Para Miriam Gómez

cabrera infate y miriam gomez

Víctor Bustamante

 

Cuando el boom literario vivía su apogeo, también existía otra connotación: ser de izquierda para posar de consecuente con ese despelote monumental que es y ha sido Latinoamérica. Era le época de los dictadores de derechas o militares con sus golpes de estado. Solo brillaban, como respuesta, quienes eran amigos de Fidel, sí, el tirano. En un comienzo estuvo Vargas Llosa hasta que sucedió lo del premio en Venezuela y el denunció a Haydee Santamaría por invitarlo a que le dieran el premio al partido comunista venezolano que así mismo ellos luego reembolsarían el dinero del premio. Luego Cortázar, a pesar de su lucidez, se convirtió en un viejito verde de la política al escribirle a Castro pidiéndole casi excusas y diciéndole, caimancito, solo por haberlo criticado. 

La ruptura del boom fue en el caso Padilla cuando Goytisolo le pidió solidaridad a García Márquez. Este se excusó, todo en él era así, eterno enamorado del poder, genuflexo siempre convivió allí. Por eso en el Otoño del Patriarca escribía sin darse cuenta de la tragedia y pantomima de su amado Castro. Cínico le diría Sontag. Nunca le perdonaron a Borges haber hablado sobre Pinochet, mientras todos los que apoyaron a Castro ocultaron y no se dieron cuenta de la clase de tirano que se incubaba desde otra dirección. Terminaron criticando a Borges que fue marginado por los llamados intelectuales de la perversa izquierda que ya dominaban los medios. El otro grande, Cabrera Infante, casi se le considera un apestado.

¿Y qué ocurrió luego con Cabrera infante? Fue marginado por sus propios amigos del boom. Y a más de eso cuando se iba a exilar en España los tentáculos del castrismo lo impidieron y debió irse a vivir a Londres. Solo una persona lo acompañó en su resistencia de disidente que era la única posición política clara: Miriam Gómez su mujer. Y un gran escritor que fue capaz de criticar los abusos y mentiras de Castro, Mario Vargas Llosa.

Y por supuesto, que con sus ensayos nos abrió los ojos con respecto al trato que muchos personajes de izquierda latinoaméricana le daban al tirano caribeño. La situación en La Habana no era como habíamos pensando. ¿Libertad?, pura palabrería, y lo peor, a pesar de ese libro de denuncia, de la situación cubana, Mea Cuba, muchos intelectuales  aun piensan que la vanguardia es el régimen desueto de un emperador del odio como es Castro.

Hasta aquí una forma sucinta de su claridad política, y de su valor civil al denunciar el ambiente político y social en declive de la isla.

Ahora hablemos de literatura.

En la década de los años 70 se leía con denuedo Tres Triste Tigres de Cabrera Infante en Medellín. Aun andaba embelesado con Cortázar y con Onetti de quien no he perdido mi amor. Incluso hubo un lugar, que prefigurará luego: los bares de salsa de la ciudad, en su homenaje: Los Tres Tristes Tigres donde nunca fui. Pero en ese tiempo no quería leer a TTT porque lo asimilaba a novelas pesadas y aburridas como las de Carpentier, como las de Jorge Icaza y Ciro Alegría que eran las enseñadas en los colegios como referencia. O la de algunos autores de Centroamérica, como Asturias,  que sus libros se me caían de las manos.

Nunca quería leer a Cabrera Infante. Hasta que un amigo, un hombre llamado Jesús, me llamó y me dijo, léete ese libro: La Habana para un infante difunto. Confieso, lo leí de un tirón, y aun lo sigo leyendo como todos los libros de Caín. Me gustaba esa manera de Cabrera Infante de acercarse a lo popular, a lo erótico, al habla, y a un campo donde pocos escritores incursionaban como es el cine y la vida en los teatros. Y a más de eso a caminar de su mano por las calles de La Habana. Y así, sentir esa ciudad como si la transpirara y transitara cada que lo leo. Luego sus libros me abrieron esa buena dosis del mundo que me hubiera gustado escribir, y de él lo aprendí, y por eso su presencia en mi escritura, es la presencia de mi maestro. Sé el plano de sus calles, de los lugares donde vivió, de sus paseos en su auto por el malecón, de las noches habaneras, de sus mujeres.

Poseía el mito de los escritores que viven y traspiran la ciudad. Uno de ellos, Joyce y Dublín, pero sospecho que es por la traducción que hacer perder el color local, que es lo que da peso a la literatura y no me llega. Uno lo lee pero algo falta en las traducciones. No sé qué es; pude ser el significado de  las palabras. En la traducción eso, su tono, se pierde.  No encontraba en Cabrera Infante, el tono intelectual de algunos escritores de su generación, que matizaban, pensaban sus escritos con cierto apartamiento que hacen perder lo valioso en la literatura, la pasión.

Cabrera situaba La Habana en toda su dimensión y con su transgresión. Me sentí  mirándome en sus libros, y en él vi lo que pocos escritores, por su incuria en no conocer las ciudades, sí hizo Cabrera: uno siente La Habana descrita y escrita en sus calles, sus cines, en sus plazuelas, en sus personajes. Cabrera en ese sentido da dimensión a la ciudad, la vive, la ausculta. Y no solo eso, capta de oído lo que se hablaba y la música, por supuesto, no escapa a su peregrinaje. En él está la cubanidad en su grado máximo.

En La Habana para un infante difunto se aparta de su amado Joyce que tanto lo influenció en TTT. Lo cual no es ningún dato sospechoso. Uno viene de algún escritor. La originalidad no existe sino en los escritores que se leen, que te antecedieron. La originalidad de la escritura está la tradición literaria. Uno viene de alguien. Con La Habana para un infante difunto, escrito en el exilio de verdad, no el exilio rosa de algunos escritores latinoamericano que lo fingieron en Europa, Cabrera nos abre las puertas a la lectura de El Satiricón y al poder de la nostalgia descrito por Proust. Él da otra dimensión a La Habana, La Habana del recuerdo, tan nítida, que uno la siente. No La Habana destruida por la utopía de la revolución, convertida en el negocio particular de una familia que masacró la economía de una isla. Una Cuba que era reconocida y estimada en el mundo por sus intelectuales por su carácter, siendo rebajada a una simple provincia del marxismo tropical y a la pobreza.

Hace 10 años se murió en Londres Guillermo Cabrera Infante, mi maestro, uno de mis grandes y amados maestros de la literatura. Él nunca calló ante los crímenes del castrismo y su lucidez aún se mantiene intacta. Así haya muerto en el exilio, perdura su honestidad intelectual, su compromiso con la literatura. Siempre escribió sobre lo que él quiso, nunca novelas por encargo, lo cual lo sitúan en el país amado de los grandes amigos con los cuales se busca una buena conversación y el continuo aprendizaje que es la vida, el proceso de creación de un escritor.

Hoy le podría contar al escritor, a Cabrera Infante, como sus detractores continúan embozados en el mundo sucio del silencio, del interés y ambición personal, ah, y de la indolencia con el otro, con los disidentes. Le contaría que su país se cae a pedazos. Pero que su literatura, su férrea honestidad intelectual, sus libros, aun nos dan la vivencia, la calidez de La Habana. Pero sobre todo su presencia allá en su casa de Gloucester Road donde su exilio nunca fue dorado.