Para la Navidad, Bernardo recibió una postal de Alec desde La Habana. La besó y la guardó entre las páginas de un libro que hacía unas semanas había publicado, en la editorial Pagana, con el seudónimo que utilizó en su primer encuentro con Alec: Sir Edgar Dixon, Por los caminos de Sodoma.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Buenos Aires, 1932
Después de la medianoche llegaron al hotel. El abogado apoyaba su humanidad en los hombros del joven polizón. Un chiste sin gracia arrastraba sus carcajadas: Yu’spis panich, Yuspis inglich. El anciano conserje los envidió. A su memoria vinieron los versos mal traducidos de un poeta griego que hablaba de los amantes veinteañeros, a los que convenía más el irse a que el tiempo los cambiara y su amor ya no fuera tal. No eran del país. En el mozuelo rubio se conservaba aún cierta aristocracia europea a pesar de sus pobres vestidos. En el otro palpitaba un aire americano. Nombres, inquirió malhumorado el encargado. Edgar Dixon, pronunció el abogado organizándose el saco. Miró a su compañero y se rieron de la mentira. Con la pluma en su mano, el viejo hizo señas para que apuraran el nombre del muchacho. Juan Manuel Vallejo, respondió “Dixon” y soltó la carcajada. No les prestó más atención. Tomó su lámpara y los condujo al segundo piso, donde los dejó en la habitación al final del pasillo. Antes de salir recibió de manos de Dixon una elegante tarjeta con un nombre, Roberto, y un número de teléfono. Que venga por mí, a las nueve, ordenó el hombre de cabellos negros.
A oscuras, Dixon, adivinó la conocida pobreza. Entreabrió la persiana para que las luces moribundas de la luna iluminaran un poco. Sentado en el catre, “Juan Manuel” encendió un habano para espantar el olor de la humedad. Entonces, la sobriedad volvió a ellos, sin menoscabo de su humor.
—¿Quién ser Vallejo? —preguntó en su media lengua Juan.
—El protagonista de la película sobre los negros que estoy escribiendo —respondió Dixon con un suspiro—.
—¿Tú amar Vallejo? —continuó Juan su interrogatorio—.
—Sí. Pero no estés celoso. Sus carnes son de la Canchelo… ¡las tuyas son mías! —dijo arrojándose mientras le rasgaba la camisa.
Dixon se regodeó en las carnes blancas del inglés que conoció en la taberna. El ímpetu con el que forcejeaba para inmovilizarle los brazos, en la lucha por quién habría de penetrar a quién, era igual al que utilizaba mientras escribía las columnas que publicaba para pellizcar la conciencia de la camandulera Manizales. Era el mismo hombre apasionado que avanzaba, adjetivo tras adjetivo, en la épica de un valle de negros a orillas del Río Cauca. Alec aceptó los juegos del colombiano, seguro de su buen pago. No entendía muy bien las referencias sobre ese Juan Manuel del que había tomado el nombre para confundir al conserje. Comprendió que era una obsesión para el abogado que lo jineteaba con una furia que no parecía posible en el hombre al comienzo de la noche.
***
Roberto permanece atento al teléfono. Sabe que, en cualquier momento, desde las márgenes del puerto lo llamarán para que vaya por el hombre que le ha sido encomendado. El poder, cuando consume a los hombres, sólo se contenta con el exceso, reflexiona. El joven colombiano tiene talento. A Buenos Aires lo enviaron precisamente por las habilidades que tiene con la tinta y el papel para movilizar pensamiento. Así como crece la devoción de sus adeptos, así también el odio de sus detractores. No obstante, desperdicia la ciudad cosmopolita perdiéndose en las noches, en bares y cantinas en los que encuentra fácilmente el placer que su ciudad en las cumbres andinas le niega. La rienda que suelta a su deseo no le ha dejado ver que su estilo suena anacrónico. Hay otras formas para incursionar en la modernidad literaria que él debería intentar, practicar, asumir. Pero ¿qué crítico es Roberto para decirle cómo tiene que escribir? Suena el teléfono, recibe la dirección y parte.
***
Con muchos regalos pagó Dixon la camisa rasgada y la compañía de la noche anterior. Sin embargo, cuando Alec le contestó que no tenía dónde ir porque su próximo barco saldría en una semana rumbo a São Paulo, Roberto recibió el pedido de acogerlo en su apartamento. Aunque pensó en negarse pretextando visita de familiares, lo que podría cobrar lo animó. Roberto creyó que sería una semana de frenesí en la que tendría que asistir al amor escandaloso de dos varones. No fue así. Bernardo, que dejó de utilizar el falso nombre de Edgar Dixon, trabajaba en las mañanas la revisión de un manuscrito que pronto daría a la imprenta. En la tarde practicaba inglés con el joven Alec y en la noche asistían al teatro, a las cenas en la embajada. Alec no era un joven ordinario y actuó muy bien en el papel que le asignaron como el heredero de una flota mercante que pasaba de incógnito por los puertos para enterarse del negocio que recibiría pronto. Lo que Roberto no conoció fue la intimidad de las conversaciones que ambos tenían al regresar a casa. Mucho menos, de la pasión que encendían con heroína, a la que Bernardo venía aficionándose.
***
La noche antes de zarpar, Alec y Bernardo asisten a un acto protocolario de la embajada, en un barco que los pasea por el Río de la Plata. Desde la proa, Alec señala la nave en la que emprenderá su viaje al día siguiente. La inminente despedida le trae a Bernardo el recuerdo de otros hombres amados con fuerza y abandonados también.
¿Permanecerá en Riosucio aquella celda placentera donde gozó tanto del carcelero Lorenzo? ¿Estará él en Pereira y lo acompañará, a caballo, hasta Cartago? Kilómetros antes de que el Otún desemboque en el Cauca, Bernardo quiere repetir aquella ceremonia de ofrendar orquídeas y musgos a la desnudez de Lorenzo junto al río. Al otro día, al amanecer, subir hasta el caserío de negros, al que prefiere llamar Sopinga, para seguirlos describiendo en ese libro monumental que no abandona ni aún en las noches que le encienden sus acompañantes clandestinos.
De ese anhelo por regresar a Colombia lo despierta la verga enhiesta que Alec se ha sacado para frotársela por encima del pantalón. Bernardo gira de inmediato, temeroso de ser sorprendidos por alguien más. La sonrisa de su caballero inglés lo desarma y accede a los embates que se negó durante estas noches, queriendo controlar lo que estorba guardar.
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Para la Navidad, Bernardo recibió una postal de Alec desde La Habana. La besó y la guardó entre las páginas de un libro que hacía unas semanas había publicado, en la editorial Pagana, con el seudónimo que utilizó en su primer encuentro con Alec: Sir Edgar Dixon, Por los caminos de Sodoma.
Los ejemplares fueron distribuidos entre pederastas milongueros que vieron a David, el protagonista, como a un hermano, un hijo, un amante. Como a sí mismos. Los juegos del poder y el prejuicio evitaron que lo entregara a los intelectuales del círculo que frecuentaba dada su posición en la embajada.
Abre el cuadernillo con satisfacción para leer el primer párrafo de la página que encuentra: “La infancia de David había transcurrido en la penumbra, en un hogar castellano de severas tradiciones. En su palidez gentilicia, en la melancolía de sus ojos acriollados y en sus maneras suaves y reposadas, había algo como una tristeza de convalecencia…”
—Perdón, señor Arias. El joven Gustavo ya llegó y dice que están a tiempo para llegar a la Casa Rosada.
—Gracias, Roberto. ¿Tú estás listo? Perfecto. Sólo un último favor. Quiero que envíes uno de los libros de Dixon a la Jefatura de Policía de Manizales. Para el señor Lorenzo Bueno. Haz pasar a Gustavo y cuando hayas remitido el paquete, salimos.
Gustavo, el tulueño. Veinte añitos y ¡qué carácter! Donde tú te detienes, él avanza. Lo abrazas, lo besas. No contienes el deseo que te provoca.
—¡Una hazaña, Arias, una hazaña! —dice por fin cuando logra escapar de tu empalagosa bienvenida para celebrar la lectura del libro— ¡Convocaste todos los demonios! ¡No se te quedó ninguno!
@JaiberLadino


