I – El Colchón

Un cuerpo que habita Cali está obligado al gozo, la francachela y el desorden. De tal caleñidad versará esta serie de entregas, donde los cuerpos que pueblan esta metrópolis relatarán algo de la comunión desenfrenada entre Eros y Tanatos, que acaso bailan juntos al ritmo arrebatado de Ángel Canales, Richie Ray o la Fania All Stars.

 

Por / Alexander C. Sandoval

La música de Monsieur Periné y Herencia de Timbiquí hacía apacible la antesala del jolgorio. Luisa María era la festejada de la noche y por tanto decidía la banda sonora, mientras los muebles blancos del apartamento 203B nos acogían (y éramos numerosos) con holgada comodidad.

Los padres y la abuela de Luisa María, empeñados en la cocción de los aperitivos, apoyaban desde la cocina a quienes considerábamos que, si bien canciones como Suin Romanticón y Nochecita son estandartes de la buena música nacional contemporánea, una fiesta familiar caleña (considerando además la evidente tensión intergeneracional) estaría mejor ambientada con Escarcha o Tiempo pa’ matar.

Por supuesto, dentro de quienes sugeríamos el cambio hubo también desacuerdos: los románticos proponían La noche más linda o Amor narcótico; los antillanos nos decantamos por Toma jabón pa’ que lave y Rompe Saragüey. Los recatados imploraron Oh, ¿qué será? mientras los extremistas de la guachafita programaban Aguanile y Bomba Carambomba.

El tira y afloja casi partidista entre todos los colores del espectro parrandero, dio a luz un zaperoco en el que empezaron retumbando las estridencias de Richie Ray y que acabó apaciguado por el erotismo azucarado de Eddie Santiago. Entretanto, las señoras hacían ronda de manjares puesto por puesto, cuidadosas de que nadie se quedara sin empanada, aborrajado o dedo de queso.

Eran cerca de las nueve. La unidad, ubicada en el barrio Caldas, permanecía tan sobria como cualquier noche de martes sin reparar en el modesto festejo que llevábamos a cabo. Eso, claro, hasta que entró en escena el show musical. La agrupación declaraba un empate entre los nostálgicos del mariachi, los guapachosos de la parranda vallenata y los anticuados que hubiésemos preferido un trío de boleros, pues no era ni lo uno ni lo otro ni lo demás. Eran tres muchachos: uno aporreaba una caja sobre la que estaba sentado junto al cantante, quien castigaba con un violento rasgueo las cuerdas de una guitarra acústica. A la izquierda del público, el más joven enarbolaba un estrecho violín.

El repertorio fue corto y políticamente correcto. Enlazó con frialdad las adaptaciones de Caraluna y La vamo’ a tumbá, siguiendo con Jaime Molina y terminando con Mi Buenaventura. No tenían aparatos para amplificar, de manera que el bullicio era nuestro cantar y nuestro bailar en el poco espacio del salón. Acabado el show se repartió el pastel y se clausuró la fiesta – pues los miércoles se madrugan -, no sin antes aprovechar el impulso para bailar un par de canciones más desde el reproductor. Las elegidas fueron Ah-Ah, Oh-No y Calle Luna, Calle Sol (la única que pude bailar con la cumpleañera).

La abuela de Luisa María nos acercó a casa en su vehículo, aprovechando que le quedaba de camino. Recorrimos la autopista suroriental hasta donde, poco antes de encontrar el puente de la calle 26, una aglomeración obstruía el paso. Los curiosos se agolpaban hasta lo más alto del sardinel que divide las dos vías, de espaldas a nosotros. Nos preguntamos por el suceso, que forzosamente encontraríamos al tomar el retorno ya que, embebidos en el chisme, trepamos el puente cuando debíamos pasar al costado.

Ido y venido el hundimiento de Comfandi El Prado, nos topamos de frente con la escena: un agente de policía brindaba entrevistas a un par de reporteros delante de la zona acordonada, dentro de la cual los agentes del CTI rondaban una bolsa negra puesta junto a un colchón amarillo enrollado y amarrado en los extremos. Por las ventanas del carro se coló un denso olor a muerte que obligó a la conductora a acelerar el paso.

Más tarde nos enteraríamos del contenido de la bolsa: un roperío ensangrentado, probablemente perteneciente al cadáver semidesnudo que se encontraba dentro del colchón. Presentaba signos de tortura, además de tener atados pies y manos con cables y la cabeza cubierta con una bolsa plástica.

Era la noche del 29 de enero de 2019. A dos cuadras del colchón estaba mi casa, donde nada más entrar nos encontramos la sonrisa de nuestra madre preguntando cómo nos fue en la rumba. Como respuesta, traía yo en mente un verso del éxito de Héctor Lavoe que bailé con mi prima Luisa María: “oiga, señor, si usted quiere su vida, evitar es mejor, o la tiene perdida”.

Twitter: @AlexCamposSando