TIENEN ALMA POR CONTAGIO

Toda casa tiene un olor particular, único, que se siente al entrar en ella. No es fácil describirlo; además es inútil. Se trata de un olor tan íntimo, tan propio, que sólo incumbe a quienes habitan la casa y son además sus provocadores.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

“Estos asuntos quedarán en el misterio

mientras existan las casas y los hombres”

Pablo Neruda

 

Toda casa tiene un olor particular, único, que se siente al entrar en ella. No es fácil describirlo; además es inútil. Se trata de un olor tan íntimo, tan propio, que sólo incumbe a quienes habitan la casa y son además sus provocadores. Claro, hay casas que no huelen a nada, pero son aquellas que fotografían para los libros de arquitectura y decoración. Tan asépticas e inhumanas como inodoras. Es imposible que en ellas viva alguien o suceda un trozo de vida. Cada vez que veo esas fotos con todo ordenado, bien puesto, coherente, preciso y bello, descreo de esos sitios e imagino que es imposible que estén habitados, porque aún el ser más insípido deja un hálito en su entorno. Es evidente que en esas casas nadie ha cocinado, ni reído, ni bostezado, ni estornudado, ni han entrado mercados olorosos, ni se han abierto libros, ni se han mezclado perfumes, ni se ha fumado, ni se han regado trozos de comida o bebida, ni existen animales, ni viven niños o ancianos, ni se hace café. Nada. Todo parece que ha sido restregado con lejía para retirar cualquier vestigio humano. Seguro ni una estación espacial es tan límpida como son las fotos de los libros de arquitectura, ni tan solitaria. Si esas casas fotografiadas son efectivamente tal como nos las enseñan, habrán de ser aburridas, y frías, muy frías.

El olor de nuestra casa nos es grato porque es un olor a nido; somos eso que olemos. Seguro el recuerdo más primigenio de nuestra condición mamífera nos retrae al momento en el que procurábamos la cueva más propicia y segura para nuestro grupo, la misma que luego se decoraría o se iría poblando de los objetos más útiles o más extrañamente queridos, tal como sigue sucediendo hoy y sucederá siempre.

El poeta José Manuel Arango escribió: “la casa que reduce la noche a límites/ y la hace llevadera/ cuando el rugido de una bestia en el sueño/ o las palabras que sin sentido/ despiertan con todo ese extraño temor/ surgen como restos de una oscura lengua/ que desvela el origen y la amenaza/ el techo que cubría un fuego manso/ arderá/ y entonces nada habrá seguro/ y será necesario de nuevo cavar/ hacer”.

Hay asesores financieros que afirman que no es buen negocio comprar casa, seguro tienen razón en el sentido de que el dinero de la compra podría emplearse en negocios productivos, pero olvidan, o no lo saben, que cuando un hombre o una mujer compran una casa, o la levantan con sus manos, lo que quieren es un asunto muy distinto a hacer negocios, lo que buscan es un refugio donde guarecer sus cuerpos y sus almas; un lugar al cual convocar a su prole, a su familia o a sus amigos; y eso, sobra decirlo, no tiene nada que ver con rentabilidades o utilidades. Se trata de algo tan profundamente humano y propio de nuestra esencia y naturaleza, que incluso su comprensión o racionalización es imposible.

Hace varios años nuestra familia cambió de casa, lo hicimos para tener un espacio más grande; vendimos entonces la anterior, pequeña, pero cómoda y bella; en esa casa transcurrió la infancia de nuestras hijas que fue quedando marcada en una de sus paredes, en las que hacíamos una raya seguida del nombre de una de ellas y los centímetros de altura que iban alcanzando. Esa pared era intocable; no se pintó ni lavó nunca. Cuando desocupamos me dolió dejar atrás ese trozo de pared, era dejar atrás una parte importante de nuestra historia que seguro sería pronto borrada. Saliendo de aquella casa íntima y olorosa, con los últimos muebles y trastos, Susana, que era una adolescente, dijo: las casas no se venden o alquilan, se abandonan. Y lo hizo sin haber leído a la poeta cubana Dulce María Loynaz: “La Casa, soy la Casa/… y soy con alma/ Y…pienso ahora/ que ella tal vez me vino de ellos mismos,/ por haberme y vivirme tanto tiempo,/ o por estar yo siempre tan cerca de sus almas./ Tal vez yo tenga un alma por contagio”.

En La familia de Ettore Scola, la película de 1987 que narra la vida de tres generaciones de una familia burguesa romana, la historia de la casa en la que transcurre la vida de Carlo y su familia es tanto o más importante que las historias de los protagonistas. Un apartamento ubicado en algún edificio de comienzos del siglo XX de la Italia que sufrió vertiginosas transformaciones, y que, en lo esencial, permaneció incólume, como si al hacerlo defendiera el alma de la familia. Hay un momento que se repite tres o cuatro veces a lo largo de la película: en él, alguno de los miembros de la familia se acerca al marco de una de las innumerables puertas del apartamento y retira con cuidado un trozo de madera, uno de esos pequeños tarugos que se ponen para disimular o tapar un orificio. Quien sea que retira la cuña, la guarda en su bolsillo o mochila para salir de viaje. En una ocasión lo hace quien va a la guerra, al final, uno de los nietos que sale a recorrer el mundo. Al hacerlo llevan consigo un poco del alma de toda la familia, un talismán contra el rugido de la bestia, o contra el perpetuo mandato de volver a cavar, a hacer.