Jesús, Buda, Mahoma, Confucio, Orfeo, Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, Gandhi, Einstein, Albert Schweitzer, han dejado sus huellas indelebles en la humanidad, gracias al sentido divino de caridad o amor.

 

Por Jorge Triviño     

Las palabras —esas humildes servidoras— que van trasegando de boca en boca, el vino más añejo, la miel más dulce o la hiel más amarga, y que o bien son livianas como el viento, pesadas como la piedra, ondulantes como el agua, o devastadoras como el fuego, tienen características muy bien definidas.

Algunas, al pronunciarlas, producen la calma, la pasividad, la mansedumbre, la alegría, la belleza; en cambio, otras no menos melifluas infunden el ánimo, exacerban o exasperan a los auditorios y enervan los sentidos; sin embargo, las más sutiles, como el éter, aún no nos dan la comprensión real de su significado, pues nuestros sentidos y nuestra consciencia aún no están preparados para comprender su misma esencia.

Los términos lodo y fango son para nosotros muy comprensibles, pues la mayoría hemos estado bajo el influjo de esos estados de viscosidad de la tierra.

Las palabras fiera, tierra y piedra nos dan la sensación de un poder de firmeza y fuerza, pero en cambio el término amor se ha venido desluciendo, perdiendo el sentido real con el que nació y ya no representa más que una atracción de carácter material, quedándonos con la cáscara o piel que lo abriga.

Ilustración / Simone Massoni

El amor —una fuerza inmaterial e intangible— y de carácter sublime, ha perdido en nuestra alma el sentido de altura, de belleza y de profundidad.

Nos hemos materializado tanto —pero tanto— que el lenguaje utilizado se ha vuelto vulgar, soez, falto de belleza y de eufonía.

Ya no decimos: “me importa poco”, “me importa un pito” u otras alocuciones, en vez de eso decimos: “me importa una m…”.

Para hablar de lo más bello que es una mujer, por su estado natural de armonía, de dulzura, de encanto, de donosura, decimos: “es una ch…”, haciendo alusión al órgano femenino, más bien que hablar de ella como un ser extraordinario.

Traigo a cuento estos ejemplos del diario acontecer para  dar a entender que cuando los seres van perdiendo el sentido de belleza, de armonía, de encanto, con respecto a la vida, a la naturaleza y frente al mismo universo, el verbo se torna más pesado, agresivo, cruel y se puede pensar que la humanidad ha descendido a nivel sensitivo y a nivel consciente; razón por la cual, ha disminuido notoriamente el interés en la literatura hermosa, en la escultura y en la audición de obras de música culta.

También es preocupante ver cómo la vulgaridad de las formas de pintura hallan cada día más adeptos. La caricatura se ha deformado de tal manera que la falta de belleza en sus líneas se hace cada vez más notoria. La literatura se ha llenado de descripciones de delitos, engaño, falsificaciones, miseria, dolor, angustia y de magnificación de aquellos seres que encarnan la maldad.

Pero, apartémonos un poco de este maremágnum y busquemos un poco más allá, el sentido excelso y grandioso del término: amor.

Los seres humanos hemos venido trasegando a través del tiempo y hemos formado conceptos. Algunos son muy claros; otros, sin embargo, no nos dan aún la perfecta comprensión y eso se debe a que las palabras no corresponden, pues ellas también deben evolucionar al mismo paso que evolucionan las personas que hablan un lenguaje; pero aún no se corresponden.

Existe en la consciencia colectiva el deseo inamovible de avanzar y eso ocurre desde algunas mentes más desarrolladas, como son las de los grandes artistas o creadores de cualquier índole.

Dentro de ellas, podemos citar a los excelsos compositores, que, a causa del desarrollo de la sensibilidad, se han puesto en contacto con el inconsciente colectivo, como lo denominara Carl Gustav Jung, o bien como lo han designado los Rosacruz: Anima Mundi o Divinum Sensorium.

Existen varias canciones que, a nuestro parecer, son iluminadoras en grado sumo. De ejemplo, les traigo las siguientes:

 

AMAR O MORIR

¿Qué sería del árbol que nace

si no hubiera lluvia,

si no hubiera sol;

de la noche desnuda de estrellas,

del silencio, si no hubiera voz?

 

¿Qué sería del barco sin vela?

¿Qué sería de mí, sin amor?

No. No. No podría vivir ni un instante,

no podría calmar mi dolor.

 

Amar o morir, el amor es el alma de todo.

Amar o morir, ¡ay! de aquel que en la vida está solo,

sin que nadie respire con él,

amar o morir, no existe otro modo.

 

Amar o morir, el amor es el alma de todo.

Amar o morir, ¡ay! de aquel que en la vida está solo,

sin que nadie respire con él,

amar o morir, no existe otro modo.

 

¿Qué sería de todas las calles?

Si no hubiera nadie prestando calor;

de las aves, si no hubiera aire;

¿qué sería una flor sin color?

¿Qué sería dejar de entregarme?

¿Qué sería de mí sin amor?

No. No. No podría vivir ni un instante,

no podría calmar mi dolor.

Amar o morir, el amor es el alma de todo.

Amar o morir, ¡ay! de aquel que en la vida está solo,

sin que nadie respire con él,

amar o morir, no existe otro modo.

Amar o morir, el amor es el alma de todo.

Amar o morir, ¡ay! de aquel que en la vida está solo,

sin que nadie respire con él,

amar o morir, no existe otro modo.

Ilustración / Simone Massoni_

Hagamos un análisis de tan precioso texto, sencillo e iluminador, desde su título: Amar o morir, planteándonos quizá que ambos son dos polos de una misma realidad, o simplemente, que aquello que no tiene amor, lleva implícita la muerte.

Dice Jakob Boheme, al respecto:

Pues todo lo que no está en armonía no puede vivir eternamente; mas todo lo que está en perfecta armonía, no tiene en sí mismo elementos de destrucción, porque en semejante organismo todos los elementos se quieren los unos a los otros y el amor es creador y conservador de la vida.”;

lo cual convalida el descubrimiento del autor de la canción; de donde podemos concluir que el amor es una fuerza unitiva, causante de la armonía entre los átomos, las células, los órganos y los cuerpos; desde el más minúsculo, hasta las galaxias.

Franz Hartmann comenta con respecto a tan magna fuerza:

El amor y el odio existen en los minerales lo mismo que en los hombres, solo en otro estado de consciencia. Podríase escribir una tragedia o comedia respecto a la historia de la familia de los minerales describiendo , por ejemplo, cómo la hermoso princesa Sodio se enamoró de un fogoso joven llamado Oxigeno, y se casó con él; más la feliz unión duró hasta que un día un caballero celoso llamado Clorino, se enamoró de ella, y, aunque él mismo estaba casado con una mujer ligera llamada Hidrogenia, se llevó a la princesa, y no quedó al pobre Oxígeno otro recurso que tomar la mujer abandonada y con ella convertirse en agua[1]

Ilustración / Davide Bonazzi

       Pero continuemos con el estudio de la composición musical que hemos escogido.

Inicia la primera estrofa, haciéndose las siguientes preguntas:

¿Qué sería del árbol que nace?

Si no hubiera lluvia,

si no hubiera sol;

de la noche desnuda de estrellas,

del silencio, si no hubiera voz.

 

¿Qué sería del barco sin vela?

¿Qué sería de mí, sin amor?

       Estos interrogantes que se hace el autor, también nos los hace a nosotros, quienes debemos responder —si analizamos concienzudamente las preguntas —, pero que al hacérnoslas, comprendemos que somos un todo indiviso: cuanto nos rodea, también se rige por la ley del amor: los árboles, la lluvia, el sol, las estrellas, el silencio, la voz, el barco, la vela, y nosotros, los seres humanos; para concluir posteriormente que sin amor no sería posible nuestra existencia; cuanto más precioso tesoro tenemos.

Pero como algo trascendental y mágico, concluye: “El amor es el alma de todo”

Extraordinaria conclusión a la que llega el autor, después de hacer un aparente examen de ese manantial divino llamado endoconsciente.

Continúa diciendo el autor:

Amar o morir, ¡ay! de aquel que en la vida está solo,

sin que nadie respire con él,

amar o morir, no existe otro modo.

 

¿Qué sería de todas las calles?

Si no hubiera nadie prestando calor;

de las aves, si no hubiera aire;

¿qué sería una flor sin color?

¿Qué sería dejar de entregarme?

¿Qué sería de mí sin amor?

No. No. No podría vivir ni un instante,

no podría calmar mi dolor.

      El autor no halla sentido alguno a una existencia sin otro ser a su alrededor, que respire cerca, y no percibe una forma diferente de vivir; pero va más allá, planteándonos la necesidad de que las calles tengan el calor vital de vidas cercanas, de la existencia de las aves, del aire, del color de las flores, de la entrega, del amor y de la imposibilidad de vencer el dolor sin ese calor maravilloso que es el amor.

Ilustración / Adam Quest

Las diferentes teogonías hablan de la Divinidad, como una luz interior, como la causa causorum de la creación; la ciencia dice que el fuego es la causa del universo manifestado —una explosión gigantesca denominada Big Bang—; la luz atómica y cósmica, equiparándola —tal vez— con la misma luz del amor.

Ya veremos un poco más tarde, cómo se ha llegado realmente a comprender qué es en esencia el amor.

Un tema de la cantante mexicana Yuri, llamado: “Yo te pido amor”, nos revela:

Amor, un relámpago en la oscuridad, amor, latigazo de electricidad, amor, terremoto sacudiéndome, la noche se convierte en día junto a ti

        Las diversas enseñanzas teológicas, filosóficas y científicas, plantean que el universo surgió de la luz, de la interacción atómica; de la armonía de la vibración; por ello no están lejos los espiritualistas que buscan divinizarse con la utilización  del verbo o Logos mediante la enunciación del mantram más sagrado: AUM, que debe ser pronunciado con determinada tonalidad y ritmo, haciendo vibrar absolutamente todas las fibras del cuerpo, para ponerse en contacto con la divinidad interior, y a su vez con el mismo universo.

Las fuerzas que preponderan en el cosmos manifestado son cuatro: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil; dentro de las cuales se destaca la fuerza electromagnética, una fuerza poderosísima que unifica y amalgama las diferentes energías: la que mejor definiría el concepto real del amor:

Las diferentes religiones definen a la Divinidad: “Dios es luz, Dios es amor”; lo cual ya lo han entendido los cabalistas, espiritualistas y los alquimistas, quienes se dan a la tarea de buscar a Dios en sus corazones, el centro unificante por excelencia —el lugar donde se purifica la sangre—, en practicar el amor desinteresado y ejercer la caridad hacia toda criatura; es decir, realizar su cristo interior.

Hagamos aquí una digresión, utilizando la Kabalah fonética. Un método para hallar la verdad contenida en las palabras. En ella, las consonantes forman la parte fija y las vocales, lo volátil o mutable.

Si tomamos la palabra: C H R i S T o S, utilizando únicamente la estructura de las consonantes y usando otras vocales; se forma de igual manera, la palabra CHARITAS —Caridad—, dándonos a comprender que la búsqueda del Cristo, es nada más y nada menos que la caridad o amor universal, para unirnos con la Divinidad misma, con la luz crística.

ilustración / Guy Shield

Otra memorable canción, interpretada por Gigliola Cinquetti: “A las puertas del cielo”, expresa:

“Dicen que del amor nació la vida”, frase plena de sabiduría, ya que, de la Divinidad manifiesta como luz y como amor, surge el precioso diamante: La Vida.

Pero existen otros textos alucinantes, como el poema de Gaspar Núñez de Arce:

¡AMOR!

 ¡Oh, eterno Amor, que en tu inmortal carrera,

das a los seres vida y movimiento;

con qué entusiasta admiración te siento,

siempre sensible, palpitar doquiera!

 

Eternamente tuya, la creación entera

se estremece y anima con tu aliento;

y es tu grandeza tu grandeza tal, que el pensamiento

te proclamara Dios, si Dios no hubiera.

 

Los impalpables átomos combinas,

con tu soplo magnético y profundo;

tú creas, tú transformas, tú iluminas,

y en el cielo infinito, en el profundo mar,

en la tierra atónita dominas,

¡Amor, eterno amor, anima mundi!

Este poema —grandioso en su estructura—, como en el sentido más elevado, nos proporciona un conocimiento más exacto y puro, instruyéndonos de formidable manera, pues entendió que el amor es eterno; además el poeta nos manifiesta que el amor da vida y movimiento; es el animador, además de combinar los componentes de la materia: los átomos, y explica que es un poder creador, e iluminante, cuyo dominio va desde el planeta tierra hasta las mismas galaxias.

Declara—además— que el amor, con su hálito magnético, crea, transforma e ilumina las alturas y las profundidades. Agreguemos, también, el texto de Marie Corelli en su preciosa joya de la literatura, El castillo de Asélzion:

“La vida es el ímpetu Divino del Amor. La fuerza que regula el Universo es el amor; y del amor nace El Deseo y la Creación. Así como un amante desea apasionadamente la posesión de su amada, para que de su mutua ternura nazcan los hijos del Amor, así también el Divino Espíritu, perpetuamente creador y deseoso de perfecta belleza, posee el espacio con eterna energía, produciendo millones de sistemas solares, cada uno de ellos con diferente organización y separada individualidad. El hombre, la criatura de nuestro pequeño planeta la Tierra, es nada más que un simple resultado de la irresistible manifestación de la Divina fecundidad. El hombre es la “imagen de Dios”, en cuanto posee razón, voluntad e inteligencia que lo distinguen de la creación puramente animal, y en cuanto ha recibido un Alma, eterna, formada para el amor y para todas las cosas que crea el amor”.

       Y un poco más adelante, agrega:

¡Haced del amor la aspiración la aspiración de vuestra vida, en forma que pueda crear dentro de vosotros la pasión de los nobles anhelos, el fervor de la alegría, el fuego del idealismo y de la fe! ¡Consideraos como parte del Divino Espíritu de todas las cosas, y sed Divinos en vuestra propia existencia creadora! ¡Todo el Universo permanecerá abierto a las investigaciones de vuestras almas siempre que el Amor sea la antorcha que alumbre vuestro camino.[2]

 

       Y para finalizar estas disertaciones sobre tan trascendental tema, tengamos en cuenta que es tan poderoso el influjo del amor, que la voluntad se rinde ante su presencia, ya las más grandes hazañas y hechos heroicos los han realizado personas sencillas, estimuladas por el fuego del amor por un hijo, su madre, la patria o por su anhelo de ayudar al mundo.

Jesús, Buda, Mahoma, Confucio, Orfeo, Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, Gandhi, Einstein, Albert Schweitzer, han dejado sus huellas indelebles en la humanidad, gracias al sentido divino de caridad o amor.

Comprendemos la maravilla de entender tan magna fuerza de una manera distinta y penetrar en uno de los más maravillosos misterios: el Amor.

Referencias

[1] HARTMANN, Franz. Ciencia oculta en la medicina. Editorial Kier s.a. Avda Santa Fe. 1260. Buenos Aires, Argentina. Segunda edición. Págs. 87,88.

[2] OBRA CITADA. Pág. 110.