SEGURO NO HABRÁ OTRO RECODO

La vida es ese encuentro y desencuentro constante, esa pérdida y esa acumulación inconsciente y no buscada. Esas personas que vemos o conocemos y que creemos estarán allí siempre y que se irán diluyendo en la distancia y el tiempo, tal como los tíos catalanes.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Él es un hombre mayor, debe rozar los setenta años, ella estará llegando a los cincuenta. Me los encontré cuando bajaban en el ascensor en el hotel en Sarria, ambos estaban radiantes, aunque él se veía más a gusto, seguro de sí mismo, resuelto, tal como el ejecutivo que debe ser en alguna empresa en Madrid. Me hablaron orgullosos del comienzo de su camino y del tropiezo, aunque menor, que tuvieron el día anterior debido a los trancones de la salida del puente festivo. Él estaba expansivo y alegre. No iban de la mano, pero ella lo tomaba por el antebrazo, de la manga de su chaqueta, y asentía con cierta vergüenza.

Volví a verlos en el siguiente pueblo. Él rengueaba y con dificultad entró con ella al restaurante más caro del pueblo. Ya no sonreía. Ella menos, aunque seguía prendida del antebrazo, de la misma forma que en la mañana. Él vestía sudadera, como si estuviera saliendo a dar su matutina vuelta al parque.

Más adelante, dos pueblos más cerca de Santiago, los vi entrar al restaurante en el que estábamos. Sus caras eran adustas. Él, evidentemente cansado, ella tan suelta y entera como la mañana que coincidimos en el ascensor. Se sentaron en una mesa casi al frente, pidieron algo y se dedicaron a mirar el horizonte que comenzaba justo en los hombros del otro. Era como si les diera temor no mirar hacia la pareja, pero más temor aún mirarla a los ojos. En cierto momento él flaqueó y miró al suelo, ella entonces lo miró con asco. Y con rabia. No se dijeron nada, al menos no algo diferente a meras formalidades. Nosotros pagamos y seguimos el camino. Luego no volví a verlos y muy seguramente nunca vuelva a verlos.

Otra noche, en O Cebreiro, cenando obligados en una mesa compartida porque no había más sitio, y después de haberle pedido permiso a las tres personas mayores que estaban ya sentadas, terminamos animadamente conversando con Pepita, Carmen y Jaume, tres hermanos catalanes que decidieron hacer el Camino desde León, tomamos sopa de ajo y  nos fuimos a la cama con esos tres nombres retumbando en la cabeza, pensando además que tenían las figuras menudas y las caras transparentes que tenían mis tías abuelas. Nos asombró francamente que tuvieran la fuerza y el arrojo para llevar ya tantos días caminando, y para haber subido la cuesta que lleva de Herrerías a O Cebreiro. No los vimos en Triacastela, pero Carolina sí los vio caminando uno tras otro cuando llegaban a Sarria. Le alegró tanto que me lo dijo en cuanto entró a la habitación: “vi a nuestros amigos catalanes”, y lo dijo con la emoción de haber visto otra vez a las tías abuelas.

A la jornada siguiente estaban, otra vez los tres, en la mesa de un restaurante, tomando sopa de ajo, y a la siguiente volvimos a verlos, solo que en esta ocasión sufrían un percance que exigió llamar a una ambulancia en la que se llevaron a una de ellas, los otros dos se fueron detrás en un taxi.

Nos entristeció ver aquello, tanto como si se tratara de una de las tías y a partir de aquel instante cada tanto nos preguntábamos qué sería de nuestros catalanes, preguntándonos por los tres como si se tratara de uno solo. Por eso nos alegró verlos nuevamente en un bar camino a Pedrouzo. Íbamos los dos callados, caminando y dando un paso tras otro con el automatismo que comienzan a tener las piernas, cuando tras un recodo Carolina volvió a decir emocionada: “nuestros amigos catalanes”. Y claro, entramos y los abrazamos, y les dijimos lo que nos alegraba verlos. Y ellos nos miraban perplejos. Una de ellas, la que se fue en la ambulancia, nos miró sonriente y dijo: “ah, creyeron que …. que yo ya …” y puso sus manos en señal de oración junto a su cabeza a la vez que la torcía un poco, tal como las pone un niño para indicar que duerme. Prometimos vernos al final del Camino y efectivamente los encontramos en un restaurante en Santiago y nos anotaron en mi libreta sus teléfonos y un correo electrónico, que creo está mal escrito, aunque una de ellas me insistía en que está bien y que es de “la escuela de adultos”.

Como si no quisiéramos perderlos nos sentamos en una mesa vecina. Carolina les daba la espalda. En algún momento terminaron, se levantaron y se fueron. Seguro ya para siempre. Seguro no habrá otro recodo en el que, al levantar la mirada, los veamos sentados en una mesa, como si estuvieran esperándonos.

…En cualquier caso, nadie puede escribir una novela sobre un camino, del mismo modo que no puedes escribir una novela sobre Dios, simplemente porque no puedes darle la vuelta…”, escribió Anne Carson en su diario de viaje por el Camino de Santiago. Sin duda, y porque tampoco es posible convertir la propia vida en una novela, al menos no en una con comienzo y fin. La vida es ese encuentro y desencuentro constante, esa pérdida y esa acumulación inconsciente y no buscada. Esas personas que vemos o conocemos y que creemos estarán allí siempre y que se irán diluyendo en la distancia y el tiempo, tal como los tíos catalanes. A la vida no hay manera de darle la vuelta, va yendo, tal como transcurre el camino.