Aquellas casas que eran el espejo de esa otra ciudad que en otros tiempos fue un pueblo, no tienen cabida en el presente. Las casonas, como grietas en medio del desarrollo, donde se puede observar el ayer e interrogar el presente son demolidas o, en el mejor de los casos, convertidas en cafés. Cafés para reunirse a conversar y añorar el pasado.
Escribe/ Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
Pereira es una ciudad que crece, así lo atestigua su afán compulsivo por demoler las viejas edificaciones y construir, en la mayoría de casos, parqueaderos. La ciudad apunta a ser una metrópoli amigable con los vehículos, tanto de cuatro como de dos ruedas, por ese motivo debe adecuarse en pro del bienestar de estas máquinas que mueven el desarrollo de una ciudad que, en otros tiempos, fue trasnochadora y cafetera.
De ahí la necesidad de aumentar sus vías para evitar la congestión y construir más espacios, públicos o privados, para que los carros y motos puedan pernoctar. Bajo esta necesidad, en un movimiento de la conciencia urbanística local, se ha definido a través de un pacto silencioso que es mejor tumbar esas viejas casonas para dar paso a parqueaderos o locales comerciales.
La casa antigua que quedaba en la esquina de la veintiuna con novena, de la que solo queda un pedazo de pared que recuerda su antigua forma, ahora es un parqueadero cerrado con malla. Donde se reciben todo tipo de vehículos y se ofrecen tarifas cómodas por la hora de permanencia, el día o la mensualidad. Si el individuo se define por los espacios que habita, ¿qué significado tiene la propagación de parqueaderos por la ciudad?
El parqueadero, entonces, es un espacio sin historia, porque la memoria que contiene una edificación es tirada al suelo por las máquinas de demolición que esperan dejar solo los escombros del pasado. Aquellas casas que eran el espejo de esa otra ciudad que en otros tiempos fue un pueblo, no tienen cabida en el presente. Las casonas, como grietas en medio del desarrollo, donde se puede observar el ayer e interrogar el presente, son demolidas o, en el mejor de los casos, convertidas en cafés. Cafés para reunirse a conversar y añorar el pasado.
Como si no bastara con borrar la historia, los parqueaderos tampoco son habitables ni están destinados a hacerlo. Estar en un parqueadero es tener ya señalada la ruta de salida, porque en este lugar no se pueden congregar los individuos, no se habla ni se descansa. El otro, en el parqueadero, siempre está detrás de una ventanilla, no es posible conocerle, su trabajo está en ser un reloj vigilante, que marca la hora de llegada y espera marcar la hora de salida. También puede ser un arquetipo de Creonte que guarda los carros que nos conducen sobre las vías del olvido, debemos pagar con unas cuantas monedas para recuperar la barcaza que nos conduzca –de nuevo– al trancón del Hades.
Las paredes del parqueadero –cuando las tienen– no guardan un registro ni mucho menos un cuadro o fotografía; en el mejor de los casos, un mensaje impreso les recuerda a los usuarios el valor de una mensualidad. Siempre está el recuerdo latente de que la estadía en este espacio está marcada por el dinero y que no es posible estar sin pagar. Sin embargo, ¡se paga para no estar!, porque el que está no es uno, es un cajón sobre ruedas que nos espera sobre otro cajón más grande. Como si la existencia fuera moverse en un juego de muñecas rusas, pasamos de un cajón a otro sin percibirlo.
Los parqueaderos se erigen, en todo caso, como un modelo de ciudad, ciudades sin historia, sin paredes, sin espacios para estar y por los cuales debemos pagar. ¡El sueño de todo alcalde con ínfulas de comerciante! Esta parece ser la metamorfosis del centro de la ciudad de Pereira, un lugar que carece de espacios para estar, donde las calles están pensadas para los automóviles y no para los peatones, un lugar donde no se puede estar como ciudadano, solo como cliente.
Con esa puesta en marcha de hacer y hacer más parqueaderos que ofrezcan un lugar a tanto vehículo, es posible percibir cómo los automóviles parecen ser una metáfora rodante de un féretro. Donde más que un cuerpo sin vida, yace un cuerpo sin la movilidad a pesar del movimiento, los automóviles terminan por ser un punto muerto donde los ciudadanos no logran descansar en paz, sino un lugar donde deben esperar, una especie de purgatorio rodante. Bajo esta lógica, la ciudad pasa a ser una metáfora de la muerte del ciudadano de a pie, donde se pasa la vida de sepulcro en sepulcro o, mejor dicho, de parqueadero en parqueadero.
@Christian.1090


