ENTREVISTA / DIGRESIONES SOBRE LOS TORNEOS SIMBÓLICOS (1)

P rimera parte de la entrevista al escritor y artista plástico Omar García Ramírez, alrededor de los concursos y convocatorias regionales en el campo de la cultura. Un asunto que ha despertado enconadas disputas, no siempre de mayor altura intelectual por parte de los contendientes en estos torneos, donde la vanidad pareciera lucirse más que las propuestas.

 

Escribe / Merardo Aristizábal – Ilustra / Stella Maris

 

Merardo Aristizábal / En días pasados me recomendabas la lectura del libro de ensayos de Pierre Bourdieu Campo de poder y campo intelectual. Reconozco que, aunque hace tiempo sabía que estaba expuesto a estos campos de fuerza que se expresan al interior de la cultura, no era consciente de ello. Ahora, después de su lectura y en esa línea de crítica, en los torneos en el campo simbólico se arriesga un capital cultural. ¿Has participado de esos torneos? ¿Qué hay allí? ¿Qué se juega allí?

Omar García Ramírez / Estimado Merardo, el sociólogo francés Pierre Bourdieu fue uno de los primeros que se ocupó de las dinámicas que rigen el campo intelectual y abrió un debate sobre esas estructuras sociales, mostrando sus modos y maneras (habitus). Además, dejó en claro que, en los procesos para alcanzar prestigio, tanto en la academia como en el campo de las artes, lo que allí sucede obedece a unas dinámicas de poder. Aplicando esto a nuestro país, entendemos el porqué de la urgencia de abrir el debate, puesto que, en tiempos de pandemia, se da un raro fenómeno, el de la confluencia de dos fuerzas que, si bien antes estaban muy cercanas, ahora tiene la opción de convertirse en una criatura siamesa de muy interesante contextura. Cuando un sector de la academia y la burocracia parecieran identificarse en tiempos de crisis, se crea una alianza en el campo de poder simbólico, que de alguna manera delinea las relaciones entre artistas y la sociedad.

 

M. A. / En nuestro país, en tiempos de pandemia, estas estructuras burocráticas han tomado mucho peso y, al parecer, tratan de distribuir a su acomodo los presupuestos para la cultura. El acceso a los recursos sin una veeduría ciudadana les hace casi inmunes a cualquier crítica. Esto lo podemos ver reflejado en muchos aspectos de la contratación pública, los concursos, y otro tipo de asuntos asistenciales. En este tipo de certámenes se da una clara relación entre burocracias y ciertos círculos de la politiquería. ¿Cómo ves esta situación?

O. G. R. / Estos certámenes también deberían ser objeto de revisión y aproximación crítica; los llamaría torneos simbólicos. Hablar sobre estas convocatorias, donde algunos artistas se han postulado y han perdido, no deja de parecer un acto de revancha. Lo digo siendo severo, inicialmente hablo solo por mí. Pero es una situación en donde unos escritores se exponen ante otros escritores. Y como tal, es un acto de posicionamiento en donde esas estructuras burocráticas juegan un papel fundamental, desde la elección de los jurados hasta el diseño y extensión de las recomendaciones. No deja de ser extraño entrar a un circo en donde te expones, desnudo y expuesto a la picana.

La literatura es, de cierta manera, una actitud filosófica ante el fracaso. Omar García Ramírez, escritor y artista quindiano.

El escribir sobre estos eventos es, de cierta manera, una forma de arreglar las cargas. Además, el arte en general y la literatura en particular está llena de fracasos. La literatura es, de cierta manera, una actitud filosófica ante el fracaso. Bueno, eso ya lo ha dicho mucha gente. Se alimenta como un gran palimpsesto* de tachaduras y borrones, y su verdadera poesía aflora sobre el tablero podrido de la memoria. Ya lo dijo Kristeva, ya lo dijo Genett.

Así que, en cualquier momento y por las circunstancias que sean, cualquier artista termina participando. Y te diré, para iniciar una respuesta a tu pregunta: ese campo de juego es un campo de conflicto y, como tal, de choque. Por lo tanto, no puede estar eximido de crítica.

 

M. A. / Creo que participar es asistir a la expectativa de una confirmación; una confirmación que se sabe, no llegará. El talento como tal no es el que juega. Son otros factores externos los que terminan prevaleciendo.

A veces… ¿No sería mejor mantenerse en la distancia? ¿Participar o no participar?… vale la pena… ¿Dígame?

O. G. R. / Que en Colombia un escritor o artista, cualquiera que sea su disciplina, se someta a estas ordalías*, es una tradición y es un riesgo que todos, en alguna oportunidad, hemos corrido. Como escritores, alguna vez hemos probado en carne propia estas fallidas decisiones. Pero no se crea que todo es malo, que un escritor revise y ponga punto final a ese manuscrito que reposaba en los fondos de los archivos perdidos. Que termine esa obra que se había empastelado. Que pase la página y de una vez por todas termine por exorcizar ese fantasma; es casi un punto de alivio. El decir: no volveré a tratar contigo, fantasma de voces atenuadasYa hice lo que podía hacer por ti. ¡Ve a otra parte o desaparece para siempre!

Ahora, bajo qué circunstancias y a qué se expone el artista frente a estas estructuras que tienen capacidad de decisión sobre el campo simbólico y estético… he ahí el dilema.

 

M. A. / Has sido un “jugador” de vieja data en este tipo de eventos y torneos. Sé, de buena fuente, que, a pesar de algunos premios y reconocimientos importantes, lo que prevalece y es más significativo en esa historia de torneos son más los bloqueos, las trapisondas* que se arman detrás de los escenarios y los enfrentamientos con los encargados de lo que tú llamas El aparatich. ¿Qué dices sobre ello?

O. G. R. / He visto un accionar general en el campo de los torneos simbólicos. Primero aclarar que no participo de todo. Segundo, que, aunque en el pasado he ganado algunos de estos certámenes, es mi historial de finalista lo que me orienta sobre la calidad o la falta de ella en algunas de mis obras. Tú, como hombre de teatro, conoces la famosa sentencia de los dramaturgos españoles del Siglo de Oro sobre el tema: sí, pues eso.  Con cierto tratamiento subjetivo puedo hablar sobre el asunto. Expongo mi opinión, mis ideas; siempre me río de mí mismo y ahora soltaré una carcajada por mi estupidez. Pero de eso se trata, algunas veces es reconocer tu estupidez.

“Estos certámenes literarios también deberían ser objeto de revisión y aproximación crítica; los llamaría torneos simbólicos. Es una situación en donde unos escritores se exponen ante otros escritores”. Imagen / Dariusz Sankowski en Pixabay

Si tocamos anomalías en el tema regional, en el campo de estos torneos simbólico-literarios, podríamos señalar la presencia de un jurado casi eterno. No externo. Eterno. Por más de cuatro justas de un torneo nacional con sede en Pereira, ha estado allí. No en esta última, pero ese jurado de la vecina ciudad de Manizales, con sus juicios, ha premiado lo que le ha dado la gana y se ha impuesto durante cuatro o más veces. Considero que una persona, que se dice prestante intelectualmente y que ya ha sido jurado de un torneo, debería declararse impedido y ser restringido por parte de los administradores. Reitero, creo que se trata de un campo de lucha y de poder simbólico, y como tal, no puede estar exento de crítica y de revisión. Aunque la verdad, estimado Merardo, no creo que cambie nada. Espero que, con el tiempo, al menos, se pueda pedir más rigor.

 

M. A. / En Colombia, en algunos sectores de las artes hay jurados de carrera. ¿Es esto ya casi una profesión?

O. G. R. / Hay jurados que hacen carrera de jurados y, de cierta manera, esto impone una forma de ver las cosas en el campo del arte, de la literatura, la poesía y el teatro; qué vale y qué no. Lo digo también porque, en otras disciplinas, estos jueces se tornan como instituciones y guardianes de una tradición que reclaman para sí, y prolongan por años y hasta décadas.

De cierta manera, se ha creado ya una tradición de jurados, un lobby de jurados y hasta un banco oficial de jurados con vocación de perennidad que, ¡claro! influyen en la producción cultural de una región y de un país.

Pregunto, Merardo: ¿qué pensarían los atildados intelectuales manizalitas, sus poetas de barcos de papel, los ilustrados de la Universidad de Caldas, los nuevos grecoquimbayas de raíces montañeras, si durante cuatro o cinco veces consecutivas les impusieran como jurado, para uno de sus concursos, a un escritor de Risaralda o del Quindío? ¿Qué dirían? ¿Se quedarían callados? ¿Mantendrían las formas caballerescas de los escritores de Pereira y Quindío, quienes, casi siempre, guardan una distancia higiénica frente a este tipo de debates? ¿Perderían sus modales? Sí, son cosas de burocracias académicas, cosas de funcionarios, ellos saben cómo se hacen bien las cosas y mientras tanto… Las ideas sobre la novela, ¿qué?, y mientras tanto, los moldes impuestos a estas nuevas obras que llegan de todo Colombia, ¿qué? Y la censura velada que se impone a otras formas de escribir, ¿qué? No hablo de regionalismos, hablo de juicios y decisiones que recaen de manera habitual y con mucha frecuencia en los mismos personajes.

Ya tú vas a la ruleta con la cara curtida. No me hago ilusiones, nunca me he hecho ilusiones y créame, no doy lata por dar lata. Lo hago con razones de sobra. Y pueden estar seguros que cuando escribo y hablo en esta ágora cibernética, voy marcando tendencia. No se ve, es subterránea, es underground, está llena de ironía. La única que vale la pena, lo demás son palmaditas en la espalda.

 

M. A. / En medio de una pandemia, el asistencialismo parece ser la norma, ya que los artistas no pueden trabajar debido a las restricciones. La estructura hegemónica se impone, marca líneas, tendencias y favoritismos. La estética se hace oficial. Los incómodos son censurados y los rebeldes intentan ser aplacados. Así lo veo yo. Es decir, el campo de debate se amplía a esas justas, a esos premios, porque no pueden quedar relegados a simples decisiones de burocracias.

O. G. R. / Tú lo has dicho. Y diré más: jugamos sobre un campo minado. Primero, los jurados nunca deberían repetir más de tres veces. Este país está lleno de académicos prestantes, escritores e intelectuales que tienen diversas formas de ver el mundo, la historia, el arte y, en particular, el arte de la novela. No todos ven la novela como un guion cinematográfico, no todos ven la novela como música ligera de rosal florido. Hay quienes, afortunadamente, ven la literatura como un campo de experimentación y ensayo, como lo expresaba Milan Kundera en El arte de la novela, o la ven como espacio de estética ecléctica y dinámica, como propugnó Vicente Verdú en su pequeño decálogo.

Imponer un jurado o insistir en un jurado por más de tres ocasiones, crea, impone un estilo literario, premia una forma de ver las cosas y, sobre todo, bloquea a una serie de escritores jóvenes que tienen cosas por decir y de manera diferente.

Imponer un jurado o insistir en un jurado por más de tres ocasiones, crea, impone un estilo literario, premia una forma de ver las cosas y, sobre todo, bloquea a una serie de escritores jóvenes que tienen cosas por decir de manera diferente. Omar García Ramírez.

Además, escritores con algo de pudor, deberían mostrarse impedidos para tales menesteres cuando su presencia ha sido reiterativa. Pero eso en Colombia es cosa natural. Sé de ciertos especímenes que han sido jurado más de doce veces en todo tipo de premios literarios, especialmente en el campo de la poesía, con lo tal ha creado ya un modus operandi que a todas luces es y será muy censurable. Casi un ecosistema de laureles y condecoraciones. No son escritores, son jurados de escritores; llevan un escudo en su solapa casposa que dice: “Soy jurado profesional de premios literarios”.

Y así como estos sujetos, existen en Colombia media docena de cortesanas de la literatura que se presta para censurar, bloquear y manipular. Cofradías del mutuo elogio,  camarillas de la trapisonda, coristas de los burdeles de la cosa intelectual, modistillos de la literatura que hacen el corte y confección de las nuevas tendencias, que son las viejas tendencias de siempre.  Moralistas y censuradores de profesión de cara al respetable, pero que, desde hace décadas, manejan soterradamente y tras bambalinas los criterios con que se juzga la obra literaria y artística de varias generaciones en Colombia.

 

M. A. / ¿Existe alguna obra que haya sido premiada en esos concursos y que, de verdad, diga cosas nuevas o, al menos, aporte una estética renovadora, rompedora y cree algo de verdad nuevo? Digo esto porque tanto en el campo de la poesía como del teatro y de la novela, no la veo por ninguna parte. Ahora, esta situación es similar en el campo de la obra editorial.

“Existen en Colombia algunas cortesanas de la literatura que se prestan para censurar, bloquear y manipular”.
Imagen / Ángel Hernández en Pixabay

O. G. R. / ¿Qué obra dramática, en el campo del teatro, de la novela o de la poesía colombiana ha dicho cosas que de verdad inspiren a las nuevas generaciones literarias? ¿Qué obra de ruptura plantea nuevos derroteros a la novela colombiana? Miremos los últimos diez años; que sean veinte. Hay cosas muy líricas, hay tratados de botánica y heráldica hermosos, obras de colonización y de aventura. Pero hablemos de obras que desde lo estético planteen nuevas formas de entender la novela colombiana, que superen los macondismos y la novelita de sala de aeropuerto. Miren las novelas del maistream, miren, lean y, después, me comentan.

Luego, algunos se convierten en consejeros y también, por supuesto, en lectores de ciertas editoriales. Es complicado para los escritores salir de estos lineamientos, decir algo sin tener que estar adscrito a esos credos estéticos. Muchas veces, aquellos lectores son los mismos que, tras las bambalinas de estas editoriales, hacen la venia y pax deux de la puerta giratoria.

"¿Qué obra dramática, en el campo del teatro, de la novela o de la poesía colombiana ha dicho cosas que de verdad inspiren a las nuevas generaciones literarias?" Imagen / Lolame en Pixabay
“¿Qué obra dramática, en el campo del teatro, de la novela o de la poesía colombiana ha dicho cosas que de verdad inspiren a las nuevas generaciones literarias?” Imagen / Lolame en Pixabay

Aunque el mundo editorial ha cambiado de manera radical, la virtualidad se impone y los contenidos pasan del papel a los bites, distribuyéndose de una manera diferente. Las editoriales independientes son, desde hace décadas, una realidad. El panorama publicitario sigue siendo copado por un espectro de la corriente principal que, de cierta manera, impone la agenda setting*. Estoy hablando de un sistema que opera al interior de las estructuras culturales. Y que, como tal, es objeto de profundos acercamientos teóricos en países como Francia, España y México. Estructuras que pueden, incluso, transformarse en lo que llamarías grupos de poder simbólico: promueven lo que les interesa y bloquean lo que consideran molesto como grupúsculo hegemónico. Son los que pretenden imponer su amanerado canon a golpe de laureles espurios, los que controlan también con estructura de dique cualquier disenso que salte las normas estéticas de su estilo literario. De cierta manera, les conviene estar allí protegiendo esa parcela de normatividad. Más aún, cuando en algunas propuestas literarias y artísticas son estos majaderos los objetivos críticos de la revuelta o de la sátira. Son los guardianes del buen gusto y las buenas costumbres, cancerberos a sueldo de los ministerios culturales, enganchados que, mediante un complejo engranaje de influencias y palancas, han creado un ecosistema de meritocracias bastardas, donde se reproducen como lombrices en el compost de los presupuestos culturales.

 

M. A. / ¿Qué significa para el escritor independiente, para el creador que ha sido excomulgado por las capillas institucionales, la blogosfera o las revistas literarias que no van con la corriente principal?

O. G. R. / Los tiempos son muy diferentes, tú lo has dicho. No son los sesenta ni los setenta de la academia francesa de Bourdieu, ni siquiera los ochenta, ni los noventa. El cambio es acelerado. La implosión de las capillas hace mucho ocurrió, mucho antes del incendio de Notre Dame. Ahora, en pandemia, los cambios acelerados hacen que todo esté mediado por lo telemático y lo virtual. Esto mismo hace que, el estatuto tradicional de las iglesias académicas y de los sumos sacerdotes, quede en entredicho y al menos, sus métodos de control, quedan debilitados de manera ostentosa.

En Colombia existe una vigorosa fuerza literaria independiente que mantiene viva la llama de literatura. No solo tiene un alto nivel, sino que trabaja desde presupuestos estéticos diferentes, abiertos y centrados en la búsqueda de la calidad. Omar García Ramírez.

El discurso se ha hecho hipertexto rizomático y cada quien tiene la libertad de buscar su camino y profundizar por fuera del dogma. Los inconformes se mueven en lectura atenta, fuera y dentro del index prohibitorum, no temen caer en las fronteras de la espiral de silencio viriliana y saben que, ahora minoritarios y en secta, pueden, con el tiempo, transformarse en horda y clan. En las abadías se preparan para el asedio y algunos monjes rijosos, con caras de filósofos platónicos, escuchan con temor aullar a los lobos. El Púlpitum, la tribuna, ha devenido panóptico, pero este panóptico es bidireccional. Y como tal, los mirones son mirados, los jueces son juzgados y los comisarios atrincherados detrás de sus computadores, reciben los dardos afilados de los cheyenes y los iroqueses. De vez en cuando un tomahawk algonquino rompe una cabeza. ¿De qué sirve estar en las fronteras del sistema, si no se pueden tensar los arcos y hacer dianas en los traseros de estos comilitones? Esto ya lo intuía Bourdieu.  Pero no sabía de los alcances de esta revuelta que pasaba de las aulas y pizarras al ciber espacio, ¿cómo podría imaginarlo?

De cierta manera, como heredero del habitus de la sociología académica, estaba también impregnado hasta el fondo de su chaleco de esas liturgias escolásticas y apostaba a una clasificación de los estatutos y los prestigios. Todo eso, ahora, pierde valor clerical y simbólico. Esas estructuras, al menos en lo referente al campo del arte, (vale la pena aclararlo), hace tiempo colapsaron. Es por esa razón que, ante la pérdida de poder en sus atriles y pulpitos, un segmento de la cofradía culterana ha corrido a apoderarse de los ministerios y las secretarías de cultura. Pero no con el fin de perpetuar una tradición, sino para imponer, definitivamente, una estructura de poder simbólico.

“Este país está lleno de académicos prestantes, escritores e intelectuales que tienen diversas formas de ver el mundo, la historia, el arte y, en particular, el arte de la novela”. Imagen / Yerson Retamal en Pixabay

Afortunadamente en Colombia existe una vigorosa fuerza literaria independiente, que es a mi entender, la que mantiene viva la llama de literatura, la que no solo tiene un alto nivel, sino que trabaja desde presupuestos estéticos diferentes, abiertos y centrados en la búsqueda de la calidad. Revistas literarias y culturales que son ejemplo de rigor y calidad. Campos y plataformas de múltiples inquietudes artísticas en donde todos los escritores tienen la oportunidad de expresar sus ideas sin cortapisas de ningún tipo.

Esas revistas literarias digitales que, en Colombia y el Eje Cafetero colombiano en particular, conforman un grupo de opinión, de brillo y fuerza contra-hegemónica, hacen mantener la balanza equilibrada. Allí, muchas veces hemos cruzados opiniones, controversias abiertas y otras veces difuminadas. La crítica nunca ha sido suave, al contrario, cada vez más dura y ácida, pero también, cada vez más brillante. Medios on-line que vienen de la academia, que mantienen espacio tanto para el ensayo ortodoxo como para el libre ensayo, que vienen desde las capillas institucionales, pero que, como franciscanos liberados, no se encerraron en ellas. Que no se asfixiaron dentro del pensum escolástico. Ojalá nunca se pierda eso, y nunca decline esa dureza salvaje y refinada al mismo tiempo.


* Glosario

Palimpsesto / Manuscrito en el que se ha borrado el primer texto para escribir encima uno nuevo. Los palimpsestos eran comunes en la Antigüedad para economizar pergamino o papiro. Para borrar la escritura anterior solía recurrirse al raspado de la superficie.
Ordalía /  Prueba a la que eran sometidos los acusados durante el Medioevo para determinar su culpabilidad o inocencia con base en supuestos mandatos divinos.
Trapisondas / Bulla o riña. También hace referencia a un enredo o confusión.
Agenda Setting / Fijación de la agenda. Hace referencia a la teoría que sostiene que los medios masivos de comunicación influyen en la opinión pública, pues son los que determinan qué temas son importantes y cuáles han de figurar en la agenda, en qué espacio y cuánto tiempo deben ser emitidos.