Desde su primera aparición a finales del siglo XIX, el bolero cautivó al mundo latino con el encanto de sus composiciones y con la variedad de cantantes que ofrecía. Las mujeres vieron que su sentir se ajustaba al traje del bolero y aprovecharon para asumir un rol protagónico para contar sus historias, deseos y frustraciones…

 

Por: Jorman S. Lugo

En cada bolero hay un pedazo de alma que alguien dejó grabado. Un trozo palpitante en busca de un cuerpo incompleto al cual unirse. Cada letra, cada interpretación, va volando sin un rumbo fijo, esperando encontrar en su diáspora que alguien cuente una parte de su historia a través de su voz; esperando que los acordes le sacudan la tristeza, le recuerden las pasiones o le hagan volver a soñar.

Desde su primera aparición, a finales del siglo XIX, el bolero cautivó al mundo latino con el encanto de sus composiciones y con la variedad de cantantes que ofrecía. Las mujeres vieron que su sentir se ajustaba al traje del bolero y aprovecharon para asumir un rol protagónico para contar sus historias, deseos y frustraciones; donde dejaron fluir todo su río emocional que desembocó en el alma latina; donde fueron ellas y solamente ellas.

La siguiente es una lista de amor-desamor, de ilusión-desengaño, cantada por mujeres en clave de bolero.

En Cuba nació el bolero y al poco tiempo la voz de Celia se acopló al tempo romántico. A su vibrar llegó una súplica de amor, un ansia de enamoramiento que, en su voz, llega al tono de ruego. Un ruego dirigido a un pretendiente que aún no siente lo mismo, que no ve la luna del mismo color, que no siente nostalgia por su ausencia. Su deseo, acompañado por un piano que revela lo profundo de su sentir, plantea una duda en la correspondencia, mas no en la intención de esperar.

Hay amores muertos antes de empezar. Que no llegan a ser verbo. Amores que duermen el sueño de los cobardes. Tristes amores que viven de quimeras. Para evitar que su ilusión se convierta en un sueño irrealizable, la puertorriqueña Carmen Delia Dipini, en un tono jocoso, se lanza a ayudar a ese indeciso pretendiente que teme confesar su sentir. Su juego, lleno de coquetería, incita al tímido amor para que se lance a sus brazos a ser feliz

En México el bolero tuvo un hogar fecundo. Allí se paseó en los arrabales y en los estudios de cine. En algunos lugares profundizaba en los desamores y en otros hacia volar de encanto el corazón de los amantes. Ese fue el caso de María Grever, prolífica compositora que dejó su alma en ‘Así’. En medio de su éxtasis se pregunta “¿Por qué al mirarme en tus ojos, sueños tan bellos me forjaría?”. Para luego responderse que, sin la mirada y los besos de su amante, no puede satisfacer sus ansias de amor. El sentimiento de Grever conectó con Libertad Lamarque, quien dejó que su Argentina natal le pusiera el sello a su interpretación, haciendo que se sintiera tan dulce, y a la vez, tan cercana al lamento del tango.

Mary Ramia hizo que sus boleros fueran testigos de noches repletas de licor en lugares sombríos, donde su voz sigue siendo una de las preferidas. En ‘Tu corazón y el mío’ nos cuenta los avatares a los que se enfrenta un amor cuando se ve tan fuerte que el mundo se opone. En su estilo no deja espacio para la duda de su amante, porque, ¿hay algo más fuerte que dos corazones unidos con el único objetivo de vivir su amor?

La voz de Estelita del Llano va cargada de intimidad. A ese tono personal le calza perfecta la complicidad de ‘Tú sabes’. Una letra que habla del entendimiento entre una pareja, del estremecimiento de la compañía cuando está cerca; de una unión espiritual, donde hasta en los sueños se es feliz a su lado.

Dione Restrepo en su canción ‘Delito’ pone en evidencia los amores que viven en las sombras; las caricias que temen ser descubiertas; los besos a hurtadillas. Su relato habla de un amor auténtico, pero prohibido: hasta la luna vibra y suspira por él. Incluso, las ausencias que a otros amores agobian a este inspiran. “Sí tu ausencia mis versos inspira, es que estoy en tu azul sentimiento”.

En el puerto de Veracruz nació Toña la negra y desde que cantó sus primeras canciones el impacto musical que causó fue inmediato. Los boleros que interpretó fluyeron con el terciopelo de su voz y con su poder interpretativo. En ‘Y sin embargo te quiero”, se hace un reclamo a sí misma, por no escuchar los consejos ni las advertencias tempranas, por dejar correr una ilusión que ahora le arruga el corazón; por permitir abarcar en su alma un amor que trajo regalos de llanto. Pero su queja termina reconociendo que, a pesar de todo, su amor es más grande que las desventuras vividas.

Incluso esos amores resistidos, en un principio aplazados, pero que aprovecharon un giro del azar para acercarse tanto, para situarse al lado del alma y llenar las horas con besos apoteósicos, con risas a mitad de la noche que sonaban como cascada interminable; que hicieron que hasta los silencios fueran cómplices de su pasión. Al marcharse, dejan un vacío doblemente hiriente: primero porque ya no está y segundo porque, a priori, no debía estar.  A ese amor Olga Guillot le canta en ‘Tú me acostumbraste’. Una canción hecha para preguntarse cómo se olvida.

La relación de México con la música antillana no se vio limitada a la recepción y divulgación. El contacto entre dos culturas tan distintas creó dinámicas complementarias, donde la riqueza de una se refleja en la otra. Así surgió el bolero ranchero: una mezcla que dio lugar a que los dolores del alma fueran cantados con brío, y que abrió las puertas a las mujeres para cantar rancheras. María Elena Sandoval es una de ellas, y al fracasar en su intento por dejar de lado aquel cariño que ya no está, le pide a su dios que selle su boca para evitar nombrarlo y, quizás así, arrancar de su alma esa loca pasión que ya no puede ser.

Cada separación es un drama en sí mismo. Es normal ver que los amantes se aferren al otro, suplicantes por un nuevo beso que los una, esta vez, en la eternidad. Pero la voz de Gloria Estefan llega para recordar que no hay amor sin dignidad; para reafirmar que las ataduras entorpecen, ahogan, estrangulan; para ratificar que hay huellas imposibles de borrar. En su canción, Estefan, con un tono más de advertencia que de esperanza, le dice a ese amor ingrato que, después de marcharse, regresará.

Hay personas que lo dicen con esperanza. Detienen los relojes, organizan la casa, abren las ventanas y tejen eternamente en su cabeza las palabras que le dirán al amor que retorna después de su travesía. Añoran la naciente aurora para volver a besar, para borrar la nostalgia que ahoga la felicidad. Así, Matilde Díaz, hace que su lamento navegue en los recovecos del alma para preguntar, ¿acaso no esperamos el retorno de alguien?

Cuando abrió la boca y dejó salir su primera frase, su vibración contagió a todos los que la escuchaban. Nunca los oyentes esperaron que un huracán herido les helara la sangre y les achinara la piel en dos segundos. Nunca estuvieron preparados para tanta intensidad. Su voz desgarró los corazones heridos y fulminó a los amores mediocres. Dijo: “Según tu punto de vista, yo soy la mala, vampiresa en tu novela, ja, la gran tirana”. Y se jactó de serlo, de saber que se quedaba sola. En su voz, cada palabra se siente como si naciera, y se hace imposible no reconocerle que, al final, fue la ganadora del amor terminado.

 

La voz de María Teresa Vera vuela sin que nadie la detenga. Consigo lleva la melancolía de saberse perdedora. Arrastra, en su lamento, la resignación de la impotencia; de mirar atrás y ver todo lo que se dio; de entender que la alacena quedó vacía, que los viajes fueron en vano, que los kilómetros de ilusión se desvanecieron con un suspiro. Al mirarse, comprende su fracaso y se repite, como para no dar más explicaciones, “¿qué le vamos a hacer? Yo tenía que perder y he perdido contigo.”

Soffy Martínez le confiesa, a ese amor ponzoñoso, que no podrá perdonarlo. Apoyada en su agudeza, le recalca, “no, no, no te puedo perdonar”. En su envenenado corazón no hay espacio para él. Y a pesar del odio, del rencor, lo alienta para que siga, para que busque otro cariño, porque en ella no lo va encontrar.

Ligia Mayo canta con toda el alma a ese amor imposible que duerme en otros brazos. Resignada mira su herida y contempla en ella la tristeza que la agobia. La trompeta y el piano acentúan su dolor que, a pesar de desangrarle el corazón, de no poder sacarlo de su cabeza, de tenerlo como un martillo que no cesa de golpearle su lastimada alma, no le impide desearle felicidad con el amor que lo arropa.

Consuelo Velázquez e Isolina Carrillo hicieron que sus canciones adornaran los pedidos de amantes al borde del colapso. Isolina, regaló dos flores para que no la olvidaran, les dio vida y voz para que su amante no dejara perder la esencia del amor que entregaba. Quizá su amante solo vería plantas en su regalo, pero ella dejó su alma cifrada, su ternura. Con ellas dijo lo que las palabras no alcanzan a nombrar. Y Consuelo se animó a hacer que un beso fuera eterno. Pidió, suplicó, rogó por que los labios que la aman siguieran acariciándola; por una noche cómplice e infinita. Así, quizás así, atada a su amante en un beso cósmico, su miedo, su intuición del fin, se alejaría; quizás así la lluvia nunca llegaría en la madrugada y ambos despertarían mirando el mismo sol; quizás, ese beso no dejaría que se separaran jamás. Omara Portuondo comprendió los ruegos y los deseos de ambas, y en una versión que estremece desde el primer acorde, desde que la primera tecla del piano suena, hace que todos nos callemos, para celebrar su canto y para dejarnos herir por los recuerdos de los amores que se alejaron.

Hay bosques susurrantes. Miles de árboles con la emoción contenida en sus hojas, que de tanto en tanto dejan que todas, en una danza silbante, anuncien el encierro de Perséfone en el Hades y la llegada de la muerte. Ese canto del bosque es la voz de Xiomara Alfaro, quien brilla las palabras y juega con ellas hasta lanzarlas, como aguijones, directo al nervio. Su noche de ronda es interminable. De la tiniebla, donde yace agonizante por los plazos traicioneros, tan solo sobresale la luz de su voz.

Si La Lupe es un huracán herido, Freddy es una tromba melancólica, una fuerza de la naturaleza arrolladora que todo lo que arrastra a su paso, lo inunda de nostalgia. Deja una estela de tristeza, una evidencia de sufrimiento que traspasa las barreras del orgullo. El canto fue su mundo. A él se aferró para mitigar sus penas; allí sobrevivió a los callejones donde solo las estrellas la escuchaban; en él olvidaba las horas perdidas y encontraba ilusiones escondidas en su ser. Dijo “soy una mujer que canto para mitigar las penas. No era nada ni nadie y ahora dicen que soy una estrella, que me convertí en una de ellas para brillar en la eterna noche.”

Al final de cada bolero el mundo se detiene y trata de encontrar un nuevo orden. El alma se desajusta y trata de llenar su herida con el trozo de alma que fue entregado. Después, las almas que no encontraron lugar siguen su travesía sonora para tener un cuerpo donde hacer eco.