El placer del mirón

No debe asombrar, porque así ha sido, que en algún banco, notaría u oficina pública, haya hoy un burócrata que al atardecer se dedique a poner orden al universo a través de algunos versos o párrafos iluminados. Ya lo hicieron Kafka, Pessoa, Wallace Stevens y Cavafis.

 

Escribe/ Pablo Felipe Arango – Ilustra/ Stella Maris

 

Hay un placer que ejerce casi todo mirón de café o caminante. No es un acto de voyerismo, no, es más bien un acto creativo, un ejercicio de imaginación gratuito que además carece de objetivo alguno, a no ser que el mirón sea además un escritor que escribe. Y dicho esto vale señalar que el mirón es en todo caso un escritor, pero casi siempre uno que no escribe, porque contrario a lo que la gente supone, los escritores no necesariamente escriben, es más, lo corriente es que no escriban, lo extraño es que lo hagan; y cuando lo hacen, en muchos casos, solo gastan inútilmente papel, así publiquen a través de una gran editorial, porque no perturban ni conmueven en lo más mínimo su mundito, y lo que escriben no pasa de ser un desagradable escupitajo en su propio andén.

 

Pero volvamos al placer del mirón, que es lo que interesa ahora, y que consiste en imaginar las vidas de las personas que pasan por la calle o con las que se va encontrando a lo largo del camino. Supone el mirón las vidas de los caminantes taciturnos que pasan, o conjetura historias de amor tristes y grises, o existencias simples y plácidas. Seguro usted, lector, es un mirón, y con mayor seguridad aún ha sido mirado, y su vida se ha tejido y destejido en la mente de alguien, con tantas posibilidades y alternativas que se aterraría, y probablemente hasta debería entrar en pánico. Pero todo no pasa de ser meras conjeturas, porque nadie sabe realmente qué sucede en las vidas de los demás. Nadie, por imaginativo que sea, tiene realmente la capacidad de saber cuáles son las pasiones más profundas y ocultas del mirado: a qué dedica su tiempo libre, o qué es lo que realmente le apasiona y qué hace más allá del trabajo cotidiano, o qué otra vida subyace a la aparente y obvia.

 

El mirón, sin embargo, el que ejerce el oficio con mayor competencia, no se desalienta ante la idea de que lo que imagina es probablemente una conjetura errada, así como no se detiene ante la inutilidad de su labor. Y al no hacerlo tiene la oportunidad divina de ordenar el universo, de construirlo a su real antojo; y esa capacidad, por arbitraria y absurda, lo acerca a Dios, tal como se acerca cualquier otro artista. Pero, además, porque también cabe la posibilidad, nada remota, de que lo que imagina coincida con la realidad, es decir que la vida del mirado sea tal cual el mirón la supone; lo que no cambia para nada la utilidad del ejercicio, pero agrega un elemento más a la divinidad del acto.

 

A veces, cuando veo pasar transeúntes comunes y corrientes en una calle cualquiera, se me ocurre que entre ellos va el artista de nuestra época. Uno desconocido y oculto, por supuesto, pero que con empeño se dedica a su obra en los rincones y en el poco tiempo libre que le queda, mientras los demás creen que se dedica a otras cosas, o lo tienen por un insípido. No debe asombrar, porque así ha sido, que en algún banco, notaría u oficina pública, haya hoy un burócrata que al atardecer se dedique a poner orden al universo a través de algunos versos o párrafos iluminados. Ya lo hicieron Kafka, Pessoa, Wallace Stevens y Cavafis. Y muchos otros. Casi nunca los focos iluminan al principio lo correcto, y mucho menos cuando a ellos los mueven, como es apenas natural, afanes muy distintos a los del arte.

 

Herman Melville publicó Moby Dick en 1851, tenía 32 años. Luego publicó algo más: dos novelas cortas, algunos cuentos y poemas. Doce años después escribió: “desperté y desprecié la popularidad”. La verdad es que no la había alcanzado del todo. Y fue a sumirse entonces en las anónimas calles de Nueva York, en donde terminó contratado como oficinista en la aduana. Muchos años después, en 1884, y según narra la anécdota el poeta Eric Schierloh, un autor inglés preguntó en una reunión de escritores en Nueva York qué había sido de Melville: “no había entre los presentes nadie que pudiera decir nada sino que apenas uno entre todos ellos había oído alguna vez de él, siendo que el hombre por el que se estaba preguntando vivía apenas a diez calles de donde se estaba llevando a cabo la conversación”. Melville murió en 1891, convertido casi en un desconocido que caminaba cada día, cumplidamente, hasta su monótono trabajo. Años después Moby Dick se convirtió en un clásico de la literatura universal.

 

Hay más. Shakespeare no fue el poeta y dramaturgo celebrado por todos y reconocido como clásico sino hasta que Samuel Johnson editó su obra en 1765, ciento cincuenta años después de su muerte. Isaac D´Israeli, que fue quien puso en blanco y negro la historia del olvido y el rescate de Shakespeare, escribió lo siguiente, resaltando además el espíritu tranquilo y desprevenido del poeta: “No se desparramaron versos sobre su ataúd como con Edmund Spencer, ni se recolectó un volumen sepulcral de elegías como con Jonson, a fin de consagrar su memoria. ¡Todavía no existía ningún Shakespeare, ningún bardo nacional! El poeta mismo no habría podido honrar a un amigo con una copia de muchas de sus propias obras, y probablemente no hubiera podido repetir él mismo ninguno de sus admirados soliloquios que ahora aprendemos de memoria. Shakespeare era completamente inconsciente de los días por venir…”.

 

Hace pocos días el poeta Raúl Zurita dijo al diario El País en una entrevista: “Hay un Shakespeare de las pantallas por ahí, estoy seguro”. Y un nuevo Kafka o un Melville puede estar sentado frente a usted en la mesa del café, o haberle rozado hoy en el transporte público o en el tumulto de la calle.