Y como por arte de magia apareció. La vi centelleando en el horizonte mientras las olas se arremolinaban a su alrededor. Saya también la vio, y se llevó una mano a la boca mientras sus ojos trataban de calcular el tamaño del animal. Frente a ella se dibujaba la ballena más grande que alguna vez hubiera visto en su vida, tenía largas y profundas cicatrices en el cuerpo y una piel color petróleo que brillaba bajo el intenso sol costeño.

Por: Santiago Yepes Serna

Era la quinta vez que pasaba. Y como en las anteriores ocasiones, cuando llegué corriendo a la aldea y le pedí al jefe que me acompañara hasta la costa, la ballena se había ido.

El jefe me miraba entonces con ojos compasivos, pero no por eso se abstenía de darme una buena reprimenda por mi comportamiento:

-Las ballenas no espantan todos los peces, no a todos- me decía.

-Esta sí jefe, esta ballena es la razón de que no hayamos atrapado nada decente estos días.

-Las ballenas no hacen eso, han estado viniendo a esta costa por cientos de años y nosotros hemos vivido acá por cientos de años, hemos crecido juntos por generaciones. ¿Por qué las cosas cambiarán justo ahora?-. Como no tenía nada que decir ante esto, el jefe daba por concluida la discusión y se marchaba.

¡Era el colmo!¡No podía aguantarlo más! ¡Tenía que capturar esa ballena como fuera! Así que organicé una expedición para buscarla. Salí temprano navegando en mi canoa, acompañado únicamente por mi remo y mi mejor amiga, Saya. Ella adoraba levantarse a esa hora para observar las siluetas gigantescas de las ballenas jorobadas que patrullaban la costa. Pero pese a lo hermoso que podría ser el espectáculo ninguno de esos animales captaba mi atención; yo solo tenía un objetivo esa mañana: Encontrar a “esa” ballena. Saya percibió lo inquieto que estaba, así que para relajar el ambiente comenzó a charlar:

-Raimundo, ¿qué buscamos exactamente?

-Una ballena.

– ¿No le basta con todas esas? – dijo señalando el horizonte mientras sonreía.

-No, ninguna de ellas es mi ballena. La mía es especial.

– ¿Qué tiene de especial?

-Cuando la vea se dará cuenta.

Y como por arte de magia apareció. La vi centelleando en el horizonte mientras las olas se arremolinaban a su alrededor. Saya también la vio, y se llevó una mano a la boca mientras sus ojos trataban de calcular el tamaño del animal. Frente a ella se dibujaba la ballena más grande que alguna vez hubiera visto en su vida, tenía largas y profundas cicatrices en el cuerpo y una piel color petróleo que brillaba bajo el intenso sol costeño. Pero el tamaño no era lo más impresionante de la criatura, lo que realmente llamaba la atención era que desde su espiráculo no brotaba una línea de agua pura, sino un chorro de humo negro.

– ¿Pero por qué? – preguntó Saya confundida señalando el humo.

-Eso es lo que vamos a averiguar- respondí confiado mientras remaba en dirección del animal.

Alcanzamos la boca en pocos minutos y comencé a palparla suavemente dándome cuenta que era increíblemente dura, al rato de estar golpeando la mandíbula, ésta se abrió, y frente a nosotros se dibujó la siniestra silueta de una criatura. Era un ser de la estatura de un niño, con una piel membranosa y unos ojos negros enormes, todo su cuerpo parecía estar formado por venas y baba.

– ¡Podría dejar de joder! -chilló molesto- me tiene mareado con esa sobadera. ¿Es que nunca ha visto una enlatadora?

– ¿Enlatadora? -, pregunté.

-Sí, enlatadora, de pescado para ser exactos. ¿Ahora sería tan amable de quitarse, que nos vamos a mover?- ordenó la criatura.

– ¿Con quién habla Togo?- preguntó una cavernosa voz a espaldas del desagradable personaje. Otra criatura, evidentemente más amable que la primera, salió a nuestro encuentro. Al vernos, esbozó una inquietante sonrisa y se lanzó a saludarnos.

– ¡Hola bienvenidos! Pasen, pasen. Les mostraré como funciona todo. ¿Son del pueblo cercano? ¿verdad? -. Y nos empujó dentro de la boca del gigante. El recién llegado se dio a conocer como Pavo y nos guió por el interior de la ballena, el cual estaba inusualmente vacío; evidentemente esperaba toparme con gigantescos órganos de cetáceo, pero en vez de eso, encontré ejércitos de criaturas similares a Pavo, que se arremolinaban alrededor del estómago de la ballena y tomaban todos los peces que esta engullía. Luego los llevaban hasta un par de membranosas cuchillas donde los molían. Finalmente, esa rara mezcla de carne y huesos era llevada hasta una cúpula carnosa, donde se introducía por una esquina para mágicamente aparecer enlatada en la esquina opuesta.

-Es un modelo de negocio infalible- explicaba Pavo. -Utilizamos las ballenas gigantes para capturar pescado y viajar por todo el mundo. Si no nos detenemos en ningún país mientras procesamos el alimento; no debemos pagar impuestos ni otros recargos ¡Nada! Así pues, podemos vender el pescado más barato del planeta. ¿No es genial?

– ¡Claro que no! – gritó Saya-. Ustedes han estado pescando durante días en nuestras costas, ¡No dejan nada para nosotros!

-Ay cariño -respondió Pavo contrariado- Eso es mentira: Lo que realmente hacemos es ahorrarles todo el trabajo de salir a pescar y procesar el alimento. Ahora bien, por ese favorcito cobramos la irrisoria suma de mil pesos por lata. ¡Todos ganan! y desplegó nuevamente su inquietante sonrisa con sus descarnados labios.  Y pese a las protestas de Saya, Pavo continuó paseándonos por toda la “fábrica” y al final del recorrido nos regaló gorras con el logo tipo de su enlatadora y un paquete de cinco latas de atún a cada uno. Luego nos llevó hasta la costa y nos aseguró que podríamos ir a visitarlo cuando quisiéramos. Éramos siempre bienvenidos.

Han pasado 2 meses desde que dejamos la ballena. Desde el primer día le dije al jefe de la aldea todo lo que había visto y vivido, pero este se no quería creerme. Hasta que un día, cansado de mi insistencia, dejó que lo guiara hasta la costa y le señalara el horizonte, donde al menos 10 ballenas gigantes expulsaban largas columnas de humo al aire.  El jefe entonces enmudeció unos segundos, luego me miró de la misma manera compasiva de siempre y exclamó:

-Son ballenas, Raimundo… ¿Qué podemos hacer para detenerlas?