Sobra decir, por repetición, que el tiempo siempre nos desvela la realidad. Aunque intenten contener a un Galileo o a un Copérnico, tarde o temprano los tiempos cambian y ya nos daremos cuenta de qué es cierto. Vaya decepción creer que el siglo XIX es el mismo siglo XX o XXI. Creo que he aprendido que en las reseñas se debe dejar algo de misterio y eso he tratado de hacerlo aquí. Terminaré diciendo que si Proust no es más de este siglo que lleva un poco más de una década, Le petit Marcel no deja de ser más que una ilusión que contiene nombre hispánico que, claro está, Donoso nos presentará.

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Donoso
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Por: Simón Blair

Debe ser terriblemente insoportable pensar que la realidad o la verdad de lo que nos rodea no puede ser cambiada o por lo menos trastocada en uno de sus puntos para poner nuestra vida más visible, más palpable, más externa e inquietante. Es por esta razón, planteada desde el inicio de la literatura, ya sea como solución y encuentro místico del hombre con lo que no entiende y le da miedo, o como en nuestros tiempos de solución más antropocéntrica, que no puedo dejar de recordar, cuando leo sobre El tiempo perdido,_la novela breve de José Donoso, en el libro La verdad de la mentiras de Vargas Llosa donde se plantea esto y mucho más, a saber: que la literatura es el refugio de los que se convertirán en incomprendidos y anticonformistas, quienes rechazan la pálida realidad que los circunda, que los ciega con -si hay suerte- tres comidas al día, unas caras archiconocidas, una música de infancia que los persigue a lo largo de los desconsoladores años, y un perro o un gato que siempre está a nuestro lado. Somos inconformistas en el sentido más impotente de la palabra: tal vez deseamos que en vez de un gato, sea un grifo y en vez de música conocida, nuevas formas de escuchar nuestras visiones de los días grises que pasan apenas dejando sombra.

Le petit Marcel, un personaje tan real, tan palpable, aparece ante nuestros ojos venido desde lo más improntado del libro del escritor chileno, con la desilusión que solo acarrea el desastre de no ser más que un ahora que está condenando a la misma casa; tan desesperado en sus ilusiones literarias, en rememorar a su padre putativo Marcel Proust y en medio de seres tan demacrados por el frío santiaguino de cada año, de cada hora y de cada minuto. Qué absurdo resulta todo lo familiar; alcanzamos a sentir el abismo del abrazo y del sexo cuando se es un lego en materia mundana que solo da para vivir, pero nos perdemos en seguida en la rompealmas llamada costumbre, que todo lo corroe, lo oxida, lo olvida. ¿Quién más que alguien profundamente adentrado en la ficción puede soportar lo cotidiano? ¿Quién que se pueda llamar proustiano puede ser feliz en un mundo regulado por horarios y tarifas de taxi, cuando en Le Temps Retrouvé se juzga fantástica que alguien se revuelve en su cama, entre sábanas de algodón? A veces pienso que ni siquiera la ficción nos puede rescatar del tedio de nuestros días –esto es una reseña, quizá debí decir: Le petit Marcel a veces piensa que….– ya que nuestra consciencia y racionamiento no nos ensancha el campo ficticio cuando sabemos, a todas luces, que somos una realidad mezclada en un sueño. ¡Y sí esto es el sueño de otro Viejo Loco que sueña, pues que se despierte! ¡Qué sueño tan terriblemente aburridor, Viejo chuchumeco!

Tal vez, Le petit Marcel de Donoso, ahora nuestro, no tiene más expectativas que ver su sueño realizado, caprichos, caprichos, caprichos: uno está determinado por lo que hace, y cuando es fiel amante de Proust no puede alejarse de sus círculos y si se quiere ser como nuestras influencias, creemos que el mejor ambiente de ese desarrollo sería estar inmiscuidos en el mismo que se desarrolló, en este caso, aquel genio literario del siglo XX: Francia.

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Proust
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Francia que es lo mismo que decir Proust (un paréntesis, cuando Borges viajaba a Francia y le preguntaban que pensaba de ella, respondía: No me gusta Proust). Dejemos la bobada y pasemos a lo que vinimos: la novela breve El tiempo perdido de Donoso hace un recuento por los principales personajes de la novela maestra de Proust, pero esta vez bajo el enfoque de la influencia, es decir, cada persona de El tiempo perdido es representada por la que mejor, y de acuerdo con sus características, se afilia. Típicos chicos de pueblo que añoran dejar las vacas y el maíz para enterarse cómo va girando el mundo. Creyeron y cayeron bajo el manto cegatón de la ficción: darse cuenta que ni ella nos puede salvar cuando el ruido de afuera es tan fuerte como el de adentro. Porque nunca estamos libres y aunque la literatura conspiranoica y de héroes celestiales nos llene la cabeza con palabras de profeta y de elegido, sabemos que siempre encontraremos el paredón de la realidad, tan obtusa –la realidad no la veo fría y manipulada cuando hablamos de ciencia-, que aunque luchemos por martillarla, para hacerla polvo, muchas veces no conseguiremos nada. Lástima que no seamos hombres de ciencia.

Todos esperamos algún día la oportunidad de poder ser otros, o los mismos, pero en lugares donde pensamos que somos aceptados, tal es el caso de Le petit Marcel y su Francia. No sé si lo han notado, pero la gran mayoría de escritores -por lo menos del siglo XX- vivieron y murieron en este país. Yo no tengo dudas en que su prestigio bien ganado, está claro, se debe a la cantidad exuberante de artistas que lanzó al mundo. Juan Carlos Onetti, en uno de sus geniales artículos periodísticos, nos explica por qué Francia:

(…) siempre estoy informado de las novedades literarias que nos llegan de otros países, casi siempre de Francia donde la técnica de la propaganda literaria es cosa admirable. Es posible afirmar que cada quinquenio surge allí -y ellos se encargan de propagarla a todos los esnobs de este mundo- una nueva moda, literaria o filosófica, y con frecuencia ambas cosas reunidas.”

Sobra decir, por repetición, que el tiempo siempre nos desvela la realidad. Aunque intenten contener a un Galileo o a un Copérnico, tarde o temprano los tiempos cambian y ya nos daremos cuenta de qué es cierto. Vaya decepción creer que el siglo XIX es el mismo siglo XX o XXI. Creo que he aprendido que en las reseñas se debe dejar algo de misterio y eso he tratado de hacerlo aquí. Terminaré diciendo que si Proust no es más de este siglo que lleva un poco más de una década, Le petit Marcel no deja de ser más que una ilusión que contiene nombre hispánico que, claro está, Donoso nos presentará.