LA TERCERA RESURRECCIÓN

¡Es que este cuerpo no es mío! ¡Yo estoy muerto! Estas reacciones de mi cuerpo son solo química y física en funcionamiento. Todo es un engaño.

 

Por / Julián Bernal Ospina – Ilustraciones / Stella Maris

Bogotá, 17 de julio del 2020

Para: Asociación Colombiana de Psiquiatría (ACP).

 

Estimados y estimadas colegas:

Me refiere un singular caso una amiga que encontró, en las páginas abiertas de un periódico tirado en el piso, una historia póstuma. El suceso se dio mientras pasaba revista por la que había sido la casa de su abuelo, que había muerto hacía poco. Era una casa antigua de Chapinero, alta, dilatada, y de cabecera diminuta, y el hombre era exactamente lo mismo. El ejemplar era de El Espectador, y databa del año 1947. Junto al primer cuento que se sabe publicado de Gabriel García Márquez, La tercera resignación, había catorce páginas escritas anacrónicamente a máquina. Lo singular no solo era que la otra historia llevaba un título parecido, La tercera resurrección, sino que la mujer me contó, una tarde cuando nos tomábamos un tinto al frente de la parroquia San Juan de Ávila del barrio El Contador, que su abuelo la había vivido al pie de la letra. Se la contó con lacónica contundencia, consecuencia de los años de militar, durante una llamada inmediata después del hecho. Le dijo: “Mija, un loco casi nos mata del susto”. Aquí está, con algunos cambios ortotipográficos y de estilo, la historia virginal de La tercera resurrección, para conocimiento y estudio de la Asociación y del público en general.

 

Con aprecio,

Mauricio Córdoba Salazar

Psiquiatra y profesor de literatura

 

La tercera resurrección

–He tomado la extraña resolución de estar vivo–.

 

Nadie en la iglesia se percató de que había entrado. Lo hizo por la puerta principal, tan sigiloso como el mejor ladrón de ostias. Había caminado por la nave derecha del recinto y se había puesto en la mitad de los feligreses, justo cuando todos rezaban de rodillas el padrenuestro. Incluso los pocos que permanecían de pie también tenían los ojos cerrados: el sermón del padre los había hipnotizado. Pero no era solo el sermón. También el frío que parecía bajar de los cerros –una cadena de oración de gigantes hincados– a la planicie de la ciudad, distribuyendo de la cima y sus árboles elevados la sensación enfermiza de estar respirando hielo. Sobre todo, en las madrugadas el frío semejaba tener manos que van tocándolo todo y congelándolo, desde piernas hasta narices, cigarrillos en el piso y aldabas de iglesia.

Antes de la voz fue un olor a calle húmeda, a ropa que se ha convertido con los días en la casa, como un aura invisible de mugre y secreciones. De modo que, si la iglesia ya había estado plagada del aire blanco del cielo caído y las oraciones, la llegada del intruso apenas hizo que todo se densificara un poco más. La cruz y el Cristo apenas se adivinaban como una sobra de la luz.

Cuando habló, el padre se volteó y todos abrieron los ojos como si hubieran despertado de un sueño en el que tuvieron la impresión de que alguien, parado en frente, los miraba dormir.

–Sí. He tomado la extraña resolución de estar vivo, después de toda mi vida haber vivido muerto. Soy un muerto en el cuerpo de un vivo. Estoy muerto por dentro, así sienta que mi piel se ruboriza por su mirada, o que se enfría por esta neblina como si pasara por ella la tierra fría de los cementerios. ¿Han dormido ustedes al lado de las lápidas? Supongo que no. No se pierden de nada. Uno se tiene que cobijar con la misma tierra para calentarse, y se sienten las lombrices y gusanos envolver las manos y los pies. Nadie pasa por ahí a altas horas de la noche, pero si pasara seguro se asustaría al ver una cara dormida aparecerse en la tierra. No se pierden de nada. No se los recomiendo. Lo hice en parte porque no tenía dónde dormir, y en parte por probar. Luego, al otro día, uno tiene que levantarse al amanecer para que los que cuidan no se den cuenta de que uno estuvo ahí. Bueno, en fin. Les contaba que desde que tengo uso de razón mi cuerpo me estorba. Lo descubrí en el colegio cuando todos parecían vivir contentos con el suyo: escribían felices y corrían dichosos. Todos los años, hasta que me escapé, en séptimo. Yo no entendía por qué no me gustaba escribir ni saltar. Nada. No era que no quería vivir: nunca he pretendido suicidarme ni se me ha pasado eso por la cabeza. Solo que he tenido la convicción plena de que este cuerpo no es mío. Es como si ustedes una mañana se despertaran y sintieran que no se identifican con su cuerpo, como si fueran de otra sustancia. Sí, como esta neblina que vemos. Me lo figuro así. Imagínenlo cuando estén solos, y sentirán algo parecido–.

Se sintió un murmullo en toda la iglesia. El sonido se iba dispersando conforme pasaba el discurso. “Llamen a la policía”, dijo alguien. De todos los barrios de la ciudad, ese se contaba entre los más residenciales, cuyos habitantes casi todos eran viejos. Media hora antes de la misa aparecían como si cada uno estuviera en su procesión silente, y la zona contigua a la entrada de la iglesia se llenaba de las mismas anécdotas, como si las llevaran tejidas de la ropa, para luego entreverarlas en el árbol de la entrada, que en el día era más reflejo que mata, y en la noche más espectro que espejo. Era un tejido de todos los días, sin parar, que cada siete de diciembre hasta cada seis de enero se veía por las noches alumbrado, y era comprobable que las luces tenían formas de recuerdos.

Por esos días los noticieros mostraban imágenes de jóvenes enloquecidos que arremetían en eventos públicos a dispararle a la gente. “¡Este indigente nos quiere es matar!”, habló duro un hombre, de cuerpo ancho y voz aún más, que parecía con un abrazo abarcar tres cuerpos de los ancianos que lo miraban entre sorprendidos y agradecidos porque uno de ellos tomara la vocería. Se paró para salir, y se alcanzó a ver una cabeza sino pelo, como si fuera una decoración del cuerpo, dirigirse sobre las demás al corredor central.

–Siéntate, hijo –reaccionó el padre, con tono suplicante y arrodillándose; no podía dejar que los fieles sintieran que había perdido el control de la situación–. Siéntate. Podemos dialogar con este buen cristiano.

El padre dirigió la voz hacia el público, mientras el intruso levantaba la cabeza como si se sintiera un elegido; jugaba con la neblina en las manos oscuras no por el color de la piel sino por lo roídas.

–Si hay algo que este señor quiera confesar seguro que lo puedo ayudar– dijo el padre, refiriéndose al intruso, pero sin dirigirle directamente la palabra. Asustado, el padre parecía agradecer que hubiera un altar entre el extraño y él.  El color de la sotana, entre verde y blanca, parecía subirle a la cara. Las piernas debajo de la parafernalia temblaban; las manos no se quedaban en un lugar y, más bien, buscaban en el cáliz, las velas y el misal un objeto que fungiera como escudo o, en el peor de los casos, como proyectil litúrgico; el sudor empapaba la ropa pegándola a la piel, e iba formando en los pliegues de la túnica algunas figuras de líneas o de cuerpos extraños que, de no ser por la neblina, se podrían percibir a seis bancas de distancia.

–No, padre –contestó el intruso–. Toda mi vida me he sentido silenciado. Hoy quiero hablar. Decirlo en público. ¡Ustedes son los primeros que van a oír esta historia! Aunque no crean, no crean. ¡No estoy loco! Ustedes son almas de fe, ustedes saben lo que digo. Ustedes creen en historias si les tocan el corazón. Si no me creen, ¿me creerían que un médico ya me diagnosticó? Yo fui con mi mamá, hace ya mucho tiempo, a la clínica, y el psiquiatra, después de darle muchas vueltas, dijo, mirando a mi mamá a los ojos, que padezco una extraña enfermedad: “Su hijo tiene la extraña enfermedad de estar vivo”. Así lo dijo, y con ese dictamen fuimos a la aseguradora a reclamar el derecho de un seguro de vida porque “Estaba muerto por dentro”.

Todo el templo se rio, y el extraño, a pesar de ello, siguió su monólogo. La consistencia del aire mantenía su robustez. Era una luz gris formada con los proyectores y los bombillos, y con la neblina hacía el efecto de lenguas que aparecían y desaparecían con el paso del viento. Al Cristo lo iluminaban pequeñas esferas ubicadas en la parte trasera de la cruz, por lo que, a lo lejos, daba la sensación de que estaba ardiendo, y la neblina fuera el humo de una hoguera que no quema la cruz, sino que la realza.

–Así como lo oyen –dijo el intruso, como si de la tierra brotara una energía que lo hacía querer irradiar todo el ámbito–. Me levanto todos los días sobresaltado porque al despertarme siento cosquillas en todo el cuerpo, como si me pasaran por la piel mil hormigas que van dando círculos desde los dedos, se quedan en especial en los meñiques, siguen por los tobillos, suben por las rodillas y ahí la sensación cambia, ya no de hormigas sino como de agujas, diminutas, calientes.

Cada palabra le inspiraba un movimiento del cuerpo: como si a través de él también hablara, motivado por los ojos expectantes del auditorio, colmado de una disposición teatral.

–Van así subiendo –continuó, esta vez acercándose a los primeros de las filas, quienes se apartaban con ademanes de asco y miedo–, llegan a la espalda y se convierten en un dolor que cuando me muevo a un lado o al otro todo se me encalambra. Pero cuando llegan al cuello, a la cabeza, es como si sintiera la fuerza de mil escarabajos aplastando el cerebro. Yo no quería volver a sentir eso. Pero de alguna manera pude hacerme a la idea de tener que lidiar con esas sensaciones, una y otra vez, todos los días. En ese punto sentía las ganas de volver a quedarme dormido: algo así como vivir dormido, que todo el hormigueo cesara de una vez y que pudiera no sentir nada. ¡Nada! Pero ahí recuerdo que cuando estoy soñando me pasa lo contrario: estoy yo en un ataúd, barbado y desesperado, muerto, realmente muerto, con la extraña sensación de que estoy vivo por dentro. ¡No hay escapatoria!–.

–¿Qué es lo que quieres, loco?– gritó otro feligrés de canas y buso de rombos, casi energúmeno al fondo de las bancas. El intruso fue hacia él dando pequeños y ágiles saltos de bailarín amateur, con una soltura tal que parecía haberlos planeado.

–No quiero nada, amigo– lo hubiera tocado si el hombre de rombos no se hubiera parado, electrocutado, de la banca, tropezando con quienes estaban a su lado, y cayendo a sus piernas–. O bueno, sí. Quiero que me oigan. Yo lo dejé todo por sentir que ya no había tiempo para mí. No volví al colegio por un acuerdo con mi mamá. Ella me alimentaba y yo estudiaba a distancia. Pero llegó el momento en que ninguno de los dos nos aguantamos más. Me escapé de mi casa a los dieciocho. Mi mamá nunca lo comprendió del todo. Ella quería pensar que todo se trataba de una etapa; que cuando creciera ya todo iba a ser normal. Que todo esto era una cuestión de tiempo para que se me pasara. Después iba a crecer y todo iba a pasar como siempre pasa: conocería a alguien, conseguiría trabajo, tendría hijos y me casaría. Pero no. No. Nunca me sentí enamorado. Lo intenté, pero no fui capaz. A duras penas podía sostener una conversación. Todos en el salón me miraban raro. ¡Y lo peor era que no me sentía triste! Solo no era yo y ya. Como si no tuviera otra alternativa que saber que no era yo. Tampoco sufría. Me dejaba llevar por los días, uno tras otro, como jugando a ser otro, interpretando un papel de ir al colegio, volver, hacer las tareas, comer, despedirme de mi mamá, ver televisión y volver a la misma rutina, día tras día. Investigué algunos males y todos hacen alusión a enfermedades mentales que yo no padezco. ¡No padezco! ¡Es que este cuerpo no es mío! ¡Yo estoy muerto! Estas reacciones de mi cuerpo son solo química y física en funcionamiento. Todo es un engaño. Un engaño del destino que me ha tocado padecer a mí. Como si algo o alguien se hubiera desquitado en otra vida contra mí. O como si yo hubiera tenido que pagar por algo que hice en otro tiempo. Ya ha pasado tanto que me acostumbré a la vida. Como si después de varias resurrecciones ya la vida fuera pasando sola, sin esfuerzo. Máquinas, al fin y al cabo; máquinas que cumplen su papel una y otra vez, sin saber a dónde van, sin saber qué son en verdad. Máquinas de este engaño que es la vida.

–¡Pero qué es lo que quiere, loco! ¡Vamos a llamar a la policía ya! –gritó el que había reaccionado de primero. Con un gesto de los brazos y de las manos se levantó. El efecto de la luz en la neblina lo hacía parecer un crucificado enfurecido. La cabeza diminuta iba de un lado al otro, incontenible.

–No se ofusque, no se ofenda, buen hombre, que no vengo a hacerles daño. Solo les pido un momento de su tiempo –el intruso abrió su chaqueta, y mostró que estaba vacía: ni cuchillos ni pistolas, solo el interior andrajoso de su abrigo sucio–. Hace mucho que no me oían, y parece que esta es la única que vez que a alguien como yo pueden escucharlo, cuando todos están en silencio y desprevenidos. En los estadios, en los conciertos, todos son histéricos. En las calles, solo si tienes una amistad sincera, te oyen. Todo el mundo tiene afán en las oficinas, en los edificios. Los hogares para indigentes son momentáneos, y cuando vamos a dormir todos estamos tan cansados que nadie escucha a nadie. Después de días enteros vagando nadie quiere oír a nadie. Solo dormir. Solo dormir. Entonces el único lugar es este. ¡Cuando están en silencio y desprevenidos! ¡Cuando parece que no son de este mundo!

–Hijos, hijos, tranquilicémonos–, dijo el padre, que no se había movido un centímetro de donde había estado. Le escurrían gotas de sudor de la frente. Solo un mechón de pelo le atravesaba toda la calva, y la somnolencia de su figura contrastaba con el dibujo prominente de la panza; con las manos y los brazos que iba moviendo de arriba hacia abajo, y con los destellos de los anillos de oro que la neblina no lograba opacar–. Este hombre tiene un testimonio de Dios que quiere compartir. Recuerden que de todo hay en la viña del señor.

–Gracias, gracias, padre. Gracias –contestó el extraño, reflexivo y ahondando en la respiración–. En este mundo es difícil encontrar un espacio para comunicar lo que sentimos. Uno se enfrenta siempre al vacío del otro: una pared que le devuelve un eco sin sentido, o una barrera que no devuelve nada. Pasamos por sobre los otros aparentando saber, pero no sabemos. No sabemos lo que el otro siente. Tan solo aparentamos saber para retribución de cada quien. Un falso altruismo. Una falsa limosna.

Su auditorio parecía, por primera vez, prestarle por completo la atención. Sus palabras, dulces, invitaban a ser oídas; hacían una melodía potenciada por la organización del escenario, la jerarquía de quien está en el altar frente a sus oyentes. Si pudieran verse serían lazos dorados del cuerpo del intruso hacia los del púlpito. Pero invisibles salían vivas de un vivo muerto. Un engaño de la vida, una contradicción. La neblina parecía disiparse, y las lenguas de los proyectores de luz se desvanecían como el incienso en el aire. Ese efecto de transparencia fue mostrando la figura del intruso: un rostro apurado de hollín y barba, detalladamente anguloso; una boina carcomida que dominaba el pelo distribuido en desorden; gabán, pantalón y zapatos negros, todos, materia de lo que habían sido.

–Ahí escapé –continuó el intruso; el tono había dejado el vigor, reemplazado por una suavidad de nostalgia de años–. Las calles se convirtieron para mí en el espacio de la intimidad. No quise decirle nada más a mi mamá. Solo me fui. Había aguantado tanto ese sentimiento de rareza que me fui. Mi mamá tal vez lo comprendía. De una u otra forma sabía que yo no era feliz. Tal vez no sentía lo que yo, pero sí pensaba que algo en mí no estaba bien. No estaba bien. No estaba bien. Entonces me fui. Espacio de intimidad, sí. Empecé a recorrer las calles sin rumbo y a pedir limosna. Conseguí buenos amigos. La calle es otro lugar para ser escuchado, pero las palabras no pasan de ahí, no trascienden la frontera. En la calle los otros saben de uno porque uno ahí está: ahí existe. Los amigos de la calle saben que uno está allí por algo. Que uno es un ser humano que ha luchado, que tiene razones, méritos para estar en la calle. A uno lo acogen. Cada vez que yo decía: “Soy un muerto en vida”, los amigos extrañamente me entendían. Sabían que lo decía por algo. Nunca quise robar, pero sí me gustó la droga. La sensación de estar en otro lugar de alguna manera me alejaba de esa pesadilla existencial de saber que este no era mi cuerpo. Las mañanas y las noches frías, el hambre, el cambiar de cama cada tanto, el vagar por los espacios públicos, saberme invisible entre la gente. Todo era maravilloso para mí porque sentía cómo iba malgastando mi cuerpo, haciéndolo sufrir. Vivía para eso. Entonces, cuando menos lo pensé, había encontrado un motivo para vivir. Extrañamente: el dolor–.

–¿De qué le sirve el dolor si va a vivir sufriendo? ¡Qué locura!–, preguntó una mujer que, cuando entró el extraño, se había alistado para salir, pero, al momento de oírlo por cinco minutos, le causó tanta curiosidad que no paró de mirarlo, de apreciar en él todo su cuerpo y sus formas de expresión. Era una mujer vestida toda de un solo tono: rubia entrecana, con el compuesto color verde tristeza.

–Tiene razón. Sirve para sufrir–. Por un momento el intruso parecía levitar, estar allí, pero con el espíritu en otro lugar. De alguna manera sabía que a través de ese dolor exuberante podía protestar ante el hecho de estar vivo. Era una rebeldía de mí mismo contra mi cuerpo, que yo solo comprendía. La gente tampoco lo comprendía. Les explicaba esa extraña condición de ser y me miraban extraño. Sin embargo, conocí entre todos a una amiga que de alguna manera sabía lo que yo sentía. Ella era una mujer en huesos y de piel ya gris, con eterna ropa de retazos de aire, y con rasgos de feminidad misteriosa. Escondía un secreto, que me lo contó cuando una noche hacíamos una fogata en una montaña cercana, donde se veía toda la ciudad, lugar al que fuimos colgados de camiones y buses, sintiendo el peligro y la cercanía de la muerte como una de las formas de existir. Mirábamos la fogata y veíamos cómo las llamas cambiaban de formas sin nunca parar, y cómo la madera iba consumiéndose poco a poco, volviéndose ceniza. Entonces concluimos que para acabar esa madera lo único que podíamos hacer era quemarnos vivos: dejar que la calle nos quemara en sus fuegos, y después, vueltos cenizas, desperdigarnos en partículas por las cosas del mundo que nunca nos comprendió. Las chispas brotaban del fuego y generaban arcos, y el crepitar de la madera se combinaba con el sonido de los grillos, todo en una oscuridad tal que, por lo resplandeciente del fuego, nuestras caras eran dos fantasmas en la montaña. “Yo tampoco he sido mi cuerpo”, decía, “yo tampoco he vivido feliz conmigo misma. Mi cuerpo fue el de otro, y vivía encerrada en él. Un día, en el baño, de tanto intentarlo, tomé mi pene y me lo corté”. En ese momento, mi amiga abrió su falda y bajó sus calzones: en lugar de vagina tenía una herida, y bajo ella un orificio que me señaló; aunque el ambiente estaba oscuro, logré ver la piel veteada de rojo y morado: alturas y llanuras de carne y piel. “Me llevaron a urgencias y allí estuve una semana entera esperando a que me operaran, que me hicieran algo. Todo ya lo había calculado. A pesar de eso, yo quería hacerlo sin importar qué implicaba. No me importaba. Había intentado una operación, pero pasaron años y nadie me respondía nada. Entonces tomé la decisión. Estaba desesperada. No aguantaba más. Tenía pesadillas. El mundo quería que yo no fuera yo misma, y le dije al mundo como protesta que ya no quería más. Me operaron tan mal después que no paro de sentir dolor. Mis papás nunca me lo perdonaron. Entonces escapé”.

–¿Ese es el testimonio de Dios que nos quiere mostrar ese hombre? ¿Un enfermo gay que se mutiló y un indigente drogadicto que nunca supo qué hacer con su vida?–, dijo el hombre de cuerpo amplio y cabeza efímera, con síntomas de desesperanza–.

El padre hacía gestos de no saber qué decir, y parecía sentir miedo de cualquier acción que el intruso pudiera acometer. No reaccionó ante la pregunta del hombre y permaneció en silencio. El don de la palabra ya había ejercido su efecto. La ira parecía no lograr detener esa nitidez de la palabra. La claridad era ahora el mundo de adentro de la iglesia, y ese cuerpo ya no era indiferente. Afuera sucedían imágenes de un sueño. Los carros continuaban indiferentes su curso.

–Ahí sentí otra vez el impulso extraño de vivir. El relato de mi amiga frente al fuego me hizo reconocer de nuevo, una y otra vez, cuáles son las almas en pena, cuál es su razón de ser. Querer ver a lo largo del mundo la huella del dolor, las causas. Entonces le prometí acompañarla por las calles y el mugre, descubrir las habitaciones en las que viven diez, quince personas, arrumadas; cómo tienen que conseguir cada día lo que se van a comer, y cómo venden su cuerpo por un pedazo de pan o por una cigarrillo de bazuco. En ese margen ya el dolor no existe. No hay sufrimiento ni dolor porque la misma vida es dolor. No hay cómo reconocerlo, cómo considerarlo. La vida es el don de la muerte. Ahí la vida no tiene esperanza. Entonces supe que yo era como ellos. Que yo era ellos. Esa miseria de vida era la única verdad que tenían para atestiguar que había una muerte en la vida. Ya no fue el dolor sino la comprensión de esa sensación la que me llamaba a saber que quería vivir. Eso me ha mantenido vivo hasta ahora.

–¿Entonces ya nos dirá por qué ha decidido venir hasta acá a contar su historia?–, dijo alguien del público, un hombre de vestido y pelo negro, sentado en las últimas bancas, adivinando lo que querían preguntar todos.

–De alguna manera ya les dije–, se apresuró el intruso a tocarse todo el cuerpo, mirando fijamente a quien lo había increpado–. Las veces que he sentido ese deseo de ver de nuevo la realidad, tal vez de alguna forma diferente, la realidad misma me ha dado vueltas para no dejarme escapar.

La neblina entró de nuevo al espacio interior de la iglesia. Iba apoderándose cada vez más como una inundación de incienso. El humo fluía entre las personas como si ellos fueran parte de la misma neblina. Parecía que lo ajeno, antes extraño, ahora fuera lo natural. Las tres naves, los telares, las sillas, los vitrales, todo era un solo elemento. Solo se oía la voz del intruso que parecía haber esperado todo el tiempo para decir lo siguiente:

–Tengo un mundo a mis pies –dijo, con filo en las palabras–. Yo soy o solía ser lo mismo que seré. Llegué hasta aquí buscando un púlpito para decirles que alguien en este mundo ha vivido estando muerto. Las horas que he pasado no pertenecen a ninguna de estas serenidades. Sé que ahora mi misión es contarles que soy un ejemplo de vida para ustedes porque, al fin y al cabo, todos somos eso: estamos encerrados en cuerpos que parecieran ser de otros. Cuerpos de una materia compuesta de células y de átomos, de química y de piel, pero que aún con eso no se logra recobrar la esencia que hay debajo de la carne. Soy un muerto vivo porque este cuerpo no me pertenece. He intentado acudir al dolor, he acudido también al dolor de los otros, y ahora acudo a ustedes, personas de fe, que me miran incrédulas. Miran cómo un indigente se para en la iglesia y les cuenta una historia excesiva, pero tan real como real es la angustia, el miedo, la soledad. Les extraña que haya una voz de las calles de una vida que parece única, y que siendo única es al mismo tiempo tan común como esta neblina. Han sentido el vínculo solemne de la palabra que atraviesa esta capa de agua condensada, y aunque sea invisible es potente, y aunque potente quiere entrar a sus cerebros, pero no es escuchada. Tal vez esto no valga nada, y esta tercera resurrección de un muerto en vida tan solo sea una anécdota más al calor de la casa comiendo pollo en familia. Así y todo me arriesgo a que suceda de esa manera: prefiero haber sentido que mi muerte ha tenido algún propósito. Seguiré existiendo y la calle siempre es generosa con todo el que llega a ella: le brinda cuando no sea un reto, una esquina. No me interesa más. La vida para mí es el sentido de estar muerto, el extravío de mi cuerpo. Pronto quizá no tendré otra opción que no sea dejar de resistirme a ese extravío y mi cuerpo será un tronco que lleva el caño maloliente de cualquier barrio de esta ciudad. Cuando eso suceda, estarán de todas maneras mis palabras en sus mentes, retenidas para siempre, esperando algún día ser recordadas, como esta neblina y la angustia de oír mi perorata. Pensarán que la primera imagen que les surgió fue el miedo de que iba sacar debajo de mi abrigo una pistola o un revólver. Tal vez por el mismo hecho de que los saque en forma de palabra, se acordarán de mi cuerpo nadando vivo en la miseria, y de que este muerto ha tomado la extraña resolución de estar vivo.

Con esas palabras cerró el intruso su intervención. Respiró hondamente. Esperó unos instantes, y como si no hubiera pasado nada, se fue caminando de la misma manera que entró, tal vez pensando que su tercera resurrección había tenido algún efecto.