HUELLAS PLÁSTICAS DE LA PROTESTA SOCIAL EN PASTO

La capital del departamento de Nariño, al suroccidente de Colombia, fue objeto de intervenciones artísticas, en muchos casos efímeras en el marco de los días de protesta (generalmente los miércoles) y en los fines de semana.

 

Escribe y fotografía / Jaime Flórez Meza – Portada / Stella Maris

La protesta social que este año ha tenido lugar en Colombia —la más grande en su historia—, contra un gobierno y un statu quo inequitativo, excluyente, corrupto y anacrónico fue otra ocasión perfecta para que numerosos artistas, estudiantes de arte y jóvenes creativos e inquietos, todos ellos “sentipensantes”, pudieran echar mano del arte como medio de intervención social y urbana: las ciudades colombianas fueron su escenario. Los autores hicieron de las calles, los muros, las plazas y los parques un espacio de reivindicaciones sociopolíticas y culturales, de profunda crítica social, de anhelo de futuro, de defensa de la vida, de memoria.

Intervenir el espacio urbano desde el arte ha sido una práctica social recurrente en el mundo contemporáneo. El grafiti visual-textual, por ejemplo, se convirtió en una forma artística muy empleada para expresar distintas visiones políticas, sociales y culturales del acontecer, de la memoria, del medio ambiente, de los imaginarios y representaciones sociales, con cierta frecuencia desde una postura crítica. Así pues, diversas intervenciones plásticas, gráficas, performáticas, arquitectónicas, sonoras, escénicas, corporales, literarias y audiovisuales se han empleado también con esos propósitos.

La ciudad de Pasto, capital del departamento de Nariño, al suroccidente de Colombia, fue objeto de tales intervenciones, en muchos casos efímeras en el marco de los días de protesta (generalmente los miércoles) y en los fines de semana. No solo los jóvenes (los protagonistas de esta histórica protesta) participaban en estas acciones; también lo hacían niños y adultos, y así diversos grupos sociales parecían encontrar en estas prácticas su lugar de expresión y reivindicación. Paralelamente a estas representaciones efímeras están las que, como en el caso del grafiti, tienen la intención de perdurar y de estar ahí, en ese espacio público que los transeúntes recorren todos los días, para recordarles que algo importante pasó, que alguien estuvo en una acera, en una calle, en una esquina, luchando, protestando, exigiendo, a menudo pacíficamente, enfrentando la represión de una desproporcionada fuerza pública. No eran los vándalos ni los infiltrados en las marchas; muchas veces eran solo ciudadanos que ese día habían salido de sus casas y se veían atrapados, fortuitamente, en uno de esos violentos enfrentamientos. Estas siluetas anónimas son una muestra de todo ello, y del mismo modo que en muchas carreteras y calles de las urbes latinoamericanas los gobiernos locales han pintado y señalado el lugar exacto donde alguna persona perdió la vida en un accidente, buscan sensibilizarnos e interrogarnos todos los días, aun cuando la mayoría de transeúntes las ignoren o pasen por alto. Solo que en este caso no fueron accidentes sino agresiones deliberadas, mutilaciones, desapariciones y asesinatos.

La idea y ejecución de esta intervención fue de estudiantes de distintas carreras de la Universidad de Nariño, pertenecientes a los distintos grupos socioculturales de la misma, que emprendieron la tarea de investigar, documentar y seleccionar una serie de ataques (fatales en algunos casos, como se ha señalado) de que fueron víctimas manifestantes y observadores en los distintos puntos de la ciudad donde ocurrieron. Cada silueta representa un gesto de la víctima y en conjunto configuran una suerte de petroglifos urbanos grabados en las vías. Un digno homenaje a los caídos en esta lucha social.

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