INVOCACIÓN POR UN OFICIO EN EXTRAVÍO

Palabras pronunciadas por Abelardo Gómez Molina, editor general de LCDR, al recibir la distinción «Manuel Clemente Zabala» como editor del año en Colombia, otorgada por la Fundación Gabo. El jurado estuvo integrado por María Teresa Ronderos, Mónica González y Germán Rey.

 

Un gran amigo la llamó la “Editora en jefe de La Cola de Rata”. Se trataba de mi madre, Ligia, fallecida hace seis días. A ella deseo dedicarle este premio que de manera tan generosa ustedes han sabido otorgarme.

Empecé a trabajar en periódicos en plena adolescencia. Además de los escarceos en el mediodel colegio, no tenía formación alguna al ingresar como corrector de estilo a La Patria, en Manizales. Y allí aprendí casi todo lo que sé de periodismo, fue mi verdadera y única gran escuela.

Al lado de rotativas o en cubículos estrechos empezaron las clases: cómo decir, qué decir, cuándo decir y, sobre todo, cuándo callar. Porque el periodismo también está hecho de silencios. Pero no me malinterpreten. No estoy invocando unas tempranas prácticas de autocensura, más bien era tener en cuenta la oportunidad de lo informado.

Aprendí además cómo titular, porque no bastaba con emplear las palabras precisas, también había que pensar en el tamaño de la letra para encabezar como se debía. Claridad, concisión y precisión, todo en un solo ejercicio. También, saber escribir la entrada correcta y dejar lo innecesario para el final, la muy criticada pirámide invertida que hoy campea en las nutridas publicaciones de internet. Todo paso adelante pareciera ser un retorno al pasado. O quizás el periodismo vive un pasado que no olvida, sin darse por enterado de que hay un nuevo presente.

En la actualidad, acompañando a jóvenes promesas en La Cola de Rata, una cantidad de talento que muchas veces me abruma por su capacidad y posibilidades, veo su compromiso con lo social. Quizá muchos como yo somos piezas de museo y nos estamos perdiendo de algo, pero sigo sin entender esa eclosión de periodistas ambientalistas, animalistas, feministas y de mil causas más. No sé, no tengo respuestas, solo perplejidad.

Otros periodistas, en otros medios, muchos de ellos estrellas mediáticas que devengan salarios de fantasía, se convirtieron también en activistas de los peores: de conglomerados económicos, de partidos políticos y de la manipulación chambona de la realidad. Y esto me duele. Por el oficio, por la profesión y, sobre todo, por una sociedad que ya no cree en los medios de comunicación, al menos eso dicen los sondeos y las encuestas.

El periodismo es para todos o no lo es. Un periodismo que no piense y cuente la sociedad como un conglomerado intrincado, variopinto y diverso, es un periodismo destinado al fracaso, no solo de sí mismo, peor aún, es un auspiciador del derribe de la democracia. Este periodismo estridente, que se mide por likes, compartidos o número de visitas, es un periodismo pitillo: plástico por fuera y lleno de aire por dentro. Nada. Un periodismo que no aporta, salvo dinero a los banqueros que invierten en él o a quienes se prostituyen para hacerlo.

Dejar la declaracionitis oficial a un lado ya no es una recomendación, se tornó en una necesidad para salvar al periodismo de sí mismo. De hecho, los gobernantes y los poderosos ya no nos necesitan. Tienen sus redes sociales y fabulosos presupuestos.

Somos un país de gente sin voz, sin guías, y el periodista puede ser ese guía, no como un Mesías que redime o un activista cegado por el odio de clases, más bien como lo que en esencia éramos: los perros guardianes de la democracia. Y la democracia hoy se pierde en los laberintos de los poderosos o en las tortuosas oficinas gubernamentales. Más calle y selva, y menos despachos oficiales, eso es lo que necesita el periodismo de hoy.

Mil gracias por este reconocimiento y por escucharme.