La noche filosa traía ecos de sirenas y náufragos. De nada sirve huir, sino podemos huir de nosotros mismos, pensó uno de los difuntos. La marea repentina vomitó al selenita. Tenía modales de profeta, cabeza pelada, la sonrisa mutilada, y su mirada condensaba la vida de muchas otras vidas, de muchas otras sombras.

 

Por: Juan Alejandro Echeverri

Para la Mar y el Sol, por estos amores tardíos e inmortales.

Dos vagabundos le ladran a la luna, a lo que queda de ella. Dos poetas ad honorem embriagados por la latente ausencia. Dos amantes, dos cadáveres condenados al silencioso e indiferente cadalso por cuya abertura se ve “pasar el mundo, podrir el mundo”. ¿Nos habrán pensado antes de ir a dormir? ¿Para qué este lirismo estéril si nuestras palabras no llegan a sus oídos sordos? ¿Cuán infinita puede ser la desdicha de un poeta al saber que su amada se hizo poema? ¿Acaso no es de cobardes tener miedo de amar y de valientes asumir la vida sin el gran amor? ¿Será que las quisimos mal, con cada milímetro de nuestro ser, y no a medias como es debido? O, como decía Borges, ¿esto no es más que el sueño del sueño? ¿Cómo vuelve a navegar un hombre que cruzó los cinco mares y llegó al puerto equivocado? ¿Todavía tenés fuerzas? ¿No te cansás de abrazar nubes?, le preguntan al sordomudo más imperturbable que haya conocido la humanidad.

-Te acordás de lo que decía ese escritor mexicano de melena anárquica:  “Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema”. Muchos menos se va poder retener el poema con un movimiento poético.

-Si no hacemos poesía pasaría lo mismo que con Ernesto en ese libro:  “Si no se le opera moriría, si se le operaba, también, pero un poco menos”.

-Y el hijo de puta también escribió que estábamos gobernados por el azar y en esa tormenta todos nos ahogaríamos, y que solo los más astutos, no nosotros, iban a mantenerse a flote un poco más de tiempo.

La noche filosa traía ecos de sirenas y náufragos. De nada sirve huir, sino podemos huir de nosotros mismos, pensó uno de los difuntos. La marea repentina vomitó al selenita. Tenía modales de profeta, cabeza pelada, la sonrisa mutilada, y su mirada condensaba la vida de muchas otras vidas, de muchas otras sombras. Contó que lo habían lanzado al mar desde una fratricida tierra del sur de Suramérica y que “cuando era niño creía que todo lo que en la tierra se perdía, iba parar a la Luna. Una lapicera que no sabía dónde estaba, una ropa que buscaba y no aparecía; yo creía que todo es iba a parar a la luna”.

-¿Será que en la luna no están? ¿Será que en la tierra se quedaron escondidas las ilusiones, las esperanzas, los sueños y que están esperándonos? -dijo, entre suspiros, el selenita.

-Si nunca más se dejan encontrar las ilusiones, las esperanzas, los sueños… ¿Después qué? ¿Cuánto va durar el vacío, esta agonía?-, lo increpó uno de los cadáveres comprometiendo su último suspiro.

-Ustedes díganles que el vacío y la agonía es como el amor, y que el amor es infinito mientras dura.

-Pero si el cielo es un estado de ánimo, cuando el sol se apaga para siempre es como agregarle más infinito al infinito. Un vacío infinito, una agonía infinita.

Después el mundo fue silencio, como el fondo de una infinita piscina.