LO MÁS IMPORTANTE

Esta idea de sociedad del espectáculo producto de un periodismo amarillo que con orgullo llegó a llamarse en el siglo pasado el cuarto poder, afectó de manera especial a los artistas.

 

Por / Sergio Pérez Álvarez

Su origen parece ser un portal de arte de Barcelona en 2018. En todo caso, mi gratitud a la persona que puso en circulación este video que se convirtió en viral –palabra que por cierto usábamos por estas mismas fechas con ingenuidad y hasta con alegría–. Se trata de un fragmento de una larga entrevista que concedió Orson Welles a la prensa francesa en 1960. Con puro en mano, a la pregunta ‘impertinente’ del periodista sobre si ha contratado a algún amigo en vez de la persona correcta para un papel, el director norteamericano responde que lo hace frecuentemente, que se arrepiente, y que aun así lo volvería a hacer, “porque no considero que el arte sea más importante, ya te dije que prefiero otra forma de lealtad en mi vida que el arte. Odio la concepción romántica de los artistas que están por encima de todos los demás. Creo que es lo último que debería hacerse…”.

Sin duda, al periodista lo desconcierta la postura desenfadada de Welles frente a la posteridad, la pretensión de ser considerado el mejor director o el más grande, o el hecho de que su obra sea reconocida y admirada por cientos de espectadores que quedan rendidos ante su genio irrepetible. Causa sorpresa que un artista consagrado, como en su caso –que lejos de mostrar humildad a lo largo de la entrevista se muestra muy consciente del valor de su obra–, crea en verdad que es más importante tener un gesto amable con algún amigo o con alguien cercano, que garantizar la calidad del legado que supuestamente le va a dar gloria y le permitirá ser recordado en el futuro. Es decir, en verdad parece genuino su poco interés en el éxito de su obra: en convertirse en un clásico, en un autor central del canon cinematográfico, y en ser un profesional convencido de su oficio como artista; en cambio, se presenta a sí mismo como un aventurero.

Podría pensarse que su respuesta es del tipo de respuestas preparadas para sonar ingenioso y que detrás de esa humildad socrática se esconde una posición cómoda y arrogante. Pero basta volver a ver al Ciudadano Kane (1941) para darse cuenta que su respuesta es coherente con la visión que proyecta, al menos, su opera prima.

Aunque mucho se ha discutido de esta película, siempre favorita entre las escuelas de cine y los listados de las mejores películas de todos los tiempos, basta verla sin muchas prevenciones para registrar sus signos evidentes. La película es la reconstrucción, en la versión de múltiples voces(miradas), de la vida de un self-made, Charles Forster Kane, un hombre de éxito, un poderoso rico que quiere acomodar la realidad a su favor para pasar como dueño del mundo –anhelo que todos llamarán con eufemismo sueño americano, sin decirnos que es al mismo tiempo una pesadilla–, y que fue interpretado por el mismo Welles de manera brillante durante un vertiginoso rodaje de veintiún días.

Personaje lleno de sombras y grises, Kane lleva el egoísmo hasta la enfermedad. Su condena no es la soledad, que al fin y al cabo escoge. Es más bien no tener a nadie, que es distinto: no tener amigos, si se quiere. La reconstrucción del personaje es opaco porque surge a partir de sus únicos testigos quienes lo miraban con extrañeza y algo de rencor. El mismo periodista narrador, que busca afanosamente una explicación a la palabra ‘Rosebud’, que pronuncia Kane al morir en su castillo después de una larga soledad, rodeado de estatuas, obras artísticas y todos los objetos que el dinero puede comprar, nunca encuentra solución y ésta solo es visible para nosotros, los espectadores, quienes vemos cómo se consume un recuerdo fútil que resulta significativo sólo para el fantasmal personaje. La simplicidad de la metáfora de la historia es lo que quizás aún hace atractiva y comprensible la película a pesar de la edición, a mi gusto, laberíntica: todos tenemos máscaras y apariencias en un mundo de máscaras y apariencias.

Desde luego, uno de los aspectos más interesantes de la película tiene que ver con su reflexión sobre el papel de la prensa en la sociedad. Vemos al joven Kane comprometerse en la dirección de un pequeño periódico newyorkino y reconocer el papel social del periodismo en decir la verdad y en hacer control social del poder político. Pronto encuentra, con este primer entusiasmo, la influencia que tiene el periodismo en las masas de lectores que confían en la credibilidad de la prensa.

Da un giro a sus pretensiones y empieza así su carrera como magnate de prensa amarillista: promueve un periodismo que responde a intereses personales o que favorece a un determinado sector político, mediante noticias, en su mayoría no corroboradas, que despiertan polémica al aprovecharse de técnicas como la exageración o de acudir a sensibilidades morales antes que a hechos. Quizás debería llamarnos la atención que un nuevo Kane, cuya personalidad tóxica también impregna la sociedad norteamericana (me refiero al actual candidato a la reelección Donald Trump), pretenda construir su imperio ahora en lucha contra la prensa, cuya credibilidad ha venido erosionándose. Esperemos que, al igual que el personaje de ficción, sea víctima de su propio invento.

Esta idea de sociedad del espectáculo producto de un periodismo amarillo que con orgullo llegó a llamarse en el siglo pasado el cuarto poder, no solo afectó a políticos, magnates, empresarios, periodistas, sino también y, de manera especial, a los artistas. De hecho, la legitimidad de esta sociedad del espectáculo siempre fue conseguida con el prestigio de los viejos y la improvisación de los jóvenes artistas. Entonces el artista se volvió un personaje de la farándula. Su éxito siguió relacionándose según su cercanía con la esfera de los poderosos que seguían sirviéndose en su mayoría del arte como otro lujo que les daba prestigio. Y en contraprestación, el artista debía participar de cenas, agasajos, prestarse a la comunión del mutuo elogio, sonreírle al político, entregarse a la liviandad de las copas y, sin resistencia, acudir al mundo del simulacro, al mundo de las apariencias y las máscaras, que se convirtió desde entonces en lo más importante. Entre colegas, la feroz competencia, siempre se disfrazó con los más certeros juicios estéticos.

Borges, quien admiró discretamente la película y quizás, como la mayoría, también le causó desagradado el personaje de Kane, así lo advirtió:

Todos sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad.