Esa es la razón para que sea innato el deseo de estar cerca de la naturaleza, de buscar vivir al frente de un parque, por ejemplo, de tener un pequeño huerto en la casa o un jardín en el balcón o en la ventana o en una esquina del apartamento, por pequeño que sea. Y así ha sido desde siempre.
Escribe / Pablo Felipe Arango T. – Ilustra / Stella Maris
El entomólogo norteamericano Edward O. Wilson, fallecido recientemente, señaló que el ser humano tiene preferencia por cierto hábitat, que no solo corresponde a razones de subsistencia sino también estéticas, y tales preferencias parecieran tener el mismo origen que las de los atrapamoscas, los simios o los ratones: “igual que los animales que eligen hábitats mediante mecanismos de orientación y de aprendizaje constituidos a lo largo de generaciones de selección natural, es posible que las personas hagan lo mismo”, y en tal caso procuren ubicarse, dijo, cuando es posible elegir un lugar que tenga características similares a las de la sabana tropical, que fue el sitio en el que prosperaron las especies del género Homo.
Wilson, basado en estudios de Gordon Orians, Yi-Fu Tuan y René Dubos, señala que “la gente se esfuerza por crear un entorno parecido al de la sabana en lugares tan improbables como los jardines formales, los cementerios y los centros comerciales suburbanos, siempre en busca de espacios abiertos que no sean paisajes áridos, donde exista un cierto orden en la vegetación circundante sin llegar a la perfección geométrica”.
Tal propensión para buscar, habitar y reconstruir espacios que tengan características similares a las de la sabana tropical, concluye Wilson, es una evidencia de que los seres humanos gozamos de biofilia. Ello, aunado a la aparentemente innata tendencia a congraciarnos con la vida en general y a deleitarnos con la visión de la naturaleza y de otras formas de vida.
Esa es la razón para que sea innato el deseo de estar cerca de la naturaleza, de buscar vivir al frente de un parque, por ejemplo, de tener un pequeño huerto en la casa o un jardín en el balcón o en la ventana o en una esquina del apartamento, por pequeño que sea. Y así ha sido desde siempre.
Plinio el Viejo, el cronista y naturalista romano que murió asfixiado con los gases y la ceniza que emanaron del Vesubio durante la erupción que sepultó a Pompeya, comentó que Epicuro: “conocedor del gozo de la vida fácil fue el primero en diseñar un huerto en Atenas; antes que él nunca nadie había pensado en residir en el campo en mitad de la ciudad”. Cabe dudar de la última aseveración, pero justo esa manera enfática y exagerada que utilizaba Plinio para describir el mundo que veía, hace atractiva y literaria su Historia Natural. Lo importante, sin embargo, es la alusión que hace al huerto y a la intención del filósofo de residir en el campo en mitad de la ciudad.
La bióloga y periodista Novella Carpenter contó en La granja urbana su experiencia como granjera en un lote de no más de cuarenta metros cuadrados, vecino a su casa, en la ciudad de Oakland. El lote estaba cubierto de maleza y no servía a nadie, así que algún día decidió sembrar algunas verduras que apenas brotaron fueron tomadas por un vecino. Carpenter aprendió la lección y volvió a sembrar agregando un aviso en el que decía que bien podían llevarse los frutos, pero una vez hubieran madurado. Nunca nadie más se atrevió al robo, y ella pudo no solo incrementar su cultivo sino además regalar la cosecha entre los vecinos. Un poco después experimentó con abejas y luego con gallinas, y finalmente, con un cerdo que alimentó con las sobras que recogía en los restaurantes más encumbrados de la ciudad. La crónica de aquel huerto ciudadano y comunitario es profundamente humana, además, el absoluto reflejo de aquella biofilia a la que aludió Wilson, y heredera, por supuesto, del huerto de Epicuro que narró Plinio el Viejo.
Pero no es la única y en eso reside su encanto, en que no es más que un ejemplo de la historia de la abuela que siembra con esmero tomates en su patio trasero, o del vigilante que cuida una mata de plátano que comenzó a crecer silvestremente junto a su caseta, o de los jóvenes de cierto barrio de la ciudad que decidieron convertir la rivera de la quebrada en huerto comunitario, o incluso de las vecinas que recogen nísperos de los árboles del separador central de una avenida. Basta que veamos el resurgir de una planta, o su florescencia y fructificación, para que una pulsión interna, primigenia, genética, comience a latir en nuestro interior con fuerza inusitada.
Hace poco un periódico publicó la historia de Serafín, un anciano de 86 años que, tras sufrir una depresión severa, decidió por cuenta propia comenzar a cultivar un trozo de tierra que había quedado en medio del cruce de dos carreteras: una autopista que conduce a Madrid y la vía que lleva a Alcorcón, su pueblo. Es casi nada el terreno, y para colmo recibe la contaminación de los vehículos que transitan cerca, pero a Serafín le importó poco, sembró ajos, coles y una parra, y todos los días va cumplido, mientras la estación se lo permite, a cuidar sus plantas. Ahora la administración del pueblo quiere impedir que siga sembrando porque ese terreno es público, tal como sucedió también con Novella en Oakland. Serafín me hizo recordar a esos campesinos nuestros que, siéndolo sin tierra, amarran sus vacas para que pasten en las bermas de las autopistas, o las aprovechan para hacer un mínimo cultivo de maíz o de plátano; y al pastor chueco de pierna, que ahora vende dulces y baratijas en la esquina de mi casa, a quien durante años vi pasear a sus vacas por las avenidas de la ciudad para que pastaran en el separador central, con un cuidado conmovedor y que ahora, en cambio, gruñe mientras intenta meterle un calendario organizador y una cubierta para el carnet de la vacuna a todo transeúnte.


