EL CAMINO

El legado familiar es algo que no se sabe cuándo se recibe, ni cuándo adquiere tanto peso. Todo lo que su abuelo había construido en ese pasado le llenaba los bolsillos de plomo. ¿En qué momento se asume tanta responsabilidad? ¿Por qué su familia adquiría tanto valor cuando tenía que tomar alguna determinación?

Escribe / Jorman Sebastian Lugo – Ilustra / Stella Maris

Llevaban una hora caminando. Amílcar sujetaba en su mano derecha un lazo y una linterna. Su paso era firme, decidido. Mientras caminaba miraba el cielo. La noche era espesa y penetrante. No había estrellas. Trató de ubicar la luna. No estaba por ninguna parte. El viento se hacía cada vez más húmedo. Sólo falta que llueva, se dijo. Empezaba a sentirse cansado de su mano derecha.

Elmo arrastraba sus zapatos y el esfuerzo de Amílcar por arrastrarlo era cada vez más fuerte. Las suelas de sus zapatos estaban rotas y las piedras empezaban a tallarle en el talón. Deseaba sentarse y sacarse algunas de ellas que se habían metido y lo incomodaban, sin embargo, el otro le halaba sin descanso. Tampoco, en medio de su agitación, era capaz de pronunciar alguna palabra. Estaban sumergidos en un pozo oscuro y silencioso donde solo se filtraban los jadeos de Elmo y el resbalar de algunas piedras.

Esta vez no había querido salir a caminar pero era el único que podía hacerlo. Las últimas palabras de su abuelo lo obligaban a salir a recorrer aquél camino cada vez que fuera necesario. Detestaba el camino, pero la imagen de su abuelo era más fuerte que cualquier cosa. Recordaba las frases de su patriarca con tanta fuerza como si se las hubiera dicho la noche anterior. A pesar de su obsesión por el paso del tiempo, lo único que quiso olvidar, para no sentir el peso de la frustración sobre sus hombros, era el día de la muerte de Arcadio. Sin embargo, aún lo veía postrado en la cama, mirándolo a los ojos, pronunciando las palabras que lo obligaban a salir noches así.

Poco se podía ver.

A pesar de ser Elmo el único que tropezaba con las piedras, Amílcar iba perdiendo la paciencia. Es un camino para muertos, pensó.

Las palabras de su abuelo iban tomando fuerza en cada paso. El legado familiar es algo que no se sabe cuándo se recibe, ni cuándo adquiere tanto peso. Todo lo que su abuelo había construido en ese pasado le llenaba los bolsillos de plomo. ¿En qué momento se asume tanta responsabilidad? ¿Por qué su familia adquiría tanto valor cuando tenía que tomar alguna determinación? ¿Acaso era justo con él, que apenas empezaba a vivir, tener que pensar y comportarse como un hombre?

Su abuelo le confió toda la obligación de la familia porque su padre no tenía el carácter para comandar y defender todo lo que había creado. Ahora Amílcar debería juzgar y decidir quién viviría por esos lugares. Aunque eso lo atormentaba, para conservar la tradición iba a hacer lo que tuviera que hacer. Pero ¿acaso las tradiciones son las que deciden quién vive o quién muere?, se preguntó.

Por su parte, Elmo trataba de descifrar a ese que lo llevaba cuesta arriba. Sus pies golpeaban algunas piedras y su caminar era torpe. Le era imposible reconocer al que lo llevaba por ese maldito camino. Era impresionante cómo el otro daba los pasos siempre precisos mientras él chocaba. ¿Quién podría conocer ese camino de memoria? ¿Quién lo había preparado para este camino? En su esfuerzo para responderse esas preguntas levantó su mirada y cayó. Amílcar sintió el freno repentino y un ardor le recorrió la palma de su mano. Antes de girar y mirar a Elmo, sujetó con su mano izquierda el arma que llevaba en su bolsillo.

A Elmo la cabeza le estaba doliendo y gotas de sudor le bajaban por la barbilla. Se acomodó a un lado del camino. Su respirar era agitado y ruidoso. Esperaba que el otro se detuviera y así lo hizo. Amílcar giró por su lado derecho. La luz de la linterna dio justo en los ojos de Elmo y este tuvo que agachar la cabeza. El que estaba sentado trató de sonreír pero no lo consiguió. Solo pudo dibujar una pequeña mueca casi imperceptible. El que estaba en pie se acomodó la linterna en el pantalón de manera que quedó alumbrando los zapatos (eran botas opacas que sobrevivieron varios inviernos), sacó una cantimplora y bebió. Todo esto lo hizo con la mano derecha. Amílcar acomodó todo de nuevo. Cuando iba a empezar a caminar, escuchó.

—¿No me va a dar de beber?

No obtuvo respuesta

—Me estoy muriendo de sed…

—¿Acaso el agua lo va a salvar?

Volvió a quedar todo en silencio. La noche seguía espesa. Todo lo que estaba alrededor era oscuro y penetrante. Amílcar había olvidado la radio que siempre llevaba cuando caminaba. Recordaba que su abuelo, en una noche de tragos, le confesó que cuando cortejaba a su abuela, ese aparato había cumplido un papel importante. Sin esos boleros de Julio Jaramillo su trabajo hubiera sido más difícil. Esta era la primera vez que olvidaba cargar con algo. Sintió un fuerte deseo de romper esa quietud con algunos acordes de guitarra. Respiró profundo, se dijo que tenía que terminar todo cuanto antes y jaló.

La última noche que vio a Arcadio con vida él lo llamó para pedirle un favor. El cáncer se había devorado, en ese punto, las entrañas de su abuelo. La enfermedad lo había reducido a ser un cuerpo al que el dolor le limita la lucidez. Extrañamente esa vez, después de muchas semanas sin poder hablar con quien le había enseñado todo: a caminar, a contemplar los ciclos de la luna, a ubicarse con las estrellas, a presentir cuando se aproximaba una tormenta. Extrañamente esa vez su abuelo lo miró y le pidió que se encargara de su familia. No había negocios pendientes que atender. Todo estaba al día. Solo había un tema que le ardía en su interior con mayor intensidad que el cáncer. Su nieta, la hermana de Amílcar, estaba siendo cortejada por alguien que no le convenía. Debía impedirlo. Mientras recordaba esa escena se preguntó por qué debía impedirlo, ¿qué hacía poco conveniente a Elmo de Berenice? Fue el único detalle que su abuelo no le confesó.

—No quiero caminar– dijo Elmo–. No puedo dar un paso más.

—Anda. Ya no falta nada.

—Tengo los pies destrozados

—¿Y qué importan los pies a estas alturas? ¡Camine!

—Dije que no puedo

Se dio otro trago. Puso todo en orden y volvió a mirar al otro. Elmo ya no quería saber nada de nada. Se había dado por vencido cuando cayó. Sus probabilidades eran muy remotas. Trató de ver a Amílcar, pero estaba sumido en la oscuridad. Dio un hondo suspiro y movió su pierna derecha. El sonido de la tierra llegó hasta los oídos del otro. Empezaba a brisar con mayor intensidad.

—Hágalo aquí. ¿Qué importa el lugar?

—Usted no entiende. Debemos avanzar

—¿Qué tengo que entender? ¿La muerte conoce de lugares?

—Sí, ella lo hace. Ahora de pie. ¡Andando!

Amílcar sujetó el lazo fuerte, tomó impulso y levantó a Elmo. Este vio que su verdugo trastabilló en su lado izquierdo y por poco se cae. Quizás haya una oportunidad, se dijo. Empezaban a formarse algunos charcos.

A su llegada al pueblo, Elmo quiso saber quién era su padre. Las primeras semanas lo intentó sin hallar respuesta. El único que le dijo algo fue Arcadio, pero sus palabras lo asustaron. Él estaba buscando una respuesta porque sentía que se le había perdido algo. Al menos le hacía falta saber quién era su padre. Mientras lo escuchaba, Elmo sentía la mirada atenta de la joven que acompañaba a Arcadio. Ese fue el inicio de su romance.

Ahora avanzaban al ritmo de Elmo. Este trataba de no levantar la vista. Miraba las piedras y el polvo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Podía descifrar el caminado del otro. Vio que era delgado y casi tan joven como él. La mano izquierda no se balanceaba porque la llevaba doblada, mientras que la derecha, era la que cargaba con toda la fuerza del viaje. En algunos tramos del camino se formaba fango. Elmo notaba que los zapatos de Amílcar se resbalaban.

Amílcar quería darle de beber agua al otro pero este sabía que no se podía tener compasión en esos momentos. No serviría de nada darle de beber a alguien que ya está muerto. Además, su abuelo le dijo que cuando se tiene compasión era mejor arrancársela de un tiro. Sin embargo, Amílcar seguía pensando en qué había de malo en el amor entre su hermana y Elmo. En su cabeza se preguntaba ¿Quién era él para decidir quienes se pueden amar? Ninguna de sus preguntas tenía una respuesta clara. Solo sabía que debía cumplir con los mandatos de su abuelo. Cualquiera que atentara contra su familia debía morir. Para eso estaba diseñado ese camino, para sepultar a quienes hicieron alguna afrenta contra su estirpe. Para eso lo había preparado desde niño Arcadio, cuando lo llevaba a contemplar la extensión de su hacienda.

Cuando reconoció el lugar adonde debían llegar, dio un pequeño giro y le arrojó con su mano izquierda la cantimplora. Esta golpeó en el pecho de Elmo y quedó a sus pies. Se agachó, la destapó y bebió. En ese momento Amílcar se preguntó si su abuelo alguna vez había sentido lo que él estaba experimentando, pero antes de seguir pensando, se respondió que no había tiempo para preguntas sin respuesta, solo para cumplir los designios de Arcadio: ni afrentas ni compasión. Mientras Elmo saboreaba la frescura del agua sintió un quemón penetrante en el pecho y otro en la frente. En el cañón del arma aún había una estela de humo. La mano que la sostenía volvió a girar. Ahora apuntaba a su barbilla. Siempre hay que hacer lo que decía el abuelo, dijo el cuerpo dueño del arma. El dedo índice de la mano izquierda apretó el gatillo.