En la montaña donde se encuentra el barrio Montebello, muy cerca de la conocida iglesia 20 de Julio de la capital colombiana, el divino niño apenas abre los ojos; son las 5 am. y un ciudadano lleno de esperanza también despierta, se prepara para bañarse, darle energía a los huesos y a la mente.

 

Por Adriam Bastidas

El agua para el café está a punto, mientras se alistan los materiales para el arte. Hilos de varios colores, textura y grosor: tijeras, navaja, lasca, ballestrinque, bandolero, prusick, son los nombres de nudos marineros que van saliendo de las ya arrugadas trabajadoras manos; entre las demostraciones de destreza y un sorbo del café fuerte, piensa cuándo es que este mundo cambiará, de qué manera él puede colaborar en su salvación.

Carlos R. Velandia nació en el municipio de Socotá, Boyacá, un 27 de diciembre de 1953, hijo único de madre artesana –María Díaz– experta en tejidos con fique, y de padre arriero, Domingo Velandia, fallecido hace 30 años.

Familia campesina, con desbordes de humildad y de ayuda por el otro, por eso hoy en día don Carlos se las ingenia de múltiples maneras para llevar un mensaje de paz, de amor al prójimo, de respeto por la naturaleza.

Desplazados por la siempre presente violencia de este país, en la época en que los liberales y los conservadores se perseguían hasta descuartizarse, él recuerda, marcado por la nostalgia, con voz pausada y gestos acogedores, que su padre los llevaba a dormir a las montañas para que esa plaga política no les hiciera daño. Su papá era liberal y debido a eso deciden vivir en Bogotá.

Don Carlos ingresa a la Armada nacional el 31 de julio de 1972, con 19 años de edad, infinitas dudas, pero con unas ganas inmensas por devorarse el mundo, y lo mejor, lo haría navegando.

Una allegada a la familia fue quien lo motivó. “El mar es lo más maravilloso y usted tiene que estar allí”, le decía. El ingreso fue fácil, no había tantas complicaciones como ahora, aclara don Carlos, reconociendo que le debe al mar su formación como humano, en especial, como ser espiritual.

Es un marinero de diálogo pausado, largo cabello blanco y barba nívea, como la espuma marina que en muchas ocasiones lo ultrajó y lo acarició. Fotografías / Adriam Bastidas

Mil personajes en uno

Es en la Marina donde aprende el arte de los nudos, una buena alternativa para regular el estrés. “Pasábamos hasta 30 días sin ver tierra”, aclara, mientras baja su gato negro de la mesa y remueve algunas hojas donde toma apuntes.

Es un marinero de diálogo pausado, largo cabello blanco y barba nívea, como la espuma marina que en muchas ocasiones lo ultrajó y lo acarició.

Esta sabia apariencia le ha servido a su fuerte vocación para el trabajo social. Vestido con el traje de papa Noel, desde hace cinco diciembres recorre las calles de su barrio llevando alegrías a los niños y niñas. Es el Papá Noel de Montebello – donde lleva casi 40 años viviendo– del 20 de Julio y alrededores.

“Es el mejor personaje que he creado, porque muchas veces me ha pasado que personas me dicen que si me pueden dar un abrazo, y eso es amor, alegría, es un símbolo de la felicidad”.

Los 6 de enero, en el barrio Egipto, es el rey Melchor, que sabe que el mundo va a velocidades asombrosas. Otro de sus alegres papeles en beneficio de la comunidad.

Con todo lo que ha visto, siguiendo muchísimas veces una estrella, encontró la calma, hasta descubrir que necesitamos un cambio de mentalidad antes de la destrucción final. Son reflexiones que afloran mientras lo observan los santos que decoran la improvisada habitación de su madre, en lo que también es una sala biblioteca.

Gracias a su buen comportamiento entre los años 1983 y 1986, ascendió este suboficial ya pensionado por la fuerza naval colombiana.  Empezó siendo grumete, luego contramaestre, principalmente en el puerto de Buenaventura, después fue instructor en la escuela naval de Barranquilla.

Gran apasionado a la fotografía, en compañía de una cámara Canon Ae1 retrató muchas de las vivencias cotidianas del buque Gloria del cual hizo parte, navegando por muchos mares, más de 25 países.

En junio del 83 una amiga norteamericana le propone quedarse en Nueva York, para trabajar en un buque de pasajeros. Es lo más cerca que ha estado de no regresar a su patria, o el tifón que casi hunde por completo al buque y su tripulación, viajando de Japón a California.

Lo más bonito era cuando se llegaba a puerto, y recibir las cartas de los familiares, o “cuando éramos recibidos por extranjeros, sabíamos que éramos un pedacito de Colombia hecha buque, con gloria, y sueños” –dice mientras continúa mostrando álbumes de fotos con paisajes, desnudos, playas, amigos, calles, fiestas–, fotografías que son la esencia vital de un hombre que aún cree que las utopías son para alcanzarlas.

Hoy en día, con lo que recibe de pensión como oficial retirado de la Marina, invierte para pintar sus pancartas en compañía de una de sus hijas, graba CD con canciones de temáticas ambientales.

Sueño ambiental

Y es gracias a esta aventura marítima que nace el proyecto ambiental, al ver tanta contaminación en cada uno de los lugares que visitó, cada puerto le despierta la conciencia ecológica y las ganas de luchar en pro del medio ambiente.

Tardó cuatro meses redactando su proyecto ambiental y por la paz (denominado Ruta mundial por la paz ecológica) el cual guarda como libro sagrado. El propósito es generar conciencia sobre el calentamiento global.

Hoy en día, con lo que recibe de pensión como oficial retirado de la Marina, invierte para pintar sus pancartas en compañía de una de sus hijas, graba CD con canciones de temáticas ambientales. En algunas ocasiones lo llaman de algunas juntas de acción comunal para dictar cursos de artesanías y charlas de positivismo.

Los domingos recorre el centro de la ciudad de Bogotá en su bicicleta, en la cual fue y volvió hasta el municipio de Zipaquirá en compañía de un amigo. Ahora tiene adaptada una especie de carroza metálica, la cual sirve de soporte para un equipo de sonido, con música de folclor colombiano y mensajes alusivos a la no contaminación del agua y a los derechos de los campesinos.

Con sus alpargatas, ruana boyacense, sombrero blanco y machete en cintura, es el campesino ecológico, va visitando los mercados de las pulgas para comprar herramientas y cachivaches que le llaman la atención, hablando con la gente, compartiendo su mensaje.

Aún sigue levantándose a las 5 am, se baña, ya no desayuna, y se pone a hacer su arte, su pasión: llaveros, aretes, pulseras, correas y, en especial, talla, pule, arma y pinta buques, barcos, galeones, veleros, en menor escala.

Es el astillero que lleva en su corazón, es la pasión aún viva, aquella que sabe que conocer el mundo es lo más hermoso, que navegar es lo más fascinante y al mirar cada uno de esos gigantescos navieros construidos por el hombre de mar, terminas contagiándote.