SILICON VALLEY

Cristóbal caminó bajo un sol inevitable hasta su casa, si así se le podía llamar a esos tablones miserables.

 

Escribe / Juan Antonio Escobar – Ilustra / Stella Maris

Esta es la sociedad del conocimiento, le dijeron al pequeño Cristóbal en la escuela. Que hoy en día, lo más importante es la información y que el concepto de trabajo tal y como se lo habían enseñado sus padres, de nada servía. ¡Lo importante es el conocimiento!, exclamó su profesor treintón mientras sostenía un libro de un tal Kiyosaki bajo sobaco.

El salón era caluroso y sobre los pupitres y las paredes pesaba el abandono de todos los gobiernos. La clase de ciencias sociales en nada se parecía a lo que a Cristóbal le habían contado. No se habló nunca de Simón Bolívar, ni de Santander, ni mucho menos de su tocayo Colón, el que había descubierto un continente que siempre estuvo allí. Se hablaba de emprendimiento, y se repetía como un mantra que los pobres eran pobres porque les daba la gana.

Donde Cristóbal vivía se podaba el pasto con un machete, se sacaban las bolsas de desperdicios sobre los hombros para que el camión de la basura, que pasaba por allí cada eclipse lunar, se las llevara. Las niñas más bonitas de la cuadra, que eran las hijas de doña Magola, esperaban en las noches unos carros grandes y de vidrios oscuros que abordaban sin rumbo conocido, para volver al otro día con la misma ropa. Todo era así en aquel barrio inhóspito en el que hombres y mujeres se ganaban la vida con sus cuerpos.

Un timbre sacó a Cristóbal de sus pensamientos. Era el final de la jornada. Todos los niños abandonaron sus pupitres presurosos mientras tomaban los libros heredados de estudiantes de otros tiempos y salían corriendo por la puerta del salón agrietado, pero Cristóbal se quedó allí, en su pupitre lleno de corazones y acrósticos que relataban los amoríos de quien sabe quién. Salió callado y sin prisa hacia su casa.

Cristóbal caminó bajo un sol inevitable hasta su casa, si así se le podía llamar a esos tablones miserables. Vio a su madre agachada al lado de una ponchera de agua caliente. La vio echar dos cubos de caldo de sustancia y un pedacito de cilantro, mientras que con una mirada de amor resignado le dijo:

-Ayúdeme mijito a partir en pedazos este periódico.

Y Cristóbal obediente partió en pedacitos las noticias deportivas, las contrataciones del fútbol europeo, las fluctuaciones de la bolsa, los matrimonios de la farándula, las tiras cómicas, los asesinatos de la noche anterior, las modelos, la publicidad, el análisis político de un señor ahí, las denuncias, los editoriales, las notas científicas, las fotos del presidente con un sombrero, los anuncios de las últimas películas, las promesas de los cirujanos plásticos, la crisis cafetera, las reformas tributarias y las fiestas de quince años de la alta sociedad. Todo eso se fue a la ponchera humeante.

Una vez listo aquel mazacote, Cristóbal lo probó, y por primera vez comprendió lo que significaba ser un consumidor de información.