ABEL EL TERRIBLE

Gustavo Colorado dedica su columna semanal a Abelardo Gómez Molina tras ser reconocido por la fundación Gabo como el editor del año.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

Cuentan que, allá por los años cuarenta del siglo XX, en la sala de redacción del diario El Universal de Cartagena cundía el pánico cuando su editor irrumpía en los pasillos con su aire de caballero andante, desfacedor de entuertos. Entre los que trabajaban allí al finalizar la década se encontraba un muchacho de Aracataca, de apellido García.

Sólo que, en lugar de adarga, lanza y espada, el hombre iba por el mundo armado de un lápiz rojo con el que empezaba a tachar por aquí, a poner una una coma y una tilde por allá o a suprimir de tajo una frase absurda, ampulosa o carente de  sentido.

El hombre se llamaba Clemente Manuel Zabala. En su libro Un ramo de Nomeolvides, García Márquez en el Universal, el escritor colombiano Gustavo Arango le rinde de paso un tributo a Zabala en particular y  al editor en general, esa figura a veces anónima y siempre vital, responsable de identificar contenidos, orientar tareas de investigación y, sobre todo, encontrar el necesario equilibrio entre forma y fondo. Es decir, del cuidado del estilo. Porque, bien lo sabemos, es tan importante lo que se cuenta como la manera de hacerlo.

García Márquez, para entonces un jovencito atrevido y prometedor, no escapó al célebre lápiz rojo de Zabalita, como le decían sus colaboradores con respetuoso cariño. En distintos momentos de su vida el autor de Cien Años de Soledad reconoció en público el enorme papel de ese editor riguroso, a veces terrible y siempre paternal, que le ayudó a sortear las arenas movedizas de los adjetivos, los verbos, los adverbios… y toda una procesión de puntos suspensivos.

“Siempre tuve una pésima ortografía. De modo que no sé lo que hubiera sido de mi vida de escritor, sin la presencia severa y tierna a la vez de Zabalita en mis tempranos días de El Universal”, le contó una vez García Márquez al poeta y periodista costeño Jorge García Usta.

Doy todo este rodeo para ambientar la importancia de un premio que lleva el nombre de Clemente Manuel Zabala. Ganarlo implica a la vez un gran honor y una enorme responsabilidad. Es como si a un futbolista le dieran el Premio Pelé o el Premio Maradona por sus proezas en la cancha.

De ese tamaño es el reconocimiento que acaba de recibir Abelardo Gómez Molina o Abel, a secas, en la edición 2021 del Premio Gabo de periodismo. De entrada, en el acta del jurado destacan su entrega  a la formación de las nuevas generaciones de periodistas a través de la cátedra y del ejemplo. Una formación soportada tanto en el desarrollo de las habilidades técnicas como en los irrenunciables componentes éticos de la profesión, tan envilecida en estos tiempos de  fraudes y corruptelas.

A lo mejor Abel nunca se dio por enterado. Pero cuando sus jóvenes estudiantes de la universidad lo veían subir las escaleras rumbo al salón de clases,  exclamaban en coro: “¡Ya viene Abel El Terrible!”. Y les sobraban razones para decirlo: su sentido de la perfección no se negociaba. Pero, ante todo, primaba su insistencia en la responsabilidad del periodista con la sociedad, en unos medios cooptados  por los intereses económicos, la politiquería y  los poderes de todo tipo.

Esas convicciones lo llevaron a fundar el blog Traslacoladelarata, concebido en principio como herramienta de trabajo en el aula, siguiendo el consejo del periodista argentino Daniel Santoro.

Empujado por su propia dinámica, el blog pronto trascendió el campus universitario, hasta convertirse con el paso de unos pocos años en el portal web La cola de  rata, uno de los medios nativos digitales de mayor proyección en el país, justo en el momento en que más se necesita  de la independencia, el distanciamiento crítico y la valentía para señalar las lacras de una sociedad y unas élites sumidas en  la corrupción, el cinismo y la indolencia.

Por todas esas cosas, defendidas a rajatabla a lo largo de su vida y de su trabajo periodístico, Abelardo Gómez Molina recibió el premio Clemente Manuel Zabala al editor ejemplar.

Yo, que en mi condición de colaborador de La cola de rata he sido víctima gozosa y agradecida de los rigores de Abel El Terrible, quiero brindar desde mi ácido rincón a la salud de este hombre, convencido hasta los tuétanos del valor de una  buena historia para ayudarnos a comprender el mundo y, de paso, comprendernos a nosotros mismos.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada