Levantó la mirada hacia mí, pero sus ojos no me veían. Escupía y moqueaba sangre. Las palabras se le quebraron en la garganta, destruidas por un nuevo y frenético vómito, asqueroso, mezcla de vino, sangre y estofado; todo se derramó sobre la alfombra.

 

Texto: Elbert Coes

Ilustraciones: Laura Henao

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No te alegres, hermano mío, de verme vestida con estas ropas bonitas y costosas. Hace ya mucho tiempo que no nos vemos, lo sé. Créeme, de no ser por lo que me trajo aquí esta madrugada, yo sentiría el mismo gozo que veo en tu rostro. No te dejes alentar por este peinado de diva, ni por el dulce olor de mis perfumes, pues lo que sugiere este cuchillo ensangrentado supera mi belleza. Tómalo que su peso aumenta a cada segundo. Tómalo y déjame entrar que hace frío aquí afuera. Vine para que me arrestes. Ya sé: no lo harás hasta saber el porqué. No te preocupes, son las dos de la mañana, y después de lo que hice, no puedo dormir así nada más, e imagino que tú ya estás acostumbrado a trabajar durante esta jornada. Tenemos tiempo, te lo contaré.

Me enamoré de Arthur Finnan desde el primer momento en que lo vi, lo sabes. Ya hace un año de eso. Apenas anoche celebrábamos nuestro aniversario. Arthur, con su cara cuadrada y masculina, el pelo rubio sol, la musculatura sensual de sus brazos, sus ojos verdes y brillantes y la sonrisa blanca de la espuma, tenía las cualidades físicas que toda chica desea en un hombre. Cuando me pidió que fuera su novia, creí que se trataba de una broma, y, en el porche, bajo la luna llena, cuando me besó por primera vez, creí estar en un sueño. No, Arthur era real, apuesto, todo un caballero, como pocos hoy en día… ¿Recuerdas que te confesé que conocerlo me motivó a seguir el curso en la fraternidad? Sí, lo recuerdas; te hablé de él durante tres semanas seguidas y nunca te hartaste de que te hiciera trasnochar con mis conversaciones insulsas.

Vamos, John, no te distraigas con la sangre de ese cuchillo, tan roja como la luna de hace unas horas. Solo escúchame, préstame atención, y antes que se levante el alba y los pichones empiecen a cantar me habrás esposado. Verás que lo merezco. No me mires así. Sé que mamá siempre dijo de mí que acabaría loca, pero esta no es esa clase de locura. Esto es simple obsesión; ese sentimiento vil que viene en dos formas: una que te hace perseguir al objeto de deseo, y la otra que te obliga a huir de él. La obsesión surge de las entrañas como una larva que muerde víscera tras víscera hasta devorarte por completo.

Verás, en la fraternidad, la misma a la que pertenecen nuestros padres y que tú abandonaste por razón de la razón, me hicieron creer que soy única, especial, que tengo los ojos abiertos —a diferencia de los zombies: avaros, envidiosos, bebedores…— y me tragué palabra por palabra hasta embutirme de una verdad que creí absoluta. Dije alguna vez, lo reconozco, que la razón sería tu perdición; y no es que me retracte, pero mi creencia, también reconozco, no me ha salvado.

John, permíteme tomar asiento en el sillón del pasillo, ya déjame entrar. Apuesto que a esta hora sólo están aquí tú y ese escribiente, lo cual te pone al mando. No te avergüences de mí, peor sería que hubiera huido. Somos de un linaje de valientes, lo sabes; valientes aunque algo locos.

Durante varios meses Arthur y yo recibimos las enseñanzas para convertirnos en monjes. Aplicamos bien lo aprendido: en la economía, la amistad, el sexo, en todo. Ascendimos limpiamente los primeros seis grados de la pirámide; y a los ocho meses de nuestro noviazgo, nos llegó la prueba del séptimo nivel. ¿Te ha dicho mamá en qué consiste la prueba del séptimo nivel? ¿No? Sí, ya sé que nunca quieres saber nada de eso, para ti no son más que supercherías. Pero te lo explicaré de todas formas, la situación lo amerita…

Los iniciados, que entonces éramos cuatro, fuimos a un retiro. La fraternidad tiene su propio campus privado. Allá se celebra un rito y se invoca a la deidad. Antes de la ceremonia se instalan seis columnas de madera que forman un círculo, se extiende un manto en el suelo y se encienden varias antorchas. Esto constituye un portal a otro mundo, un mundo sideral. Los iniciados nos sentamos en el centro, cada uno sobre un cojín. En medio de nosotros se hallaba el maestro, y junto a él un auxiliar y una mesa con las copas y el cántaro que contenía el néctar.

Al caer la tarde preparamos el cuerpo con ejercicios para cargarnos de energía. El ritual inició con cánticos y oraciones. El maestro pasó por cada uno de nosotros y nos ungió con aceite de oliva y otras esencias. El auxiliar nos entregó las copas, fue a la mesa por el cántaro y regresó a repartir el néctar: la bebida que te conecta con la deidad. Está hecha a base de opio, coca y yerbas del campo; yerbas que no te especificaré, pues se ha despertado tu curiosidad.

El maestro se acercó y puso una mano en la cabeza de cada iniciado al tiempo que, con los ojos cerrados, iba mencionando la invocación. Al terminar, fue al centro, abrió las manos y dijo un conjuro. Mientras rezaba, un aire fresco acarició mi cuerpo, y cuando terminó, nos hizo una señal para que bebiéramos.

Sí, ya sé que crees que vine aquí de lunática.

No fue por la luna roja, John, te aseguro que ya hace un tiempo quería hacerlo. Es como cuando tienes sed y lo único que puedes hacer para saciarte es beber una cerveza bien helada, como a ti te gustan.

Escucha: después de tomar el néctar sentí una calma inmensa. Al poco tiempo vi hilos de colores, seres del viento, oí una música que me inundó toda; algo liviano atravesó mi cuerpo y entré en un mundo quimérico, un paraíso lleno de jardines y seres maravillosos. No estoy loca, John; lo que te describo es tan real como la corbata fea, los lentes culobotella y los escuálidos dedos de ese escribiente… Vi una luz gloriosa, refrescante, hogareña, de la que surgió un ancestro deificado y maravilloso, con tres ojos, cuerpo grande y esbelto, cuyo color de piel era el azul de un cielo despejado a mediodía. De su espalda salían tentáculos. Llevaba joyas en las orejas y los brazos, y sobre la cabeza una diadema dorada.

Me dijo: «¡Caroline, he aquí yo vengo a recibir tu voto y tu alma, y a cambio te doy los placeres de la existencia!…» Y llevada por la plenitud del instante le dije que sí, le entregué mi alma.

Los días siguientes transcurrieron con la mayor normalidad, después, las cosas empezaron a cambiar. Lo primero que resultó fue que el banco aprobó el crédito para nuestra propia casa. En adelante nos llegaron bonificaciones y premios de tiendas y centros comerciales. De repente el papá de Arthur le cedió la hacienda ubicada a las afueras de Tallahassee, sobre la vía de Crawfordville. Un italoamericano quiso comprarla y ofreció por ella un valor tres veces más alto, incluso, como adelanto, pagó dos tercios del total pactado. Lamentablemente, el hombre, de casi sesenta años, falleció de infarto antes que se concretara el negocio. Y, como los títulos de la propiedad aún estaban a nombre de Arthur, éste se quedó con todo. Una semana después de estos eventos, mi jefe me ascendió a gerente general del banco. Recibí además, por parte suya, una bonificación en dinero, un auto ejecutivo y un apartamento en el centro de la ciudad. Decía que yo era la mejor contadora que la entidad había tenido en años. Luego, y lo siento mucho por ti, pues sé cuánto amabas ese auto, de cumpleaños papá me regaló el Mercedes descapotado del setenta y ocho. Insistió en que lo había cuidado exclusivamente para mí. Sabes que no se puede discutir con ese viejo cascarrabias. Nuestro primo, con quien solías jugar de niño a la pelota, me dio un par de boletos a Islas Canarias, con todo pago. Y Arthur y yo seguimos viajando a cuanto lugar nos apeteció. Estábamos pasándola bien, gozándonos cada instante. Comencé a entender el sentido de la vida, John: aceptar y sentir los placeres, dejar llenar la copa.

Lo mismo sucedía en el sexo. Me acosté con Gustav Trevor, el mejor amigo de Arthur, con su mujer la pelirroja y con ambos a la vez; y al poco tiempo Arthur se unió a nosotros. Intercambiábamos parejas y nos mezclábamos. Hacíamos experimentos como un científico loco en su laboratorio. Éramos felices en hallar e ir elevando cada vez más los niveles de gozo y satisfacción. El sexo con Arthur era excelso. La conexión entre los dos llegaba a tal punto que lo hacíamos hasta diez veces por día: en la sala, el garaje, la cocina, el auto, un parque, un ascensor, la casa del vecino, en cualquier lugar donde nos sorprendiéramos excitados; e intentábamos cuantas formas se nos ocurrieran, con la fortuna de siempre acabar satisfechos. Al final, lo deseaba tanto, que bastaba una mano suya quitándome el sostén para tener un orgasmo. Yo disfrutaba cada acto, cada tacto suyo. Como vez, hermano mío, nuestras vidas se llenaron de placeres; tanto, que comenzamos a hallarlos incluso en el dolor…

¿Adónde vas, John? ¿Qué harás con ese cuchillo?… Sí, señor escribiente, lo que ve en mi blusa y en mis manos temblorosas es sangre… Ah, ahí estás, hermano mío; no eres rico pero pareces buen policía: John Oldwood, la salvación de mi casa. ¿Qué hiciste con el cuchillo?… No me pidas que me marche. Vine a mostrarte lo que han hecho mis malas elecciones, y no me iré hasta que me escuches. Entiendo cuánto me amas, pero necesito responder por mis actos. Déjame. Deja que te cuente. Déjame pasar un nuevo amanecer junto a ti… ¿Oyes eso? Ya algunas aves comienzan a cantar… Está bien, te agradezco que me permitas contarlo todo; porque de mis últimas acciones, sin duda esta es la más honesta.

Hace poco más de un mes Arthur y yo hicimos el amor de endiablaba manera. Pasamos todo un sábado como conejos en celo, azotándonos los genitales hasta que nos venció el cansancio, y con él llegó el sueño. Desperté a la mañana del domingo, con la mirada perpleja hacia la ventana, por donde la luz del sol vespertino se escurría deliciosamente. Pese a ello, tuve un repentino sentimiento de desdicha. Y pensé que quizá era la combinación del cristal, la persiana, la luz dorada y las sombras lo que me producía tal estado. Aparté mi mirada hacia el otro lado y vi a Arthur, durmiendo aún, a mi lado; respirando hondo. Hasta él no llegaba la luz, pues mi cuerpo proyectaba sombras sobre el suyo. Y esa imagen de fortachón durmiente y pudoroso me volvió a  excitar. Besé sus labios, su cuello, su sexo, y a medida que lo sentía vibrar desde el sueño, más caliente me ponía y lo besaba con mayor entusiasmo. Lo oí jadear de goce. Y tuve un impulso repentino de morderle el pene ya erecto, y lo hice. Arthur se despertó sobresaltado, lanzando un chillido de dolor y manoteando a la bestia que lo había atacado en su sueño. El golpe cayó directamente sobre mi mejilla. Chillé. Me miró perplejo, quizá con intención de disculparse, pero no lo hizo. Fue un momento en extremo contradictorio; pues deseaba que me abofeteara de nuevo. Él seguía inmóvil, viéndome a los ojos, a la espera de mi siguiente movimiento. Me entró otra vez ese impulso de lanzarme hacia su hombro. Arthur respondió echándome hacia atrás. Descubrí que yo ya no quería un simple estrujón, quería una bofetada tan fuerte como la anterior. Así que me le lancé otra vez encima, y, antes que mi boca llegara a su cuello, Arthur arremetió mi cara con un golpe seco. Lancé un gemido, más de placer que de dolor, e intenté otro ataque de mordida, y tras él recibí un golpe, y luego otro ataque por uno y otro golpe.

Esa mañana el sexo fue así: salvaje y masoquista. En adelante, ya no podíamos bajar el nivel.

Te lo dije, empezamos a sacar placer del dolor. Los días transcurrían y nuestros experimentos iban en aumento. Ya ni siquiera hablábamos. Ya las palabras eran reemplazadas por insultos y los besos por mordiscos. Sin embargo, un día, ya hace dos semanas, Arthur me pidió que paráramos. Dijo que tenía miedo de nosotros, de cuán lejos habíamos ido. Hablamos durante dos horas, y acabó por convencerme de no seguir con el sadomasoquismo. Después de eso hicimos el amor como dos adolescentes enamorados, l e n t a y s u a v e m e n t e.   No puedo decir que no lo disfruté, pero eso ya no me bastaba. Yo intentaba sacudir a mi amado para que me diera lo que quería, pero él no estaba dispuesto a dejarse llevar. Entonces comencé a aburrirme. Volví a visitar a Gustav y a su mujer y me acosté con ellos. Acabé decepcionada ya que ellos no se golpeaban, ni nada por el estilo. Y cuando intenté morderle un seno a la pelirroja, se enfadó tanto que ahí se interrumpió la orgía. Por lo tanto, quedé insatisfecha. Y mi apetito aumentaba como la sed de un náufrago.

Dejé de sentirme a gusto en casa. Mi marido ya no era eufórico y parecía perder el erotismo. Me abrazaba o daba un beso con una ternura asfixiante, y después se sentaba frente a la tevé hasta quedarse dormido. Con los días su radiante sonrisa se hizo monstruosa, la risa de ruiseñor se tornó en trueno y la mirada de lujuria se convirtió en sarcasmo. El problema no era él. Arthur no era un mal hombre, al contrario, bondadoso y comprensivo, pero ya no quería jugar a los placeres, y eso me estaba molestando.

Fíjate que todavía me queda algo de conciencia, aunque haya perdido el alma. Para entonces ya me decía a mí misma que mis impulsos no eran correctos.

Sin embargo, pese a luchar contra el morbo, a los días ya no soportaba a mi marido; su respiración era como el zumbido de una mosca y creía ver juicio en su negra mirada. El gusano de la obsesión se me subía por las entrañas. ¿Recuerdas, John, que te hablé de dos formas del sentimiento? En mí crecía aquella que te lleva lejos del objeto de codicia. Todo en Arthur pasó a parecérseme enfermizo.

Finalmente, una mañana en que le oía cantar mientras se duchaba, tuve la genial idea de asesinarlo. Y la idea se fue ensortijando en mi mente hasta alcanzar placer de solo imaginarlo. Lo medité una y otra vez. Me preguntaba qué se sentiría acuchillar a alguien hasta matarlo, y qué se sentiría acuchillar al ser que más amaba. Pasaba el día entero en silenciosa meditación, replegada en el sillón de la sala, recostada a la cabecera de nuestra cama, sentada junto a la ventana de la habitación, observando las flores abrirse al calor de un nuevo sol, en la cocina mientras preparaba la cena o ayudaba a la criada; pasaba el día entero pensando en cómo quitarle la vida. A veces, en el estudio, lo veía durante largo rato tocar el piano, le aplaudía al terminar el concierto en La menor de Grieg, o el Nocturnes de Chopin, pero mi cabeza ya veía borbollones de sangre brotar de su cuerpo. Si me daba un beso, pensaba en la forma de lacerarle los labios; si me tocaba, en cómo cortarle las manos; si lo veía caminar por la casa, lo imaginaba bañado en gasolina y luego ardiendo en llamas; si en la cama su pene erecto rozaba mi pierna, me inventaba una trituradora circuncidándolo.

Señor escribiente, comparta conmigo uno de esos cigarrillos… ¿Qué dice? ¿Es mentolado? ¡Qué importa! En estas circunstancias un cigarrillo da igual si es mentolado o no, si es Marlboro o Lucky Strike; lo mismo da un trago de vodka que uno de ron… Venga, muchas gracias.

Ahora sí, John, te contaré cómo lo hice: te dije que apenas ayer celebramos nuestro segundo aniversario ¿no? Bien. Pues le propuse a Arthur una velada en casa. A la criada le di el fin de semana libre para que mi marido y yo pudiéramos estar a solas. Yo misma prepararía la cena: estofado de pollo, arroz en curry y una tarta de durazno. Al estofado, su plato favorito, le eché una sustancia que encontré en la tienda de químicos, y a la tarta cianuro. Cenamos sentados a la mesa. Mi pobre e ingenuo marido puso música y bailamos un rato, hasta que sintió malestar en el estómago y tuvo que ir al baño. Cuando salió le pregunté, como toda buena esposa:

—¿Qué sucede, amor?, ¿está todo bien?

—No es nada —dijo—, ya se me pasará.

Se tumbó sobre el largo sillón de la sala, sobándose el estómago y con los ojos cerrados. Quería disimular, pero la estaba pasando muy mal.

—Tal vez te cayó mal la tarta —dije—. Iré a prepararte algo para el estómago. Te haré esa toma de jengibre y ajo que me dio mamá en Palm Beach la vez que me intoxiqué con camarones.

Me fui a la cocina, saqué el cuchillo de la alacena y lo puse sobre el mesón. Luego volví a la sala. Arthur se había levantado en un intento por llegar otra vez al cuarto de baño; no alcanzó y ahora vomitaba sobre la alfombra. Se detuvo. La dosis de veneno que le di era para causarle mareo y nauseas. No quería que lo matara, quería hacerlo yo misma a punta de cuchilladas. Arthur volvió a caer tumbado en el sofá, seguro preguntándose si la causa de su dolor era la tarta o la salsa negra en el pollo a la cual era alérgico.

—Quédate aquí —le dije—, aguanta. Iré a ver si ya está la bebida.

—Está bien, amor. No tardes —dijo jadeando.

Regresé a la cocina. En ese instante me invadió la sensación de que Arthur pudiera estar fingiendo dolor para atraparme con las manos en la masa. Él no podía ser tan estúpido en no darse cuenta de lo que yo estaba haciendo. Y regresé a la sala despacio, con sumo cuidado. Arthur no estaba allí. Mi corazón rompía los límites del bombeo. Me excitaba la simple idea de estar a punto de experimentar algo nuevo y tajante. Suponía, además, que mi marido se había puesto a la defensiva. Puedo verme, en ese preciso instante, sonriendo con malicia mientras lo busco alrededor de la sala. Pero Arthur no era una amenaza, ni mucho menos. La puerta del cuarto de baño se abrió, y salió él, tropezando y tambaleándose. «Caroline —dijo con voz queda, inaudible, avanzando torpemente hacia mí, y doblado, con una mano en el estómago y la otra en la cabeza, la barbilla manchada de sangre—. Caroline, algo está muy mal. ¿Qué…? ¿Qué…?». Levantó la mirada hacia mí, pero sus ojos no me veían. Escupía y moqueaba sangre. Las palabras se le quebraron en la garganta, destruidas por un nuevo y frenético vómito, asqueroso, mezcla de vino, sangre y estofado; todo se derramó sobre la alfombra. Entré en pánico, y me llené de rabia; el imbécil se estaba muriendo antes de que yo lo acuchillara. Su cuerpo no había resistido la dosis venenosa. Dio dos pasos hacia adelante y, de repente, se puso pálido.

Cayó al suelo secamente, como una enorme roca. De furiosa, pegué un alarido. Corrí hasta su cuerpo y clavé en su espalda cuantas puñaladas creí necesarias para alcanzar el placer que tanto anhelaba. Arthur había muerto, y no lo sentí chillar de dolor; ni siquiera supo que yo le había matado, eso era lo que más me dolía.

Estallé en llanto, primero de cabreada, de ofendida, después por cabrona, invadida por la culpa. Lloré junto a su cuerpo, sintiéndome menos que una rata; lloré hasta entender que para aliviarme tenía que venir aquí y… Ahora lo sabes, John…

¿Qué estás diciendo?… ¿Me llevarás a casa? ¡No entiendes!, ¡no quiero ir a casa!… ¿Hay un procedimiento?, ¿y habrá un juicio?… Siempre hay un juicio. Siempre. No quiero un juicio, John.

¡No quiero un maldito juicio!