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Por: Diego Firmiano

 Cada día en su cama tenía noches de inquisición. Cuando se asentaba su alma en la libertad del silencio, no podía librarse de pensar una y otra vez las mismas cosas. Lo irritaba esto, aunque era algo inevitable. Aquella sala, que se inundaba de oscuridad y de un silencio inquietante, se poblaba también de formas pavorosas; escuchaba voces, veía imágenes y sentía emociones gregarias.

Trataba de llegar cansado a casa para dormir tranquilo y laxo, pero se acostaba con el dolor causado por los látigos de la conciencia. En la noche repasaba su día. No examinaba su vida, sino que su conciencia revisaba sus actos; esa molesta caja negra registraba todo: actitudes, miradas, hechos y palabras; y todo quedaba anclado a un evento.

Por ejemplo, oír esa vieja canción de Jazz: “I Will wait for you“ le recordaba los tiempos de guerra. Cuando veía morir aquellos que se inmolaban como un canto a la vida; o el olor a aceite de ricino, que le traía a la mente los cuidados que le daba su madre cuando le dolía el estómago; o aquella palabra que se enlazaba a un momento determinado en el tiempo, como si las cosas fueran puntos de referencia para la vida.

Era como si cada momento fuera tan valioso para su espíritu o alma, o para el juego de electricidad que contenía toda esa masa encefálica llena de neuronas trasmisoras. ¿Por qué no puedo dejar de pensar? Hablaba consigo mismo. Planeaba cada noche trampas para librarse de la cueva del conejo, donde una y otra vez los pensamientos emergían a la superficie para correr por sus recuerdos sin poder ser atrapados.

Una noche, se inundó de filosofía. Trató de reemplazar unos pensamientos por otros. Pero fue ponerle un gorro capuchino a una realidad interior. Un día trató no de hacer el bien, sino de hacer lo bueno. Pero le resultaba difícil tratar de tener solidaridad con alguien, con el falso argumento de  que nadie en ningún momento haría nada por él. En otra ocasión salió a trotar observando solo la naturaleza y creyendo que el sudor grasoso que salía de su cuerpo lo liberaría de toda opresión hormonal, que creía, era la causa de sus desveladas noctámbulas.

Su pensamiento diario giraba en torno a la idea de cómo deshacerse de ese hecho innegable de recordar, sin desaparecer como persona. “Qué es un hombre sin recuerdos”, pensaba. “¿Pero para qué los recuerdos?”, filosofaba. Un día era como si una página quedara registrada en algún lugar dentro de él.

En la noche, de nuevo en la cama, atado al reloj de su mente, a las tres de la mañana le parecía que el ladrido de los perros en la calle realmente nacía dentro de su cabeza. Abrió los ojos, y la luz de la claraboya le golpeó las retinas, sintió un calor ligero en el hueco del estómago que le hizo preguntarse: ¿ya será mañana? No conciliaba, ni encontraba la manera de hacer dormir el daimonion   con el que nació. No coincidía el cansancio de la carne con el de la mente, incluso los sueños -creía- eran la muestra más clara de que el espíritu jamás dormía. Dormir era la trampa finita que le tendía el espíritu a la materia.

Sin poder dormir, encendió su lámpara, tomó un lapicero de tinta roja y anotó el inventario del pensamiento de un solo día:

“Ha terminado la jornada laboral y ha caído la tarde. Es agobiante. La ciudad no es nada más que una colección de instrumentos dispuestos en buen orden que nos devuelve la imagen de la realidad humana: una carretera ordenada, cestos de basura llenos, tiendas repletas de personas conversando y el infinito olor a gente sin sueños.

He caminado por esos laberintos que intentan extraviar mi voluntad. Por un momento me paré en la acera del Metro. Las personas esperaban diferentes líneas. Es normal. Nadie es igual a otro. Lo único generalizado es presentir que esta gente tan llena de vitalidad, siente deseos de lanzarse contra la velocidad de los trenes.

Puede que sea un pensamiento falso. La subjetividad no tiene jurisdicción colectiva. Lo que pienso, no vale para otros más que para mí. Solo es que a veces cuando se paraliza el tráfico por un suicidio, me doy cuenta que pensaba lo mismo que ellos. Es como si intuyera que las personas honradas también tienen lagunas en su alma.

La otra vez vi una presentadora de televisión ponerse un tiro de bala en la cabeza. Fue horrible. Todo mundo habló de eso, hasta que un anuncio de nueva marca de auto desplazó la nostalgia colectiva. Las personas necesitan más que una máscara, necesitan ser ellas. Si el mundo no está preparado para recibirlas, jamás será digno de ellas. El hombre es creativo por naturaleza. Son las instituciones las que marcan los límites de esta libertad interna.

Las ciudades son esas invenciones que son males necesarios. Superar el aislamiento fue la primera etapa de la evolución humana. Darwin se equivocaba cuando ponía al hombre al mismo nivel del animal. Los animales no desean vivir juntos, sino vivir en sus propios espacios. Esa es la gran diferencia. El hombre siente temor, por eso se congrega, crea leyes, inventa técnicas y trata de configurar la vida al neófito espíritu cosmopolita.

Todo es nuevo. Ahora entiendo por qué no nos entendemos. Vivir donde todos cohabitan, no garantiza nada. Las miradas reemplazan las palabras. Ya nadie habla en la sociedad, solo observa y es observado y en el peor de los casos, es petrificado por la opinión de los demás. Lo más doloroso de todo es la pérdida del vínculo lingüístico. Es como si nos paráramos en un mar de gente, y nos asfixiáramos con las palabras que no decimos nunca. Algunos niegan el infierno. Pero si existe y, está entre los hombres. Sin palabras ni miradas verdaderas, todo se convierte en un nihilismo sartreano.

Disimulo este error filosófico en la sociedad mientras voy leyendo Las Hormigas de Boris Vian. No entiendo nada. Es surrealismo literario. Lo que me faltaba, nada es lo que parece. Hasta las letras están asqueadas del origen lógico de las cosas. ¿Es que no  se puede vivir sin recetas?

Me da miedo vivir donde las personas parecen hologramas. No sé si son reales o aparentes. Los valores están prefijados. Las razones de ayer, no son las mismas que las de hoy. Por ejemplo el humanismo de otrora. Ahora las personas se entienden mejor con los gatos y los perros. Es el humanismo moderno ver animales como personas y personas como animales. Que fastidioso. A la brújula le falla el imán. Cierro este fastidioso libro de Boris Vian. No me gustan las sombras literarias. Miro de soslayo por la ventanilla, y me confundo por la velocidad de este gusano metálico. Me siento por un momento dentro de un cuadro de Giacomo Balla. Tanto vértigo, tanta náusea me ha hecho borrar de la mente el camino a casa.

Trato de ubicar el hecho. Mis mapas mentales están moteados. Pienso por un momento si la señora de la esquina tiene lentes o no. No recuerdo. Quizás solo es amiga mía, porque me saluda. Se me viene como una imagen a mi mente, porque la otra vez se coló en uno de mis sueños. Algo  debió producir este efecto. Es extraño. Pocas veces cruzo palabras con ella, sólo las necesarias para hacer una transacción, o sea, uso palabras muertas, técnicas, numismáticas.

Creo que esa señora es mi yo en el sueño de la noche pasada. La feminidad, el olvido, la relegación a subsistir mientras suplía las carencias de las personas, eso vi en ese horrible sueño. Era como si en una vida pasado yo hubiese sido ella, me sentía herido. Seguro que en algún momento tuve que conocerla. Si no de otra forma por qué soñé con ella. Mi mente es estéril en imaginación. Es el espíritu el que divaga. Solo el corazón de alguien se conoce por medio del corazón; un indiferente no podría herirme, recuerdo que:

“Yo fui ella y a la vez yo.

Fui vendedor y me vi encaminado hacia mi trabajo verdadero.

Me sentí en un mundo encuadrado entre paredes ciegas.”

 

Por medio de la imagen de ella llegaré a casa. Si no, entonces por medio del olor de su cuerpo, que parecía ser un olor a lavanda en manojo, un olor popular de cuerpo colectivo.

El tiempo dentro del metro arrastró lo liviano, esos pensamientos de cangrejo que se enquistan, y dejó lo pesado, esa filosofía sobre las cosas simples.  Realmente la vida es demasiado corta para uno arrojar todo lo que siente o desea. Es casi de la misma duración que la llegada de este tren a su estación.

Hay gente que se le pasa el tiempo y ni cuenta se da. Lo único que hacen es reconocer las señales. Se levantan un día cualquiera, se miran al espejo y encuentran doble bolsa de piel debajo de las cuencas de sus ojos. Los más jóvenes están planificando con su tiempo como  si fuera un inventario de cosas. Sueñan que a tal edad pueden hacer esto, y en aquella esto otro, pero cuando pisan los limites, se dan cuenta que no han vivido a plenitud la etapa anterior.

Les llega el momento de la ilusión semántica: creer que el tiempo es nuestro. Por eso somos tan malos administradores de tal sueño. De tal tiempo.

*Fragmento del escrito “La conciencia nocturna”.