Huir del imperativo del logaritmo es urgente y cada vez más difícil.
Por / Sergio Pérez Álvarez
Entre las cosas que se avizoran del futuro, una de las que más me produce temor es la de imaginar un entorno que asfixia la posibilidad de permitirnos cometer errores y tener experiencias fortuitas. Facebook y Twitter administran nuestras preferencias políticas y opiniones. Spotify y Youtube conocen la música que nos gusta y, de un momento a otro, sus recomendaciones son nuestra música favorita. Amazon identifica los libros que queremos leer y, de paso, lo que vamos a comprar. O sea, lo que somos y lo que deseamos. Huir del imperativo del logaritmo es urgente y cada vez más difícil.

Todavía –quien sabe hasta cuándo– hay algunas viejas estrategias que pueden servir. Por ejemplo, ir a una librería. Cuando vamos a una librería lo que nos produce satisfacción no siempre es encontrar al libro que buscamos. Muchas veces puede ser más emocionante dar con un libro sorpresa; un libro que nos llama la atención y que viene a llenar un vacío que ni siquiera sabíamos que existía. Bien sea por la carátula, el autor, el título, o por la recomendación del mismo librero, de repente ese objeto se nos vuelve deseable y sólo queremos llegar a casa para sumergirnos, literalmente, en la lectura.

La otra vez quería conseguir una edición de los sonetos de Shakespeare y me fui a la librería Roma. Pregunté y recibí de vuelta una amable y compasiva mirada: entendí que hay más de un minero detrás de ‘tesoros’ semejantes. Me pasó lo mismo en otra visita preguntando por Cioran y Montaigne. Igual, no iba a perder oportunidad de hurgar y echarle una hojeada a otro de los espacios mágicos de Pereira.
Luego de dejar un par de libros vistos para la vuelta, al fin me decidí por tres. Me llevé América Latina en su literatura, grueso volumen que hace parte de una colección preparada por la Unesco a finales de los sesenta, en la que se reúnen a intelectuales del continente para pensar diferentes aristas de la cultura y la identidad latinoamericana. La nómina es de lujo. Compilado por César Fernández Moreno, incluye artículos de Hernando Valencia Goelkel, Emir Rodríguez Monegal, Servero Sarduy, Noe Jitrik, Juan José Saer, Mario Benedetti, Antonio Cándido y una decena de intelectuales de los más altos quilates. Cierra el libro un ensayo de José Lezama Lima. De ñapa, una dedicatoria manuscrita; lujo que sólo puede darse quien compra libros leídos. Creo que por ahí quedó el de América Latina en sus artes, igual de jugoso.
También me traje para la biblioteca personal una edición setentera de Canal Ramírez-Antares de Los elegidos de Alfonso López Michelsen. Se evidencia que la editorial Canal Ramírez-Antares contaba con los mejores talleres de impresión de la época; cualquier autor desearía que su libro tuviera la calidad de papel de esta edición. Retrato inteligente de una élite golosa, caníbal, mezquina, en la voz de un inmigrante alemán sometido a la ambivalente condición arribista y xenófoba de esta misma élite, la obra del expresidente liberal, su única incursión en la ficción, es un clásico de la literatura colombiana ofertado a un precio que no cubría ni siquiera el valor del papel.
Por último, me dejé seducir por el libro de Herbert Lewandowsky Las costumbres y el amor en la antigua Roma. Lewandowsky, conocido en Alemania por ser pionero de la Sexualwissenschaft, o el estudio cultural de la sexualidad – cuyo más conocido representante es el francés Michel Foucault con su Historia de la sexualidad (el año pasado salió su cuarto volumen causando cierto revuelo en Francia)– realiza un recorrido ágil, serio, profundo, sin farragosa ostentación erudita y con valiosos apuntes críticos, de uno de los aspectos centrales de un imperio que tuvo cinco siglos de esplendor y que aún impregna moralmente nuestro mundo. Todavía recuerdo el sonsonete del cura de mi escuela repitiendo que la religión en Colombia no solo era católica sino también romana. El primer capítulo, de casi cien páginas, se titula “¿Se desmoronó el mundo de la antigüedad a causa de la corrupción de sus costumbres?”
Las librerías son fundamentales para mantener a flote la vida cultural de una ciudad. Así lo enfatizó Jean-Yves Mollier en su más reciente conferencia con la que se dio inicio a la nueva cohorte de la Maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo. Mollier, investigador emérito de la Universidad de Versalles y connotado especialista del estudio de la edición y de la cultura editorial en Francia, enfocó su presentación en mostrar las hondas raíces que tiene la librería como espacio social y como eje de una cultura de lectura y escritura.

Para Mollier, la función que le atribuimos a la librería, la de ser un lugar exclusivo para comprar libros, es reciente. En su recorrido, que se remonta a las bibliotecas antiguas de Alejandría y Pérgamo, pasa por las taberna libraria romanas, los monasterios y repositorios de libros medievales, se detiene en las primeras librerías en Europa y en el negocio que rodeó la Enciclopedia, entre otros –contando algunos de los ecos que tuvo esta cultura europea del libro en Latinoamérica–, muestra cómo la librería ha sido un lugar de encuentro en el que atraviesan las ideas, en distintas materialidades, y se gestan, tanto las élites intelectuales, como sus antídotos, los críticos y disidentes. A la librería llegaban las primeras noticias, la música, las obras que cambiaban el mundo y se reunía una comunidad a crear lazos intelectuales: imaginarios, proyectos, obras literarias y todo lo que alimenta el espíritu humano. Por esto, las librerías son más que un negocio de venta de libros. Y los libros son más que páginas encuadernadas.
Uno de los momentos claves de la conferencia de Mollier fue su reflexión de cierre acerca de la librería del futuro. Su juicio es contundente: la librería seguirá existiendo por necesidad. Incluso, es más evidente su necesidad cuando se afirma, con arrogancia, que ahora todo lo encontramos en la Internet. Por supuesto, el librero-vendedor puede que vaya en camino de extinción. Pero el librero, como agente cultural activo, que hoy requiere que asuma y tome esta posición activa con más seriedad, sigue siendo un actor indispensable en la mediación secreta y, a veces misteriosa, entre el lector y su libro. Así lo indica este aparte de la charla traducida del francés por el Instituto Caro y Cuervo publicada el día de la conferencia virtual del profesor Mollier el 4 de agosto de 2020:
La librería de barrio se está convirtiendo hoy, una vez más, en una exigencia frente a Amazon y el comercio en línea que favorecen la venta fácil de libros y éxitos de taquillas asociados con una saga de moda. Para ofrecer opciones distintas a las promovidas por Instagram, YouTube o Facebook, el librero de barrio tiene un papel que desempeñar, ese que hizo las grandes horas de las librerías de Adrienne Monnier en el Odeón, Lawrence Monsanto Ferlighetti en San Franciso o Ramon Vinyes en Barranquilla. Louis Aragon y Paul Valéry frecuentaban la primera, William Burroughs y Allen Ginsberg la segunda y Gabriel García Márquez la tercera, mostrando así la profunda solidaridad que une al escritor y al librero, los dos mediadores que transforman al lector en un ser activo y pensante que siempre preferirá los alimentos espirituales a los platos más apetitosos.
Les recomiendo visitar la página del Instituto Caro y Cuervo para conocer esta conferencia y sus muy interesantes investigaciones sobre libro colombiano (ver página).
También deseo invitarlos a ir a la librería. Pero no sólo a Roma; que creo que está preparada para navegar en aguas turbulentas. El vecindario necesita de ustedes, fervorosos lectores.


