Ambos sonrieron. Había dulzura en la sonrisa de él, pero también algo de confusión, un aire lóbrego lo rodeaba. La persona que entró tres horas atrás a la casa con un girasol y la que estaba sentada frente al plato de pasta eran completamente distintas, mientras tanto ella seguía inmutable.
Escribe / Johan Harvey Julian Sanchez Buitrago – Ilustra / Stella Maris
Golpeó la puerta. Pasaron algunos minutos antes de que se abriera. Ella lo recibió con el cabello enredado y una vieja sudadera de lana. Del otro lado estaba él con un girasol en las manos, la flor ya se había recostado sobre su pecho. Ella le dio un abrazo prolongado y profundo, según estimación de él, después lo besó en la mejilla y gritó.
—¿Cómo sabes que son mis favoritas?
—Me lo dijiste hace años.
—¿Te lo dije? —respondió un tanto contrariada, pero sin dejar de sonreír—¡Entra! ¡Entra! Ya casi está la cena.
Él entro. Traía un sombrero en forma de pastel, una chaqueta de jean y un pantalón de drill. Se dirigió al comedor sin soltar el girasol, aunque en la entrada se le había visto la intención de ponerlo en las manos de ella, pero ese intento fracasó; apenas le dio el beso en la mejilla, ella salió corriendo a la cocina. Se sentó sobre una silla de madera y unos segundos después se puso de pie, comenzó a buscar algún florero y el único que encontró ya tenía rosas rojas, parecían frescas; entonces dejó su flor sobre el comedor y se sentó de nuevo. Olía a pasta, justo la especialidad de ella. Un mes atrás él había hecho ajiaco y la había invitado a comer. Ella se sentía en deuda, él lo sabía.
Ella volvió al comedor, le arrebató el sombrero y se lo colocó en la cabeza. Él se quedó mirándola, ella se fue al espejo de la sala.
—Te queda muy bien, ¿te gusta?
—No soy de sombreros.
Ella lo dejó sobre la mesa y se fue a la cocina, él la siguió hasta que se estrellaron con el mesón, allí había una tabla con tomate picado; ella tomó una cebolla y empezó a repasar el cuchillo sobre el tejido blanco, sus ojos se tornaron vidriosos y su nariz enrojeció. Él se quedó un momento al lado de ella, le causó gracia el efecto de la cebolla y comenzó a sonreír, se acercaba de a pocos, a veces, retrocedía. Ella parecía no soportar más la cebolla y entonces la sorprendió el abrazo por la espalda, él reposó su cabeza sobre el hombro de ella, tomó sus manos y después, como años atrás, hundió su nariz en el cabello ajeno.
—¿Quieres ayudarme? —sonrío dulcemente y deslizó el cuchillo en las manos de él.
Ella escapó del abrazo y fue hacia la estufa, tomó un cubierto para revolver la pasta. Cuando él terminó de picar la cebolla, ella tomó la tabla y lo echó todo en la olla.
—No me vuelvas a abrazar así, ya no estamos en el colegio —dijo mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.
Él miro al piso. Tardó unos segundos en responder.
—¡Huele delicioso!
Se sentaron sobre el sofá de la sala y esperaron.
—¿Cómo sigues con el asunto del señor Pi?
—Todo terminó, no quiero hablar de él.
—Ven, dame tu mano.
Ella lo miró a los ojos con extrañeza y recogió sus manos entre sus piernas. Él giró la cabeza hacia un lado y al encontrar absurda la mirada a la pared sin cuadros, se levantó del sofá súbitamente y fue hacia la cocina. No sabía dónde meter las manos y terminaron en sus bolsillos.
—La pasta ya está —dijo como si le hablara a la olla, le estaba dando la espalda a ella.
Colocaron los platos junto con los cubiertos en la mesa, después la olla en el centro y ella sacó de la nevera una jarra de vidrio con limonada de panela, una bebida que él odiaba desde la infancia, pero ella lo había olvidado. Sirvieron.
—Ya no te debo nada —dijo ella entre risas.
Se conocían desde el colegio, se habían graduado juntos y en algún momento llegaron a compartirse secretos casi a diario. Al entrar en la universidad, ya no se encontraban con tanta frecuencia, sobre todo después de que ella se enamoró del entonces joven Pi, ahí él comenzó a desaparecer por meses y cuando volvía decía que estaba ocupado. Él también estaba saliendo con alguien y además estaba la cuestión de los estudios. Años después se encontraron, por un azar artificial, en una librería; ella había finalizado su noviazgo con el señor Pi algunas semanas atrás. Él no halló ninguna razón para mantener aquel distanciamiento frente a semejante encuentro tan improbable y le pidió su número de celular, a pesar de que lo tenía guardado en sus contactos, esto fue sobre todo un acto de cortesía y de confirmación.
—¿Por qué nos distanciamos tanto? —preguntó ella, mientras lo miraba a los ojos y alistaba un bocado de pasta.
—¿Por qué? —dijo en voz alta, pero como hablándose a sí mismo.
—Sí, éramos buenos amigos.
—No, yo nunca fui tu amigo.
Ella se levantó de repente, casi cae de la silla.
—Ay, el pan de ajo. El señor Sigma me lo recomendó e inclusive trajo un poco ayer, también me dio unas rosas divinas.
—¿El señor Sigma?
—Sí, estamos saliendo, todo ha sido tan rápido —dio un sorbo de limonada— ¿Qué me decías?
—Tú detestas las rosas.
Ella no respondió y él miró la pasta, hizo un gesto de asco, como si no le gustara; comenzó a comer de a pocos, revolvía la comida una y otra vez con el tenedor, de vez en cuando, sacaba el celular y miraba la hora. Estuvieron en silencio por un momento, luego él sintió la mano de ella en su mentón, levantó la cabeza y entonces ella lo miró a los ojos, como si estuviese examinándolo, él se estremeció un poco. Ella lo tomó de la mano y dijo.
—Amigo, ¿estás bien? Estás pálido, no te gustó, ¿cierto? —hizo pucheros, rio y soltó su mano.
Ambos sonrieron. Había dulzura en la sonrisa de él, pero también algo de confusión, un aire lóbrego lo rodeaba. La persona que entró tres horas atrás a la casa con un girasol y la que estaba sentada frente al plato de pasta eran completamente distintas, mientras tanto ella seguía inmutable. Él retomó la pasta con un ahínco admirable, la acabó en algunos minutos, mientras ella iba por la mitad. A veces, ella escribía con el celular y daba grandes carcajadas, él se había quedado callado nuevamente y solo rompía el silencio para balbucear alguna cosa que ella no parecía entender. Él empezó a mirar la puerta una y otra vez, entonces llevó su plato a la cocina y el vaso aún lleno de limonada, cuando abrió el grifo, escuchó un grito desde el comedor.
—Deja ahí, yo lo lavo.
Él caminó hacia el sofá y miró por un momento la pared vacía, ya no le avergonzaba mirarla. Ella también se levantó, comenzó a comer al lado de él y dijo.
—El señor Sigma te quiere conocer, le he hablado mucho de ti. Deberíamos salir ¡Lleva a alguien!
—Sí, sí, amiga —asintió con brusquedad. Era la primera vez que le decía amiga desde el encuentro en la librería. La voz se le quebró.
Él sacó el celular del bolsillo, no alcanzó a ver la hora y se puso de pie.
—¿Ya te vas?
—Sí, ya es tarde.
Caminó hacia la puerta, antes de abrirla miró hacia atrás, el girasol aún continuaba sobre la mesa y pensó que sería inadecuado regalarle más flores a su amiga. Al abrir la puerta sintió frío, la chaqueta de jean no había sido una buena idea para el invierno. Tambaleó un poco luego de cerrar la puerta y lo invadió el mismo malestar en los ojos que experimentó al picar la cebolla, el mismo que años atrás sintió al enterarse de que ella estaba enamorada del entonces joven Pi. Al cerrar la puerta tuvo la vaga sensación de que podría desaparecer de nuevo y ella no lo percibiría, a pesar de esto pensó adecuado esperar un poco más, después de todo ya lo había hecho por años.


