha, la victoria siempre fue esquiva y escurridiza para los rivales.

En Maradona se conjuga al culto al ídolo. Pinterest/Luigi Marzano

Todos iban por la cenicienta, pero se encontraban, de frente, con un jaguar. Una fiera que, antes de morderles la yugular, se divertía con ellos con fintas, engaños y serpenteos fantásticos que los hipnotizaba para poderlos cazar. Si en efecto existía el infierno, este ardía en las calderas del San Paolo porque nadie mejor que Maradona para suplantar a Satanás.

Los equipos opositores ardieron en las burbujas de lava del estadio napolitano sin necesidad de usar, siquiera, el tridente ni la complicidad candente del Vesubio, esa montaña de fuego que, quiéranlo o no, custodiaba metafóricamente con su fuerza al héroe elegido por la ciudad: Maradona.

Partido tras partido, escuadra que llegaba a Nápoles con la intención de usurparse los amados puntos para ascender en la tabla de posiciones, salía del campo de juego con la cola entre las patas. Mientras los rivales perdían posiciones en la clasificación, Napoli ganaba y, con enjundia, ascendía escalones vitales que lo catapultarían a la cúspide, a lo que tanto anhelaban: enderezar los reglones torcidos y acomodados de la Historia. Complejo, sí; imposible, no. Y más ahora que, en sus toldas, contaba con el arma más ansiada por todos: la zurda diabólica del D10S.

Incluso, a La Veccia Signora (La Juventus), que rugía semejante a un animal fabuloso y escupía llamas lacerantes a quien intentara arrebatarle su preciado tesoro (El Scudetto), le fue imposible contener el ímpetu de un equipo regular que había resurgido, cual Ave Fénix, de sus propias cenizas. Cuando Maradona y el Napoli alzaron vuelo, ya nada los pudo detener. Nápoles había elegido con sabiduría a su héroe, a su D10S.