Hace ya tiempo que ser librero está en desuso. Primero, las grandes librerías y editoriales y luego la digitalización han hecho del oficio de librero algo cuando menos anacrónico, y hablo del librero de verdad.

 

Por / Edgar Eduardo Pulido García

Vivimos una época de afugias, una crisis continua apalabrada de distintas maneras: recesión económica, guerra, caos civilizatorio… y la de moda: pandemia. La muerte es protagonista en todo momento, aunque las cifras de decesos que se multiplican diariamente, pasaron de la preocupación escandalosa a la cotidianidad silenciosa.

Sin embargo, hay múltiples ausencias aún por contar. Caminar el centro de la ciudad es recorrer un cementerio lleno de lápidas signadas con un mismo epitafio: se arrienda local.

La vida nocturna seguramente renacerá de sus cenizas, pero serán otros los lados para la fiesta y la bohemia, estarán ya los “emprendedores” con alguna solvencia económica buscando nombres y temáticas para reabrir sobre los escombros de lugares que ya eran insignias de ciudad y que pasarán, sin pena ni gloria, al olvido colectivo.

De todo este cementerio lo más triste, a mi parecer, serán esos lugares que se habían instalado en las ciudades y sobrevivido contra todo pronóstico al paso de los años: talleres de repuestos, sastrerías, fuentes de soda, cafetines, zapaterías de tradición familiar y librerías, por supuesto que su muerte es antonomásica: a la muerte de la zapatería, muerte del zapatero y viceversa. Y en ese cementerio que es además un golpe a la nostalgia haré un lugar especial para los libreros.

Hace ya tiempo que ser librero está en desuso. Primero, las grandes librerías y editoriales y luego la digitalización han hecho del oficio de librero algo cuando menos anacrónico, y hablo del librero de verdad, no hablo del mercachifle literario, ni del empresario, hablo del artesano del libro.

Me hice amigo de libreros en el año 2004, trabajando en la feria del libro (la popular) en la plaza Santander en Bogotá. Allí, cientos de personas apiladas en pequeñas carpas de plástico con un olor inconfundible a madera vieja tenían cajas amontonadas de libros usados, excelentemente cuidados eso sí, y precisamente catalogados, por esos días aún era un adolescente más bien silente y me contentaba con escuchar tertulias interminables sobre una policromía temática que a veces era difícil retener.

A partir de allí tuve una relación cercana con los libros, los libreros y las librerías. Iba a la Librería Alejandría y entraba en éxtasis al ver las escaleras gigantes y móviles hurgando en los estantes la última edición de Así se templó el acero de Nikolái Ostrovski en editorial Grijalbo (por cierto, aún la tengo); recuerdo además las conversaciones con don Alejandro, un librero anciano desde que lo conocí (fallecido hace poco) y que me contaba sus peripecias con Chávez en Colombia, que tomaba como historias míticas de abuelo, hasta que me di cuenta de que todo fue cierto.

Y hace un par de días me entero, en medio de los múltiples tormentos de la muerte, que ha nacido un librero. Un parto tremendamente raro, de esos que uno espera se produzcan solamente in vitro y en laboratorio, pero que sucedió de manera natural. Los libreros, esa especie en vía de extinción, pero profundamente solidaria, lo celebran y lo celebro yo por supuesto, siendo, creo, amigo del librero neonato, que surja y se prolongue por los años esta nueva librería y que nos contagie, bien sea por pertinencia o por nostalgia, de nuevos aires con olor amaderado.

Salud a Camilo Serrano y a Libros Lengerke.