DIEGO MARADONA: EL HÉROE Y LA CIUDAD (V)

La carne que se muere eterniza el muro que se agrieta. La paradoja es esta: Maradona debe morir para vivir, debe morir para que el D10S se haga ídolo, símbolo, imagen de una fe, más que piadosa, sincera

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / Pinterest / LCDR

 

“Qué me importa lo que Diego hizo con su vida,

me importa lo que hizo con la mía”.

Roberto Fontanarrosa.

 

El desmadre del héroe con la ciudad no es un asunto polémico en una urbe acostumbrada a la apatía y al desamor de la patria. Nápoles, como una hija maltratada, busca un padre putativo que le brinde el cariño negado; un asidero mediante el cual pueda, de nuevo, renacer. Diego, a su modo, también es un ciudadano despatriado, un ángel que, al derrumbarse del cielo argentino en tierras extrañas, ha lastimado sus alas, se ha desgarrado desde adentro. En ambos casos, la historia es idéntica: dos hijos desprotegidos a los que se les ha quitado la venda de los ojos en medio de un camino incierto e inseguro, atestado de riesgos que no están marcados con una equis en el mapa del peligro.

Con la piel magullada y con la moral desvanecida, el D10S herido de muerte que busca su futuro se deja amamantar, no de una loba como lo hicieron Rómulo y Remo, sino de unas tetas de metal. Asimismo, la ciudad que perdió la semblanza de su Historia busca, desenfrenadamente, un héroe que otra vez la ponga a soñar. El destino, inquieto y juguetón por naturaleza, los cruza en el camino. El amor a primera vista entre Maradona y Nápoles no se hace esperar. La coquetería es mutua; el deseo, inesperado.

Nápoles encuentra un nuevo aliento para levantarse del fango en el que ha caído con el paso de los siglos, con el devenir del tiempo. Diego, que no es tan legendario como la urbe, ansía ser el hombre-dios, el relato que no se ha contado, la palabra de fuego que se estampará en el tapiz esquivo y renegrido de la eternidad. Maradona, el D10S, desea convertirse, a como dé lugar, en el mito que antecede a la imaginación, en el mito que excede a la realidad. Ambos lo logran y cada uno es el artífice del otro.

Un cordón umbilical poderoso los une para siempre, pues la Historia del astro argentino, de Napoli y de Nápoles, es una antes de Maradona y otra muy diferente después de él. La ciudad y el héroe se han forjado a imagen y semejanza, como si se miraran de frente con el único fin de transformarse para sí mismos. A esta relación bilateral me refiero exactamente cuando expongo que no hay metrópolis eternas sin sus héroes moribundos y, del mismo modo, no existen en la memoria colectiva hombres inmortales que no se hayan abatido en los escombros de las urbes legendarias.

Es una relación enferma que nos muestra un asunto determinante: la carne que se muere eterniza el muro que se agrieta. La paradoja es esta: Maradona debe morir para vivir, debe morir para que el D10S se haga ídolo, símbolo, imagen de una fe, más que piadosa, sincera. De hecho, en algún recoveco de las calles desconchadas de Nápoles hay una capilla (Santa María de la Sanitá) que guarda un tesoro incalculable: un rincón con una obra del artista Elvis Spadoni donde los napolitanos piden a Maradona, que está con sus brazos abiertos de forma magnánima, se cumplan sus peticiones y milagros. Es extraño, lo sé, pero antes de rezarle a Dios le oran al hombre que sí se hizo D10S en sus tierras milenarias.

Nápoles era el espejo en el que se miraba Maradona y, en los ojos del astro, el reflejo de esta urbe serpenteaba con malicia. Esa unión entre madre e hijo estaba mediada por un cordón umbilical demasiado fuerte y poderoso: un balón que desataba la locura, que hacía del caos el pretexto perfecto para reescribir las cosas y decir que la inmortalidad no es como parece, pues tiene miles de matices y picardías que desconoceremos para siempre.

Dicen que los hinchas del Napoli ya eran devotos acérrimos del D10S antes de que el Barça y las directivas del club azurri firmaran el contrato. Incluso, en torno a este negocio astronómico no faltó el fanático que se encadenó a las puertas del estadio San Paolo (hoy Diego Armando Maradona) exigiendo el fichaje del 10 azulgrana. Otros optaron por medidas más severas y, en un ritual insólito para el fútbol, pero común para los reclamos políticos, cientos de napolitanos emprendieron una huelga de hambre con la que pretendieron acelerar la transferencia. Así, entonces, es fácil comprender que el lío no era de tripas y de panes sino la falta de un nuevo circo romano. Día y noche los enloquecidos barristas arengaban sus proclamas a favor del astro argentino y del equipo de sus amores. Como en Gotham, la locura se había tomado a la ciudad (Nápoles).

Altar Maradona. Pinterest / Néstor Lorenzi

La revolución por el D10S del fútbol en la capital napolitana no fue fiesta de una sola noche, pues nueve de las once copas ganadas por Maradona las conquistó en menos de una década y lo hizo, por fortuna para él, con un equipo que, a decir verdad, no figuraba entre los rivales a vencer por las escuadras de la élite italiana, entre las cuales podemos contar con la Juventus, el Milán y el Inter; sin referirnos al Clásico del sol, así llamado, cada vez que Napoli se enfrentaba a muerte contra el onceno de la capital, la Roma.

Antes de Maradona, jugar contra Napoli era como quitarle el pan a un ciego. Luego, con el D10S en el césped, esa disputa futbolera contra el invidente se transformó en una batalla campal en la que aquellos gigantes de siempre se enfrentaban a un héroe rebelde que les quería robar lo que ellos más adoraban: su inmortalidad.

Poco a poco, dentellada tras dentellada, perdieron la batalla y el D10S se sentó en el trono, en el reino de los elegidos. Su equipo y su ciudad refulgieron en el horizonte con luz propia. Ya nada ni nadie les quitaría lo que se habían ganado sobre la arena, sobre el verde césped de cualquier cancha de fútbol.

Esta pelea de titanes no solo se vivió en los terrenos de juego, también se amplió a nivel sociopolítico porque la rebelión social y la lucha de clases ya no fue entre francotiradores y tuertos, sino entre gladiadores que medían su fuerza y sus embates con el balón en los pies. Con el lastre del descenso en el olvido, Napoli desplegó su mejor fútbol y el ogro asustadizo que algún día fue novato, revolucionó su genética hasta transformarse en un monstruo, en el Kraken al que todos temían.

Parece mentira que un jugador de fútbol pueda entregar, de nuevo, el prestigio social, cultural y político a una ciudad que lo había perdido todo. Maradona robó el fuego a los dioses y, en un acto de valentía, cual Prometeo usurpando el rayo de Zeus, lo entregó a las huestes napolitanas para que estas se levantaran victoriosas de sus propias cenizas.

Condenado al éxito, el 10 de mayo de 1987, a falta de una fecha por terminar el torneo, Maradona y Napoli, contra todo pronóstico al iniciar esa temporada, aseguran el trofeo de campeón al empatar a un tanto contra la Fiorentina. Con el pitazo final en la última jornada (Napoli versus Ascoli) y jugando de local, la demencia y el delirio se tomaron al estadio San Paolo. La horda enloqueció tras sesenta años de espera para consagrarse con el máximo galardón del calcio italiano: el Scudetto. Gracias a Maradona, Napoli era Campeón por primera vez en la hegemónica liga italiana. El héroe fue llevado en hombros por toda la ciudad.

Maradona con Scudetto. Pinterest / Yogesh Singh

La celebración se extendió durante varios días. No creo que Baco con sus toneles de vino y sus fiestas lascivas hubiera apaciguado el desenfreno de la victoria. Fue tan escandaloso el desvarío que a las puertas del cementerio pintaron un grafiti con letras color azul celeste que, para mí, fue maravilloso: “No saben de lo que se perdieron”, era el mensaje de los vivos para los muertos que no tuvieron el placer de celebrar su primer Scudetto. Sin embargo, allá entró la turbamulta, con cánticos y trompetas, a festejar con las ánimas que estuvieran en el limbo del purgatorio o ardiendo en las flagelantes llamas del mismísimo infierno.

Hoy, escribiendo estas letras en la soledad de mi casa, sin vivir esa euforia de la victoria en carne y hueso, quiero corroborar que nada fue tan certero como lo mencionado en ese mensaje mordaz y profundo con el que los napolitanos desafiaron a la muerte, a sus caídos y al mundo de ultratumba: ¡en verdad que aquellos muertos no saben de lo que se perdieron!

Por si fuera poco, en esa misma temporada, Napoli se coronó campeón de la Copa de Italia; un doble galardón inesperado que las casas de apuestas no alcanzaron a anticipar. Pero eso no fue todo. Encumbrado en la cima, el gigante es más difícil de vencer y, justo en ese lugar, estaba la escuadra que custodiaba al volcán dormido. Lo deseaban todo, incluyendo la copa más codiciada del continente. Se hicieron a la mar y fueron por ella. No importaba cuánto les costase, para eso tenían, entre sus filas, a su capitán, al D10S del fútbol universal.

Si algún demonio osado se trazaba la tarea de destronar al Napoli, la gran bestia que comandaba Maradona lo sepultaba de visitante o de local, tal cual como sucedió con la Copa UEFA (el torneo equivalente a la Champions League en la actualidad), obtenida en la temporada 1988-1989, tras vencer en la final al VFB Stuttgart, de Alemania. De nuevo la locura se encarnó, como una entidad poseída, tanto en los ciudadanos como en la urbe de Nápoles. No imagino la ansiedad de aquellos muertos por haberse muerto antes de tiempo. ¡Pobrecitos! ¡No saben de la que se perdieron!

En menos de lo que canta un gallo, el onceno de Nápoles fue tocado, sutilmente, por la magia de D10S. Con la triple corona alcanzada de forma consecutiva nadie discutía que el Napoli, un equipo pequeño y sin futuro hasta el momento, había surgido desde lo profundo de la tierra, desde lo más hondo del Vesubio para catapultarse a la inmensidad del cielo, tal cual como lo había hecho su máximo ídolo: Diego/Maradona.

Napoli tenía no solo las coronas de Italia, sino, también, las de Europa. Y el artífice de semejante hazaña, además, convivía allí, entre ellos, como si fuese un D10S (Hades) rebelde que abandona las grutas del inframundo para hacerse a la luz y divertirse, con los vivos, en el carnaval de su Historia, en las fiestas de la ciudad amada: Nápoles.

Fue tan asombroso el romance que hubo entre el héroe y la ciudad que, en el Mundial de Italia 1990, la semifinal del torneo enfrentó, por cosas del destino y por los juegos truculentos del azar, a Argentina como rival de la selección local. Imposible olvidar que muchos de los napolitanos, adoradores acérrimos de su D10S futbolero, se confabularon con la albiceleste y dividieron la ciudad y el país en dos. En Nápoles, Maradona jugó en su casa y, como ha de ser obvio, atendió a los perros rabiosos desde el umbral de su morada. El odio de los italianos hacia la capital del Vesubio y hacia su héroe no se hizo esperar y creció como la espuma, de manera descomunal.

En Roma, la final fue candente. La barra brava de los tifosi chifló y abucheó hasta el cansancio al héroe napolitano mientras sonaba el himno argentino. Maradona, iracundo, les gritaba con saña “hijos de puta”, “hijos de puta”. En un partido lleno de emociones, Alemania levantó la copa. El equipo teutón jugó el torneo a la perfección, como si lo humano se anticipara a la evolución perfecta de las máquinas.

Hay amores que sobreviven a la tragedia, pero, también, existen romances que matan. Hoy, casi cuatro décadas después, el amor a primera vista entre el héroe y la ciudad se hace más fuerte e indisoluble. De hecho, es posible pensar que el tiempo se detuvo en sus miradas, que la eternidad, esquiva y sin compasión, tuvo que encarnarse en la memoria de las palabras para que el olvido no fuera ese lobo feroz que acecha el recuerdo para desaparecerlo.

No es raro que con el paso de los días el amor se fisure y lo posea una extraña anemia que lo momifique; sin embargo, este no es el caso, porque Maradona aún vive, después de muerto, encriptado en los muros de la ciudad, en las oraciones de los napolitanos, en los altares, en el imaginario colectivo de sus habitantes. Este hecho extraordinario se hizo realidad porque el D10S fue más que una leyenda: el mito vivo de una metrópoli que, como Nápoles, anhelaba su dignidad.

En cada esquina, en cada calle; en los bares, en los cafés, en los restaurantes, en las iglesias, en las casas; pintado en un mural o alumbrado en un sagrario, ahí está la imagen pagana del D10S napolitano acompañado por un balón, levantando las manos o haciendo malabares con la pecosa. Maradona vive todavía en la urbe, se percibe su presencia, su aroma, su magia; esa potencia eterna que jamás abandonará la metrópoli en la que se hizo D10S para siempre.

En esa cartografía del signo maradoniano también se descubre, en el cuerpo ausente del héroe, a la urbe, sus pasadizos, sus arterias; ahí está el mundillo soterrado de la humanidad; el tufo desenfrenado de la lujuria con la que un día Nápoles sedujo y conquistó al astro del fútbol mundial. Así, anclada en la memoria semiótica del héroe está ella, la ciudad, y él se revela, por supuesto, en la sintomatología caótica de sus ruinas.

Sin el deseo de poner punto final a esta epopeya, solo debo advertir que, para algunos lectores, este escrito raya en lo hiperbólico, pero no puedo hacer menos con alguien que vivió abandonado a la exageración, a los excesos de la extravagancia. Es raro que Diego, quien hizo felices a millones de aficionados, no se haya obsequiado un poco de esa felicidad para sí mismo ni para Maradona.

Con un clavel en las manos y una pelota en los pies, Diego sedujo a las huestes para que lo aplaudieran y Maradona lo hizo con la ciudad para que esta le concediera al héroe la inmortalidad. Diego tenía la chispa, el truco del fuego, pero Maradona no supo controlar la hoguera en la que ardió su piel, en la que se eternizo su alma. ¡AD10S, monstruo!