En los orígenes, los seres humanos teníamos colas, las que posteriormente desaparecieron, en cambio otros, que también eran hombres, se convirtieron en monos chorucos, o churucos…

 

Por: Jorge Triviño

La ciencia oficial cree tener la razón con respecto al origen del universo y otros tópicos, los cuales, ha resuelto —siempre— mediante dos métodos: el sistema de ensayo-error y el de la teorización.

En el primer caso, y después de muchos intentos, se obtienen conclusiones; la mayoría de las veces, respuestas acertadas. Sin embargo, se reinician nuevos procesos, cada vez, para conocer verdaderamente las leyes que rigen la vida.

Hay una anécdota —apócrifa— con respecto a Thomas Alva Edison.   Cuenta que el inventor pensaba en la manera de hallar respuesta al problema del encendido, pues lo lograba por algunos instantes, pero luego se apagaba, y ocurría, además, que algunos filamentos no soportaban el calor. Desesperado, continuaba con los experimentos. En determinado momento, tocaron a la puerta de su casa y el inventor salió para ver de quién se trataba. Era un mendigo que pedía dinero para su manutención. Él, le miró detenidamente y le negó una moneda, quizá porque no tenía o por alguna otra razón, lo cierto es que el vagabundo, antes de continuar su camino, espetó: “cabeza de chorlito”, es decir, cabeza hueca.

El genio, al oír estas palabras, dijo: “¡Eso es!”, esa es la solución: “¡El vacío!”

Pero no es posible endosarle a la ciencia que sus hallazgos se hayan realizado por casualidad, pues la casualidad no existe; existe la causalidad, ya que quien busca, indefectiblemente encuentra aquello que inquiere.

Otro de los métodos utilizados por la ciencia, es la de crear teorías. Hay para todo: desde la formación del universo —la teoría del Big Bang—, la teoría del origen de la vida, teoría de la relatividad, teoría celular, teoría inflacionaria, etc.; son tantas, sin embargo, algunas no han sido probadas en su totalidad y está en el limbo su credibilidad, hasta que se puedan constatar, o hasta que aparezca una nueva que genere mayor credibilidad.

En los orígenes, los seres humanos teníamos colas, las que posteriormente desaparecieron…

Constitución de la realidad

Una de ellas es: ¿De qué está hecha la realidad? Este interrogante surgió después del descubrimiento de una partícula hallada: El bosón, que es un fragmento del que se cree se origina la masa de las partículas elementales.

Hay muchas otras, pero hoy analizaremos la Teoría del eslabón perdido, la que —a nuestro parecer— no existe. Imperan varias razones muy valederas:

Los espiritualistas, como Max Heindel, reputado médico, en su obra: El concepto rosacruz del cosmos, dice, refiriéndose a los primates: Los monos inferiores, en vez de ser los progenitores de las especies superiores, son rezagados que ocupan los ejemplares más degenerados de lo que fue forma humana. En vez de haber ascendido el hombre de los antropoides, es al revés: los antropoides han degenerado del hombre. La ciencia materialista que trata solo de la forma. se ha extraviado y ha deducido conclusiones erróneas sobre el asunto[1]; sin embargo, debemos preguntarnos, qué otras razones hay para concluir que el ser humano no procede de los simios.

Primera: textos de etnias antiguas como la de los Uitotos, habitantes de la Amazonía colombiana y peruana —un relato oral —, transcrito posteriormente, que asegura:

También nosotros teníamos colas.

La Madre le cortó primero la cola a la rana,

después a los hombres,

y cuando se hubo cansado de cortar tantas

el resto de los hombres se convirtieron en

monos-chorucos

que antes también eran hombres.[2]

       Debo aclarar, que estos monos, hoy son denominados: monos churucos, o monos lanudos, que habitan las selvas en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Brasil.

En este pasaje, hallamos varios datos valiosos para comprender qué pasó con la raza humana hace mucho tiempo —en los inicios de la humanidad—.

En los orígenes, los seres humanos teníamos colas, las que posteriormente desaparecieron, en cambio otros, que también eran hombres, se convirtieron en monos chorucos, o churucos, tal como lo describe el texto.

Pero, ¿cuál fue la razón para que aquellos se degradaran? Sin duda alguna, existen pocos textos que digan algo sobre las razones de su involución; y es el abuso de la energía sexual.

Tal aseveración, también aparece en un raro texto que llegó a mis manos en el libro Jesús, cuyo autor es, raramente: Jesús.

Este conocimiento también existe entre los Quiches, en su relato en el que explican la inexistencia de la expresión verbal y la caída de algunos seres que posteriormente se convirtieron en monos.

Así era como nos tratabais. Nosotros no podíamos hablar. Quizás no os diéramos muerte ahora; pero ¿por qué no reflexionabais, por qué no pensabais en vosotros mismos? Ahora nosotros os destruiremos, ahora probaréis vosotros los dientes que hay en nuestra boca: os devoraremos, dijeron los perros, y luego les destrozaron las caras. Y sus comales, sus ollas les hablaron así: —Dolor y sufrimiento nos causabais. Nuestra boca y nuestras caras estaban tiznadas, siempre estábamos puestos sobre el fuego y nos quemabais como si no sintiéramos dolor. Ahora probaréis vosotros, os quemaremos, dijeron sus ollas, y todos les destrozaron las caras. Las piedras del hogar, que estaban amontonadas, se arrojaron directamente desde el fuego contra sus cabezas para hacerlos sufrir. A toda prisa corrían, desesperados [los hombres de palo]; querían subirse sobre las casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas y las cavernas los rechazaban. Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron destrozadas las bocas y las caras. Y dicen que la descendencia de aquéllos son los monos que existen ahora en los bosques; éstos son la muestra de aquéllos, porque de palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador. Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.”[3]

El lenguaje se generó en la humanidad, gracias a que una parte de la energía creadora, se desplazó hacia la parte superior de sus cuerpos, entre la cabeza y el tronco…

El surgimiento del lenguaje

Sin embargo, olvidamos otro punto demasiado importante: El emplear palabras para expresar el pensamiento es el más alto privilegio de la humanidad, y solo puede ser efectuado por una entidad que piense y razone; análoga al hombre[4]; este punto es de vital importancia, pues sin duda alguna los homínidos existentes en esa época—, los hombres de palo y el resto de seres, que serían humanos— no habían logrado obtener aún el lenguaje.

El lenguaje se generó en la humanidad, gracias a que una parte de la energía creadora, se desplazó hacia la parte superior de sus cuerpos, entre la cabeza y el tronco, y formaría después, las cuerdas vocales; pero el hecho desafortunado de “los seres de palo”, al abusar de su uso antes de la división, hizo imposible su ciclo evolutivo, para convertirse en seres humanos.

Para tener una clara idea, de esa energía, debe tenerse en cuenta que a la energía sexual se le denomina: energía procreadora, pues permite la generación de un nuevo ser, y al verbo se le llama energía creadora. Según los brahmanes, y otras religiones, el verbo es creador, pues el universo surgió cuando Brahma pronunció la palabra OM; igualmente, el evangelista Juan plantea: “En principio era el verbo”; es decir, que el fundamento de cuanto existe es la vibración.

Aquí en este pasaje, a quienes son hoy los monos o chimpancés, se les denomina: “hombres de palo”, lo cual, podría significar, que poseían aún un alma vegetal, es decir, sin deseos, a diferencia del resto de homínidos.

Esos monos, u “hombres de palo”, tuvieron problemas con los seres humanos, y fueron castigados y perseguidos, hasta quedar en el estado actual en el que se encuentran hoy en día.

Otra razón que desdice la aseveración de que el hombre proviene de los monos, es la de que todos los seres vivientes provienen de un arquetipo viviente, individual y autónomo; que hace improbable que nosotros, los seres humanos, provengamos de una especie inferior.

También, el escritor Desmond Moris, zoólogo y etólogo inglés, a pesar de que encuentra similitudes entre ambas especies —el hombre y el simio— nos plantea las diferencias entre el ser humano y los monos:

Dondequiera que lo pongamos parece estar fuera de lugar. Nos sentimos necesariamente impulsados a colocarlos en uno de los extremos de la hilera, junto a las pieles de los grandes monos rabones, como el chimpancé y el gorila.

       Pero incluso en este caso aparece ostensiblemente distinto. Las piernas son demasiado largas, los brazos demasiado cortos, y los pies, bastante extraños. Salta a la vista, que esta especie de primate ha desarrollado una clase especial de locomoción que ha modificado la forma básica. Pero hay otra característica que llama la atención: la piel es virtualmente lampiña.[5]

Desmond Morris.

Más razones para descreer

Pero quedan, además, otras válidas razones:

La ciencia oficial, materialista por excelencia, cree que los seres humanos, poseían escasa conciencia de sí mismos, en épocas prehistóricas. Nada más erróneo. La humanidad era más espiritual y sus cuerpos más sutiles; no más toscos de lo que nos han enseñado en colegios y universidades. Nos hemos venido materializando a través del tiempo.

Si nos atenemos a la teoría nebular, que plantea el origen del universo, desde una nube de gas y su posterior materialización; igual ley debería aplicarse a los seres humanos: generarse paralelamente con el planeta tierra e irse materializando hasta adoptar la forma actual; según la ley de correspondencia, enseñada por los espiritualistas: “tal como es arriba, es abajo”   ; es decir, tal como acontece en las galaxias, ocurre en los átomos.

Madame Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, cuestiona los planteamientos de la ciencia oficial, que no reconoce que las obras de arte como las de la cueva de Altamira tienen un alto nivel técnico y maestría en la ejecución, lo cual contradice sus planteamientos con relación a que los seres humanos eran en los inicios de su desarrollo, burdos, toscos, primitivos, rudimentarios o un término genérico; prehistóricos.

La humanidad actual ha pasado por etapas en las que cada vez se ha materializado, pero en sus inicios, estaba más unida a las fuerzas de la naturaleza y era más consciente de su entorno, aunque no de sí misma. Esta mirada difiere de la ciencia oficial, materialista, que cree que en el comienzo fuimos torpes, carentes de sensibilidad e ignorantes.

Las conclusiones a las que llegamos son claras: el eslabón perdido, no existe, porque las probabilidades de su existencia son nulas, ya que los seres humanos actuales hemos venido involucionando desde un estado inmaterial —desde la energía pura— hasta alcanzar estadios primarios de masa corporal, análogos a los estados de desarrollo de la tierra.

Es imposible descender de los primates, ya que son seres que involucionaron a causa del uso indebido o el abuso de la energía creadora, que les hubiera permitido desarrollar el verbo, tal como sí lo hicimos nosotros, además, por esa misma causa, no desarrollaron —a plenitud— su cerebro.

Correo: fillafonta@yahoo.es

 

Bibliografía

HEINDEL Max. Concepto Rosacruz del Cosmos. Upasika. Versión digital. Pág. 180

ROBLEDO, Juan Felipe, RESTREPO, González Catalina. Cien poemas colombianos. Luna Libros. Pág.21

ANÓNIMO. Popol Vuh. Instituto Cultural Quetzalcoatl de Antropología Psicoanalítica, A.C.

MORRIS, Desmond. El mono al desnudo. Editorial Círculo de lectores s.a. Barcelona. 1968. Pág. 344

 

Referencias

[1] HEINDEL Max. Concepto rosacruz del cosmos. Upasika. Versión digital. Pág. 180

[2] ROBLEDO Juan Felipe, RESTREPO González Catalina. Cien poemas colombianos. Luna Libros. Pág.21

[3] ANÓNIMO. Popol Vuh.

[4] HEINDEL, Max. Concepto Rosacruz del cosmos. Pág.126

[5] MORRIS, Desmond. El mono al desnudo. Editorial Círculo de lectores s.a. Barcelona. 1968. Pág. 344