Botas y pijamas

“Conocer”, qué verbo tan ambiguo este, pensé, pero lo dejé pasar, porque se me antoja un argumento más sincero. En una época en la que el consumo constituye el único sentido de la existencia, consumir paisajes es apenas otra manera de estar vivo.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

-Usted, que lee tanto, ¿Por qué no viaja más?

La pregunta me la soltó un profesor de  literatura, así de sopetón, sin que alguna conversación previa viniera al caso.

-¿Y cuál es la relación? Le repliqué.00

-Simple: así podrá conocer de primera mano los lugares donde transcurren las novelas y los cuentos de sus autores favoritos.

-Si es por eso, el viaje sería inútil, le dije: ni el Dublín  de Joyce, ni la Praga de Kafka, ni el Berlín de Alfred Döblin, ni  el Chicago de Below, ni el Buenos Aires de Sábato, ni la Barcelona de Juan Marsé existen fuera de la topografía mental de esos escritores.

Dicho de otra forma, esos nombres son convenciones para una puesta en escena que intenta cifrar las múltiples realidades que son una ciudad o un pueblo minúsculo, como en el caso de Faulkner.

Así las cosas: ¿ Es más “real” Nueva York que Macondo o París que la Santa María de Onetti?

Estamos aquí frente al lector viajero-descreído que necesita “ver con sus propios ojos y tocar  con sus propias manos” el inasible universo que los escritores le proponen.

Algo así como el Tomás del Nuevo Testamento.

-Así que déme una razón más sólida para emprender esa vuelta al mundo en no sé cuántos días, insistí.

-Mmmm… bueno. Por el gusto de conocer  lugares.

“Conocer”, qué verbo tan ambiguo este, pensé, pero lo dejé pasar, porque se me antoja un argumento más sincero. En una época en la que el consumo constituye el único sentido de la existencia, consumir paisajes es apenas otra manera de estar vivo.

Por eso la gente colecciona selfies de los lugares visitados: es la única prueba palpable de que estuvieron allí. De lo contrario, el mundo sería más irreal de lo que suele ser.

Incómodo, el profesor buscó en la cabeza una tercera pregunta, pero al final se convenció de su inutilidad y se marchó calle abajo, mascullando va uno a saber qué cosas.

Nunca le he pedido a nadie que me explique su vida, y menos que me dé razones para ser cómo es: sería meterlo en un callejón sin salida.

Uno acepta a las personas o no las acepta y ya.

Por eso me produce gran desazón cuando me piden explicar ese asunto inexplicable que soy.

Aunque en esto de viajar o no viajar es muy simple. Es cuestión de temperamentos.

Están los que, independiente de las motivaciones, viven siempre con las botas puestas, listos para echarse al camino.

Se trata del culo inquieto. Una variedad del Homo Sapiens que no se halla en ninguna parte y por eso va de un lado a otro buscándose con un ahínco propio de judío errante.

Son pues, los hombres de botas.

Y estamos los hombres de pijama. Los que  sólo en la propia casa nos sentimos bien. Hasta las sábanas de los hoteles de lujo se nos antojan ásperas en comparación con la suave dureza de nuestro colchón.

Lo bueno del asunto reside en que los dos especímenes nos necesitamos. Como sin  relato no hay viaje, el culo inquieto nos necesita para que escuchemos con paciencia la detallada descripción de sus aventuras, reales o inventadas.

“Habla más que un perdido cuando aparece”, reza el viejo refrán. Y a su modo, el viajero contumaz es una suerte de perdido que vuelve a casa para preparar su próxima gira.

Y los eternos empijamados necesitamos de las minuciosas y casi siempre hiperbólicas descripciones de los andariegos que juegan a ser  encarnaciones prosaicas de Ulises, el errabundo.

Esos floridos relatos nos ayudan a vencer el insomnio: dar vueltas en la cama es nuestra manera de recorrer el mundo.

De modo que es sólo cuestión de equilibrio. Por mí, pueden partir cada día hacia algún lugar distinto: aquí los estaré esperando con el oído atento y un café humeante en la mesa.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada