Echarse en el diván, después de Freud, significa asistir a psicoterapia, y en la década del setenta, que es la fecha probable de la evocación, hacerlo era no solo un ejercicio psicoanalítico sino incluso creativo, gracias a Lacan y a sus discípulos y amigos artistas.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
El periodista y escritor napolitano Ruggero Guarini evocó en el siguiente texto al escritor de La sinagoga de los iconoclastas: “Otra persona sobria es mi amigo Juan Rodolfo Wilcock, que lleva años viviendo en el campo, en una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros. Creo que en su guardarropa sólo hay dos viejas chaquetas, tres o cuatro camisas desgastadas, algún pullover agujereado y unos cuantos pantalones de pana: todo ello ropa comprada en mercados de segunda mano. Además del teléfono, del cual también se sirve para charlar con los amigos, sus grandes lujos son un viejo Volkswagen, con el cual (pero cada vez menos) aparece en ocasiones en Roma, y una buena radio para escuchar, cuando lo dan y tiene ganas, un lied de Hugo Wolf o un cuarteto de Anton Webern. Pero tampoco él trabaja: escribe poemas y cuentos, pergeña algún artículo para la prensa, traduce dramas elisabethianos y, echado en un diván, lee y relee a Joyce y Wittgenstein”.
La evocación toda es genial, no tanto por Ruggero como por el personaje que era Wilcock, que permite, según advirtieron siempre sus amigos, recuerdos formidables: hay seres, y Wilcock era uno de ellos, para los que la literatura es todo, y lo que les sucede o deja de suceder, es por supuesto, también literatura. Pero lo que más me atrae ahora de la evocación es el final, en el que el periodista imagina al amigo “echado en un diván” leyendo y releyendo “a Joyce y Wittgenstein”.
Echarse en el diván, después de Freud, significa asistir a psicoterapia, y en la década del setenta, que es la fecha probable de la evocación, hacerlo era no solo un ejercicio psicoanalítico sino incluso creativo, gracias a Lacan y a sus discípulos y amigos artistas.
Ruggero podría haber dicho, simplemente, que imaginaba a Wilcock sentado en su biblioteca o salón leyendo, pero no, dijo que lo imaginaba en un diván; o tal vez nunca lo imaginó, sino que efectivamente lo vio. Ahora bien, Wilcock no era un romántico que añorara tenderse en una chaise longue para ver pasar la tarde tomando el té, y mucho menos un espíritu nervioso y proustiano que necesitara de reposo en un cheslón capitoneado. No, qué va. Así que lo que sugiere el napolitano no es otra cosa que Wilcock se hacía su propia psicoterapia leyendo –o releyendo–, y no podría haber imaginado autores más apropiados que Joyce y Wittgenstein.
Quien quiera escucharse a sí mismo, y sentir como retumba su cerebro, que lea Ulises, y no se preocupe por entender nada, ni seguir alguna historia. Poco a poco el lector estará solo consigo mismo, como difícilmente puede estarlo en otro momento. Será algo parecido a una profunda meditación acompañada de un estruendoso y paradójico coro polifónico. Justo tal como son nuestro cerebro y nuestra conciencia.
De tal forma que Wilcock asistía cumplidamente, cada mañana o cada tarde, a su psicoterapia, tal como lo hace todo lector de literatura, siempre que no acuda a ésta como mero divertimento pasajero o siempre que la haya convertido en una actividad intensa y necesaria, de la cual deriva no solo un aliento vital, sino además la comprensión de sí mismo y de su circunstancia. Total, siempre nos leemos a nosotros mismos, así el libro lleve otro autor en su carátula, y aparentemente narre una vida diferente a la nuestra.
Recuerda Simón Leys, el sinólogo belga autor de La muerte de Napoleón, la respuesta que Hugh Grant dio a un periodista estadounidense que le preguntó, después de haber sido descubierto teniendo sexo en público, acerca de si iría donde un psicoterapeuta, el actor le contestó: “No, en Inglaterra leemos novelas”.
No solo en Inglaterra, hay que decir, y puede agregarse: ponemos notas al margen, que sería el equivalente a contestar las preguntas del psicoterapeuta, así luego las extraviemos. O tal vez de eso se trata, de que sepamos extraviarlas.
Ruggero escribió en su evocación que Wilcock leía y releía. No es fácil releer, tal vez sea incluso imposible, lo que sucede sí, sin duda, es que volvemos sobre un camino que ya habíamos recorrido y cierto déjà vu hace más interesante aún su nuevo transcurrir, sobre todo si tenemos o recordamos esas anotaciones al margen, esos subrayados que dejan en evidencia las preocupaciones que tuvimos, las preguntas que nos formulamos. Es mejor que ir donde el psicoterapeuta, al menos en el libro ya leído quedan los vestigios de uno, o algunos de nuestros contradictorios yoes; y es más efectivo, aunque por supuesto menos glamuroso, y también menos intrusivo, pero siempre más íntimo. Ah, y por el tiempo que nadie se preocupe, en todo caso cualquier terapia será eterna, y además no hay quien no la merezca.


