El anfitrión sugiere que a él le gustaría visitar estas ciudades y sus más grandes museos, en su amable compañía. Le confiesa, igualmente, su deseo de comprar, para su amada madre, la más preciosa imagen de la virgen. Antes de despedirse elogia, el visitante, la concordia de este hogar. Lamenta compararlo con el atrio de su templo, infamado cada noche por la mugre y el desorden de los vándalos.
Por Hernando López Yepes
Ilustración: Daniel Román
Un viento helado empuja la lluvia desganada. La luz de los faroles danza en el espejo tembloroso de las charcas. Densas corrientes de aire con olor a orina descompuesta, se levantan hacia el cielo. El suelo adoquinado se ha cubierto de excrementos, papeles desgarrados y sobras de comida. Sobre esta suciedad dormita un grupo de indigentes, drogadictos y dementes. Detrás de una ventana de la casa arzobispal un hombre observa a los durmientes. Vistos entre las sombras, estos cuerpos, le parecen gordas y deformadas bolsas de basuras.
Horas después denuncia el cardenal, en su sermón, la angustia del buen Dios cuyas acciones, estorbadas por los hombres, pueden manifestarse solamente en la forma del amor. Habla del egoísmo, la ceguera y la locura de nuestros gobernantes. Explica cómo rompe el hambre malhechora el alma de los pueblos. Expresa que no debe preguntársele al cerebro sobre la acción mejor, sino escuchar qué cosa quiere el corazón. Defiende la importancia de vivir en un camino que no debe ser, jamás, el del apego. El cardenal se empeña en conmover a los presentes. Para lograrlo cita historias, leyendas y parábolas. Explora, mientras habla, la expresión de cada rostro: valora cuánto afectan sus palabras a la congregación. Él siente ser, ahora, Juan Crisóstomo que vuelve a predicar.
Tan pronto ha terminado de celebrar el culto se abre paso entre la muchedumbre; busca allegarse a un grupo familiar que se destaca entre las gentes. Cuando está junto a ellos le habla al padre, pondera la belleza de sus hijos, exalta el beneficio de educar a la familia en el sendero de la fe; afirma que su iglesia ha sido bendecida por contarlo entre sus fieles; le pide que lo llame por su nombre. Finalmente, rodea con sus manos la cabeza del muchacho mientras le dice al padre la frase aduladora de Escrivá de Balaguer: “Deberá usted buscar para este niño un matrimonio santo, con una joven buena y guapa y rica”.
El padre de familia le confiesa que su mayor anhelo se ha cumplido hoy al recibir, en su sermón, la luz de su saber. Desde este día asiste, sin faltar, a la celebración dominical; deja, al final, una limosna generosa en las manos del prelado. Pasados unos meses manifiesta su deseo de agasajarlo en su humilde residencia.
En la comodidad de la mansión se ocupan, los dos hombres, en tejer delicados comentarios: exaltan la honradez de los abuelos, su amor por el trabajo, su manera sencilla de vivir. Después, hablan un poco de política, de economía, de arte… El cardenal afirma que, en más de una ocasión, ha sido mediador entre su iglesia y algunos anticuarios. Confiesa, con orgullo, haber tratado a los más grandes comerciantes de arte, en París y en Roma; entre ellos al famoso Carlo María Ruini: “un hombre culto y rico, de modales distinguidos”. El anfitrión sugiere que a él le gustaría visitar estas ciudades y sus más grandes museos, en su amable compañía. Le confiesa, igualmente, su deseo de comprar, para su amada madre, la más preciosa imagen de la virgen.
Antes de despedirse elogia, el visitante, la concordia de este hogar. Lamenta compararlo con el atrio de su templo, infamado cada noche por la mugre y el desorden de los vándalos.
Pasados unos meses vuela, el cardenal, sobre los verdes llanos orientales. Tiene como destino la más preciosa hacienda de este hombre, quien lo abraza al recibirlo en el extremo de una rudimentaria pista de aviación. Un grupo de hombres, fuertemente armados, los escolta. Gentes sencillas los colman de atenciones. Recios llaneros cantan, para ellos, en español macizo, las domas de sus potros, sus entreveros con las viudas ricas, sus encuentros con el diablo. Cuando cae la noche disfrutan las delicias de la mamona asada, humean sus habanos, beben whisky, contemplan las estrellas… Hombres curtidos por el sol y por la lluvia relatan sus encuentros con el mohán, con el silbón, con el duende y la llorona. El anfitrión anuncia que muy pronto ha de viajar a Italia, por asuntos de negocios. El cardenal le pide que visite a Ruini, el anticuario. Él tiene la certeza de que en su rica colección podrá encontrar la imagen de La Virgen, para su amada madre. Explica que recuerda haber visto alguna vez, en su exquisita “galería”, “Una Asunción” pintada por Poussin. Comenta que quizá fue el mismo día en que tomó en sus manos “El Cristo de Cellini”: una preciosa efigie que el amable Ruini le ha ofrecido, de manera reiterada. El anfitrión lo escucha, atentamente; el clérigo se esfuerza por hacer la descripción del crucifijo. Declara, de manera apasionada, en qué medida anhela ser el propietario de esta joya. Confiesa que no sabe, todavía, cómo podrá adquirirla; puesto que él no es, hoy, y tampoco ha sido, nunca, un hombre adinerado. No ha terminado de explicarse, el cardenal, cuando su voz se ahoga entre el estruendo de un concierto de bandola. El anfitrión se aparta de su lado; se ocupa en recibir a algunos lugareños que han llegado con retraso. Cuando retorna acoge entre sus manos las manos del prelado; le pide hacer silencio, cerrar los ojos y escuchar la música. Luego, en los intervalos musicales, manifiesta que él no quiere discutir, en esta noche, sobre cuestiones de arte. Las horas pasan; es tarde, ya, cuando la fiesta se termina.
Dos días después, en el momento de partir, el cardenal desliza entre las manos de su amigo una hoja de papel. En ella ha escrito el nombre del comerciante Ruini; también su dirección. Un poco más abajo ha escrito, con mayúsculas: “LA ASUNCIÓN” DE POUSSIN, Y “EL CRISTO DE CELLINI, EL ESCULTOR RENACENTISTA”. La nave emprende el vuelo. Tras dos noches de insomnio, el cardenal se entrega al más profundo sueño. Mañana ha de viajar hacia Venado Tuerto, en La Argentina. Allí presidirá un encuentro religioso. Para ello ha preparado un documento referido a “La recta relación sexual entre los cónyuges”.
Cuando retorna a su parroquia encuentra que en la entrada de su templo han erigido una empinada reja fría y enlutada. El cardenal no hace pregunta alguna; expresa ante sus fieles, solamente, que se encuentra gratamente sorprendido. Dentro de sí y tan sólo para sí, sabe muy bien qué corazón y mano de hombre movió Dios; atento, como siempre, ante los ruegos de su hijo predilecto. Al cardenal le hace feliz saber que la oración saldrá limpia de su templo, desde ahora. Una devota anciana, asidua de su iglesia, le comparte una noticia impresa en un periódico: “Entre los basureros de una ciudad cercana se han hallado los cadáveres de algunos indigentes”. En las fotografías reconoce, el cardenal, a dos o tres molestos inquilinos de su templo. Suspende, de inmediato, la lectura; dobla el pasquín, lo entrega a la mujer.
El clérigo concluye que las gentes que no tienen la costumbre de pensar, construyen relaciones entre acontecimientos sin conexión alguna; tan sólo porque éstos coinciden en el tiempo.
Ahora se dedica, él, a practicar lo que predica: el amor, la compasión. Le pide, en su oración, al Señor Dios, su servidor, con mayor fuerza, por la salud y la prosperidad de su benefactor: esa preciosa oveja que se empeña en encontrar a Dios, a través suyo. El cardenal comprende que este hombre cumple, a su manera, con el perfecto plan de la Divinidad. Decide acompañarlo en cada una de sus acciones públicas; se esfuerza por estar en cuerpo y alma junto a él. Consagra sus haciendas, edificios, vehículos, muchachas del servicio, escoltas y peones. Asiste a las entregas de los campos deportivos y las casas construidas, por su amigo, para las gentes pobres.
Los años nacen, mueren, nos regalan cosas… de igual modo nos las quitan. Traen para nosotros nuevas relaciones… se las llevan. Un día cualquiera empieza a derrumbarse el mundo construido por este hombre emprendedor. Sucede que una acción equivocada de su parte; digamos que un descuido, se ha sumado a otros descuidos; y, luego, el resultado se ha sumado a equívocos mayores. Sus socios de aventura afirman que ha caído en la ambición desmesurada, en la soberbia, en la locura. Aquellos que delinquen por las vías permitidas les ordenan a las fuerzas policiales perseguirlo; darle inicio a una guerra sin cuartel contra su organización.
El Cristo de Cellini es fiel testigo de cómo ora y pide protección, el cardenal, para este perseguido, quien exige de él un gran pronunciamiento: “un documento fuerte de La Iglesia que condene la manera en que el Estado lo acorrala”. El Cardenal estudia en sus legajos, analiza, indaga en su memoria… Concluye que jamás ha contraído, él, en nombre de Su Iglesia, compromisos con este hombre. Valora el sacrificio que implica estar del lado de alguien a quien nombran como “el mayor bandido del país”. Cuando responde, lo hace con algunas vaguedades: habla de los designios misteriosos del señor; también de la importancia de afrontar pacientemente las desdichas que nos trae la existencia; explica que él no puede pronunciarse en nombre de Su Iglesia: Un vaso de agua de la mar no puede contener, dentro de sí, la esencia de la mar y, mucho menos, pronunciarse en nombre de todos los océanos. Después, guarda silencio. El hombre insiste en su exigencia, reclama con violencia; finalmente, amenaza.
Todo el afecto que alguna vez sintió el prelado por quien en otros tiempos fue su amigo, empieza a flaquear. Vacila cual la llama de un cirio de capilla que no han despabilado.
Los periodistas quieren conocer su pensamiento, tratan de entrevistarlo. Ignoran que los grandes jerarcas de la iglesia no han entrado nunca, de manera voluntaria, en un espacio físico o mental que no puedan controlar. El cardenal no ha de prestar, ahora ni jamás, un testimonio en contra de sí mismo. Fiel a los fundamentos de su Iglesia, se empeña en apartarse de la horrenda pesadilla de la historia. Él confía en el tiempo, en el bendito tiempo…
A su memoria viene una frase dolorosa de Giuseppe Fava, muerto unos pocos días después de pronunciarla:
“El principio de la mafia es el silencio estático, su fuerza es el tiempo. El silencio envuelve, cubre y confunde. No consiente meditaciones ni debates. El tiempo endulza las memorias más amargas; agota, cansa, despilfarra los recuerdos. La gente muere, la gente olvida…”.
Y sin embargo, Su Eminencia sabe que no podrá salvarse de los mordiscos dados por los últimos gusanos que se comen al gran hombre: los acuciosos biógrafos. Considerando esta verdad redacta un documento autobiográfico. En este escrito cuenta “La Verdad desnuda”. Lo hace llegar a Roma y, luego, se hace ciego y sordo a los escritos y a las voces que lo nombran.
No obstante la aversión que siente por la prensa, atiende los dictados que le llegan desde La Santa Sede: hace un pronunciamiento. En él expresa el pensamiento de la Iglesia; lo entrega a los periódicos: “La aplicación de nuestra ley por parte el gobierno no contradice, en nada, el pensamiento de la iglesia. Nunca han estado en contra. La iglesia no será nunca un obstáculo en las luchas de un gobierno que se empeña en salvar nuestro país”.
Las fuerzas policiales tienen, para él, informes preocupantes: “gentes armadas rondan su palacio”. El cardenal encuentra titulares transitorios para algunas propiedades recibidas del “bandido”, limita sus contactos con la gente, se niega a responder a las llamadas telefónicas; decide recluirse. A su conciencia viene la memoria de los hechos ocurridos en la hacienda de este hombre, en la primera noche:
“Las fuertes emociones vividas aquel día se sumaron al maltrato de su cuerpo. Era imposible, en esas condiciones, conciliar el sueño. Para encontrar alivio se desplazó a la parte trasera de la casa: buscaba disfrutar del aire frío que subía desde el río. Halló acomodo en una de las bancas. El cardenal recuerda que alcanzó a dormir un poco, apenas. Se despertó cuando escuchó carreras, gritos, maldiciones. La sangre se hizo sólida en sus venas cuando vio que corría hacia donde él se hallaba, un perro que oprimía entre sus fauces un sangriento brazo de hombre. Tres o cuatro figuras lo seguían. Entonces ocurrió que El Señor Dios, con su poder, hizo desviar la fiera hacia el potrero. Hombres y perseguido se alejaron. Temblaba, todavía, cuando volvió a su alcoba. Tendido sobre el lecho, inmóvil como un muerto, percibió recios pasos y altisonantes voces sobre los corredores. Los escuchó llegar y detenerse ante la puerta de su alcoba. Después oyó, tan solo, los rudos golpes de su corazón. Los hombres se alejaron.”
Pocas personas duermen esta noche, en la ciudad: el ruido de las bombas, las sirenas, los gritos de agonía… han proscrito el sueño. Una ventana se abre en la segunda planta del Palacio arzobispal. La luz del interior recorta la figura del cardenal que observa a un grupo armado, cuando sale del lugar. Quien los guía sostiene entre sus manos una dorada cruz. Sobre ella se reflejan, débilmente, las luces de las lámparas. El grupo aborda dos o tres vehículos, la caravana parte. El cardenal camina, vacilante, al interior del cuarto; enfoca su mirada en la pared desnuda. Sobre ella se encontraba, hasta esta noche, un precioso crucifijo.
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