En el artículo anterior mencioné que no estamos adaptados para ver la realidad tal y como es, pero quizás esa noticia no es tan decepcionante como la que trataré en esta ocasión. Se trata de un asunto que ha intrigado a numerosos filósofos desde que la realidad empezó a ser cuestionada. Algo que quizás todos conocemos, pero que constantemente pasamos por alto, precisamente porque no pensar en ello nos permite prosperar como especie.

Tomada de http://scienceblogs.com.br

 

Por Diego Londoño Correa*

Nuestra vida se basa en buscar algo que nunca asiremos permanentemente, pues siempre se nos escapa. Y sin embargo, casi todo lo que hacemos está motivado por la ilusión de que algún día lo encontraremos para siempre. Hablo de lo que muchos han llamado felicidad, satisfacción o bienestar.

No es el objetivo de esta entrada definir lo que es la felicidad, pues es un término bastante difícil de definir, es mucho lo que se ha escrito sobre el tema y son muy diversas las posiciones que hay al respecto. Sin embargo, me atrevería a decir que casi todos los seres humanos tenemos alguna noción intuitiva de lo que se siente ser feliz o de lo que buscamos experimentar cuando buscamos ser felices.

Sé lo tedioso que es hablar de algo sin definirlo primero, por lo que partiré de la que es tal vez la noción de felicidad más presente, aunque no la única, en nuestra cultura “occidental”, que se basa, entre otras, en la concepción de Jeremy Bentham, el padre de la ética utilitarista. Para Bentham, la felicidad depende de cómo te sientes, y se resume en presencia de placer y ausencia de dolor. Dolor y placer serían las mejores guías para vivir proporcionadas por la naturaleza, pues todos los seres sintientes buscamos experiencias placenteras y huimos de aquellas experiencias dolorosas o desagradables. Según Bentham, solemos buscar la felicidad a través del placer o bienestar[1].

Dada la devaluación del término placer, en nuestra cultura, muchos dirán que esta no es la concepción de felicidad que tienen, y que saben distinguir bastante bien el placer de lo que llaman felicidad; esta última tendría que ver más con la realización personal, el éxito o la satisfacción. Pero esta objeción puede ser algo superficial, pues realmente todas estas cosas lo que terminan produciendo es placer, aunque no solamos asociar dicha palabra con estos estados: comprar una nueva casa, un nuevo carro, recibir el amor de una pareja, tener un hijo anhelado, trabajar en lo que siempre se quiso, obtener el reconocimiento de los demás, todo esto produce un aumento de neurotransmisores que se asocian a lo que las personas llaman felicidad. Uno de estos neurotransmisores es la dopamina, que está presente tanto en la búsqueda como en la obtención del placer de satisfacer un pequeño antojo; tomarse un chocolate caliente en una mañana fría, ser correspondido por el ser amado, obtener el reconocimiento de otros, sentir satisfacción con la vida profesional, etc. Este neurotransmisor subyace tanto a lo que llamamos placer como a lo que solemos llamar felicidad; sin él ninguna búsqueda de placer es posible.

LA DOPAMINA Y EL DESEO

En un estudio muy famoso sobre el placer y la motivación[2] se monitorearon las neuronas implicadas en el cerebro de unos monos, en relación al deseo y a la satisfacción de este. En la primera parte del experimento, se les dio zumo de fruta a los monos, ante lo cual hubo un aumento de dopamina, con lo que el mono sintió un gran placer, pero un placer muy fugaz que duró un tercio de segundo. En esta parte los monos no podían anticipar el placer que iban a sentir al tomar el zumo.

Para indagar en los correlatos de la anticipación del placer, se empleó un proceso de condicionamiento en el que se les enseñaba a los monos que cuando se encendiera una luz, obtendrían el zumo. En este caso la zona de la anticipación es donde se dio el mayor aumento de dopamina, es decir, los monos están anticipando el placer que van a recibir y dicha anticipación les genera placer.

 

 

 

“La felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad”, dice el divulgador científico Eduardo Punset en su libro “El viaje a la felicidad[3]”, cuando relata el momento en el que se dio cuenta de que su perra saltaba con mucha más felicidad cuando Punset preparaba todo para servirle la comida que cuando comía realmente. Esto tiene correspondencia con nuestra vida, por ejemplo cuando algunos de pequeños nos acostábamos emocionados porque al otro día había paseo del colegio; cuando el día anterior a nuestro cumpleaños esperamos tener la fortuna de recibir algo nuevo y el reconocimiento de nuestros amigos y familiares; cuando tenemos las boletas para ir al concierto de alguno de nuestros artistas favoritos; cuando una persona de nuestra simpatía acepta salir con nosotros; cuando estamos a punto de graduarnos; cuando tenemos todo listo para salir a un viaje vacacional. Todos estos eventos que generan expectativas de placer generan un estado al que muchos, como Punset, llaman felicidad, sin que esto quiera decir que sea la única concepción de felicidad. Sin embargo, creo que podemos estar de acuerdo en que estos estados nos mueven fuertemente como seres humanos y que gran parte de nuestras alegrías se basan en la expectativa que nos generan las cosas que queremos.

Ahora, después de esta expectativa pueden darse dos situaciones: que se cumpla lo esperado o que no se cumpla. Ante la primera situación, con los monos sucedió que el mayor aumento de dopamina se registró durante el momento de espera de la recompensa, es decir, cuando vieron que se encendió la luz y anticiparon la llegada del zumo, pero en el momento en el que obtuvieron y bebieron el zumo, no hubo un cambio significativo en el nivel de dopamina, así como tampoco hubo una gran manifestación de felicidad (como le sucedía a la perra mencionada anteriormente). En este caso estamos hablando de una recompensa que se ha repetido muchas veces, por lo que aunque la expectativa genera felicidad, su obtención no tanto.

Sin embargo, ante eventos que tienen una cierta probabilidad de suceder, pero sobre los que no hay certeza, los niveles de dopamina en la expectativa son aún mayores[4], y parece ser que estos eventos son los que más nos suceden en la vida. De hecho, según el neurocientífico Robert Sapolsky, lo que nos diferencia a los humanos de otros primates es que esta expectativa puede durar enormes periodos de tiempo[5], por lo que podemos hacer carreras universitarias o ahorrar durante varios años anhelando obtener la recompensa esperada.

La dopamina es mayor cuando no hay certeza del desenlace.
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No obstante, después de la espera, muchas veces las cosas no son tan geniales como esperábamos. Un concierto puede no ser tan espectacular, durante la graduación no se experimenta mayor cosa, en el quinto día de paseo ya nos queremos devolver, la persona que nos llamaba la atención no era tan interesante o el sexo que tuvimos no fue tan genial como esperábamos. Aunque claro, muchas otras veces un concierto puede ser fantástico, nos queremos quedar en el lugar al que viajamos o tenemos un sexo increíble con la persona deseada. Siempre está la posibilidad de que el placer observado sea igual o mayor al placer esperado, pero nunca está la certeza y eso nos motiva bastante. Lamentablemente, lo que muchas veces sucede en estas situaciones es que el placer obtenido no dura mucho y experimentamos un fenómeno psicológico llamado “adaptación hedónica”.

De la misma manera en que los ojos se acomodan al cambio de luz luego de un tiempo, o los circuitos de la escucha hacen que dejemos de percibir un ruido repetitivo, en el terreno emocional algo similar sucede. Si bien creemos que un evento positivo nos va a dar a cambio la felicidad y una desgracia nos la hará perder para siempre, parece ser que esto no es así.

Nuestra mente vuelve al estado basal luego de un tiempo no muy largo. Esto hace que las personas que quedan parapléjicas luego de un año reporten el mismo nivel de satisfacción que quienes ganaron la lotería hace también un año[6] . Y esto también hace que el viaje a Cartagena, luego de una semana, pueda ya no parecer tan divertido como cuando teníamos la expectativa o cuando estábamos en los primeros días del viaje. Así sucede con casi todo, y por esto es que no podemos comer solo una papita frita; el placer se extingue inmediatamente, por lo que cogemos otra papita. Los psicólogos han llamado a esto adaptación hedónica, y es lo que hace que aunque ir de compras sea tan divertido para muchos, tengan que hacerlo constantemente, pues el placer de la expectativa de comprar y de usar lo comprado se extingue muy rápidamente. El consumismo es otra manifestación de nuestra mente condicionada para buscar la felicidad que continuamente se le escapa.

Volvamos a los monos del estudio, ¿Qué pasa cuando no se cumple lo esperado? ¿Qué pasa cuando los monos no obtienen la recompensa que están anticipando? Los investigadores encontraron que luego del aumento de dopamina en la anticipación, si no se recibe la recompensa se experimenta un bajón de dopamina, es decir, un displacer o insatisfacción asociada a no obtener lo que se quería.

Si tras buscar alguna de estas cosas que hacen que nuestros niveles de dopamina aumenten, no logramos nuestro objetivo, nuestros niveles de dopamina descenderán y experimentaremos insatisfacción. Lo curioso es que si logramos nuestro objetivo y obtenemos lo que queríamos, también experimentaremos insatisfacción, sólo que un poco más tarde, de modo que por A o por B siempre llegaremos a la insatisfacción, a la frustración, a la incomodidad. En esto consiste la “primera noble verdad” del budismo: Toda existencia es Dukkha. Si bien la palabra Dukkha, en idioma pali, es a menudo traducida como sufrimiento, esta no es precisamente la traducción que más le hace justicia según varios estudiosos del budismo y las religiones orientales [7], pues da un aire innecesariamente pesimista al budismo, frente a quizá, la traducción más cercana: insatisfacción.

La segunda “noble verdad” del budismo consiste en que el origen de Dukkha es Taṇhā, traducido del pali como sed, deseo o anhelo. Es decir, estamos insatisfechos porque constantemente deseamos y ese deseo nos condena al apego, a la insatisfacción permanente. Una correspondencia occidental podemos encontrarla en Epicuro. Para Epicuro, el objetivo de la filosofía era ayudarnos a encontrar la felicidad, y esto partía de reconocer que todos buscamos el placer y evitamos el dolor siempre que podemos; eliminar el sufrimiento de nuestras vidas e incrementar la felicidad haría que todo fuese mejor, por lo que Epicuro proponía un estilo de vida muy sencillo en el que se pudiesen satisfacer la mayoría de los deseos y se evitase desear algo que no se pudiese obtener; de nada serviría sentir la necesidad imperiosa de poseer una mansión si jamás se va a tener el dinero necesario para comprarse una; si tus deseos son sencillos, serán fáciles de satisfacer y tendrás el tiempo y la energía para disfrutar de las cosas que importan. Ésta era la receta de Epicuro para la felicidad.En esta receta, difiere un poco el budismo, pero el diagnóstico tanto de Siddhartha como de Epicuro es el mismo y tiene correspondencia con lo hallado hasta el momento en la psicología.

LA EVOLUCIÓN NECESITA DE DUKKHA

¿Por qué nuestra naturaleza es de esta manera? ¿Por qué se nos dificulta tanto encontrar una felicidad duradera? Evidentemente ni Siddhartha ni Epicuro tenían el marco de la teoría evolutiva propuesta por Darwin para explicar la naturaleza de la mente humana y la mente de otros animales sintientes. Es aquí donde la teoría de la evolución biológica ofrece respuestas a algunas de las preguntas que los humanos hemos estado haciendo por miles de años, pues ante la pregunta ¿por qué somos así? no permite conformarse con un “el creador así lo quiso” o “siempre ha sido así”, sino que ofrece un gran marco teórico sustentado con hechos que permite buscar las causas del pasado que podrían haber generado los efectos del presente. Esto incluye los efectos en los estados mentales de los organismos capaces de tenerlos.

Como primates evolucionamos a partir de ancestros con dietas frugívoras, donde los carbohidratos de las frutas y semillas fueron la más importante fuente de energía. La evolución entonces diseñó el gusto por lo que hoy llamamos “dulce”, y la consecuente sensación de placer que este dulce nos produce. Sin embargo, el placer de este dulce no dura mucho, de hecho dura tan poco que muchas veces no quedamos satisfechos con una pequeña galleta y podemos comer una tras otra hasta que nos invada una sensación de incomodidad y llenura. Esto tiene lógica a la luz de la evolución, si el placer de comer un alimento dulce tuviese una larga duración, probablemente como animales no obtendríamos la cantidad suficiente de energía para sobrevivir y pasar nuestros genes a las siguientes generaciones, por lo que la insatisfacción fue un mecanismo psicológico creado por la evolución para mejorar nuestra capacidad replicadora [8]. Lo mismo puede decirse de otros aspectos de la vida animal humana y no humana que generan insatisfacción como el sexo, donde un orgasmo debe durar poco, y su ausencia generar insatisfacción para que el individuo vuelva a buscar tener sexo y aumentar la cantidad de descendientes.
Lo mismo sucede ante la no consecución del placer esperado, es decir, ante el fracaso, pues impide que se repitan acciones poco efectivas para la replicación. Si un primate espera encontrar en un árbol frutos que les brinden ese dulce anhelado y al escalar no lo encuentra, lo más adaptativo será disponer de un mecanismo que genere frustración al no tener la recompensa esperada. “El displacer que sentimos al estar en una mala situación nos motiva a cambiar o a ir a otro lugar” [9]
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La búsqueda de la felicidad, el placer y el bienestar son búsquedas que nunca terminan; no poseer alguno genera frustración e insatisfacción. Después de conseguir lo que queremos, nuestro nivel de felicidad vuelve a la normalidad, como muestran la adaptación hedónica y el comportamiento de la dopamina. No estamos más cerca de la felicidad que antes de desear cualquiera de estas cosas. Como en la expresión del inglés carrot on a stick, la evolución nos cabalga como a un burro y nos pone un palo al frente con una zanahoria colgando, dicha zanahoria es la felicidad, y como el burro, la perseguimos creyendo que vamos a alcanzarla para siempre. A veces la alcanzamos por unos instantes, pero luego esta se aleja y no podemos sentir más que insatisfacción.

 

La insatisfacción que sufren aquellos individuos con deseos simples, al estilo de Epicuro, puede no ser la misma que la de otros adaptados a vivir en sociedades mucho más complejas que aquellas en las que hemos evolucionado como especie. Para muchos resolver las necesidades básicas es demasiado sencillo y la obtención de placer se traslada a objetivos más abstractos y complejos que pueden requerir de más pasos y generar más frustración, sobre todo en sociedades como la actual donde la competencia exagerada se vive hasta en el ocio, como denuncia Bertrand Russell en su libro La Conquista de la Felicidad [10] .

La cultura como emergencia de procesos mentales de sustrato biológico, ha cambiado y se ha diversificado a una tasa mayor a la que nuestros cuerpos lo han hecho. Nuestras adaptaciones más importantes parecen desfasadas con un estilo de vida que llevamos hace muy poco tiempo; hemos sido primates por mucho más tiempo del que llevamos siendo seres humanos. En tal panorama, lidiar con la insatisfacción se hace más difícil, pero las opciones para hacerlo son más diversas. Así, las religiones y escuelas filosóficas que han ofrecido respuestas y han propuesto reglas de comportamiento para vivir mejor, resultan insuficientes para algunos, pero pueden ser incluso grandes descubrimientos para otros. Aparece también la posibilidad de tratar estos estados con sustancias químicas exógenas, algo no único en el hombre, pero que sí aparece en él de una manera más sofisticada, en la forma de medicamentos o sustancias psicotrópicas extraídas y sintetizadas.

 

El budismo hace un buen diagnóstico de la condición humana, pero como toda religión además de hacer un diagnóstico sobre el Ser, habla de un Deber Ser. En el caso del budismo se proponen estrategias y modos de afrontar la vida a través del entrenamiento mental, que permitirían llegar a un estado llamado Nirvana donde ya no existe Dukkha. Dudar que llegar a tal estado sea posible es muy razonable, dado que no hay evidencias sobre ello, pero lo cierto es que las técnicas de meditación budistas parecen generar estados mentales significativamente diferentes de las personas del común, asociados a una felicidad duradera[11], o al menos más duradera que la típica[12].
Dentro del budismo existe un concepto que en sánscrito es llamado Tri Laksana, o las tres marcas de la existencia. Una de ellas es Duhkha, la instatisfacción. Otra es Anitya (anicca en pali), la impermanencia o transitoriedad de las cosas, que tiene su correspondencia en la filosofía griega con el concepto de Panta rei (πάντα ρεῖ) de Heráclito; según Siddhartha, nuestra mente cree que las cosas son permanentes, cuando no es así, de modo que es inútil aferrarse, apegarse y desear para siempre las cosas cuando nada es permanente; esto incluye tu familia, tus amigos, tus posesiones, tu reputación, tu posición social, tu salud, y por supuesto el mismo placer; al comprender esto, no sólo por una vía lógica-teórica sino también vivencial, se puede extinguir gran parte del Duhkha. La última marca de la existencia es Anatman (anatta en pali), el no-yo o no-alma, que también tiene su correspondencia con hallazgos recientes en el campo de la neurociencia, y sobre el cual tratará el tercer artículo de este tema.

 

Según Siddharta nuestro fracaso para mirar la dinámica de dukkha reside en nuestra incapacidad para ver el mundo de forma clara; estamos atrapados en māyā, un mundo de ilusiones. Una de esas ilusiones es la de la permanencia de las cosas, donde está incluida la permanencia del placer. El placer dura muy poco, el aumento de dopamina dura muy poco, y esto está programado genéticamente. A la selección natural no le importa que veamos la realidad como es o que seamos felices; la felicidad momentánea es sólo una herramienta tan efectiva como la insatisfacción. Para el darwinismo, la evolución es un juego que los individuos no pueden ganar [13] . El budismo es entonces tomado por algunos académicos y practicantes de estas técnicas, entre ellos Robert Wright, como una propuesta para “revelarnos contra la tiranía de los replicadores egoístas [genes]” como dice Dawkins al hablar de la autodeterminación humana en su libro El Gen Egoísta, y escapar a la forma en la que la evolución “quiere” que veamos y vivamos el mundo. Al menos parcialmente.

 

*Estudiante de biología de la Universidad de Antioquia

[1] Warburton,N. (2013). Una pequeña historia de la filosofía. Galaxia Gutenberg.

[2] Schultz, W., Dayan, P., & Montague, P. R. (1997). A neural substrate of prediction and reward. Science, 275(5306), 1593-1599.

[3] Punset, E. (2005). El viaje a la felicidad. Las nuevas claves científicas. Barcelona: Destino.

[4]https://www.psychologytoday.com/blog/brain-wise/201510/shopping-dopamine-and-anticipation

[5] https://www.theguardian.com/science/punctuated-equilibrium/2011/aug/11/1

[6] Brickman, P., Coates, D., & Janoff-Bulman, R. (1978). Lottery winners and accident victims: Is happiness relative?. Journal of personality and social psychology, 36(8), 917.

[7] Keown, Damien (2003), Dictionary of Buddhism, Oxford University Press, ISBN 0-19-860560-9

[8] Buddhism and Modern Psychology Course (Princeton University): https://www.coursera.org/learn/science-of-meditation ­

[9] Craving and Aversion as Addiction and Denial: Buddha’s Eightfold Path as a Step Program © bradford hatcher, 2013, version 13.5:  http://www.hermetica.info/Buddha1b.htm 

[10] Russell, B. (2006). The conquest of happiness. Routledge.

[11] http://www.dailymail.co.uk/health/article-2225634/Is-worlds-happiest-man-Brain-scans-reveal-French-monk-abnormally-large-capacity-joy-meditation.html

[12] Dambrun, Michaël, et al. “Measuring happiness: from fluctuating happiness to authentic–durable happiness.” Frontiers in psychology 3 (2012). https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3273717/ 

[13] http://kwelos.tripod.com/dukkha.htm