“NO HEMOS PRECISADO QUE NOS AUTORICEN AMARNOS”

Entrevista al ficti-teólogo León Aguayo

Creo que hemos sobrevalorado demasiado el matrimonio y la vida en pareja. Creo que la actualidad nos demanda pensar en lo colectivo, lo cooperativo, lo mancomunado. 

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

Llegaré con la lluvia, me escribió León cuando estuvo en La Ceiba. No será una novedad, le respondí. Ya me lloviste toda una novela, agregué. Sin embargo, cuando el bus entró al pueblo, el aguacero había amainado. Leo fue el último en descender, dándose así el aire dramático que durante tres horas por carretera debió preparar. Cuando el conductor abrió la cajuela lateral del bus, me apresuré a tomar el equipaje de mi amigo, para poder disfrutar de su espectáculo de simulación. Una suerte de “gentleman” visitando un trópico lluvioso. Bajó despacio cada escalón como si yo no lo esperara en frente. Cuando por fin pisó la calle, miró a lado y lado. ¿Míster? Eh, caballero, llamé su atención siguiendo mi guion. Oh, mi querido profesor Ladino, me saludó sujetándome por los hombros y besándome ambas mejillas por encima del tapabocas. Después vino el trato de amigos.

Durante la visita hablamos de todo un poco, como es de esperarse entre el biógrafo y el protagonista de su libro. Mi novela Trocha y telaraña gira a su alrededor (para leer un fragmento de la obra pulse aquí). No obstante, el tema que me tiene transcribiendo algunos apartados de nuestra entrevista es la declaración de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre bendiciones a parejas homosexuales.

John Boswell nos había mostrado en Bodas de la semejanza la existencia de ritos paralitúrgicos en los que se bendecían parejas del mismo sexo. ¿Qué tan difícil es revivir esas ceremonias hoy en día?

León: El pasado debe iluminar el futuro y no convertirse en ruta. No se trata de volver sobre fórmulas disimuladas propias del medioevo. Apuesto, más bien, por un rasgo de esas oraciones recuperadas: las diadas apostólicas.

Es decir que tú tampoco equiparas el amor del matrimonio heterosexual al que se entrega una pareja del mismo sexo.

León: Si el amor fuese objeto de estudio como lo es la materia podríamos medirlo para compararlo. Pero, como aún no nos hemos puesto de acuerdo en la naturaleza del amor, tu observación obnubila posibilidades.

La respuesta al “dubium” es explícita: el matrimonio es un sacramento y por tanto el sacramental de las bendiciones es improcedente porque el fin de las uniones no es el mismo.

León: ¿Tú lo crees?

 Es lo que explica el documento.

León: Hoy es la fiesta de José, el padre adoptivo de Jesús. No por no ser el padre biológico le quitamos el mérito, ¿verdad? Llamamos madre a Teresa de Jesús y padre a Juan de la Cruz porque fuimos engendrados en las brasas de sus escritos.

 Esas posibilidades simbólicas de la maternidad y la paternidad no parecen haber sido tomadas en cuenta por los doctos teólogos, quienes prefirieron posiciones que entristecen también a los matrimonios sin hijos.

El silencio de León me dio a entender que prepara una respuesta desde hace días, años quizá. No está seguro de ella. De ahí que no se arriesgue y prefiera callar para dejar abierta la puerta para una interpelación, una vez se haya serenado el ánimo. No obstante, el soleado 21 de marzo, mientras admirábamos la cordillera central desde la terraza del restaurante de La Friducha, León se arriesgó:

Creo que hemos sobrevalorado demasiado el matrimonio y la vida en pareja. Creo que la actualidad nos demanda pensar en lo colectivo, lo cooperativo, lo mancomunado. La fragilidad de las relaciones erótico-afectivas, los divorcios, los noviazgos abiertos a terceros y más, la soledad del ser humano contemporáneo, me llevan a creer de nuevo en la diada apostólica. Se bendice no al “par” que se conjuga para ser fecundo, sino que se consagra al dúo de fratres, de sores, para que vayan al mundo con una pobreza común, una respuesta que nace de la urgencia de la caridad, con el orden de quien se preocupa por servir donde más se le necesita.

¿Hablas de institutos de vida consagrada?

León: No hablo de institutos, eso es una trampa de la formalidad. Pienso en las diócesis y parroquias que están inquietas acompañando la diversidad de sus fieles. No creo que la solución sea “fórmulas” para bendecir… Creo que se necesita mayor arrojo en la propuesta: reunir carismas, sumar voluntades, acompañar soledades, curar ecosistemas, exorcizar estructuras sociales…

Tu posición tiene muchas palabras bonitas, pero sigue en el armario.

León: Tú me conociste con Sebastián. Cocinó para nosotros en tu casa. Sigo con él. No hemos precisado que nos autoricen amarnos ni que nos den licencia para hacerlo. Yo no sé si uno pueda no amar antes de ser autorizado.

¿Dónde dejas los efectos legales y el carácter político del matrimonio?

León: Esa discusión se da con el Estado y la Constitución. Solicitar la intervención de las iglesias para que medien en esa discusión retrocede el avance de la política laica.

Entonces, avalas la respuesta de la Santa Sede…

León: Insisto. Como teólogo que piensa en quienes precisan participar de una iglesia, una parroquia, una liturgia, la historia de la vida consagrada ofrece mayor inclusión, tiene más dimensiones, más matices, más manifestaciones, más pluralidad: educación, salud, migrantes…

Pero es que ya tenemos religiosos gays en los institutos. Recuerda la novela de Jaime Manrique Ardila, Como esta tarde para siempre; la de Gardeazábal, La misa ha terminado; Ruega por nosotros de Alfonso Carvajal. Recientemente Víctor Londoño presentó su tesis sobre estas novelas que tienen en común los sacerdotes bogotanos que pagaron a un sicario para que les asesinase… sabes de lo que te hablo.

León: Yo no pienso en esos pequeños infiernos del ocultamiento, del disfraz y el disimulo. Estoy pensando en algo con mayor arrojo, pero no sé cómo decírtelo…

¿Vas a escribir una regla, unas constituciones para los católicos gays?

León alzó la mano para pedirle al Friducho una cerveza más. Comenzaba a poblarse de nubes el horizonte. Supe que no obtendría una respuesta a mi curiosidad. Era el momento de cambiar de tema. El lunes, antes de partir de nuevo, subiéndose al bus, se giró para preguntarme:

Hermano mío, ¿me amas?

Sí, tú sabes que te amo, respondí inmediatamente y sin dudarlo.

No pierdas ninguno de los que te encomiendo, sentenció.

@JaiberLadino