Si el héroe huía, la urbe lo hallaba y, si la ciudad desaparecía, el D10S la reescribía. Con la ausencia de alguno, imposible hubiera sido la presencia del otro. Tanto Nápoles como Maradona se necesitaban para poder vivir
Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / Pinterest / Fabricio Salguero
“Maradona fue condenado a creerse Maradona
y obligado a ser la estrella de cada fiesta,
el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio.
Eduardo Galeano.
Con el astro argentino al mando, como lo hizo Aquiles con su tropa, el monstruo de La Juventus y los colosos del norte se desintegraron, poco a poco, sobre el polvo de sus ruinas. El escudo que los protegía fue una simple tapa de cartón ante los cañonazos certeros y los goles magistrales que les marcaba, en cada cotejo, Maradona capitaneando su banda.
Napoli se había adueñado del rayo y no hubo ningún Prometeo que pudiera robarse, al menos, una chispa de fuego. Ahora Sísifo dominaba la roca y la montaña, y para Atlas, el lastre del mundo sobre su espalda no pesaba tanto como una pluma puesta en la palma del Titán, pues el D10S napolitano tenía el poder para transformar lo duro en blando y lo increíble en realidad. Napoli Fútbol Club había convertido la nada en todo, la muerte en la vida y lo antiguo ya no sería más el estorbo de su porvenir. El futuro escribiría, en las páginas inmortales de la Historia, que un equipo “inferior” se había adueñado del trono en tierra de gigantes.
El artífice de esta magnanimidad tenía nombre propio y la fanaticada, delirante, lo sabía. Adorar a Maradona se hizo más necesario y popular que postrarse ante Dios para elevar sus plegarias. Ni siquiera las letanías diabólicas tuvieron tanta fuerza como la pasión y el amor enfermos profesados hacia su jugador emblema, hacia el héroe que había reescrito con sus goles la historia narrativa de la ciudad.

Si Nápoles fue católica, ahora se había transfigurado en un templo maradoniano. El Mesías, esta vez, no cruzó la ciudad trepado sobre el lomo de un borrico; atravesó el umbral de la urbe haciendo cabriolas con un balón en sus pies; infortunadamente, debo anunciar que sus huellas, revestidas de gloria y eternidad, también cargaban su cruz y su barro: un extraño olor a azufre, a esa tragedia increíble de caerse del sueño dorado al lodazal pestilente.
Si el héroe no era uno sino dos, entonces la ciudad no se quedó atrás. Nápoles fue para Diego un hogar, una lumbre de la que se resguardaba con su familia y sus amigos del crudo invierno, pero, asimismo, la ciudad lo atraía con una fuerza demencial que se ocultaba tras los zaguanes oscuros; para el héroe era imposible evitar los excesos, el goce de la carne, las rutas sinuosas de las sustancias, las relaciones censurables con la camorra, los elíxires que solo se ponen a la mesa para el más grande. En definitiva, todo lo oculto a los hombres es revelado a las divinidades, para quien merece ser D10S.
La metrópoli que lo abrazaba en el día lo azotaba en la noche. La ciudad que lo besaba con los primeros rayos de luz lo escupía con la lujuria incontrolable de la oscuridad, de lo soterrado. De alguna forma, el Diego que se contenía con la luminosidad del sol se desataba con el Maradona que adoraba escurrirse entre los laberintos sombríos y oscuros del amanecer. El pulso entre estas dos entidades se hizo incesante hasta que el monstruo dominó al hombre.
El asunto es paradójico: los muros de la urbe que lo protegían también se rebelaban ante él y, sin premeditarlo, lo tiraban de bruces al suelo. Confundido, como en un laberinto de espejos, Diego miraba el reflejo para encontrarse, pero siempre se topaba con la silueta maliciosa del Maradona que quería vivir para espantar lo ausente.
Así, poco a poco, el héroe de los colmillos vampíricos fue conduciendo por un pasadizo ciego al ser humano orgulloso del crucifijo en el pecho. El monstruo caía, cada vez más y sin esperarlo, sobre el lodo de sus deseos, sobre la maraña de sus fracasos. La metrópoli se encarnaba en el héroe y este se descubría entre las fisuras y los repliegues de esa ciudad milenaria y enigmática que jamás lo olvidaría ni siquiera con la muerte.
A Nápoles llegó un deportista saturado de ilusiones; sin embargo, esta madre de cemento y metal tenía otros designios para el D10S del fútbol que se había personificado en Maradona: la metrópoli acogió a un hombre normal y entregó a una fiera legendaria y visceral, despiadada.
Insisto en lo paradójico de este encuentro porque, por un lado, Diego se sintió tranquilo, como si estuviese de nuevo en la villa que lo vio crecer con un balón en sus pies. No obstante, ese abrazo entre el héroe y la ciudad también lo sacudió desde adentro y removió en su espíritu ansioso de eternidad al animal que se guarecía tras su carne y su piel.
Maradona aceptó las ofrendas de la urbe y Nápoles, desde luego, no supo cómo pagarle sino con toda la lujuria que se movía por sus callejuelas y zaguanes, por sus plazas y lupanares infestados de droga, alcohol y sexo; le concedió una farándula nociva que, aunque nos parezca extraña, lo encumbraría hacia la inmortalidad.

De hecho, el Clan Giuliano o la camorra napolitana (red de narcotráfico) no pasaron desapercibidos por la vida de Maradona, pues, aunque haya registros fotográficos del astro con los integrantes de la banda en fiestas ostentosas, esto no quiere decir que el D10S dirigiera el Clan surgido en la Forcella 40 años atrás. El tema, por supuesto, tiene tela para cortar; sin embargo, no es mi intención, por ahora, ahondar en las raíces del narcotráfico italiano y su relación con Maradona y otros astros del balompié mundial.
La gente humilde, el obrero sensato, los trapos colgados al sol en los balcones de las casas, la malicia de los hombres al cruzar la acera, el olor mediterráneo de las hembras, y las calles angostas y salpicadas de fango no quedaron atrás, en un pasado remoto ni olvidado. Ahora, Villa Fiorito y La Boca se habían incorporado en la planimetría urbanística de Nápoles y esos recuerdos, en un sitio extraño, murmuraban constantemente al oído del ídolo, augurando que ese era el lugar, que allí podría SER todo lo que Barcelona le impidió ser.
En el fondo, el héroe no es del terruño en el que ha nacido sino del territorio en el que se ha forjado. A Maradona, entonces, no lo cinceló la pampa argentina ni la ciudad catalana; lo esculpió la lava legendaria del Vesubio y las aguas milenarias del Mediterráneo romano. En Nápoles, Maradona vive para ahuyentar la muerte y para demostrarle a la gente que Dios sabe poco de gambetas y de tácticas, de esos goles que hacen los hombres para embolsillarse la eternidad.
Maradona, podemos conjeturar, ha sido tallado por el dios Marte y este le concedió el arte de la guerra, la virilidad, la violencia, la pasión, la sexualidad y la valentía. Asimismo, Neptuno ha hecho lo suyo con el héroe del Napoli: lo pule con sus toques marinos, le otorga el poder del camuflaje y la peligrosa inestabilidad del elemento acuífero, lo que nos permite deducir porqué los comportamientos y actitudes del astro del fútbol son más subterráneos que conscientes, más inestables que constantes.
A mi modo de ver, no sé si fue un infortunio o un acierto, pero, de manera enigmática, Nápoles, la ciudad que acogió al héroe, también lo destruyó, quizá con el propósito o la excusa de la perpetuidad. Bajo los pliegues de los muros, de las vías intrincadas y de los zaguanes sospechosos, un corazón de piedra latía con la lujuria del placer y delataba ese mundo exótico que la camorra napolitana extendió, de forma sutil y premeditada, hasta los pies virtuosos del D10S. La ciudad había obrado el milagro no sin antes otorgar algo mejor: el pecado de lo prohibido y, en ese mismo sentido, la máxima de prohibido prohibir.
Maradona no fue indiferente y se entregó, en cuerpo y alma, a los brazos mortales de una urbe legendaria que jamás ha perdonado la costumbre aberrante de los mortales que la trasiegan ni el desenfreno febril de las divinidades que la custodian. El D10S que prefiguró su invencibilidad en el gramado del San Paolo, se estrelló, de frente, contra una metrópoli que jamás le dio una tregua.
Antes de abandonar la ciudad, Nápoles le quitó a Maradona todo aquello que le había obsequiado, quizá con el ánimo de hacerlo inmortal, pues la eternidad no habita en la materia sino en las palabras, y allí quedó el D10S estampado para siempre: en la memoria, en la boca, en la imaginación, en el lenguaje.
En una relación obligada, como aquella que tienen los camellos con el desierto, nos parece extraño que un jugador excelso en el campo e infalible mientras se vestía de crack con la 10, fuera tan débil en las calles napolitanas y en los antros perversos de la noche. Maradona erraba semejante a un judío que antepone el éxtasis de la carne y de lo material a la ética profesional que exige la cordura. El D10S tomaba agua en el día y bebía sangre en la noche.
Si la pecosa en el terreno encumbraba a Diego hacia las alturas de la fama, la urbe le tendía ciertas zancadillas; trampas lascivas que lo derribaban pero que, siendo honestos, no le restaban poder ni a su magia con la pelota ni a su fuerza de goleador. El héroe, casi vencido y derrotado por sus andanzas orgiásticas, tensaba la cuerda de su ballesta y ponía la flecha en el blanco, sin necesidad de concentrar su mirada en la diana. Con un ojo marcaba el más desaforado de los tantos y, con el otro, se divertía desencriptando los locos ataques del dios lujurioso que lo poseía. Ángel y demonio, así fue Diego Maradona.

Dicen que a los dioses les sofocan las migajas y, por ello, prefieren aguantar hambre cuando la presa no es merecedora de sus dentelladas. Maradona detestaba los despojos humanos por los que se sacrificaba Diego, entonces, embravecido el héroe, no devoraba a sus hijos como hizo Cronos, sino que se engullía al universo entero de un bocado. Si a este dios mítico y antiguo le preocupaba que lo destronaran, al D10S del fútbol lo enceguecía que el mundo no le permitiera SER.
Mientras al futbolista tranquilo y sereno de los entrenamientos y de la familia le era suficiente con la cordura, al Titán descarriado le parecía poco el todo. Beberse el Nilo de un sorbo es una nimiedad para la criatura que ha domado la lava y el mar. Maradona fue, puedo escribirlo sin temor a equivocarme, un gigante que encapsuló la eternidad en un balón.
Es más: a los ingleses les cedió las Islas Malvinas a cambio de la inmortalidad que les otorgó a los argentinos con esa mano divina que venció, sin reparos, a la Historia y que, además, los condujo a levantar la copa como campeones del mundo en México 1986. Fue una revancha simbólica en la que las balas de los fusiles y los cañonazos anglosajones no pudieron con el poderío de un balón cuando infla la red.
El alma en pena del D10S no se dejó encerrar en ninguno de los círculos del infierno dantesco porque esas llamas literarias solo presagiaban un cerillo en medio del sol. Pero si alguien tan descomunal no cabía en lo descomunal, ¿por qué encajó en las ruinas culturales y sociales de una ciudad que se había debilitado con el tiempo, que, en un proceso contrario, iba del más alto rango al más bajo nivel?
La pregunta suscita alguna inquietud y tiene, creo yo, una respuesta sencilla: Nápoles, como una pieza perdida del rompecabezas, encarnó con perfección en el Titán del fútbol porque, precisamente, la metrópoli fue el corazón de este héroe que le soltó los grilletes y la liberó para siempre. Ya nadie les quitaría el Scudetto a los napolitanos ni, mucho menos, el trofeo de la Copa UEFA de 1988-1989. Con Maradona en el Napoli, toda Italia comprendió que de lo hondo de las cloacas también puede refulgir esa centella que anuncia la presencia del oro en lo profundo del barro.
Si la urbe se movía, el D10S espabilaba; si la ciudad dormía, Diego soñaba; sin embargo, si la nueva metrópoli convulsionaba, Maradona se estremecía y se abandonaba en su regazo henchido de placer. Como un amor enfermo y tóxico fueron tal para cual. Los venenos de Nápoles simbolizaban los elíxires que la deidad sedienta quería beber. Y, de la misma manera, las conductas grotescas del héroe representaban los actos burdos y banales que la urbe deseaba experimentar para recordarles a los demás que ella había sido un día una de las ciudades más importantes del imperio romano. Ambos se necesitaban.
Entre ellos había una extraordinaria correspondencia: mientras Nápoles prometía placer, Maradona ofrecía su cuerpo y su alma. Un extraño acto vampírico los anudaba en un mismo ser, con tal fuerza de atracción que tanto el pecado como el amuleto eran imprescindibles para sobrevivir. Si el astro argentino se vampirizaba, Nápoles hacía las veces de daga clavada en el corazón; pero si la ciudad se transformaba en doncella, el D10S nocturno la desangraba bebiendo de los elixires de sus venas y sus entrañas. Ella allá y él acá se forjaban a imagen y semejanza de cada cual. A Nápoles y a Maradona los unía el destino, los tejía la eternidad con sus hilos inmortales.
Conscientes de esa atadura, más cercana a la magia negra que a la estabilidad emocional, los hinchas, desaforados por las artimañas del 10 dentro y fuera de la cancha, se dividían entre odios y amores, entre calumnias y reconocimientos, entre chiflidos y aplausos, demostrando que la relación del héroe con la metrópoli era, en exceso, enferma y distópica.
Si el héroe huía, la urbe lo hallaba y, si la ciudad desaparecía, el D10S la reescribía. Con la ausencia de alguno, imposible hubiera sido la presencia del otro. Tanto Nápoles como Maradona se necesitaban para poder vivir, para existir lejos de la monotonía y el declive. Un propósito fundamental los unía: anclarse en la memoria de los hombres con la intención de que el recuerdo no se transformara, con el paso del tiempo, en silencio y olvido. Nápoles y Maradona no quieren menos que reescribir la Historia.


