EL LIBERTADOR DEL LIBERTADOR

 

Con excepción del firmamento, que termina integrándose como fondo y escenario natural de los saltos y vuelos monumentales en sus esculturas, el paisaje es el gran ausente de su obra.

 

Escribe  / Camilo Alzate – Ilustra / Stella Maris

Fotografías / Margarita Rojas

 

Entre mis recuerdos más remotos regresa esa mañana en que mi padre me trepó a la cola del Bolívar desnudo de Pereira. Aún igual que entonces me sigue impresionando el gesto de aquel héroe despojado de todo su ropaje (sin insignias ni armas, sin honores militares, dirán otros), un Bolívar “al servicio de las multitudes” que no es aquel “soberano del año 1828” como bien apuntó Otto Morales. El prócer llegó a la ciudad en una caravana acompañado por la muchedumbre desde la estación del ferrocarril, remontando la calle 19 con una pata rota.

Bolívar desnudo. Plaza de Bolívar, Pereira. Fotografía / Margarita Rojas Torres

 

Ahora me impresiona también la figura de Rodrigo Arenas Betancourt, el hombre que imaginó y creó con sus manos esa escultura. Pequeñito y desapercibido, cuánta genialidad desbordaba para concebir a un libertador que en realidad va prófugo: es un Bolívar de la huida que ha saltado desnudo por la ventana en esa noche de septiembre porque una conspiración viene a matarlo. Entonces escapa, lo muestra el rostro contorsionado del caballo, su galope que pone los músculos a punto de reventar, el ceño preocupado del prócer. Un Bolívar que huye de sí mismo, de su legado de tirano sanguinario, de su glorioso pasado fundador de naciones. Con ese “Bolívar distinto” –tales fueron las palabras del alcalde Lázaron Nicolls cuando encargó la obra para el centenario de la ciudad– Rodrigo Arenas Betancourt se convertiría en el libertador del Libertador.

“Trato de esculpir la liberación de lo que está abajo”, escribió Rodrigo Arenas en su libro Crónicas de la errancia: “es decir, la ingravidez en lucha con la materia”. De esa danza imposible entre la solidez pesada del bronce y el basalto con la ligereza que moldea sus formas, que parecen siempre arrojándose al vuelo ligero, siempre hacia una huida permanente, nace el estilo brutal y sutil que lo caracteriza, tosco y delicado al mismo tiempo.

Arenas nunca dejó de ser ese campesino atormentado que se veía a sí mismo como “un árbol en la alta montaña, azotado por tormentas terribles, golpeado por el vendaval y la furia ciega de la adversidad”.

Por eso su monstruosa escultura a los lanceros en el Pantano de Vargas no deja adivinar si aquellos caballos y guerreros cabalgan rumbo al cielo o más bien hacia el abismo, no permite saber si asaltan la victoria o en realidad se despeñan en la muerte. Otto Morales se refirió a ese legado como al del “último realista”, por sus composiciones en las que abunda la violencia, pero olvidó que la violencia puede ser un peligroso equilibrio. El equilibrio que marcó la vida del artista.

Arenas nunca dejó de ser ese campesino atormentado que se veía a sí mismo como “un árbol en la alta montaña, azotado por tormentas terribles, golpeado por el vendaval y la furia ciega de la adversidad”, según narró luego de que una banda de delincuentes lo secuestrara en 1987, obligándolo a pasar 81 días en el monte, donde se encontró de frente por fin con la muerte, él, que había intentado atraparla tallándola en cada pliegue y cincelada.

Siete años más tarde se iba a morir de verdad. O lo iba a matar el trago, para ponerlo con mayor precisión, pues el diagnóstico fue una cirrosis hepática. Borracho, mujeriego y putero, según su propio relato, si hubiera vivido en estos tiempos hubiese terminado como todas esas estatuas que hoy son derribadas de su pedestal. Creo que ni siquiera le importaría, porque la vida era para él –cuentan que dijo una de sus amantes–  la belleza de una vaca parida que da leche, la abundancia de un palo cargado de naranjas.

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“Detrás de la fama se esconde siempre un hombre como cualquiera, lleno de grandezas y de miserias, y también lleno de soledad y sufrimientos”, había escrito el cronista Juan José Hoyos una vez que se emborracharon juntos en un antro de Medellín. También es cierto que Arenas recibió contratos y se fotografió y se dejó condecorar por presidentes genocidas o por insignificantes alcalduchos de pueblo. Y que hizo una hermosa escultura de John Lennon al encargo de un mafioso tan excéntrico como criminal.

Durante aquel secuestro, en esa muerte momentánea que llegó oculta en la hojarasca y la montaña, mirando otra vez la luna como “un fenómeno fascinante”, fue cuando Arenas descubrió ya tarde, con las reminiscencias de su infancia campesina, “el milagro de contemplar la naturaleza”. Con excepción del firmamento, que termina integrándose como fondo y escenario natural de los saltos y vuelos monumentales en sus esculturas, el paisaje es el gran ausente de su obra. Sólo le desvelaban los caballos agitados, tensos hasta el desespero, y la figura humana, o mejor aún, la contorsión que causa el dolor y el sufrimiento en los humanos. ¿Debo concluir que la suya es una estética de la desfiguración?

Me causa sorpresa que hayan querido equiparar a Arenas Betancourt con algunas corrientes del arte indigenista latinoamericano cuando su otra gran fijación fue el Prometeo ladrón del fuego, símbolo europeo de la rebeldía y la ciencia, que esculpió en tantos lugares y de tantas maneras.

Allí sitúan algunos críticos su fascinación por Cristo, al que talló en muchas oportunidades, fascinación que nada tiene que ver con las creencias, puesto que Arenas fue un ateo irredimible, sino más bien con aquella exaltación del sufrimiento que los labriegos de su tierra y la mía prodigan con generosidad. “La vida del latinoamericano pasa necesariamente por el sufrimiento, el abandono y la miseria”, escribió a propósito Camilo Hoyos: “su desierto particular es la montaña, y las lágrimas y sangre derramadas por Cristo serán aquellas del sudor del campesino”.

Un Cristo que es “bárbaro, ulcerado y sangriento”, como había anotado Gabriel García Márquez después de conocerlo en Bogotá durante uno de sus primeros retornos al país tras el autoexilio mexicano, exilio que le dio el reconocimiento y la proyección que probablemente no alcanzaría jamás en su propia patria.

Me causa sorpresa que hayan querido equiparar a Arenas Betancourt con algunas corrientes del arte indigenista latinoamericano cuando su otra gran fijación fue el Prometeo ladrón del fuego, símbolo europeo de la rebeldía y la ciencia, que esculpió en tantos lugares y de tantas maneras, con o sin rostro, unas veces como un cuerpo compacto, otras con las vísceras ofrecidas a las nubes.

El Prometeo que más me impresiona recibió ese bautizo de la gente del común en Pereira, y no por parte de su autor, quien había nombrado la escultura “Monumento a los Fundadores”, por los bajos relieves de maiceros, hachas, perros langarutos y colonos miserables que arrasan con cedros y guaduales a su paso, una típica estampa costumbrista de la mitología paisa sobre la que se alza sin mayor coherencia un hombre desnudo en bronce –no tiene cabeza– que levita con el pecho abierto entre una herida que, por su forma de explosión, también podría ser un incendio.

Monumento a los Fundadores de Pereira. Avenida Circunvalar. Fotografía / Margarita Rojas Torres.

Lo que sí tuvo de latinoamericano Rodrigo Arenas era esa potencia telúrica que transmite su escultura, como un volcán en erupción: fragua donde ocurre la creación más primaria. Los pliegues infinitos, los surcos tajantes imitando al viento o a las ondas de una tempestad, que rodean casi todas sus esculturas, son quiebres y picos y cañadas de la cordillera. En eso sí era un escultor andino. Y en la exaltación de la tristeza.

“Toda la creación me pone triste, animal y triste”, dijo Arenas de sí mismo y quizá del Universo que lo atormentaba. “En este momento me pregunto, ¿para qué hago yo arte? ¿Para qué sirve el arte?”, escribió en Los pasos del condenado. “Y no encuentro respuesta para mí. No la encuentro, y quizá nunca la encuentre (…) Siento o sueño que de todas maneras he sido muy feliz, inmensamente feliz, astronómicamente feliz y cornudo”.

Arenas, como sus esculturas, fue un hombre irreconciliable con el mundo y consigo mismo, tambaleándose en ese equilibrio peligroso de brutalidad y delicadeza, de fuga y pesadez, de felicidad violenta que es dolor.

 

Portada especial / Rodrigo Arenas Betancourt

Arenas, el monumentalista de la montaña