Se dio cuenta que no era necesario laborar, la sensación de ser una persona era falsa y a los tres días de ausencia le llegó una notificación al celular diciendo que estaba despedido…

 

Por: Hernán Carmona

Era un hombre libre. Bueno, al menos así se sentía, a pesar de que por alguna razón había perdido de manera progresiva cuatro de sus cinco sentidos.

Sí, al principio solo era terror. Se desesperó cuando supo que se había quedado sordo, pero fue cuestión de tiempo para entender que no era razón para molestarse, concibió que podía vivir sin escuchar a los demás, pues durante toda su vida no lo había hecho, y más en estos momentos donde la cotidianidad se había vuelto innecesaria para hacerlo.

Se levantaba a eso de las seis de la mañana para estar a las ocho en su lugar de trabajo, donde se registraba con una máquina y seguía trabajando en otra máquina; esa era su vida, ocuparse de un artefacto y ser esclavo del reloj. En esta época las relaciones sociales no eran necesarias, el pago le llegaba a la cuenta bancaria, para la comida entraba al minimarket, seleccionaba, iba a la caja y pagaba, para los restaurantes era solo presionar lo que deseaba y en cuestión de minutos estaba en la mesa o sonaba el turno para ir por su comida. ¿Necesario escuchar en una sociedad así? No.

Después de una semana perdió el olfato,  de nuevo se escandalizó cuando no sentía el olor en su hogar, ese olor de alguien descuidado, desorganizado y desaseado. Después de un rato entendió que haber perdido el olfato era bueno pues estaba cansado de tener que echar ambientador a su casa para ignorar el estado deplorable en el que vivía, aquel apartamento de pocos metros cuadrados era un reflejo, un espejo de la ciudad en la que estaba. Una ciudad con olor a humo, basura y estiércol, un aire que hace mucho había dejado de ser puro y agradable. La comida ya había llegado a ser en su totalidad sintética, de tal manera que no tenía olor, solo sabor, de eso se dio cuenta cuando no tenía el olfato.

Fue cuestión de tres días para perder el gusto, cayó en cuenta cuando esa mañana cuando destapó un paquete de Waffles, los sacó del horno, pues solo eran para precalentar como toda la comida existente y se lo llevó a la boca. No les supo a nada, igual la comida nunca tuvo sentido hasta ese día donde el olfato y el gusto ya no existían, pues la sensación en la boca hizo que se diera cuenta de que la base de cualquier alimento era el mismo. La forma que sentía en su boca cuando la comida era triturada y absorbida por su organismo no variaba. Comía papitas y su textura era el de un papel mojado y masticado, el del arroz era el mismo, el de los Waffles, el del queso, todo era a base de papel. Hasta hace unos 10 años la contaminación había acabado con los productos naturales y era cuestión de publicidad y sabores sintéticos, unos mejores que otros, para que las personas siguieran con una falsa idea de que vivía en un mundo y no en una gran fábrica.

Uno, dos, tres, cuatro, perdió la vista y eso le agradó, después de haber quedado sin olfato, oído y gusto había creado un nuevo pensamiento de la sociedad que le rodeaba, no quería seguir viendo cómo las personas le trabajaban al tiempo, al reloj, a la gran máquina. El tiempo era un enemigo doble pues te decía que la vida se te acababa con cada día que pasaba, pero te exigía desde las seis en punto hasta que te acostaras.

Antes de haber perdido la vista había perdido el trabajo. Se dio cuenta que no era necesario laborar, la sensación de ser una persona era falsa y a los tres días de ausencia le llegó una notificación al celular diciendo que estaba despedido, solo le quedaba sus ahorros mientras encontraba otro trabajo, pero ocuparse era algo que no le interesaba.

Solo le quedaba el tacto, después de dos semanas supo que no lo iba a perder, pero no lo veía necesario pues todo era corrosivo. El hierro permanecía frío, ladrillos, cemento, luz sintética, máscaras, humo, no había nada que valiera la pena ser palpado. Apretó, sintió cómo la masa blanda disminuía, como el aire se perdía y el hueso se fragmentaba, fue libre.