El García Márquez que nos gusta

El García Márquez que nos gusta soltaba frases venenosas como la siguiente: “Yo creo que tarde o temprano el mundo será socialista, y cuanto más pronto mejor”. O esta, que también se encuentra ampliada en Vivir para contarla: “En Colombia, la violencia fue organizada desde el poder”.

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Por: Juan Carlos García*

Algunos días antes de llegar a Estocolmo, Gabriel García Márquez se confesó con un periodista de Televisión Española, hablando sobre el frac que no utilizará al recibir el premio Nobel: “Es un traje de clase, de una clase que no es la mía, a la cual no he pertenecido y contra la cual estoy”.

El García Márquez que nos gusta tenía estas frases comprometidas, acaso escandalosas,  que algunos en su momento celebraron y que hoy, “muchos años después”, pocos recuerdan. Molesta recordar que García Márquez ha escrito la mayoría de sus novelas contra una clase social específica. Hoy no es bien visto, ni políticamente correcto reconocerlo cuando el propio autor disfrutó las mieles del poder, de la edad, del dinero y no solo del triunfo literario. Pero ahí están sus novelas para recordárnoslo. Y sus personajes.

El más importante de todos por su belleza y  soledad, el coronel Aureliano Buendía, organiza y arma campesinos e indígenas caribeños, prepara insurgentes y guerrillas liberales para luchar a favor de la reforma agraria y contra los conservadores enquistados en la capital del país. La tragedia está en que no sabe qué hacer con el poder. El coronel Aureliano Buendía, igual que García Márquez, están contra una clase social específica, privilegiada. En ese sentido, el Nobel colombiano es un escritor político de los de abajo. El García Márquez que nos gusta.

Lo ha señalado el hispanista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot cuando hace la interpretación de El general en su laberinto:

“El General legalista Santander puede encarnar el estilo de pensamiento y de conducta que en Cien años de soledad representa en parte Fernanda del Carpio. Esta es,  de paso, una caricatura de Miguel Antonio Caro, latinista y ultramontano, cuya herencia de católico a marcha martillo y puntilloso, confluye con la del leguleyo de Santander” (Ensayos sobre literatura colombiana I, 2011, p. 261).

Es claro que García Márquez está contra la clase social alta, la que representa Santander y Caro. Podríamos llamarla burguesía, si en efecto la hubiera explícitamente en las novelas del Nobel colombiano. Porque la mayoría de los personajes de García Márquez son de las clases bajas, subalternos sin nombre, anónimos provincianos. Lo es el viejo coronel que espera una pensión de combatiente liberal, mientras se muere en su digna miseria. Santiago Nasar, como proscrito, es un ejemplo más. La cándida Eréndira junto con su abuela desalmada, lo sigue confirmando. Y muchos otros, como Florentino Ariza, sin blasones ni heredad.

El García Márquez que nos gusta soltaba frases venenosas como la siguiente: “Yo creo que tarde o temprano el mundo será socialista, y cuanto más pronto mejor”. O esta, que también se encuentra ampliada en Vivir para contarla: “En Colombia, la violencia fue organizada desde el poder”.

Porque es contra el poder que escribía el García Márquez que nos gusta. Los títulos de sus novelas más representativas, así lo sugieren: El coronel no tiene quién le escriba, La mala hora, Cien años de soledad, El otoño del patriarca. Obras entre los años cincuenta y setenta, cuando era “pobre e indocumentado”. Salvo El general en su laberinto de 1989, las demás anteceden al Nobel de literatura y recuerdan por qué ese es el García Márquez que nos gusta.

Recibir el Nobel de literatura cambió al premiado. Tal vez por eso, Jean-Paul Sartre en su momento lo rechazó: quería seguir siendo él mismo: abominaba el poder. En una entrevista a Juan Gossaín para El Espectador en 1971, el García Márquez que nos gusta se desnuda sin ningún reato. Ante la pregunta ¿Si a usted le  otorgaran el premio Nobel lo recibiría?, contestó: “Me gustaría que me lo concedieran cuando ya mi trabajo me haya producido suficiente dinero como para rechazarlo sin remordimientos económicos. El Nobel se ha convertido en una monumental lagartería internacional”.

Una de dos: hacia 1982 García Márquez vivía un descalabro económico de proporciones sublimes que lo obligó a aceptar  el premio Nobel de literatura, o quiso convertirse en un lagarto. Por eso, frente a los últimos treinta años  de gloria y como homenaje a lo que ha sido como escritor salido del barro, vindicamos al García Márquez que nos gusta, aquel que no había recibido el codiciado premio. Ese que aún dignificaba a los pobres, a los marginados, a los provincianos como él. Aquel que pudo decir algún día sin remordimiento alguno: “Los bienes materiales no son una virtud de la burguesía; son patrimonio de la humanidad que la burguesía se ha robado”.

El García Márquez que nos gusta no hubiera recibido el Nobel de literatura. Hubiera sido consecuente al alejarse del poder, el dinero y la gloria: “una clase que no es la mía, a la cual no he pertenecido y contra la cual estoy” A  más de treinta años del premio Nobel de literatura, podemos decir que haberlo recibido fue un error. El coronel Aureliano Buendía rechazó dirigir sus ejércitos de subalternos hasta la capital, tomar el poder le pareció abominable: convertirse en un lagarto. Sabemos que prefirió alejarse de él, vivir como un pobre, sin mujer ni hijos, y sin propiedades, salvo la calle que lleva su nombre.

El García Márquez que nos gusta es como ese bello coronel derrotado que  prefirió la pobreza al poder.

*Juan Carlos García es profesor de la Universidad Javeriana. Entrada original en El García Márquez que nos gusta.