GOLOSINAS ANDINAS PARA LA ETERNIDAD

Escribe / Martha Gantier Balderrama – Selección / Jaiber Ladino – Ilustra / Dall-E

HOY LLEGAN LAS ALMITAS

 

Cuando mi abuelo dijo Hoy llegan las almitas, intrigada lo miré. ¿Cómo llegan las almitas, de dónde vienen, cómo son ellas?, le pregunté mientras movíamos algunos muebles para tender la mesa de las almitas.

Con una semana de anticipación se preparaba el menú para recibirlas, se anotaban los ingredientes, se hacía la lista de compras, se volvía a anotar y se recordaban las recetas. Entre la tía y la abuela comentaban los preparativos: 30 huevos para los bizcochuelos. Hay que triplicar la receta, es mejor que sobre a que falte. Además, se enumeraban las tareas: alistar pajitas y papel sábana para hacer los moldes; harina de maíz para los maicillos y mermelada de papaya. Las almitas son muy golosas, les encanta el dulce, sentenciaba mi abuela. Otros diez huevos y vegetal para los suspiros; coco rallado, canela, clavos de olor y vainilla para las galletas, uvas pasas o ciruelas secas para el arroz con leche. Harina para hacer las “t’anta wawas” y con clavos de olor ponerles los ojitos y anilina roja para las bocas y la cara. Con un pedacito de carbón se pintan las cejas y con la clara de huevo se las barniza. Un lacayote grande para hacer el dulce para las empanaditas y azúcar molida para espolvorearlas. Tienen que quedar blanquitas.

 Las almitas llegan a las doce en punto del día. ¡Por allá!, dijo mi abuelo aquella vez, señalando el horizonte. Sentada en su regazo y con mi brazo rodeándole el cuello las imaginaba salir de entre las nubes, detrás del sol, de entre las ramas de los árboles.

Este mantelito blanco le va bien a la mesa para que resalten las “t’anta wawas”, los animalitos y las otras figuras. Aquí las fotos de mi mamá, de mi papá, de mi suegra y mi cuñada indicó la abuela. Después de desempolvarlos con un paño de franela, los colocó en la mesa con mucha delicadeza. Un florero aquí y el otro a este lado, un candelero aquí y otro a este lado. La chicha morada en esta jarrita de cristal, los panales en este plato ovalado. Y lo más importante, dijo ella poniendo unos vasos delante de las fotografías, las almitas vienen muy sedientas, tienen que estar servidos. Y llenó los vasos. Los paneros que estén listos para repartir las masitas a las amistades. Repuso colocándolos debajo de la mesa de los difuntos.

En la cocina empezaban a hervir las ollas de sopa de maní, arroz amarillo, y el arroz con leche. Ese día, por primera vez, con cierto nerviosismo y curiosidad, miré el reloj, ansiosa de que llegaran las doce del día y le pregunté a mi abuelo: Papito ¿cómo llegan las almitas? A lo que respondió: Uhhh! Ellas vienen en grupos grandes, siempre viajan acompañadas de otras almas. Yo miré el horizonte imaginándolas salir de su mundo, alborotadas de alegría, rompiendo filas como si alguien les diera la orden de partida.

Cerca del mediodía, la mesa de las almitas estaba lista, debajo del arco hecho con dos cañas de azúcar. Las “t’anta wawas” con sus caritas sonrientes y rojas ocupaban gran parte de la mesa, algunas recostadas, otras apoyadas contra la pared. Las palomitas y los caracoles relucientes formaban círculos frente a los retratos de los difuntos, las escaleras apoyadas a los floreros, alguna con un ángel cachetudo y gordito intentando alcanzar el último escalón. Las empanaditas de lacayote, espolvoreadas con azúcar molida, estaban en un plato de porcelana en filas de a tres, medio cubiertas con una servilleta blanca con el borde de encaje. Parecían tías solteronas echadas en su lecho de enfermas. A esa hora del día, toda la casa estaba habitada por un enorme genio hecho de olores de nardos, canela, clavos de olor, anís, vainilla, y todos los otros salidos de las ollas de la cocina.

Faltan siete minutos para que lleguen las almitas, anunció el abuelo mirando el reloj. Mi abuela se apresuró a colocar las velas en los candeleros, Que estén listos, y puso una cajita de fósforos sobre la mesa. ¿Cómo son las almitas? volví a preguntar. Percibiendo mi angustia, puso su mano sobre mi hombro estrechándome hacia él: No hay que tener miedo de las almitas, ellas sólo vienen a visitarnos y a acompañarnos este día para alegrarnos.

—Pero ¿ellas son como nosotros? —Insistí una vez más—. ¿Son como nosotros?

—-¡Claro! —y me respondió tocándome los brazos y la cabeza—. La diferencia es que no podemos verlas, sólo sentirlas. Ellas nos ven y a veces hasta nos tocan —miró su reloj—. Ya deben estar muy cerca.

Ansiosa me aferré a su brazo, acariciándome la cabeza me señaló el horizonte. Sólo se veía una enorme nube. Mientras mi abuela iba agitada a la cocina a destapar alguna olla que rebalsaba y volvía a la sala trayendo algo.

—¡Ya están llegando, ya están llegando! —dijeron ambos.

—¿Y cómo sabemos que han llegado? —Interrumpí.

—Shhhh… —susurró mi abuelo llevándose el dedo índice a los labios— Ya deben estar en la puerta.

A pesar de ser un día de sol, empezó a lloviznar, mi abuela encendió las velas y se persignó. Mi abuelo me pidió que guardara silencio y estuviera atenta a la llegada de las almitas. Yo miraba la puerta, las ventanas, sin lograr ver nada. Luego me señaló los vasos de agua. ¡Era verdad! El agua se movía como si alguien estuviera bebiendo.

Después nos sentamos a la mesa para almorzar, mi abuela puso a la mesa algunos platos y cubiertos de más, pensé que vendrían algunos parientes o invitados. Con la ilusión de verlas como me las imaginaba empecé a almorzar atenta a cualquier señal de su presencia, sin ningún resultado evidente. Sin embargo, cuando dejé inconscientemente de hacerlo y me concentré en el almuerzo, de pronto me di cuenta de que el ruido de los cubiertos se había multiplicado más de lo acostumbrado. Miré a mi abuelo, sonreí y continué almorzando, me dije a mí misma: las almitas están con nosotros.

ÑAPA: DOS POEMAS

 

Q’ALA MAYU 

(del quechua: las almas de los ahogados)

Nunca supieron que se iban

a habitar al otro lado de la mañana

no dijeron adiós

ni llevaron sus atuendos.

Ahora vienen con sus vientres

conteniéndoles toda el agua ganada en la batalla.

Vuelven plenos

vestidos de luz de luna,

con los párpados caídos,

                               silenciosos

traspasan los muros de su mundo

y se sorprenden ante los cirios encendidos

a la orilla de los caminos

y ante las estatuas blancas

Vienen atesorando en sus manos

algas de largas cabelleras, peces ciegos

y arena brillante.

 no saben que ya se fueron

y sin embargo,

tocan las puertas de sus casas.

LA VISITA

 

Es día

y parece noche

alguien que no está recostado en esa cama

duerme profundo

su respiración,

ave triste

              de vuelo extraviado

mueve el visillo de la ventana

quién estará en esta estancia,

que su no presencia oprime el pecho,

y rompo a llorar.

GLOSARIO DE ALGUNOS BOLIVIANISMOS

 

T’anta wawa: del quechua, t’anta: pan y wawa: niño, niño hecho de pan.

Lacayote: de la familia de las cucúrbitas. En Colombia, vitoria.

Panal: golosina colorida hecha a base de azúcar. En Colombia, suspiros.

Maicillo: galleta hecha a base de harina de maíz.

Papel sábana: papel periódico.

 

Martha Gantier Balderrama nació en la zona aurífera de Tipuani, se hizo geóloga en La Paz (Bolivia) para después continuar su vocación literaria estudiando en Colombia, primero, Lingüística y Literatura (Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín) y después Maestría en Literatura (Universidad Tecnológica de Pereira). Ha publicado su poesía en diversos portales y en los libros Poemas (1980), Alba retorna con la niebla (1990), De la piel del tiempo (1997, versión bilingüe alemán-español). Tiene además un título de literatura infantil Remigia, la muñeca de trapo y el ensayo Las andariegas de Albalucía Ángel: una lectura sin armas ni armaduras.