El Orfeo

“Y he aquí que, a medida que iba cantando, los árboles se le iban acercando: un roble de robustas ramas cargadas de bellotas, un sauce que crecía junto al río, un resplandeciente abeto plateado, un verde boj, un arce rojo, un limonero, un laurel y un tilo…”

el orfeo

Texto por: Elbert Coes

Fotografía por: Vanessa Guevara

Sin duda alguna, de todas las historias que llegué a leer, la que más aburrida llegó a parecerme fue aquella donde un saxofonista revive a su fallecida amada tras realizar un pacto con el diablo, quien al final no puede cobrarle el alma porque el músico lo engaña al contratar también con otro demonio. Al final, el personaje no sólo logra evadir la eterna condena en los ardientes lagos del infierno sino que además acaba felizmente junto a su esposa. El nombre del relato es El Orfeo, y su autor, Jorge T, posteriormente se hizo famoso por su mismo fracaso.

En el mes de febrero del 2007, ya once años después que el escrito viera la luz por primera vez, entrevisté al autor con motivo de entender la razón por la cual, después de tan rotundo fracaso y de recibir tan agresivas críticas de parte de los expertos, no había renunciado al ejercicio de escribir, sino que, por el contrario, algunos años después se atrevió a lanzar al mercado una segunda parte del mismo relato, pese a que corría el riesgo de acabar lapidado.

Fui a su casa, en un sector de la ciudad de Pereira, y después de un buen café, varias galletas y algunos chistes políticos, entramos en materia. Luego el escritor me fue revelando, melancólicamente, su secreto; hecho que hasta el momento todo medio masivo de comunicación ignoraba. Recuerdo que empezó con decir más o menos lo siguiente: «Señor Cortez, si de pequeño alguien me hubiera dicho que el chivo expiatorio por obtener fama era el amor, le juro que yo jamás habría escrito tan solo una palabra».

Durante los dos años que presidieron su fracaso, Jorge T se fue a vivir a la ciudad de Manizales, donde, pensaba él, nadie lo reconocería, ni de rostro ni de nombre. Dictaba clases de español en un colegio público; y cierta tarde lluviosa, al salir a esperar el autobús, conoció a la que un año después sería su esposa: Karen Gómez, una mujer de ojos de acero fundido y cabello nigérrimo y lacio. Lacio como una cascada bajo la luz de la luna.

Como era esta joven buena lectora, él no pudo esconderle el suceso de El Orfeo; también ella, al igual que los otros críticos, creía que el relato era pésimo: saturado de ficción y monótono. Sin embargo, Karen aún no había notado el evidente desinterés de él por seguir escribiendo; sobre todo ahora que había encontrado en ella el amor que buscaba en sus escritos.

Una tarde de agosto, en casa, Karen, intentando danzar, se cayó y se lastimó, y tuvo que ser llevada a la clínica. Pero pronto le dieron de alta. Dos días después del incidente, cuando Jorge T llegó del colegio, la encontró en la sala del apartamento. La joven tenía un cabestrillo en la mano derecha, y sonreía relucientemente. Se acercó a él y le besó. Lo notó apático. En realidad lo estaba, puesto que los papás le habían dicho que ella estaba enferma de cáncer de médula ósea desde hacía mucho tiempo. Esto él ya lo sabía, pero ahora ellos le pedían que se le alejara, por el bien de ambos, ya que a la joven no le sentaban bien las emociones fuertes. Sin embargo, la discusión que Karen y Jorge T tuvieron al respecto, acabó con los dos bajo las sábanas.

Al poco tiempo, él le propuso matrimonio, y ella aceptó, diciendo: «Me casaré contigo porque al fin sé lo que es suspirar por alguien, abrigarse a otro cuerpo desnudo en invierno, compartir un café románticamente y bailar y besar al ritmo y bajo la lluvia».

Una semana después, contra la voluntad de sus padres (y contra la de su novio, que se oponía para sazonar el flirteo), Karen se escapó de casa y se fue a vivir con él. Al día siguiente se casaron ante un notario, y a las tres semanas —pese al ateísmo de él— ante un sacerdote en la iglesia. Al pasar los días, los padres de Karen, docilitados, le enviaron la ropa y la medicina al apartamento, el cual, con la presencia de la joven, ahora se mantenía impecable y en orden. Jorge T evitaba que la joven hiciera esfuerzos físicos que pudieran resultar contraproducentes. Cocinaba y organizaba la casa antes de irse al colegio, y regresaba al medio día para almorzar con su esposa. Así, gradualmente, fue abandonando las clases de la tarde hasta permanecer mucho más tiempo con ella; con ella, que ya había notado el evidente desinterés de su esposo por seguir escribiendo.

En aquél pequeño universo, durante más de ocho meses, no hubo lugar para otros. Aunque intentaron, sin conseguirlo, tener sus propios hijos, y hasta adoptar uno.

En diciembre de 1998, la joven comenzó a sentir terribles dolores en los huesos de las manos; y tuvieron que acudir al médico, quien, tras varios exámenes, dijo que el cáncer había hecho metástasis. Karen tuvo que someterse a quimioterapia. Esto la fue poniendo flaca y débil, pero nunca le robó su risa de canario ni borró su ternura despierta; no, era incluso mucho más optimista que Jorge T. Sin embargo, a comienzos de abril de 1999, aunque el dolor en los huesos estaba aminorado por el opiáceo, su estado de salud empeoró notablemente.

 

Al despertar una mañana, un enorme lago de sangre manchaba toda la cama. Karen aun dormía, pero el fluido había emanado de su vagina y de su nariz. Jorge T la metió en la ducha, la vistió y la llevó a la clínica. Ahí, el médico dijo que, debido a la pérdida, la joven iba a necesitar una transfusión de sangre. Según los datos de su leyenda, la madre de Karen, era la mejor opción para donarle ya que compartían el mismo tipo sanguíneo; Jorge T no pudo más que consentir con el médico en llamarla.

Después del procedimiento, que tardó más de tres horas, fue a ver a su esposa. Al entrar a la habitación, ella, siempre sonriente, le ofreció su flácida mano y le dijo: «Gracias, por haberme hecho feliz». Jorge T lloró al tiempo que le besaba la frente. «Te amo», dijo a su mujer.

—Te amo —dijo ella—. Pero quiero que hagas algo por mí —dijo—. ¿Sabes por qué Eurídice no vuelve a la vida?

—No —respondió él, moviendo la cabeza.

—Porque los árboles donde Orfeo canta necesitan oír su música para seguir embelleciendo al bosque —dijo ella—. Pero él debe recordar a su amada tal y como la conoció en vida. Niki —siguió diciendo—, nunca dejes de tocar la lira; hazlo aunque sea para mí.

Dos semanas después, pese a los esfuerzos médicos, Karen falleció en casa, con la cabeza de él recostada en su débil regazo.

—Usted me pregunta, señor Cortez: por qué continué escribiendo —me dijo el escritor. Aguardó un instante y después añadió—: lo hago porque al igual que Orfeo, yo también tengo el deber de embellecer el bosque.