Lo que se lleva en el corazón palpita en la mirada, se busca, no necesariamente con afán. Cada tanto hay que volver a sentir el corazón, limpiarlo, disponerlo para una sensación menos artificial, más honesta.
Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris
A Laura
Un recuerdo de José Manuel Arango[1]
Se sostienen anchas hasta ir descansando su inmensidad en el contacto con las tierras planas. Persisten una tras otra, sumando un esfuerzo constante de fijación del horizonte, conteniendo las miradas de quienes asoman su cabeza más allá del asfalto y de la proyección de las calles.
Todavía, con algo de destreza y de selección del lugar adecuado, se ven en escalada, tendidas para el crecimiento de la sombra citadina que intercambia el verde olvidado de pastos y árboles por el color del barro cocido.
El poeta José Manuel Arango las nombró con elogio porque nunca las tuvo para la costumbre que, en ocasiones, consume el sentido de las presencias. Su ejercicio de pensamiento las observó con precaución, sabiéndolas habituales, pero nunca vacías o extrañas. Mejor es que esas cosas que merecen el elogio, si son habituales, lo sean porque maravillan, porque ofrecen luz, porque en ellas la vida resuena y pelecha. Mejor dejar que las cosas sean nuestras por el trabajo de los sentidos, nuestras provisionalmente, mientras las volvemos a descubrir con una nueva mirada:
Paisaje [fragmento]
Porque están los ojos,
la luz está,
las montañas.
Advierte
su riqueza de formas:
redondeces que se perfilan
contra un fondo de azul
y rosa-
Las tuvo desde los primeros años en El Carmen de Viboral, pasadas por el verde húmedo de la tierra fría, ese del rocío bajando por las ramas del arrayán, vistoso si se contrasta con el cielo opaco que descarga la niebla sobre los caminos y los picos altos. Allá los sietecueros que, hacia final de año, dejan ver sus flores moradas en diferentes tonalidades. Allá la mirla patiamarilla picoteando el fruto maduro de los guayabos y la ardilla rondando los maizales para obtener el grano de la mazorca.
Las montañas de la infancia de José Manuel eran más nítidas, prestadas solo a las manos trabajosas que removían la tierra para sembrar y cosechar, pisadas por recuas de mulas cargadas con cantinas de leche y bultos de papa, o por vacas que, dirigidas hacia la labor del ordeño, dejaban en la tierra mojada el peso de su marcha. Eran montañas que olían a cespedón, a agua de madrugada gotereando por las plataneras y encharcando los cultivos de mora.
Las montañas primeras fueron las del abuelo. No solo los ojos vinculan con el paisaje, inicialmente se necesita la orientación, señalar con el dedo la ruta del vuelo del sinsonte, la rapidez del movimiento del colibrí. La enseñanza se combina con los juegos y las labores cotidianas, por lo que las montañas cobran un sentido arraigado, se convierten en el suelo y en el hogar. Ya no se perderán nunca de la memoria. Son el lugar que se asegura como imagen original del mundo, en ocasiones, la única experiencia de un paraíso:
Paraíso
infancia
vuelta a encontrar, al morder una fruta
en su sabor olvidado
Como un acto de salvación, las imágenes de la infancia parecen intactas para los ojos maduros que rescatan las formas de las siluetas quebradas visibles en la noche, hasta un horizonte que, cercano, se sabe intocable e impenetrable.
Los ojos maduros habitan Medellín, conviven con el temor y el caos. Atrás queda el pueblo. En la nostalgia pervive el aire que filtran los yarumos plateados, las reuniones de parque desprovistas de afán, los aromas de tinto para conversar los asuntos de los caminos de campo y las imágenes de los campesinos comerciando las cargas de las veredas lejanas.
Los años dejan la certeza del deseo del paisaje, la voluntad de mirar y saber que el referente está en la infancia. Las montañas primeras se convierten en un punto de retorno. El ideal es volver a la mirada transparente, al sonido de los pájaros anunciando la salida del sol y al olor de los pasos enlodados por las lluvias de invierno.
Con el tiempo, para José Manuel, cada cosa que sea paisaje natural tendrá que ver con las montañas. Incluso, para la caricia del amor también emerge la sensación de las montañas, su abundancia concentrada en el peso del agua en las manos o en las formas de la hierba:
XIX
su frente
como un racimo sobre el agua
bajo el árbol múltiple
de donde nace el viento
Las montañas crecen en la mano como el tacto que habita el vientre deseado y tiembla en la tensión de sentir la plenitud del cuerpo, el deseo grande de permanecer en la búsqueda y el misterio.
Esta movilización de ansias guarda su motivo en la vastedad de la naturaleza, en la precisión de los sentidos que captan un instante y lo proyectan eterno. El deseo se alarga como las cumbres del valle de Oriente, se percibe en los colores finos del campo, arraiga como las raíces del cucharo en la tierra oscura:
XXXVII
sus pechos crecen en mis palmas
crece su respiración
en mi cuello
bajo mi cuerpo crece
incontenible
su cuerpo
José Manuel conserva las montañas como signo de la grandeza, el paraíso y la contemplación. No las destierra en ningún momento de su memoria. Se esfuerza por reinventarlas, por saberlas naturaleza en medio de la ciudad que crece sobre ellas —sin permiso—, altiva y brusca.
En sus calles se guarda el secreto de los montes: hileras de guayacanes que pintan de amarillo las rutas, sonidos de cotorras espantando la bulla de los carros, golondrinas migrantes sostenidas del alumbrado, arbustos que crecen en los baldíos y pasillos de algunas casas tradicionales donde asoman las bifloras y los mangos del solar:
Ciudad [fragmento]
Es como un derrumbamiento.
las montañas rodean,
hoscas,
erizadas de puntas.
Así llevamos en el corazón el peso de estos montes.
La expresión “llevamos en el corazón” sintetiza el registro poético de las montañas en las imágenes de José Manuel. Tal vez, con una visión privilegiada, por ejemplo, desde la vertiente occidental de las elevaciones de Copacabana —donde alguna vez vivió el poeta—, extendía la visión y acertaba en tomar distancia de la ciudad. De nuevo, al frente, pasando la línea que delinea el cañón del río Medellín, el inicio manso y el crecimiento imponente de las montañas que luego crean el valle en el Oriente. Abajo la calidez del clima, el pueblo surgiendo a la orilla del río y ávido de los tiempos de los naranjos llenos de frutos amarillos, trepando rápidamente hacia vientos más fríos.
Lo que se lleva en el corazón palpita en la mirada, se busca, no necesariamente con afán. Cada tanto hay que volver a sentir el corazón, limpiarlo, disponerlo para una sensación menos artificial, más honesta. Esa honestidad habita en las montañas, en los montes conocidos que se convierten en el ambiente íntimo. Ser de los montes es una realidad que comunica José Manuel en su poesía, sin desmesura e impotencia por los paisajes perdidos para la vista.
Siempre están las montañas, detrás de los edificios, intuidas cuando cerramos los ojos o cuando pegamos la mirada al suelo. No se pierden del paisaje, lo que se pierde es su posibilidad para el observador que, en ocasiones, sin saberlo, tiene que sacarlas de adentro, como un objeto valioso de la infancia o como el pensamiento del cuerpo amado. Sacarlas de adentro hasta que aparecen otra vez, reinventadas, al alcance de los dedos que las señalan:
Montañas 3 [fragmento]
Me gusta acariciarlas siguiendo con los ojos
morosamente
sus líneas abruptas,
mientras en sus dorsos la luz
de modo imperceptible
va del verde al azul
al violeta.
Me gusta acariciarlas con los ojos,
como acaricio
el lomo de mi perro con la mano
libre.
La costumbre asusta cuando adormece y anula la mirada. Cada día es una nueva oportunidad para honrar las montañas, en un tono sencillo, descifrando el canto del pájaro, atendiendo los matices de la mañana que se levanta sobre las cumbres. Con humildad, penetrar en la permanencia del horizonte y agradecer el abrazo de los montes.
Agradecer, por ejemplo, la constancia del carpintero contra la madera, la ruta de la guagua luego de ruñir la fruta, la presencia impactante del barranquero rodeado de las flores del ojo de poeta y el pequeño hilo de agua cubierto de helechos.
Siempre las montañas, fieles, merecedoras de un canto de agradecimiento por ser hogar, por permitir que pisemos su piel y subamos por sus pechos hasta tocar el agua de su boca. Siempre las montañas para nombrarlas y nombrarnos, como lo hizo el poeta José Manuel Arango, con una caricia de observador.
Verlas, íntimamente, es preparar los ojos para el amor.
Égloga [fragmento]
Y siempre,
antes los ojos, las montañas
Coda
Laura me dice que solía ver las montañas desde su balcón. Señala una parte de ellas, la perspectiva oculta —la vertiente occidental que sale a San Félix—, luego la vertiente oriental que aún se distingue —la que escala hasta el valle de San Nicolás, en el oriente—. En su balcón hay siemprevivas moradas colgando en materas. Sus ojos son tranquilos, conservan paz. Saben ver, con paciencia, el paisaje. Saben detenerse en una imagen, por ejemplo, en la gata que mira el movimiento de un grillo. A Laura le gustan los pájaros, sueña con observarlos, admirarlos en su libertad de las montañas. Se inclina por el carriquí. Una pausa y volvemos al libro:
Azulejo
¿Qué tanto pesa el cuerpo diminuto
del azulejo?
Pero la rama del ciruelo queda
meneándose
si
hace pie en ella para el vuelo
[1] José Manuel Arango (Carmen de Viboral, 1937 – Medellín, 2002). Todos los poemas citados en este texto pertenecen al libro Poesía completa (2003), publicado por la Universidad de Antioquia.


