UNA NOVELA PARA INDIGESTAR AL LEÓN

En Ballesteros, el problema no se presenta entre sectores de un mismo barrio o barrios de una misma comuna, sino que se traslada a las márgenes entre lo rural y lo urbano, una ciudad que crece y devora la ruralidad que la circunda.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

El 2021 ha sido un año fecundo para la novela en Risaralda: tres certámenes, ocho obras publicadas. El seguimiento a este renacer, posible gracias a la gestión cultural, al trabajo de los autores, al espíritu emprendedor de John Jairo Carvajal, se convierte en toda una aventura que merece iniciarse.

Para no hacer este viaje solo, comparto esta reseña sobre la novedad impresa en diciembre y que circula desde este enero: Fronteras invisibles, obra ganadora del Premio Departamental de Novela Bernardo Arias Trujillo, promovido por la Secretaría de Deporte, Recreación y Cultura de la Gobernación de Risaralda.

No nos habíamos repuesto de los embates de Silicona, la novela con que Jaime Andrés Ballesteros resultó ganador en el concurso Los Fundadores (Klepsidra editores, 2019), cuando fue anunciado como el finalista escogido por los jurados Gloria Susana Esquivel, Rigoberto Gil Montoya y Gonzalo Mallarino.

Este segundo reconocimiento del discreto profesor, es motivo de celebración para los que hemos ponderado su narrativa. Dos dispositivos tan distintos, como Silicona y Fronteras invisibles, hablan de un mundo creativo en ebullición permanente.

El título, primer índice que se lee, evoca el término acuñado para designar las territorialidades que se asignan las pandillas en reemplazo de las autoridades legales. En Ballesteros, el problema no se presenta entre sectores de un mismo barrio o barrios de una misma comuna, sino que se traslada a las márgenes entre lo rural y lo urbano, una ciudad que crece y devora la ruralidad que la circunda. José Luis Romero en Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1999), advertía que aquello que consideramos modernidad no es necesariamente la ruptura con lo anterior, lo viejo, lo pasado, “la formación de nuestras comunidades urbanas se ha producido no tanto por la industrialización del campo como por ruralización de la ciudad”.

La frontera en Ballesteros puede verse en tres niveles: como la construcción literaria de un territorio, los límites al interior del género narrativo y la determinación de los propios personajes. Es decir, esta novela no sólo cuenta la tensión entre el barrio El Sereno y la vereda Mundo Nuevo, sino que también los capítulos de la novela resultan un collage en el que distintos tipos de texto se fusionan para dar cohesión a la intriga que nos mantiene atentos. Por ejemplo, los textos periodísticos.

La trama comienza con el macabro hallazgo del cuerpo sin vida del joven estudiante John Edwar Contreras, en las canchas del Sereno. A partir de ese momento crece la tensión entre un periodismo acartonado y sensacionalista versus un periodismo independiente, comunitario. La prosa se convierte en celebración de la historieta, el as bajo la manga, la trampa contundente cuando las palabras han sido desgastadas. Diálogos, informes, crónicas, noticias, cómic difuminan sus propias fronteras como ingredientes de la novela.

Una tercera frontera que se pone en jaque es la del género humano. Para explicar mejor esta última, trazaré una breve línea de sucesos en la que apretujaré Fronteras invisibles sin pretensiones de totalidad.

Desde la primera línea nos queda claro el problema de alcoholismo del profesor Leandro Rocca: “El enamoramiento entre la etiqueta de whisky y los ojos color pardo del nuevo e improvisado rector del pequeño colegio del barrio El Sereno, se rompió ante el abrupto sonido generado por el cierre sin cuidado del cajón metálico del archivador”. Este profesor universitario complementa sus ingresos con clases en un colegio público del que se convierte en rector ante el hallazgo del cuerpo mutilado del estudiante Contreras. A lo largo de dos meses, según el orden de los capítulos propuesto por el autor, Rocca no sólo tendrá que superar los equívocos sobre el desempeño que como rector suscita, sino también la amistad, o esa forma de proteger la vida del alemán Micha o de la joven universitaria Alejandra.

Rocca es un héroe incompleto: “un catedrático universitario sin clases para dar, un rector encargado de un colegio sin alumnos para recibir, un alcohólico sin whisky para beber, un cuerpo sin tobillo para usar” (p. 217) y, aun así, no puede evitar enfrentarse a su antagonista, un adolescente que para sobrevivir en un mundo violento y marginal exacerba la figura del hombre hasta la transformación de sí mismo en un macho homofóbico, capitán de delincuentes.

El arma para vencerlo, como ya se dijo atrás, es el cómic. ¿Y es que puede una metáfora desarmar a un delincuente? En la obra de Ballesteros sí y no como una salida simplista y antojada: “todo vampiro tiene debilidades: no le gusta los espejos porque lo descubren al no reflejarse; no soporta la luz porque lo quema” (p. 158). Atreverse a lograr que el mal reconozca su origen es ya lograr su desintegración, parece advertirnos Ballesteros.

De la Potranca al Potro: “el cercado de un territorio del miedo conquistado por el lenguaje del poder de un alias, o mejor… ¡murallas levantas a la fuerza por la obligación que imponen ciertos alias!” (p. 158). La tercera frontera que se difumina es pues la del trayecto que va del Padre-Madre al Hijo pródigo. Mucha belleza para ser posible (o no, Oscar Salvaje), pero, es que esta es una narración escrita por Ballesteros en quien no suena falso lo sublime:

“Porque el miedo se construye, se produce, se impone. De hecho, el miedo se socializa: cuando se es niño el miedo está debajo de la cama o en el interior de un clóset, luego está en el sótano o en el cuarto de los trebejos; después en la escuela está en la oficina del coordinador disciplinario, más adelante, cuando se es adulto pasa a las esquinas oscuras de la calle, incluso a veces, termina en la oficina del jefe […] ¡Eso es lo que explica la frontera invisible! (p. 148)”

 

El campo y la ciudad son dos selvas en las que la cacería es una prueba de supervivencia. Quizá por eso necesitamos de esas cartografías que son las buenas novelas. Vivimos en un mundo peligroso en el que las historietas no derrotan la maldad de sanguinarios como el Potro (¡obvio, Sargento!), pero el tiempo que necesita la presa, es la indigestión del león.

@JaiberLadino