El temor surge también porque tenemos claro que todo ritmo denota una rutina y ella nos genera el temor primigenio de Caín y la consecuente rebelión. Presentimos que la rutina tiene origen divino, y nuestra humanidad se opone a todo vestigio que la lleve a sus justas proporciones.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Ya pueden verse en los árboles del parque, o en cualquier matorral por pequeño y desprolijo que sea, las aves migratorias que vienen del norte, huyendo de un frío que aún no llega, con el ímpetu que su instinto en cambio ya supone. También pueden verse en el cielo los ríos de gavilanes que vuelan hacia el sur. Todas han volado durante semanas, algunas de día y de noche, y han dormido mientras sus alas seguían batiéndose. Otras han descansado durante la noche y han esperado que las corrientes de aire ascendente las vuelvan a encumbrar más arriba de las nubes. Han perdido hasta la mitad de su peso en la travesía y muchas han muerto durante el recorrido.
Por supuesto que un afán práctico las mueve. Es el mecanismo que algunas especies desarrollaron en su proceso evolutivo para sobrevivir a la falta de alimento que conlleva el invierno. Migran porque saben genéticamente que si no lo hacen morirían de hambre. Las especies migratorias asumieron un ciclo vital acorde con las estaciones, tan natural y cumplido como los solsticios. Entre marzo y abril regresarán al norte atendiendo el mismo impulso primigenio; y si sobreviven a la primavera y el verano, volverán de nuevo al sur cuando presientan que el invierno se aproxima, muchas, al mismo sitio donde se asentaron por primera vez, y así lo harán cuantas veces se los permita su existencia. Sus vidas están y estarán definidas por un ritmo que les garantiza la existencia.
Igual sucedió con los hombres al comienzo, e incluso tal disposición al movimiento rutinario sobrevive en algunos grupos humanos; pero en términos generales nos detuvimos cuando se impuso la agricultura y se redujo el pastoreo. El primero exigía sedentarismo, el segundo, movilidad acompasada con los ritmos de la naturaleza. El escritor Bruce Chatwin sugirió que Caín mató a Abel por la envidia y miedo que le provocaba el espíritu nómada de su hermano. La condena impuesta por Dios a Caín fue, ¡qué paradoja!, que vagara por el mundo. Al final volvió a asentarse, pero descubrió que los cultivos también pueden y deben obedecer a un ritmo, y que cuando este se rompe o se le impone uno contrario a su aliento natural, se provocan trastornos graves.
Los planetas, las estrellas y las plantas también tienen su propio ritmo, casi musical. Aunque nos aterre verlo porque preferimos un cierto desorden que denote, o nos permita suponer que este gobierna la existencia. Como si el caos, además, no tuviera también un ritmo incomprensible pero preciso.
El temor surge también porque tenemos claro que todo ritmo denota una rutina y ella nos genera el temor primigenio de Caín y la consecuente rebelión. Presentimos que la rutina tiene origen divino, y nuestra humanidad se opone a todo vestigio que la lleve a sus justas proporciones.
Jutta Bauer escribió e ilustró la siguiente historia:
“Después de mucho pensar sin hallar respuesta, le pregunté al viejo sabio… – ¿Qué es la felicidad? – Para explicártelo te contaré la historia de Selma, la oveja. Había una vez una oveja que todos los días al amanecer comía un poco de hierba, luego enseñaba a los niños a hablar, por la tarde hacía algo de ejercicio, luego comía otro poco de hierba, al anochecer platicaba un rato con la Señora Meyer, y ya de noche dormía profunda y plácidamente. Cuando le preguntaron qué haría si tuviera más tiempo, respondió: – Me gustaría, todos los días, al amanecer, comer un poco de hierba, al medio día hablar con los niños, después de hacer algo de ejercicio, comer, al anochecer platicar con la Señora Meyer, y luego, nunca hay que olvidarlo, dormir profunda y plácidamente- – ¿Y qué haría si se ganara la lotería? – Bueno, entonces comería mucha hierba …de preferencia al amanecer, platicaría mucho con los niños, después haría ejercicio, por la tarde comería hierba, al anochecer platicaría muy a gusto con la Señora Meyer, y, al final de todo, dormiría profunda y plácidamente”.
Selma, la oveja blanca de Jutta, lo tiene claro: la felicidad consiste en la rutina. El poeta Aurelio Arturo, que cada mañana salía cumplidamente a su despacho de magistrado, escribió: “Los días que uno tras otro son la vida”.
La repetición de ciertos actos logra conceder a la existencia un ritmo que garantiza los tempos vitales. Tal como los instrumentos musicales de percusión que, sin protagonismo, marcan el compás. O como el sol que cada mañana cumple con lo que le corresponde.


