LA CANCIÓN DEL PROFESOR AGUSTÍN DE HIPONA

He ahí uno de los méritos de la publicación de Eguiarte, el reconocimiento de situaciones que podemos replicar en el cotidiano quehacer docente a partir del magisterio canónico de Agustín.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustración / Stella Maris

Camino hacia la sabiduría. Líneas pedagógicas de san Agustín (San Pablo, 2017) del agustino recolecto Enrique Alejandro Eguiarte, ha sido una sorpresa para mi recorrido lector, ante el privilegio que otorgo a la narrativa. Este texto corresponde a una propuesta de divulgación sobre la obra de Agustín (350-430 e.c.), en la que expone una serie de prácticas didácticas con las que el obispo de Hipona compartía sus reflexiones metafísicas a la comunidad que pastoreaba.

La vigencia de las estrategias que Eguiarte extrae de sus sermones, diálogos, tratados, empieza por la relación entre el educador en que se ha convertido Agustín y el reconocimiento de su propio proceso. En los primeros capítulos de Las confesiones -el texto inaugural de la autobiografía- precisamente advertimos un niño que no se ajusta al sistema escolar al que fue vinculado: “Fui enviado a la escuela para aprender las letras, cuya utilidad, pobre de mí, ignoraba yo entonces; y, sin embargo, me golpeaban cuando me veían perezoso. Porque muchos que vivieron antes que nosotros nos prepararon estos fragosos caminos por los que nos forzaban a caminar, pobres hijos de Adán, con mucho trabajo y dolor” (Lib. I, cap. IX, 1).

El hombre que escribe Las confesiones ha tenido muchos tránsitos por la antigüedad clásica a través de las obras leídas, del teatro al que asiste, de la navegación por esa autopista que fue el Mediterráneo durante el imperio romano. De ahí que su obra dialogue con el espíritu de su época: la novedad del cristianismo que se nutre de la cultura helénica. En su madurez y después de tantas empresas, de tantos fracasos y conversiones, puede corroborar entonces que los juegos de la infancia son simulaciones, preparación para la vida adulta en la que no se pierden, sino que son concebidos con más reglas e implicaciones: “Lo que nos faltaba no eran ni la memoria ni el ingenio, pues nos lo diste suficiente para aquella edad; pero nos gustaba jugar y esto nos lo castigaban quienes jugaban lo mismo que nosotros. Porque los juegos con que se divierten los adultos se llaman solemnemente negocios; y lo que para los niños son verdaderos negocios, ellos lo castigan como juegos y nadie compadece a los niños ni a los otros” (Lib. I, cap. IX, 3).

Ya tendría que haber visto Agustín nuestras industrias alrededor del fútbol para envidiarnos un poco, pues donde él encontraba un árbitro inmisericorde, nosotros le hubiésemos dado un manager que lo fichara para la selección argelina o para algún club francés: “A menos que algún buen árbitro de las cosas tenga por bueno el que yo recibiera castigos por jugar a la pelota” (Lib. I, cap. IX, 3).

Tendrá que perdonar Agustín que lo lea a mi amaño, es decir, asombrado de tanto que se culpa por lo poco ortodoxo de sus comportamientos todavía paganos. Menos mal supo advertir que los seres humanos “cuya vida sobre la tierra es tan breve, no pueden comprender bien las causas que entraban en juego en siglos pasados y en la vida de pueblos diferentes; no están en condiciones, entonces, de comparar lo que no conocieron con lo que sí conocen” (Lib. III, cap. VIII, 3).

He ahí uno de los méritos de la publicación de Eguiarte, el reconocimiento de situaciones que podemos replicar en el cotidiano quehacer docente a partir del magisterio canónico de Agustín. La presentación del agustino recolecto (cuya formación incluye doctorados en Navarra y en la Lateranense) sobre la pedagogía del Padre y Doctor de la Iglesia es precisa y sencilla. Sin entrar a pugnar por un método entre corrientes y teóricos, conceptos y referentes, su publicación se propone para que cualquier docente pueda entresacar lo que beneficie su labor a partir de diez capítulos. Cada uno de ellos tiene la misma estructura.  Primero encontramos la narrativa de una situación en la que Agustín desarrolló una acción pedagógica con las explicaciones necesarias, y después tres apartados que nos recuerdan de algún modo la Lectio o el método hermenéutico alrededor de las Escrituras frecuente en la vida consagrada. En “Papiro y tinta” está el relato de san Agustín que ha dado pie a Eguiarte para la propuesta de la acción. Le sigue la “Iluminación”, una suerte del ejercicio de interpretación en el que el texto bíblico se acompaña del sentimiento agustiniano. Termina el capítulo con un “Maestro interior”, una serie de preguntas propuestas al lector para que evalúe la pertinencia de estas tesis en su forma de llevar a cabo el proceso de formación.

El padre Eguiarte advierte en la introducción de su libro: “Se trata de un tema sobre el cual no hay casi bibliografía en ningún idioma y de uno de los vacíos y de las grandes lagunas en los estudios agustinianos: el poder hacer una obra profunda y seria sobre las técnicas pedagógicas agustinianas, proporcionar, con las técnicas de enseñanza-aprendizaje usadas por san Agustín, una fundamentación antropológica y teológica de dichas técnicas”.

Preguntarnos por las posibilidades entrevistas en este libro, en un momento como el nuestro, resulta más fructífero de lo que imaginamos. Ahora que la virtualidad se ha convertido en el mayor desafío para todos los actores del proceso, tendríamos que pensar que el problema no es de habilidades y plataformas, sino de vocación. Las habilidades se consiguen, las plataformas se ajustan, rápido o despacio ese acontecimiento que es la educación puede tener lugar, siempre y cuando, arda e ilumine ese precioso candelero del corazón inquieto y sediento como la cierva.

Las circunstancias del propio Agustín pueden parecerse a las nuestras. La cultura helénica se había desgastado y entraba en la decadencia, así como los ideales de modernidad e ilustración parecen derrumbarse sin siquiera haberse globalizado. Mientras que él asistía a un poder resquebrajándose, a nosotros nos toca la inestabilidad, la inexperiencia, la estupidez al mando de las naciones. Una nueva verdad se imponía por las armas donde el ejemplo del Galileo jamás lo hubiese permitido. El infinito que daba sed al espíritu investigativo de Agustín, terminaría por convertirse en tiranía y oscuridad. La belleza de la creación que lo llevaba a preguntarse por la hermosura del creador, serían después de él piedra muerta, letra aprendida con sangre.

Aun así, de ese apocalipsis emerge la auténtica civitas dei, ese lugar donde el profesor que soy se encuentra con sus estudiantes, no para transmitir datos y cifras sino para encender la curiosidad y alimentarla con exquisita bibliografía en algo que parece un juego y que resulta siendo la vida misma. Quizá por eso hay un capítulo once, el último, del que no he podido encontrar el momento para hablar, dado que el verbo escogido por Eguiarte causa demasiado ruido cuando invita precisamente a bajar el volumen. Eguiarte nos sugiere orar por los aprendices que tenemos en nuestras manos. Creo que su propuesta tiene que ver con la música. En algún lado ha dicho: “el hecho de ser peregrino, de ir como viandante pasando por las cosas de esta tierra, no implica que lo tenga que hacer con tristeza”. A eso imagino que se refiere. A una suerte de melodía interior que prepara para el diálogo con el que se intercambian dudas y saberes. Dejo en un juego de palabras de Agustín mi inquietud: “¿Canta, pues, atravesando o cantando atraviesa? Ya sea que cante atravesando o atraviese cantando, con todo, nosotros hemos cantado hace poco el cántico del que atraviesa. Que nosotros seamos transeúntes, lo vea Dios, a quien hemos cantado. Mas si alguno cantó atravesando, alégrese por ser lo que cantó”.

 

Líneas agustinianas

  • Homo ludens: el juego.
  • El uso de imágenes y comparaciones.
  • El recurso de los cuentos y relatos.
  • El uso de metáforas.
  • La utilización de recursos mnemotécnicos.
  • Despertar la curiosidad.
  • La importancia del diálogo.
  • La persona del educador.
  • La adecuación a los alumnos.
  • La idea del
  • El profesor está invitado a orar por sus alumnos.

@JaiberLadino