A la memoria de los amigos José Asunción Silva y Jorge Isaacs

Por: Albeiro Montoya Guiral

 Ya había cerrado la puerta.

Cuando al cerciorarse de que a través de los cortinajes nadie podría espiarlos, pudo ver cómo los caballos que llevaban a sus padres seguido de un séquito de sirvientes a la ciudad, se perdían en las confusiones de la clara noche. Afuera cada criatura y cada rasgo de la naturaleza se adelantaban a lo que iba a suceder en la habitación, esto que apenas era una chispa entre dos jóvenes, afuera ya era un estallido y una convulsión: la misma luna patológica de la poesía se lavaba las manos en el río, haciéndolo sonar como un arpegio entrecortado de guitarra. Pienso en orugas mordiendo aceleradamente, con miedo de que las sorprenda el sol en el acto, los pastos y los geranios; pienso en las ardillas siendo empujadas por los delgados brazos de los árboles en el columpio de la noche, las veo hurtar y morder con furia las mazorcas; pienso en las libélulas besando los ápices de las bellotas que parecen los senos de las plataneras, sus delicadezas rosáceas, y ahora estos pensamientos son una realidad dentro de la habitación sucediéndose en el cuerpo de la jovencita.

Hasta el momento había pensado que la vida era la contemplación – de los ríos, del paisaje circundante de su casa-, el breve roce, el arrepentimiento, pero ahora es sujetada por la pasión, ahora encima de ella el amor se balancea enceguecido, ahora las aguas de los ríos que contemplaba le discurren por la espina dorsal con locura hasta desembocar en el mismo sitio hasta que llegan también los ríos de su vientre. María es ya una fluvialidad, un racimo de suspiros, un clavel de espasmos delicadamente deshojado. Ahora el paisaje se vuelve feroz y la muerde, la dentellea, la rasguña, la cercena, ahora el arrepentimiento se trataba de no haber vivido antes el amor, como debe ser, en los terrenos de lo humano, en los terrenos de lo que existe.

Un beso fue el sello de la complacencia. Se quedaron dormidos hasta que Jorge abrió los ojos súbitamente: un disparo se abrió paso por los aires del Paraíso como si fuera un negro cometa que pasara dejando una estela de ecos. “María, despierta”, dijo a su amante. “¿Escuchaste? Es un disparo”. Ella con gestos inexplicables producidos por el sueño dijo que no había oído nada.

Él se vistió apresuradamente, se calzó, fue a la ventana. La luna también se había vestido y estaba alta, en sus ojos caídos se veían negras lágrimas. Era la madrugada, se aproximaban las cuatro. Aquellas ranas tan difíciles de aceptar en un poema en la realidad eran necesarias, cantaban y cantaban al unísono con los cocuyos de voces inaudibles que chispeaban en los pastizales.

Sin saber por qué pensó en su amigo lejano. Siempre que imaginaba una desgracia pensaba en él, una cruz y un sudario lo hacían recordarlo. Y en efecto, el disparo había salido de la casa de éste; cuando se envolvió en las sábanas y después de vacilar la última vez se rompió el gatillo del arma como una copa frágil, ni la hermana ni la madre escuchó el disparo. Cuando ocurrió la detonación los perros del Paraíso voltearon a mirar hacia La Candelaria, la pequeña Bogotá ni se inmutó, pero en las planicies alrededor de la hacienda ladraron y aullaron los cómplices de Mayo con la mirada perdida en un punto al norte.

La última vez que los amigos conversaron lo hicieron sobre el tema habitual: la poesía. Besando a su cigarro el más viejo dijo que ésta no daba ya ni para morirse de hambre, a lo que el más joven ahogado en la risa bromeó diciéndole que tuviera cuidado porque iba a escribir lo que decía como suyo, algo así como un plagio amistoso e indefenso, haciéndole echar a reír también explicando con severidad que quien debía temer era otro, puesto que él podía escribir sobre alguien que escribía sus frases; el más viejo, pues, para defenderse, dijo que era tarde debido a que ya había escrito mucho sobre él. Una novela. Y el más joven, no carente de gracia, repuso que no le importaba porque ya él mucho antes había escrito sobre alguien que escribía sobre él y agregó que como ya no tenía intención de escribir más, puesto que creía que no era poeta, que nunca había sido poeta, le daba igual si su amigo dotado por una mejor suerte se ganaba la vida con una publicación sobre su Adriana muerta. Esto último apagó la risa y los dejó ensombrecidos en el humo. Pero ahora José moría; el disparo no lo mató de inmediato, entrecerraba los ojos distinguiendo la musa que en cada alborada de mayo venía a saludarlo, pero ahora la veía impotente ante su dolor, no tenía ya la boca roja ni las mejillas sonrosadas, estaba vestida de luto, de azulidad vestida. José dijo: “gotas amargas”. Ella dijo: “gotas de ajenjo”. Y el pulso de la nocturnidad cesó.

Así cuando su madre y su hermana volvían de misa tropezaron con Julito en la calle de la paloma. “Oye, qué haces tan madrugado por acá, vienes de visitar a José”, le dijeron creyendo que así era porque traía la guitarra. Julio las miró absorto. Estaba borracho. No dijo nada y prosiguió tambaleándose por la calle como un fantasma más y desapareció. Cuando las mujeres entraron a la casa se prometieron que bajo ningún pretexto despertarían a José porque anteriormente se la pasaba de lo más raro y cansado, además era bueno que durmiera, así fuera en el día, porque desde hace mucho tiempo no dormía, nunca había dormido lo suficiente pero ahora no dormía nada, y estaba delgado, lo cual agregado a su barba largamente obstinada, le daba un aspecto fúnebre, lánguido, muy dispar con su vitalidad de la juventud y con su risa de ayer cuando Adriana era su novia, antes de que se casara la impía con ese tonto iletrado de mano dura, a quien, bendito sea mi Dios, las mujeres prefieren sobre cualquier poeta culto y bello allá muy debajo de sus harapos o su frac. Las mujeres con pies aéreos entraron a la cocina y se encerraron. Allí hablaron en voz alta y dieron manubrio a la caja de música hasta hacer sonar una canción alegre, allí estuvieron toda la mañana en sus enigmáticos quehaceres femeninos, seguras de que el poeta no despertaría, pues el sonido no era capaz de atravesar la tapia con que se había construido la cocina e ir a despertarlo vilmente. Sin embargo a su hermana no le quedaba claro qué hacía el señor Flórez tan temprano en la Candelaria, vio a su madre zarandear tenuemente al hombre y su orquesta que estaban inmersos en la caja de música y prefirió escuchar esto que a su mente desconfiada.

Así mismo, cuando los padres de Jorge volvieron a la hacienda, al mediodía, lo encontraron ya viejo y solo, sin esclavos y sin perro, como había pasado ciertamente esta noche y todas las noches desde la muerte de María.