Fragmento de Trocha y telaraña, la nueva novela del escritor Jáiber Ladino Guapacha que será presentada en los próximos días. El autor ha publicado antes Las aventuras de la Barranquero (cuentos, 2012), Andago. La línea K (novela, 2013), Mapa con abejas y tambor (novela, 2017).

 

Capítulo II

 

Como cuando lo de Chaikos.

Profesor León, cuando uno empieza una vida nueva, en la que hay que hacer tantos borrones de la pasada, personas como usted, que se quisieron tanto pero que desentierran esas raíces profundas, terminan por quererse esquivar. Uno sabe que la máscara no resiste mucho ante quienes le conocieron a uno el alma. Y eso, es de pocos. De muy pocos. Quizá por eso temo tanto que haya regresado. A mí me da mucha alegría, me pone feliz verlo. Ahí con su saco de lana, su morral, su jean, sus botas, tan informal, muchacho pa’ lindo, ¡carajo! Pero yo no sé quiénes pueden escuchar y responder sus preguntas. Me da vaina que para darle información le pregunten más, y usted termine hablando más de la cuenta. Yo no sé si su mamá le ha contado todo lo que hizo por nosotros. En serio, ella nos ayudó. ¿Por qué cree que nada más duró ese añito aquí? Hizo cosas delicadas que nos prometimos borrar, pero no fueron suficientes. ¿Se acuerda del portugués que ella nos ayudó a sacar de aquí? Fueron tres días en los que a su hermano le tocó hacer de enfermero. Usted estaba en la ciudad, con su papá, no le tocó escuchar la cantaleta de ese hombre al pobre Pablo. Que si esto, que si aquello, que si Cuba, que si Castro. Que él no daba clases sino que inducía al diversionismo ideológico. Que él no enseñaba a pensar, que no podía ser eso pensar cuando todo era eurocéntrico y nada latinoamericano, popular, de base. Estaba en el salón, tratándose de olvidar de ese taladro que le reclamaba que por qué no nos ponían a leer Marx, que por qué nos daban clases de religión, que por qué tantas clases de solfeo, que por qué las izadas de bandera no eran con la Internacional. De eso quería escapar su hermano pintando con nosotros, trazando planchas de dibujo técnico a tres lápices, cuando de pronto el grito del camarada pidiendo, exigiendo algo. Leo, a ti no te tocaron esos días de locura. Tú llegaste para el canje. Viniste con tus padres y con un perro. “Trosky es nombre de perros en estos pueblos… que se llame así”, dijo el portugués y empezó a jugar con la mascota que les daban a los hermanos a ver si dejaban, a causa del aburrimiento, de tratarse con tanta violencia. Tu mamá y tu papá se llevaron al portugués que se decía francés. Te dejaron de nuevo con nosotros y el labrador. Tú lo llamabas Trosky, pues a tu hermano no se le ocurría un mejor nombre. Estaba tan agotado de tanto adoctrinamiento que volver a tomar las riendas, lo tenía perplejo. Para ese fin de semana, Pablo me había invitado para que hiciéramos fiambres para los tres y nos fuéramos a caminar por la montaña alta. Cuando llegué, iban a cumplir con una ceremonia: el bautizo del perro. Pablo no quería llamar Trosky al perro porque no quería recordar a su paciente.

“Sí, que tenga el nombre de un ruso, pero de uno dulce. De ahora en adelante, querido perrito, te llamaremos Cascanueces Chaikos, rey y señor del Lago del Chorro de los Cisnes Nísperos”. Entonces nos metimos los cuatro al charco, al pie de la cascada. Jugamos, nadamos. Fuimos tan felices. Ah, no sé… esa existencia noble que es un perro. ¿Puede dudarse de lo que somos antes y después de una mascota? Chaikos se hizo un estudiante más. Creo que por el trato que le daban Pablo y Leo a su perro, miramos los nuestros. En cada casa había uno o tres. Flacos. Llenos de pulgas. Comiendo sobrados. Sin un baño, ni un purgante. Pensábamos: los ricos pueden tener perros grandes y hermosos que son educados. Alguna vez Pablo nos escuchó decirlo. Entonces nos hizo llevarle al día siguiente a nuestros perros. Los bañamos, los dibujamos, les hicimos unas actas de nacimiento o unas partidas de bautismo. Aprendimos que no va en la raza. Un perro es un ángel guardián, sin importar dimensiones, pieles. Un perro es, y punto. La diferencia está en lo que hacemos de él. Si lo educamos, él aprende. Él corresponde siempre, a favor. Aunque nos acostumbremos a él y lo despreciemos, él nos acompaña y nos quiere. Si lo queremos y lo tratamos, él crece y se hace fuerte, se gana su espacio, adquiere dignidad.

Lo mismo pasa con nosotros, Leo. Ahora que soy padre de familia y veo a mi niño creciendo junto a otros me pregunto: por qué él es tan distinto a los demás. Claro, tiene casa. Le hablamos. Lo corregimos. Le damos responsabilidades. A muchos de sus compañeritos les alimentan el alma con sobras.

Si hubieses venido más temprano, habrías visto a nuestro Chaikos. Serafín lo encontró como al año de la crecida. Estaba flaco y abandonado en las calles de Tapasco. Se había salvado de la creciente quizá buscándome y quién sabe cómo fue a dar allá. Perdóname, yo tenía que dejarlo porque si lo llevaba durante la huida podría delatarnos.

Chaikos no sólo fue una apócope de Tchaikovski. Así también llamamos al centurión romano en nuestra obra de teatro. Descargué el drama que escribió León y vi lo mucho que ha seguido trabajándolo, lo que se ha documentado, su capacidad para reconstruir el decorado histórico del siglo I, allá en el Medio Oriente que veía nacer el cristianismo. Cuando estuvimos en Los Chorros, apenas fue un guion improvisado de dos muchachos que tenían que cumplir con la tarea que no habían querido hacer. Se acercaba la Semana Santa y por primera vez, lunes, martes y miércoles tendríamos clases. Ni profesores ni estudiantes estábamos preparados. Fue tanta la inconformidad que la secretaría departamental autorizó a los rectores para que no se dictaran clases de manera formal, pero que se evitara licenciar personal y que los docentes cumplieran horario. En la sede de Nazareth se inventaron un Festival Estudiantil de Teatro Bíblico. Así, durante los tres días lo que se tuvo fue reconstrucción de escenas de la vida de Jesús, Moisés, Abraham, David, Salomón, Pablo.

El lunes, el profesor Pablo sólo nos tuvo a los de grado once. Serafín, su hermano y yo. Él no hacía sino añorar los festivales de música sacra, las procesiones en Mompox, en Popayán, en Tunja. León quería dormir, descansar en su casa de la ciudad. Serafín quería realmente pensar en Dios y yo no tenía nada qué hacer. Ese primer día, después de perder tiempo esperando a ver quién más llegaba, Pablo nos puso la Pasión de algún músico europeo. Nos leía el texto, nos lo traducía, hasta que se quedó hablando con Serafín mientras nosotros dormíamos. ¡Imposible! El martes mejor nos íbamos para Nazareth a ver a los demás. Nazareth se tomó en serio la propuesta y habían decorado la caseta con cortinas, habían llevado alfombras, tiraban almohadones, habían traído jarrones de todas clases, con flores naturales, con flores plásticas. Al mediodía, mientras almorzábamos y comentábamos el compromiso de los demás dijimos que nosotros también íbamos a montar algo.

Lo primero que propuse fue tratar a Juan el Bautista, pero ya otros habían presentado una versión “enrarecida” de la Salomé de Wilde. Entonces Serafín lo dejó al azar, el pasaje que abriera. Entonces, del evangelio según san Lucas, capítulo 7, versículos del 1 al 10: “Se encontraba enfermo y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste” El reparto quedó así: Jesús, Pablo; el siervo, León; un anciano judío, Serafín; el centurión, yo. Pablo y Serafín mezclaron otro pasaje bíblico, el de Nicodemo, un fariseo que visita a Jesús en la noche, cuando el anciano le pide a Jesús que acceda a curar al siervo ya que el centurión les ha construido la sinagoga.

¿Qué motivos tendría el centurión para querer al siervo? Me preguntó León cuando ya habíamos regresado a Los Chorros y nos fuimos a preparar nuestra parte fuera del salón, donde se habían quedado Jesús y el judío.

A ver, ¿qué motivos tendrías para quererme?

No sé qué querías que respondiera, León.

¿Qué motivos tendría el centurión para quererlo? Repliqué.

León se calló y se acostó a meditar, mirando las nubes, con los brazos cruzados bajo la cabeza.

¿Qué motivos tendría para quererte? ¿Quieres saber?

No contestó. No tuvo tiempo. Mis labios abriéndose paso entre los suyos le contestaron.

 

Han pasado los años. León es teólogo y ha trabajado en estudios bíblicos inter-eclesiales. Dice la reseña del pdf que descargué. Chaikos, el centurión es su primera obra de teatro. Me está dedicada: a Héctor, el cóndor de Los Chorros. Tiene una presentación de otro teólogo, un argentino que concluye: “Este relato que nos hace recordar que la masculinidad (un “centurión” del imperio dominante) y la ternura e intimidad con alguien de igual sexo (un esclavo “muy querido”) pueden ser compatibles y que Jesús los aprobó y los aceptó por causa de la fe excepcional del centurión, tal vez a pesar de la falta de conformidad con un par de leyes de Levítico y una larga tradición homofóbica judía”.